También el rock envejece sin gracia

Sobre el libro "Satisfaction" de Jacobo Celnik


Hace ya algunos años, Bowie se preguntaba cómo seguir siendo rockero cuando había cumplido más de cincuenta años y se acercaba peligrosamente a los sesenta. Se supone que el rock es un asunto de adolescentes, ya lo había dicho Roger Daltrey cuando cantaba en su muy primera juventud que quería morir antes que volverse viejo. Pero lo hicieron, quiero decir que todos ellos se hicieron viejos y además, se están muriendo. Nada fuera de lo normal, por supuesto.

La esencia del rock es mantener cierto espíritu juvenil, aunque en la realidad el género también envejeció y ha necesitado reinventarse una y otra vez, por eso tal vez es más complicado que los grupos novísimos logren una exploración musical más allá del reciclaje. Aunque pertenece al universo pop en cuanto a su comercialización, el rock necesita no sólo de una constante renovación, algo más que obvio, sino que además se alimenta de cierta insatisfacción, de un constante malestar ante la cultura diaria. Es muy sencillo ser punk de centro comercial, incluso no tiene nada de malo, pero el rock requiere un poco más que eso.

Pienso que una actitud fundamental del rockstar/compositor es cierta curiosidad adolescente. Todo el tiempo debe buscar nuevas formas de comunicarse con las generaciones más jóvenes y además, acercarse a los músicos que están en un constante proceso creativo. Creo que Iggy Pop lo demostró bien al juntarse con Josh Homme para grabar su último disco, o el mismo Bowie cuando requirió de las habilidades de músicos más jóvenes y del avant jazz para crear Blackstar.

También pienso que el rock más valioso lleva en su esencia una rebeldía burguesa. Esto quiere decir que necesita politizarse a pesar de que esta acción no lleve a ninguna revolución. Incluso así, funciona, no sólo en sus letras, sino en sus ganas de molestar a la vieja guardia. No se necesita ser explícito para demostrar repugnancia por la sociedad: con una guitarra bien distorsionada Tony Iommi removió la tierra que pisaba el conservadurismo inglés.

Pero, ¿qué sucede con los rockeros que llegan a viejo y han perdido el impulso? Aquellos que ya no emocionan como antes. No quedan muchas opciones, supongo, deben seguir adelante porque de eso viven y las cuentas se tienen que pagar. Incluso aquellos que vendieron cantidades millonarias cuando la industria discográfica vivió su mejor momento, hasta ellos tienen que pagar la gasolina de los autos de sus hijos o algo por el estilo. Así que siguen grabando y salen de gira, aunque muchos no terminan de comprender qué sucedió con el mundo de la música desde que la red y Napster aparecieron ya hace tanto.

La respuesta la tiene Satisfaction de Jacobo Celnik, libro de entrevistas a grandes leyendas del rock, sobre todo el progresivo. 

El libro consiste en un montón de entrevistas acompañadas de pequeños ensayos sobre la pertinencia o importancia del grupo o músico en cuestión. Parece el trabajo de varios años, ya que la entrevista más vieja data del 2004 y la más reciente justo antes de la publicación del libro en marzo del año pasado.
Es un trabajo de vida porque cazar a los rockstar incluidos debió requerir de un esfuerzo grande por parte del autor y al mismo tiempo, una paciencia infinita para enfrentar a viejos héroes que, al parecer, viven de las glorias que lograron hace tanto tiempo.

No todos parecen desafiar la vejez de la misma manera, resulta admirable la forma en que Roger Daltrey, Brian Eno y Tony Levin, por hablar de algunos, explican cómo siguen en una búsqueda constante frente al paso del tiempo. Pero la actitud de la mayoría es casi deplorable. No me refiero a que estos músicos, quienes buscan cómo adaptarse a este mundo de “likes” y sencillos pop reciclados, tengan que buscar la manera de continuar trabajando en lo suyo, tampoco en que recurran a la nostalgia de vez en vez para entender quiénes son ahora. Me refiero a la satisfacción feliz pero vacía que viven muchos. Y sí, pueden sentirse muy satisfechos de que fueron parte de uno de los más grandes momentos del rock, pero me parece pusilánime que eso sea lo único que los define. Algo que sucedió más de 30 años atrás.

Sólo hay que leer la entrevista a Roger Hodgson de Supertramp, quien se revuelca, con puerca felicidad, en su propia mediocridad contemporánea. Vamos, que la diferencia entre este tipo de viejos rockeros y Bowie, por ejemplo, no sólo reside en que este último, aunque sabía que iba a morir, decidió reinventarse por una última vez, sino en que a Hodgson le gusta Coldplay aunque no escucha bandas nuevas y Bowie rechazó a Chris Martin y compañía por mediocres. Creo que es un buen ejemplo de lo que está sucediendo con esa vieja guardia.

Al mismo tiempo que leía  Satisfaction, estuve leyendo Postpunk, un libro sobre lo que sucedió en el rock justo después de la explosión punk, y me parecía observar dos mundos por completo distintos a pesar de que me movía en el mismo género. Por un lado, un grupo de jóvenes que buscaban reducir a escombros la herencia del rock clásico para crear algo diferente; por este, un libro de músicos que veneran el virtuosismo vacío, la técnica pura como estética. Te puede gustar mucho o poco el punk, como a mí, pero siempre es mejor la revolución en el rock, aunque no sirva para explotar nada.

Nada de lo que escribí más arriba va en detrimento de este documento periodístico. En todo caso, me sirvió para reflexionar sobre en qué se ha convertido el rock conforme va envejeciendo.

Las entrevistas revelan datos interesantes, fobias y odios añejos entre los músicos. También escuchamos las voces de quienes participaron en grandes discos. Nos encontramos desde un anciano cascarrabias como Jack Bruce, hasta un muy amable y platicador Andrew Loog Oldham. Muchos nombres conocidos se pueden encontrar aquí: Eric Clapton, Ray Manzarek, Ian Anderson, Robert Plant, Grag Lake, Ian Gillian, Alan Parson, Steven Wilson. Además de que se puede aprender un poco más de la historia de bandas como The Who, Yes, Deep Purple, Queen o Rush. Un excelente añadido son las entrevistas a distintos representantes y productores, esos personajes que encumbraron a sus grupos pero no recibían la fama, aquí aparecen contando lo que vivieron.

No sólo lo anterior, Celnik hace un trabajo más que aceptable escudriñando ahí donde los músico no quieren hablar, presentándolos como humanos más que como dioses, y, aunque a veces sí parece que el fan ensombrece al periodista, el trabajo del autor se mantiene hasta cierto punto lleno de curiosidad crítica pero amable, porque supongo que encontrarse con los ídolos de juventud no debe ser nada sencillo.

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