Periodismo en verso: esa vieja tradición

Entrevista a FRINO

Por: Lucila Navarrete

Antonio Rodríguez “Frino”, juglar y sociólogo torreonense, líder de la banda de blues “La mula de sietes”, columnista lírico para Milenio Laguna, docente de la escuela de música “Del rock a la palabra”, doctorante del Posgrado en Estudios Latinoamericanos y autor de los libros Cortando rábanos (2016), Cuando canta un alebrije (2009) y El vuelo de Cliserio (2008), es hoy un referente de la lírica que combina el periodismo, las tradiciones orales y la denuncia social. Una tarde de este mes de abril conversamos con él sobre su trabajo. 


¿CÓMO fue tu decisión de ser un improvisador del verso, considerando que naciste y creciste en una zona de México que difícilmente se asocia a este tipo de tradiciones populares que, a diferencia, proliferan en el centro y sur del país?

F: Yo migré de Torreón al D.F. por la vía larga. Mi hermano Vicente y yo teníamos un dueto, y en el 2002 nos aventuramos a emular los viajes de motocicleta del “Che” Guevara, aunque con un par de guitarras para poder financiar el recorrido. Atravesamos Centro y Sudamérica y en todos los lugares que pasamos oí décimas: Uruguay, Ecuador, Cuba, Panamá; pero fue en Santiago de Chile que conocí de fondo la obra de Violeta Parra, una visionaria que se salió de las estructuras tradicionales y exploró con el rock, incluso anticipándose al progresivo. Violeta conjugó siempre dos mundos; lo hizo como cantante, como artista de radio y como tejedora. La primera vez que escribí una décima fue sentado en la tumba de esta artista. Con el tiempo me di cuenta que hay un poder tremendo en la décima: es una propuesta estética y también política; además de que no hay décima fuera de América Latina, es una estrofa casi endémica de nuestro continente.


¿Cómo surgió tu inquietud de investigar el fenómeno de la décima latinoamericana como parte de tus estudios en el Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM?

F: Esa decisión proviene de una recomendación que me hizo Juan Silva, un exiliado chileno que estuvo mucho tiempo en México y después regresó a su país. Mi hermano y yo lo conocimos en Chile porque tocamos en un foro que él había puesto en Santiago. Él sabía de la existencia de este Posgrado y al ver mis intereses me recomendó que revisara el plan de estudios. Mis ideas tardaron en madurar para hacerlas objeto de estudio. Fue en 2004 cuando finalmente ingresé a la Maestría y en 2014 al Doctorado. Mis temas de investigación han sido la lírica y la música popular latinoamericanas.


La banda que lideras, “La mula de sietes”, recientemente ha fusionado el blues con el son y la décima improvisada. ¿De dónde proviene esta inquietud de experimentar con dos universos musicales lejanos?

F: En realidad no son mundos lejanos. El blues surgió entre los esclavos de las plantaciones en el Mississippi, quienes se expresaban como podían sin estar conscientes de estar sentando las bases de un nuevo género musical; no tenían ni partituras ni modo de escribir las letras de las canciones; en ese sentido el blues era más una música tradicional y quizás su manera de cantar colectivamente podía asemejarse a un “fandango”, esa fiesta musical en la que no se distingue la división entre el artista y el público. En un fandango puedes estar tocando la jarana, al rato se la pasas a alguien más, después te vas a comer, regresas a zapatear... Yo creo que en las plantaciones la improvisación debió ser así, y su música era más parecida a una música tradicional. No me parece que esté tan lejano el blues del fandango que se practica en varias partes de nuestro país; tenemos ancestros comunes, como el griot africano, ese juglar que canta las historias de su pueblo. Yo estoy seguro de que el pariente del griot y el del sonero coincidieron en aquellos barcos que zarpaban de las Islas Canarias hacia las Américas en tiempos de la Colonia. Es un error común asociar únicamente estas prácticas al juglar medieval.


Tu nombre artístico, “Frino” tiene que ver con tu infancia y tus raíces. ¿Cuál es la historia que está detrás de él?

F: Mi papá toda su vida fue maestro en una escuela rural. Mi hermano y yo lo acompañábamos en las vacaciones en sus recorridos por los ejidos, pues tenía que darle seguimiento a los proyectos de la escuela, que era agropecuaria. Nosotros nos entreteníamos como podíamos en el campo; atrapábamos toda clase de animales del desierto: liebres, tarántulas, alacranes. Lo que más nos llamaba la atención eran unas lagartijas que lloran sangre y que comúnmente se les dice “chivillas” porque tienen cuernitos. A nosotros nos intrigaba mucho por qué lloraban sangre; educados con los jesuitas en la Escuela Carlos Pereyra creíamos que podían ser místicas, pero al investigar descubrimos que su nombre científico era phrynosoma orbiculare. Incluso yo llegaba a corregir a aquellos que les decían “lagartijas” o “chivillas”. Fue así que me empezaron a echar carrilla llamándome “Frino”. Durante muchos años no me gustó el mote hasta que un buen día me hice a la idea.


El nombre de tu blog y de tu columna “Cortando rábanos”, que a su vez intitula tu libro más reciente, es un homenaje a la tradición lírica de larga data. ¿Cómo nació el blog y qué simboliza su título?

F: Antes de ser una columna semanal empecé con el blog del mismo nombre en el 2010-2011, y más o menos de manera simultánea fundamos la banda “La mula de sietes”. La columna empezó en Milenio Laguna hace 3 años. La copla que les da título es viejísima, sus versos han pasado de generación en generación por todo el ámbito hispanohablante. Por otro lado, los rábanos remiten a lo picoso y su color es rojo, de izquierda. Como dice la letra “unos comíanos y otros cantábanos”, yo selecciono un tema diferente a la semana. En este sentido el pie forzado, que es un ejercicio que se practica mucho en el repentismo y que consiste en cerrar la décima con un octosílabo determinado, me lo pone la realidad. Yo ni siquiera lo sospecho y en la semana aparece solito el tema. Los “rábanos” de esta semana: “La crisis está en la mente” me los puso fácil el Peña Nieto, él solito se pone de pechito con esos pies forzados de poca madre.


Hablando un poco más de tu columna, es sugerente el uso de la décima como ejercicio periodístico, ¿cómo has logrado conjugar la juglaría y la picardía con la columna de opinión?

F: Es una buena pregunta porque yo no escribo poemas. La gente puede decir que lo son pero no es así; el verso vive en muchos lados. Nosotros conceptualmente lo restringimos a la poesía pero los versos están hasta en los jingles de la publicidad. Mi libro abre con una aclaratoria importante: “Éste no es un libro de poemas”. Y aunque parece novedoso hacer periodismo en verso, en realidad lo hemos hecho de esta manera desde hace siglos; ya después los parámetros modernos nos obligaron a que la escritura y la lectura fueran el registro. Incluso la literatura de cordel y el voceador han sido intermediarios entre la cultura oral y la escrita. Ejemplos más recientes han sido Renato Leduc o Francisco Liguori. Las calaveras de Posada, que todos conocemos, las acompañaban décimas; todo esto forma parte de nuestra tradición.


¿Cómo te vinculaste al periodismo, siendo que eres sociólogo?

F: Mi hermano, Vicente Alfonso, es periodista y con él he tallereado mucho mi trabajo. También tuve la fortuna de ser amigo de Federico Campbell y de su esposa Carmen Gaytán, y con Don Federico me pude instruir en la crónica y en tips periodísticos. Pero quiero insistir en algo: yo no hago periodismo de investigación, sino más un trabajo de divulgación, pues estoy consciente de que lo que escribo hoy se consigna mañana en una página por escrito que muy rápido se vuelve material para limpiar vidrios o envolver aguacates. Me parece que uno de los registros es, como pregunta Spivak, “¿puede el subalterno hablar?”; claro que puede, pero lo que nosotros no hacemos es escuchar. Yo preguntaría “¿quién escucha?” El subalterno muchas veces habla, hablamos, en registros musicales y líricos. La nemotecnia de la rima permite que se trascienda la página; es música que va de boca en boca. Yo me pregunto, ¿cuántas personas en México leen periódicos?, ¿pero cuántas sí les gusta escuchar una canción, un buen rap? Entonces, hablemos en los registros en los que estamos acostumbrados a discutirnos.


Eso explicaría por qué tu banda tiene un evidente posicionamiento político…

F: Sí, yo siempre digo que mi mejor medio de publicación es “La mula de sietes”. Realmente yo publico en una tarima con mi gente. Por eso mi libro trae un disco, no es nada más un regalo locochón; estos versos están destinados a existir en el aire. Es mucho más fácil acordarse de “43x43” o de “Mujer con vestido rojo” si tienen una melodía. Los mismos versos se presentan en dos registros mutuamente complementarios. Sería incongruente de mi parte sólo estar publicando libros.




Tu libro es un objeto interesante: las ilustraciones de Chubasco, el tipo de papel, los colores…

F: Claro, los cartones por ejemplo, también hablan, pues incluso los que no saben leer entienden. Las ilustraciones son en sí mismas décimas, son una síntesis de los hechos.


¿Cómo fue el proceso de creación de este proyecto?

F: Hace dos años fuimos a tocar al festival de la Sierra Gorda de Xichú en donde se toca huapango, jazz, rap, blues, reggae, de todo, y al finalizar nuestro toquín se me acercó Rubén Mendienta, el de Ediciones del Lirio, para preguntarme si yo hacía las décimas que había cantado. Le dije que sí y me sugirió que editáramos un libro acompañado de un disco. Accedí inmediatamente. Además participaron la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí, el Museo de Arte Popular de la Ciudad de México, con el que estoy muy vinculado; la diseñadora Patricia Reyes. En fin, este proyecto tiene un montón de aliados. Para mí por ejemplo, es un privilegio que la última grabación que hizo mi gran amiga Petsy Pecanins fue “Todo por servir”, que aparece en el disco. También se involucraron Alfredo Martínez, rapero que aprecio mucho; Hebe Rosell; mis amigas de Caña Dulce y Caña Brava; Citlaly Malpica; el trovador cubano Alexis Díaz Pimienta; el trío Gorrión Serrano; Verónica Valerio; la misma “Mula de sietes”…



Son ochenta pesos diarios
-$2’500 al mes-
el mínimo que aquí ves
cuando hablamos de salarios.
No quiero hacer comentarios
que pasen por imprudentes
pero resulta evidente
que vivir así es un reto;
aunque para Peña Nieto
“la crisis está en la mente”.

Fui a consulltar cuánto gana
cada diputado al día
y para sorpresa mía
vi que es un chingo de lana:
$5’000 diarios rebana
del erario, ciertamente,
es un insulto a la gente
y una falta de respeto;
pero para Peña Nieto
“la crisis está en la mente”.

¿Cuánto gana un magistrado
entre suelto y prestaciones?
Poco más de seis millones
al año. ¡Eso es demasiado!
$16’000 al contado
cobra cada delincuente
ganándose diariamente
la lotería sin boleto;
pero para Peña Nieto
“la crisis está en la mente”.

Mientras la doña en la mesa
-para brincar los bemoles-
le pone agua a los frijoles
distrayendo la pobreza.
La misma tortilla tiesa
o una Maruchan caliente
para entretener el diente
y el intestino esté quieto:
pero para Peña Nieto
“la crisis está en la mente”.

Yo no sé qué cosa entienda
por “crisis” el mandatario,
se ve que él no lucha a diario
con los precios de la tienda.
Y aunque mi verso le ofenda
se lo voy a echar de frente:
la prueba más contundente
de la crisis infeliz
que empobrece a este país
es que usted sea presidente.

-Frino
cortandorabanos@yahoo.com

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