PORTADA: El IMSS, el sufrimiento de la ineficiencia y la burocracia

PORTADA 308
mayo de 2017

Por: Marcela Valles

El sistema de salud, esencialmente el público, requiere de medidas prácticas, acordes a la realidad de piso que viven los usuarios del sistema; se necesita inversión para expandir la cobertura y mejorar la calidad del servicio. Pero sobre todo, se necesita el mínimo interés gubernamental por dignificar y hacer eficiente todo el sistema público de salud en México. Mientras tanto, así se padece ser paciente del IMSS.



Daniela ha librado una batalla personal para ser madre; el tiempo está en su contra, tiene ya 40 años y ha pasado por dos abortos, pero hoy tiene un embarazo de cinco meses, que es de alto riesgo y le implica cuidados especiales.

Vive en Francisco I. Madero, en una población que es cabecera del municipio, ubicada a 30 kilómetros de Torreón, con 30,084 habitantes, que cuenta con el Hospital General de Sub zona con Medicina Familiar No.20 del IMSS, una institución que cuenta ya con 45 años de antigüedad  y presta a la población un servicio apenas básico.

Visto en el papel, el hospital No. 20 tiene servicio de consulta familiar, las especialidades de ginecología, medicina interna y cirugía, además de servicio de urgencias, pero en la práctica tiene las carencias y el bajo servicio de la mayoría de las clínicas del IMSS, especialmente en poblaciones semirurales de este tamaño.

Hay, por citar sólo un ejemplo, un solo cirujano por cada uno de los dos turnos diarios; un quirófano que tiene un equipamiento obsoleto si se le compara a cualquier hospital privado; el servicio de emergencia es elemental y cuenta el hospital con una sola ambulancia para trasladar enfermos a la clínica No.18 de la vecina ciudad de Torreón.

Un ginecólogo y una ambulancia al día para atender a un municipio que cuenta con 55,676 habitantes, casi la mitad de ellos repartidos en decenas de rancherías. Lo que puede dar una idea del servicio que se presta.

En promedio dicha ambulancia, cuando no se encuentra descompuesta, puede hacer hasta tres viajes diarios para el traslado de pacientes. Uno de los dos abortos de Daniela se debió a la tardanza del servicio de ambulancia y al mal estado mecánico de la misma, que provocó una vibración excesiva por la mala suspensión.

Hace unos días Daniela se enfrentó con gran angustia a un cuadro de contracciones. Algo delicado para su embarazo. El ginecólogo le recetó un medicamento por vía intravenosa, que se tiene que aplicar por medio de una máquina de infusión.

Inicialmente le indicaron que tenían descompuesta la máquina, pero, posteriormente, cuando insistió le avisaron que no la tienen, por lo que tenía que ser trasladada a la clínica 18 de Torreón; sin embargo, la ambulancia tenía que hacer otros traslados y había que esperar, aun cuando la aplicación del medicamento fuera una urgencia. La ambulancia no hace un viaje a Torreón hasta que se llena, como si fuera un camión, además en sentido estricto no es una ambulancia sino un equipo de transporte, porque su equipamiento es menos que elemental para atender a pacientes en condiciones de emergencia; es una simple camioneta ya muy usada si se parte de una idea moderna de lo que debe ser una ambulancia hospitalaria.

Después de esperar por casi todo el día, finalmente Daniela pudo ser trasladada, con todos los temores que eso implicaba para ella. Una hora y media después fue internada en la clínica 18, en el área de partos, donde estaría desde un lunes a las siete de la tarde hasta un jueves a medio día, en condiciones que son realmente penosas, indignantes.

Compartió habitación con otras dos mujeres, una de ellas otra joven madre de Francisco I. Madero a quien se le iba a practicar una cesárea, pero el ginecólogo le había indicado: “te la tengo que hacer en Torreón, porque aquí en el hospital con qué”.

Las instalaciones y especialmente la higiene del área de partos y en general de la clínica 18 del IMSS en Torreón son deplorables. Los baños, que son públicos, parecieran los de un bar del sector Alianza: sucios, pestilentes. Los pisos de toda el área tienen cochambre de meses, tal vez de años, no obstante que en esos cuatro días se encontraban en la sala 4 recién nacidos y en el transcurso fueron colocados 3 más.

Lo anterior explica el por qué cada cierto tiempo se presenta el problema de infección de bacterias en las salas de recién nacidos de algunas clínicas del IMSS, provocando varias muertes de infantes, lo que siempre se justifica y queda impune, como casi todo en el sector gubernamental.

Al suministrarle el medicamento a Daniela le practicaron algunos estudios generales, por indicaciones del médico, encontrando que padecía un cuadro de anemia y además una infección urinaria, los que no habían sido detectados por el ginecólogo que la atiende en el hospital de Francisco I. Madero, así que había necesidad de suministrarle antibióticos y vitaminas, además de sujetarla a observación por las contracciones, lo que prolongó su estancia por cuatro días.


DORMIR EN EL PISO, AYUNOS DE 16 HORAS

Para los parientes de Daniela, que tienen que trasladarse desde Francisco I. Madero para acompañarla en su estancia en la clínica, esto es un verdadero sacrificio. Solo pueden entrar mujeres, por lo que el esposo no le puede acompañar, pero quien se queda de acompañante toda la noche tiene que dormir en el piso raso, porque no se permite introducir ni tan siquiera una cobija para pasar la noche. No se permite la introducción de alimentos, lo que es en parte explicable por la higiene, pero tampoco bebidas, como agua o un refresco, un té o un café que aligere el desvelo, y dentro por supuesto que no hay un servicio de cafetería o tan siquiera una máquina de bebidas, de las que se operan con monedas.

En general el personal de vigilancia, tanto hombres como mujeres, es prepotente y de muy mal trato. Si la paciente conecta a un enchufe su celular para recargarlo, llegan y lo quitan, antes de regañarle y hacerle una advertencia “disciplinaria”.

Además de pasar la noche tirada en el piso, la hermana de Daniela que le acompañaba no podía conciliar el sueño ni por un rato porque algunos de los recién nacidos lloraban insistentemente. Ella, por ser una madre que ha criado varios hijos, sabía que el llanto era por hambre, así que se dirigió a la enfermera de turno para pedirle que les diera leche a los infantes.

La enfermera, que pasa buena parte de la noche descansando, como una buena parte del personal que cubre el turno de noche, le indicó que por reglamento sólo se les debe dar una onza de leche, no más. Después de dos horas de llanto de los recién nacidos, le volvió a insistir y, de mala gana, accedió a darles una onza más de leche a los que lloraban, quienes, satisfechos, a los pocos minutos dormían profundamente. Es definitivo que las reglas burocráticas para ahorrar dinero no quitan el hambre.

Aun con la anemia que le detectaron, Daniela tuvo también que enfrentar el hambre, pues debido a las mismas disposiciones burocráticas, a los pacientes del área se les lleva la cena a las 6 de la tarde y el desayuno hasta las 10 de la mañana del día siguiente, por lo que hay que hacer un ayuno de 16 horas, lo cual está contraindicado en cualquier régimen alimenticio, más el de un hospital.

¿Por qué imponer un ayuno de 16 horas? Como todo aquí: gastar menos dinero y burocracia; para que el personal de la cocina termine temprano sus labores y comience tarde al día siguiente, lo que ahorra gasto de personal, además del que se ahorra en los alimentos, pues la dieta es raquítica en términos generales.

Todo esto debe pasar una paciente y su familia para algo tan sencillo como el suministro de tres medicamentos, dos de ellos debido a la ineficiencia, la saturación laboral y también la posible negligencia médica en el hospital No.20 de Francisco I. Madero.


MORIR EN UNA SILLA VIEJA DE PLÁSTICO

La mujer de 60 años llega a urgencias de la Clínica 16 del IMSS, una hora antes sufrió un accidente y se lastimó severamente el brazo derecho; el dolor es agudo, casi insoportable, le urge ayuda médica, pero en esta vieja y obsoleta clínica aun en área de urgencias tiene el toque de la burocracia, la ineficiencia y la falta de equipamiento.

Tan sólo al llegar, le indican que primero tiene que tomarse los signos vitales, antes de poder pasarla con uno de los médicos de urgencias para que la valore. El problema es que hay 25 pacientes haciendo cola para que les sean tomados los signos vitales y poder pasar a evaluación.

Pasan horas y el dolor es cada vez más agudo, pero hasta que una enfermera le ha tomado los signos vitales le dan acceso a un médico de turno para consulta, el cual, después de los ruegos de la mujer, accede a que se le suministre un medicamento para disminuir el dolor, pero ahora hay que esperar unas horas más para que le sea tomada una radiografía.

Finalmente, con radiografía en mano, el médico dictamina que no hay fractura. Le receta antiinflamatorios y un medicamento para el dolor, y le inmovilizan el brazo, mientras va a la clínica 66 para hacer una cita primero con el médico general; si éste lo decide, le dará pase con el traumatólogo, para lo cual tendrán que pasar varios días. El traumatólogo requería de otros estudios, lo que llevó aún más días, todos los cuales hay que soportar el dolor.

Como el medicamento recetado en el IMSS no hace el suficiente efecto, hay que gastar en un medicamento más eficaz que no surte la farmacia del instituto y tiene un costo de casi 500 pesos en una farmacia comercial. Además, el diagnóstico del traumatólogo del IMSS tuvo finalmente que ser corregido por un traumatólogo particular, pues no valoró adecuadamente todo el daño que presentaba en el hombro y el codo, argumentando que “el hacía lo que podía con lo que tenía”.

Esto es un caso de un hombro lesionado en un accidente, pero para muchos pacientes que llegan a urgencias con cuadros mucho más delicados, debido a enfermedades o accidentes, su riesgo de ser mal atendidos es muy alto, lo que incrementa la posibilidad de daños permanentes o inclusive la muerte.

Es de lo más frecuente que al llegar a urgencias de la Clínica 16 en un fin de semana, no haya siquiera sillas para poder sentar al paciente en espera, mucho menos camas, personas y equipo para darle una atención inmediata.

Hay casos documentados, como el de don Roberto, un anciano de 75 años que llegó con un cuadro de infarto al miocardio y lo tuvieron horas esperando sentado en una silla, hasta que perdió finalmente el conocimiento y fue pasado a una cama, pero ya era muy tarde: falleció unos minutos después.
Lo mismo se han registrado casos de apendicitis, embolias o accidentes que ponen en riesgo la vida, pero que no presentan un sangrado externo impresionante que obligue a la atención rápida. Los pacientes se quedan sentados por horas en una silla, doblados por el dolor o semiinconscientes. Se puede morir, literalmente, sentado en una silla vieja de plástico de una sala de urgencias y si hay reclamos de los pacientes, el IMSS suele ser indiferente o, peor aún, represivo.


UNA CITA PARA EL AÑO QUE ENTRA

En muchos padecimientos graves el drama no es menor. Doña Otilia, una paciente de 65 años, comenzó a experimentar malestares en su cabeza, así lo refería ella en su lenguaje coloquial. Hizo cita con su médico familiar, quien le recetó algunos medicamentos, uno de los cuales no le pudieron surtir en la farmacia hasta 10 días después. Le dieron una cita con el internista para dos meses después, el cual dictaminó que debería sacar cita con el neurólogo porque había “algunas cosas que no le gustaban”. Era el mes de octubre y al solicitar la cita le indicaron que ese año ya no había citas con el neurólogo hasta el siguiente año, para finales de enero.

Quince días después doña Otilia se desvaneció mientras se bañaba y sus hijos, alarmados, hicieron cooperación y la llevaron a consulta con un neurólogo particular, quien de inmediato les solicitó una tomografía, lo que implico organizar otra colecta familiar.

El diagnóstico fue grave: doña Otilia tenía un tumor cerebral que, afortunadamente, era todavía operable, pero ahora el problema era cómo hacer que el IMSS la atendiera y fuera intervenida quirúrgicamente y sujeta a un tratamiento que ellos no podían pagar, ni aun juntando toda la cooperación de la familia, que se dedica en su mayoría al oficio de la albañilería.

Finalmente fue el sacerdote de la iglesia a la que acuden quien logró conectarles con un médico que labora para la Clínica de Especialidades No.71 y doña Otilia fue atendida en diciembre. Si espera el calendario burocrático del IMSS hubiera fallecido, en la opinión del propio neurólogo.
La respuesta inicial en la Clínica de Especialidades fue la más cotidiana: “es que estamos completamente saturados pero vamos a hacer una excepción con la señora”.

El gran problema es que la mayoría de los pacientes no alcanza una “excepción” y paga muy caras las consecuencias.


MEDICINA PRIVADA, SACANDO PROVECHO

Ante la incapacidad gubernamental para mejorar y modernizar el sistema de salud pública del país que, debido a sus antecedentes históricos, debería ser uno de los mejores de Latinoamérica, los empresarios dedicados al ramo de la medicina privada hacen un gran negocio, que ha alcanzado precios tan altos que impiden sus acceso inclusive a gran parte de la clase media, pero expanden su mercado entre la media alta y la alta.

En la misma posición se encuentra la industria farmacéutica del país, cuyos laboratorios son en su mayoría de firmas extranjeras y, literalmente, están haciendo lo que les viene en gana, generando una gran expansión y un nivel de utilidades muy superior a otros giros comerciales. El incremento del precio de las medicinas supera hasta en cinco o seis veces los índices oficiales de inflación, ya de suyo ficticios.

Otro sector que requiere de una urgente regulación por parte del gobierno mexicano son las empresas aseguradoras, cuyos costos y condiciones de los seguros de gastos médicos mayores son excesivos y operan bajo un esquema que ya no está permitido en los países desarrollados, algo aún más leonino de lo que sucede con las instituciones bancarias, casi todas ellas de propiedad extranjera.

Un seguro de gastos médicos mayores para un adulto de 56 años hombre está hoy sobre los 5 mil pesos mensuales, por lo que un seguro para una familia de cuatro miembros alcanzan cerca de los 10 mil pesos, pero además los contratos están cargados de cláusulas que incluyen coaseguros, deducibles, derechos de expedición de pólizas y condiciones que ponen en una gran desventaja al contratante.

Después de la alimentación, el servicio básico que requiere una persona es el de salud, pero los gobiernos se han empeñado hasta ahora en “reformas estructurales” grandilocuentes, cargadas de pompa y publicidad, que están aterrizando en cambios insignificantes o, peor aún, en la nada, cuando se evalúa la forma concreta en que benefician a las familias.

El sistema de salud, esencialmente el público, requiere de medidas prácticas, acordes a la realidad de piso que viven los usuarios del sistema; se necesita inversión para expandir la cobertura y mejorar la calidad del servicio. Mientras, el sector privado requiere también una regulación, para proteger a los usuarios de medidas que contengan el lucro desproporcionado que están realizando hospitales, farmacéuticos y compañías aseguradoras.

Algo que abominamos de Donald Trump es su aberrante intensión de eliminar las reformas de salud que realizó Barak Obama, pero Donald Trump estaría feliz con las condiciones en que opera en México el sistema de salud, porque todos los mexicanos ricos corren a Houston, Texas, en cuanto les aqueja algún dolor, mientras que la mayoría de la población se enfrenta al calvario de un sistema de salud ineficiente, corrupto y obsoleto.

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