Mona, sexo y cumbia-death

"La monalilia y sus estrellas colombianas"
de Nazul Aramayo



Nazul Aramayo (foto: correodelibro.com.mx)
Hace poco, platicando con Julián Herbert me enteré de que en México sólo los chilangos y los laguneros hablan de sus terruños como si fueran el lugar más increíble del planeta. No le creí nada, estoy seguro que lo hacen en todas las ciudades del país. Además, Julián qué va a saber, él es de Saltillo y Torreón, como ya sabemos, es más chulo y cosmopolita.

Pero, siendo serios, esta ciudad también puede matarte, comenzando por el sol infernal que pica sobre la piel y terminando por la vida nocturna de arrabal. Por fortuna, aquel horrible sexenio de Calderón y su estúpida guerra del narco que hundió a esta metrópoli en sangre y miedo quedó atrás desde hace algunos años. Ahora, estamos hundidos en la mierda y el asco gracias a las elecciones estatales.

Con este terrible escenario que también mueve a la risa, apareció el segundo libro de Nazul Aramayo, La monalilia y sus estrellas colombianas (Fondo Editorial Tierra Adentro), cinco años después de su novela prima: Eros díler (Jus, 2012).

Siempre que me preguntan qué hay en Torreón, sé que nos vemos pobres frente a las ciudades grandes del país. Tampoco estoy cegado.

Entonces, para salir del entuerto, puedo afirmar que hay cerveza helada en las cantinas, carne asada de calidad, burros de hielera, Santos Laguna, leche Lala, la mejor cumbia del país y escritores, más escritores de lo que cualquiera podría esperar de esta ciudad.

Nazul es uno de ellos y su nuevo libro publicado en el Fondo Editorial Tierra Adentro retorna al camino que comenzó a trazar en Eros díler, a saber: un lenguaje descarnado, robado a los cholos norteños; historias de amor y droga barata y un personaje perdedor que jamás se agüita.

Nazul ha dicho que escribe porque no tiene otra opción. A pesar de que ahora trabaja en Saltillo como editor en un periódico, no le queda de otra más que escribir. También ha comentado que se acuesta por las noches y escucha voces platicándole las historias. Más allá de que tal vez está un poco desquiciado, el resultado de esas voces le permitieron escribir seis cuentos que giran sobre un par de personajes en distintos momentos de sus vidas: la Lilia y el narrador, un fresa que quiere ser cholo, pero no termina nunca de lograr la conversión.

(foto: correodelibro.com.mx)
Algunos asuntos me preocupan con la escritura de Nazul. La primera, es que este libro parezca más una continuación de Eros díler y no tanto una obra distinta. Si ése era el propósito, entonces debemos esperar su próxima obra en donde deberá dar un giro a su trayecto literario. Si no es así, entonces se acerca con vértigo al pozo de las repeticiones. Pienso que es ya momento de alejarse de su primera obra, aunque esto, por supuesto, no es una regla.

Otro asunto, Nazul prefiere no utilizar guiones para definir quién está hablando. Esto no es un defecto, cada autor tiene sus maneras. Desde mi perspectiva, muy tradicional y heterodoxa, los guiones son fundamentales, pero él tiene la habilidad de darle características específicas a cada personaje cuando habla. No sé cómo esto pueda funcionar en una novela de, digamos 200 o 300 páginas. En estos cuentos la lectura fluye, eso es lo importante.

Pero, lo que más me apura de este nuevo libro es la búsqueda de una voz propia. El lenguaje que utiliza Nazul parece muy similar al estilo que Carlos Velázquez desmenuzó con habilidad en La biblia vaquera. Tal vez tiene más reminiscencias cholescas y es todavía más descarnado, pero no me pude quitar de la mente al Carlos mientras leía La Monalilia.

Sólo en un cuento pude olvidar el lenguaje posnorteño: Navideath en San Pedro. Pienso, también, que es el mejor de todo el libro. Aquí, Nazul crea un universo alterno al lugar de donde es originario. Eso le permite llevar la ventaja. Creo que cuando un autor va más allá de los lugares físicos, cuando los hace propios y los reinventa la obra vive una mejora considerable. Por otro lado, los personajes de Navideath en San Pedro son más complejos y sus acciones más estrambóticas. Vamos, que el hiperrealismo siempre funciona.

El resto de los cuentos, a pesar de que están bien escritos y no tienen fisuras, parecen dar vueltas sobre ellos mismos. Algo que no es un defecto en sí mismo, pero que no me termina de agradar.
No sé, tal vez es porque Nazul es de Torreón y es mi amigo y siempre a quienes apreciamos les exigimos más que a los desconocidos. Es el trabajo sucio que uno debe estar dispuesto a hacer. Por lo menos, en mi caso, lo agradezco.

Por otro lado, pienso que todo aquel que viva lejos de La Laguna o que no nos conozca, encontrará un libro distinto, además, esta obra sirve para entender esta extraña ciudad que es Torreón, enloquecida como pocas y diferente a todas las demás. Tal vez Julián tiene razón, pero no saquemos conclusiones apresuradas.

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