Bimbo: el emporio de la gordura en México

Murió Lorenzo Servitje

Por: Álvaro González

Era un púber de pelo rubio y revuelto, de grandes cachetes rojizos y ojos de un azul intenso, redondo de cuerpo, muy redondo, tanto que no podía practicar casi ningún deporte ni participar en algunas actividades escolares. Tenía un nombre extraño que jamás he vuelto a escuchar en alguien: Protasio.

No destacaba en nada y lograba aprobar los exámenes “de panzazo” o tenía que irse a cursos de castigo en las tardes, pero era especialmente afable y se ganaba la buena voluntad de la mayoría porque, a diferencia de casi todos los demás compañeros del sexto año de primaria, en los recreos compraba todo un paquete de productos Bimbo y una coca cola grande y, ésa era su gracia, regalaba una parte de ellos.

Hijo de un próspero ganadero de Jalisco, a Protasio le daban demasiado dinero todos los días y, penosamente, en aquellos años la gordura era festejada, más entre los rancheros, para quienes eso era “estar lleno de vida”.

Después de las vacaciones de diciembre del último año, Protasio no se presentó a clases y así pasaron varias semanas, hasta que se corrió la noticia de que se encontraba muy enfermo; se le había presentado diabetes. Nadie habíamos escuchado antes esa palabra y no había ni la más remota idea de en qué consistía; luego lo supimos.

Nunca volvió a la escuela, porque se lo llevaron a Guadalajara para atenderlo, pero se me quedó fija en la mente su imagen, sentado en los recreos comiendo gansitos, submarinos, napolitanos, mantecadas y otras chucherías. Después de comer todo eso terminaban en su mano varios monitos de plástico blanco, que eran personajes de Walt Disney y venían en cada paquete como regalo. Él tenía toda colección en su casa.

Ya en ese año yo trabajaba los fines de semana en un almacén de abarrotes de una tía y podía observar, ahora con otros ojos, cómo llegaban los camiones de productos Bimbo, blancos, siempre limpios y con empleados de uniforme impecable que surtían el almacén con charolas y charolas de todos los productos de la marca.

Había que surtir con mucha frecuencia, porque su consumo era masivo, en especial porque enfrente del almacén se construía un templo muy grande dedicado a El Señor de los Milagros, un Cristo de color negro, y muchos de los albañiles, sobre todo los más jóvenes, “almorzaban” productos Bimbo o un pan que preparaban como una torta o “lonche”, como le decimos en La Laguna.

Yo, en mi ingenuidad, le decía a la clientela, ya fueran madres, niños o albañiles, que los productos Bimbo hacían daño y algunas señoras extrañadas me preguntaban porque y yo les contaba la historia de Protasio, hasta que mi tía se dio cuenta y me dio una gran regaño, pero cuando no estaba yo seguía con mi proselitismo, aunque nadie me creyera.


EL ENCUENTRO CON LORENZO SERVITJE

Pasaron muchísimos años y, en 1984, estudiaba la maestría en Desarrollo Organizacional, en una extensión de la Universidad Autónoma de Nuevo León que se manejaba a través de la UANE en Saltillo. Por este medio fui invitado a un congreso nacional en Desarrollo Organizacional en Hoaztepec, Morelos.

El gran invitado al congreso era nada menos que Lorenzo Servitje, fundador y propietario de la empresa Bimbo, quien impartía la conferencia magistral, pues era considerado como un empresario ejemplar para el gremio del Desarrollo Organizacional de la época y, ciertamente,  Lorenzo Servitje Sendra, quien falleció el pasado mes de febrero casi a los 100 años de edad, fue un empresario fuera del promedio de los empresarios mexicanos.

Católico muy devoto, era promotor de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, de la cual era un gran benefactor, como lo era de muchas otras instituciones y proyector de asistencia social, también fue, en la opinión de sus propios empleados, un buen patrón, muy por encima de nuestra media nacional, que deja mucho, mucho que desear. De paso, siempre tuvo un cierto liderazgo dentro de la comunidad de los grandes empresarios del país y Bimbo hoy es una empresa de talla mundial, una de las muy pocas trasnacionales mexicanas exitosas.

El caso es que todo fue bien en el mencionado congreso hasta que llegó el último día y se presentó la conferencia magistral, que era el clímax del evento.

Lorenzo Servitje estaba entonces en su plena madurez y su empresa crecía de manera ejemplar. Después de la conferencia había un panel abierto con cinco participantes seleccionados y me tocó en el sorteo ser precisamente uno de los cinco.

Para colmo de lo que vino después, yo abría el panel y me encontré metido en un predicamento serio: aprovechar o no aprovechar la oportunidad para cuestionar al dueño de Bimbo sobre lo que pensaba de sus productos. La oportunidad era seguro que nunca se volvería a repetir así que, con gran tensión, tome el micrófono y aproveché todo mi tiempo para exponer que los productos Bimbo podían ser un serio problema para la salud de los mexicanos, en especial los niños.

El moderador pasó del asombro al enojo y, por indicaciones de no sé quién de los organizadores, me descalificó y pidió que se pasara al siguiente panelista sin que el invitado diera una respuesta. Yo era un impertinente, como quien lanza un eructo en medio de la ceremonia de consagración de una misa.

De más está decir que me vetaron y mientras duraron esos eventos, que sin bien recuerdo organizaba la UDEM de Monterrey, nunca volví a ser invitado a uno de ellos. Había pecado de irreverencia ante un santo patrono, hoy consagrado en el altar empresarial mexicano, pero siempre me quedé con la inquietud de poder escuchar cómo pensaba el propio Lorenzo Servitje sobre sus productos y la salud de quienes los consumen.

¿Yo estaba exagerando en mi postura mientras la empresa Bimbo vendía cada vez más sus productos y expandía sus mercados a nivel internacional? Los hechos al parecer están de mi lado, en la opinión actual de los nutriólogos y hasta de los epidemiólogos, quienes consideran que la gordura se ha convertido en un grave problema de salud para los mexicanos, por los males que provoca, como la diabetes, los males cardíacos, entre muchos otros.

¿Bimbo es responsable? Considero que sí, junto con las refresqueras y otras empresas de comidas chatarra, quienes han inundado el mercado con productos nada saludables, pero que son uno de los más grandes negocios del país. ¿En qué pueblo, rancho o ciudad no están los productos Bimbo, la Coca Cola o Sabritas?

¿Pero por qué? Pongamos pequeños ejemplos. Un paquete de “submarinos”, uno de los más viejos productos de Marinela, una marca de Bimbo, que contiene tres pastelillos, tiene 359 calorías,  27 gramos de azúcar (entre cinco y seis cucharadas), grasas de todos los tipos (todas ellas dañinas) y está hecho a base de harina extra refinada, pero ahora, para cubrir las apariencias, supuestamente es un producto adicionado con vitaminas y, por supuesto, sustancias químicas preservativas.

Una Coca-Cola de medio litro contiene 52 gramos de azúcar y por lo menos 250. Si un niño ingiere un paquete de “submarinos” y un refresco, está consumiendo 609 calorías y 79 gramos de azúcar. Lo más lamentable es que esto es algo completamente cotidiano; un serio problema de alimentación, si partimos de que la dieta diaria de un adulto debe tener un promedio de 2,000 calorías, y no se recomienda que consuma más de cinco cucharadas de azúcar, considerando que lleve una dieta sana, baja en carbohidratos y rica en vegetales y frutas, que ya contienen fructuosa.

Otra referencia. Una caminata enérgica de una hora, a una velocidad de seis kilómetros por hora, representa un consumo energético promedio de 300 calorías, menos que un paquetito de “submarinos” Marinela. ¿Cuántas personas hacen una caminata enérgica de una hora ininterrumpida todos los días? Poquísimas, incluida a la mayoría de quienes asisten a gimnasios, donde la preferencia es el levantamiento de peso, lo cual desde el punto de vista cardiovascular no es lo más adecuado.

El “gansito” Marinela está considerado como la golosina más vendida en la historia de México, cuesta 10 pesos (mientras que los “submarinos”, 12), tiene 202 calorías, 18 gramos de azúcar y, por supuesto, grasas procesadas. Si un refresco cuesta 8 pesos, el gasto de las dos golosinas representa 20 pesos diarios; 400 pesos mensuales si sólo lo consume un niño los cinco días que va a la escuela, lo que significa que además de nocivos para la salud, estos productos son caros para la economía de las familias, sobre todo las de bajo ingreso, que es la mayoría de los mexicanos.

La experiencia del compañero Protasio , hace casi 50 años, no era sino la anticipación del futuro de lo que ocurre hoy en México: gordura colectiva y un pandemia de enfermedades derivadas de la mala alimentación y los malos hábitos de vida.

¿Bimbo es entonces una empresa ejemplar? Como estructura organizacional es muy probable que sí, pero desde el punto de vista social, específicamente de la salud, definitivamente no y, paradoja, lo que al menos públicamente preocupaba más a Lorenzo Servitje era la función social de la empresa, lo que resulta toda una gran contradicción.

Pero Bimbo no está, con mucho, sola en la venta de alimentos chatarra. Pongamos un ejemplo que parece propio de un mago de circo. Tome usted una bolsa de “cheetos” o “doritos” de la marca Sabritas, ábralos y haga un pequeño montón con ellos, colóquelos, si quiere junto con la bolsa, y rodéelos con carbón, póngale un cerillo encendido a los “cheetos” o a los “doritos” y se convertirán en fuego, con tal intensidad que calentará el carbón de forma inmediata y podrá iniciar así su carne asada de fin de semana.

¿Qué contienen estos productos que se convierten en un fuego capas de iniciar una fogata? Nada que sea bueno para la salud, mucho menos de un niño. Si quiere simplificar las cosas y no tiene carne asada, simplemente tome un “cheeto” y acérquele un cerillo; verá, para su sorpresa, que se enciende de inmediato hasta consumirse totalmente.

Barcel es una empresa filial del grupo Bimbo, creada a principios de los años setentas y produce una gran variedad de frituras chatarra; tiene como principal competidora a la empresa Sabritas, firma propiedad de la empresa Frito-lay, que a su vez son una filial de la trasnacional Pepsico (Pepsi cola), la que produce frituras como los mencionados “cheetos”, los cuales son, como casi toda la comida chatarra que producen estas empresas, muy populares, por la cantidad de publicidad que se invierten, especialmente en la televisión.

Una bolsita de “cheetos” de apenas 56 gramos, que representa 303 calorías, está compuesta por un 51% de grasas, 336 miligramos de sodio (demasiada sal) chiles, ácidos y una lista muy grande de sustancias, que hacen un coctel incendiario (para el estómago, para los intestinos y para un cerillo prendido), por supuesto “con un sabor inigualable” ¿Que podría igualar semejante fórmula? Sólo los productos del líder del mercado: Bimbo.

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