Dr. Sergio Corona Páez: retrato de un cronista vitalicio

Por: Lucila Navarrete

El pasado miércoles primero de marzo despertamos con la noticia del fallecimiento del “Cronista oficial y vitalicio de todos los torreonenses”. Ni más ni menos había partido el Dr. Sergio Antonio Corona Páez (Torreón, 1950), quien desde el año 2005 juró ser cronista ante el cabildo de esta ciudad, aunque en honor a la verdad, lo fue de todos los laguneros. 

¿ALGO NOS QUISO DECIR el hecho de que su muerte coincidiera con las obras de desmantelamiento del “torreón”? Aunque la indignación de algunos ciudadanos y asociaciones ante la desinstalación del monumento no se hizo esperar, sobre todo en un contexto de sistemática precarización de nuestras edificaciones identitarias, el gobierno municipal aclaró días después que recolocaría el torreón una vez terminadas las obras del metrobús. En sentido opuesto a esta política autocrática y enceguecida con la parafernalia progresista, el fallecimiento del Dr. Corona Páez nos recuerda que esta tierra aún trasciende en esas otras figuras públicas que no necesitan del poder o la legitimación política para edificar obras cimeras. No exagero al juzgar que Sergio Antonio Corona Páez representa a un auténtico descubridor de nuestra “Laguna profunda” (en el sentido como lo entendió el antropólogo Bonfil Batalla), pues nos heredó un otro “torreón”, que no es otro sino el de los archivos, las anécdotas, las genealogías familiares y papeles virreinales que tradujo en grandes narrativas histórico-identitarias de la región.

Cuando el cabildo lo condecoró como cronista, no vaciló en asumir el encargo como figura pública y al mismo tiempo como un intelectual crítico que se entregó a la divulgación y cuestionamiento del pasado y el presente de nuestra “laguneridad”. Su hijo Antonio Corona, y su nuera Brenda Muñoz, recuerdan que “para él la tolerancia, la paz y la diversidad eran valores de gran importancia, lo cual se evidenció a través de su carrera académica. El empeño en rectificar los registros históricos y su vehemente oposición a la crueldad animal son algunos ejemplos de la manera en que abanderaba dichos valores”. Razones que lo llevaron a gestionar y encabezar, a través del ayuntamiento, un acto de desagravio ante el Embajador de China en México, con motivo de la conmemoración por los 100 años del funesto genocidio de 300 chinos en la ciudad de Torreón, en manos de una ciudadanía racista que consideró oportuna la toma de la ciudad por las tropas maderistas en mayo de 1911, para higienizar el entorno étnico de una comunidad que hasta entonces había sido muy próspera. “Para el Dr. Corona era muy importante que se reconociera en la ciudad la gravedad de este evento y el sufrimiento de la comunidad china”, señala Brenda Muñoz, la también directora del documental “La Matanza de los chinos”, quien buscó asesoría en fuentes que le proporcionó el Dr. Corona, como el Informe de 1911 sobre la matanza de chinos en Torreón dirigido al Presidente de la República para la elaboración del mismo. En una de sus crónicas el Dr. Corona señala: “en muchos artículos he presentado las pruebas de la existencia de una campaña oficial anti-china de carácter puramente racista, que era fríamente calculada e implementada. A nadie le debería extrañar que los chinos no confiaran en los mexicanos que los agredían y perseguían”. (Click aquí)

Su amor a la investigación y divulgación de la identidad regional demuestra la vara de uno de los más grandes intelectuales que haya tenido la Comarca Lagunera. Un vistazo a las columnas que escribía cada viernes para Milenio Laguna permiten reparar en una pluma astuta que combinaba la rigurosidad con el didactismo ágil para poderse dirigir a un lector no especializado, es decir, al lagunero de a pie. Sus colaboraciones ofrecen variopintas aproximaciones al pasado y el presente. Podía explayarse a detalle en la historia colonial, como la hizo en sus trabajos sobre la fundación de la misión de Santa María de las Parras –cuna de nuestra cultura- a mediados del siglo XVI en el reino de la Nueva Vizcaya, o sobre el modelo de producción de vinos de origen andalusí en tierras parrenses durante el periodo virreynal. Al mismo tiempo dedicó sendas páginas a curiosidades aparentemente ordinarias, en las que aborda por igual el origen de la “mestiza tortilla de harina”, que según sus indagaciones data del siglo XVI (Click aquí), o los requisitos culinarios para celebrar la “reliquia”, que incluyen el asado de puerco acompañado de siete sopas, como símbolos del alimento del cuerpo y del alma, respectivamente (Click aquí). La lista es interminable, si usted, lector, lectora lagunera algún día siente el peso del trabajo o del mundo, no hay nada mejor que curarse el alma leyendo las crónicas, breves, agudas y amenas, del Dr. Corona. La vida se transforma después de leerle. Su trabajo aún nos recuerda que las humanidades, la ética y el ejercicio del intelecto son necesarios y vigentes.

Mucha de la genialidad del “cronista vitalicio” reside en los cambios de perspectiva de la historiografía sobre la región, es decir, en los cambios de paradigma de determinadas ópticas de entender el mundo y la identidad. Cuando Julián Herbert, en su imperdible libro La casa del dolor ajeno (un texto lleno de gratitud al Dr. Corona Páez), señala que en parte, el cariz porfirista de nuestra sociedad –una sociedad que ama el progreso y se jacta de su perenne juventud– descansa en el orgullo de las presuntas raíces europeas que dieron origen a nuestra joven región. Esta clase de lugares comúnes, que se sustentan en las migraciones propiciadas por Porfirio Díaz a fines el siglo XIX, fueron un claro objeto de interrogación del Dr. Corona. Baste señalar como ejemplo la última columna que escribió para Milenio diario, fechada el 30 de diciembre de 2016, que se intitula “Diversidad étnica”, en la que aborda temas ya estudiados en otras publicaciones de gran envergadura, como Padrón y antecedentes étnicos del rancho de Matamoros, Coahuila en 1848 (2011) o Comarca Lagunera, constructo cultural (2005). En éstas expone, a través de datos empíricos, que nuestras raíces son “hispano-tlaxcaltecas” (¡sí, somos españoles y mesoamericanos!, lo que por ejemplo, explica el origen de una danza sincrética como la de los matachines del 12 de diciembre), o que nuestra sangre tiene un alto porcentaje de africanía (¡sí, somos negros también!) y asimismo es indígena. (Click aquí).

Una de sus más eminentes contribuciones a la historiografía ha sido su estudio La vitivinicultura en el pueblo de Santa María de las Parras (2004), tesis con la que obtuvo el grado de Doctor en Historia por la Universidad Iberoamericana Santa Fe, y posteriormente el galardón Gourmand World Wine Book Award, por haber sido el mejor libro de historia de bebidas en México en el año 2011. El estudio no sólo aborda de manera aguda la producción de vinos en Parras, sino que rebate trabajos ampliamente legitimados, como los de Francois Chevalier (que postulan que la corona española impidió el establecimiento y la producción de viñedos en tierras americanas, en aras de proteger a los vitivinicultores peninsulares), documentando al estilo de los grandes historiadores latinoamericanos (como por ejemplo, Sergio Bagú) que la producción era de tipo comercial y fue alentada y privilegiada por la corona. En sus indagaciones comprueba que había un deliberado proyecto económico y una gradual conformación social en torno al valor de cambio de determinados productos culturales, como fue el vino en la época colonial. El escritor Jaime Muñoz Vargas, editor del libro en cuestión, señala que “su especialidad más particularmente era la historia del sur de Coahuila, y más específicamente todavía, el pasado vitivinícola colonial del sur de Coahuila”. En este tema fue “la máxima autoridad del mundo, como lo demostró con su aplaudida tesis doctoral”.

Entre sus libros, sus columnas, el imprescindible blog cronicadetorreon.blogspot.mx (que registra alrededor de 1300 entradas entre el 2006 y el 2016) y sus colaboraciones en las revistas Acequias y El mensajero del Centro de Estudios Históricos, y el suplemento cultural La Tolvanera, entre otras publicaciones periódicas, la obra del Dr. Corona raya las 5 mil páginas. Con esto quiero decir que verdaderamente se nos fue un grande que cultivó el oficio de historiar con paciencia y rigor, que eligió permanecer lejos del perfil institucional y elitista de la historiografía académica y centralizada del país, evitando toda clase de protagonismos. Uno de sus amigos más cercanos durante los últimos 25 años fue el escritor Jaime Muñoz Vargas, quien recuerda que el Dr. Corona odiaba la fanfarronería, “la erudición violenta que se impone a punta de referencias cultas; consideraba que en esos casos el erudito era a lo mucho ‘un burro cargado de libros’ ”.

Con Jaime Muñoz Vargas
A los pocos años de haber ingresado como profesor de asignatura a la Universidad Iberoamericana, en 1998 asumió la dirección de su cueva predilecta: el Archivo Histórico de esta misma universidad, que en un principio fungió como resguardo de “Papeles de familia”. Con el transcurso del tiempo, las donaciones y hallazgos demandaron su ampliación, hasta que en el año 2002 se le designó Archivo Histórico “Juan Agustín de Espinoza, sj”, en memoria del jesuita “que mayor impacto social ha tenido para la Comarca al convertirse en el fundador de la misión madre de la Región Lagunera”, según señala el mismo Corona Páez en la página web del archivo. Hoy por hoy se le conoce como Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad Iberoamericana Torreón, lo que demuestra el grado de consolidación que el espacio adquirió durante la dirección del “cronsita oficial”. La meticulosidad fue una de sus grandes virtudes, me señaló Jaime Muñoz, a quien llegó a confesarle que si organizaba sus plazos “y trabajaba todos los días lo necesario, no había motivo para no cumplir a tiempo sus compromisos. Fue gracias a ese método y a esa secreta pasión por divulgar lo aprendido, que logró publicar miles de páginas hoy esenciales para adentrarnos en el pasado de nuestra región y en otros asuntos”.

Durante más de 25 años fue docente de la Universidad Iberoamericana, en la que contribuyó, con el característico perfil del jesuita laico, al cuidado apasionado de la historia y de la justicia en clave del pasado. Sus estudiantes lo recuerdan como un hombre tranquilo y humilde, que prefería la escucha a asumir el papel protagónico. La mayoría de sus clases las impartía en el archivo histórico. Miguel Orejel, quien fue uno de sus alumnos de la carrera de Comunicación, recuerda que “sus clases eran maravillosas experiencias. Todas se celebraban en el archivo y casi siempre eran pláticas entre amigos que se enriquecían con las anécdotas y conocimientos del Dr. Corona”.

Su hijo Antonio y Brenda, su esposa, con quienes coincidí hace ya varios años en nuestros tiempos universitarios de la Ibero, me confesaron que “quedaron en el tintero todavía más proyectos encaminados al estudio y celebración del constructo cultural de la Laguna como factor identitario de sus habitantes”. La familia, me dijeron, fue un tema prioritario para el Dr. Corona, “como abuelo fue muy cariñoso, y es el héroe de sus dos nietos”.

Llama la atención que las declaraciones del gobierno municipal respecto del fallecimiento de esta figura pilar para todos los laguneros, se hayan restringido a un escueto twitter por parte del alcalde. Bien señala Jaime Muñoz que el Dr. Corona es una “verdadera institución”. La continuidad de su legado aún se desconoce: trabajaba prácticamente solo, acompañado de otros intelectuales como Carlos Castañón o el mismo Jaime, en un contexto social enceguecido con el presente y el futuro, que por lo general es hostil a oficios relacionados con las humanidades, y especialmente con la reconstrucción del pasado.






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