Los municipios olvidados: Hidalgo, Juárez y Progreso

#CrónicasdeCoahuila

Por: Álvaro González

EL PUEBLO tendría unos pocos cientos de habitantes, aunque los datos oficiales afirmaban que sumaba 800, lo cual estaba totalmente distante de la realidad. La presidencia municipal era una pequeña edición de adobe con techo de lámina de no más de seis por cinco metros cuadrados, mientras que la plaza principal estaba rodeada de fincas semiderruidas de adobe, con aparentes décadas de abandono; eso sí, la finca más grande, que también era muy modesta, era una que mostraba en su fachada grandes letras: “Recaudación de rentas del estado y municipio”. ¿Qué se podía recaudar en medio de esta pobreza?, al menos que aquel fuera el set de la película La Ley de Herodes. Al preguntar por el presidente municipal vino una gran sorpresa: “No, pos va a estar difícil que lo pueda ver joven, él anda trabajando allá del otro lado” y el viejo envuelto en un grueso sarape señaló con su dedo hacia el Río Bravo, que corre a unos cuantos kilómetros de ahí.

Estaba en la cabecera del municipio de Hidalgo, uno de los municipios más pobres y apartados de Coahuila, ubicado en la frontera con el Río Bravo y colindante con el estado de Tamaulipas. 

Ese invierno, el de 1978, fue algo inclemente, especialmente para mí que no estaba habituado a climas tan fríos; el aire cortaba como una navaja y la neblina le daba al pequeño caserío un ambiente aún más nostálgico, desolador, era una manera bastante inhóspita de terminar un larguísimo recorrido por todo Coahuila.

Era una suerte haber podido llegar hasta ahí, gracias a lo avanzados que estaban los trabajos de construcción de la llamada carretera rivereña que une Piedras Negras con Laredo, Tamaulipas, pues hasta el año anterior la única manera de llegar era un pedregoso camino de terracería.

Impetuoso como era, el gobernador Óscar Flores Tapia había anunciado en el año que para 1979 se iniciaría un gran proyecto agrícola llamado Hidalgo-Guerrero, que abriría al cultivo 20 mil hectáreas, regadas con aguas del Bravo. Los pocos habitantes veían tal proyecto con mucho escepticismo; no así el gobernador, quien había ordenado la construcción de una modesta clínica cerca de la presidencia municipal.

Décadas y décadas de abandono no podían sino generar escepticismo si el propio presidente municipal andaba de “mojado” trabajando en el vecino estado de Texas.

Después de recorrer los 38 municipios de Coahuila, una de las ideas más importantes que te quedaban en claro era que la mayoría de ellos eran territorios muy pobres y abandonados, pero también te quedaba la impresión de que en medio de la soledad, del abandono y de la pobreza había cierta dignidad y un carácter fuerte, curtido, entre sus habitantes. No se veía ese tipo de miseria y precariedad que se observa hoy en los cinturones de miseria de las ciudades, donde se acumula la basura, la promiscuidad, los vicios y un ambiente que, literalmente, apesta a suciedad.

Estos pueblos, cabeceras municipales o rancherías, parecían haberse quedado perdidos en el tiempo; como si, quitando unas pocas y viejas camionetas regadas por ahí, llevaran la misma vida que llevaron sus antepasados en el siglo XIX.

¿Cuántos municipios vivían así en 1978? Es difícil cuantificarlo, pero muchos; por lo menos la mitad de los 38 que forman Coahuila. En la últimas décadas las cosas han cambiado, ¿pero qué tanto? En algunos casos se podría decir que muy poco.


UNA ISLA EN EL DESIERTO

En algunas ocasiones se encontraba uno con cosas de lo más inesperado, como en el caso del municipio de Juárez, que se ubica a 65 kilómetros de Sabinas, en la frontera con Nuevo León, y a un lado de la presa de Don Martín o Venustiano Carranza, a cuya cabecera municipal, que era un caserío tirado de panza al sol y con una sola calle de por medio, se tenía que llegar a través de un “chalán”, que era una plataforma de madera flotante donde se podía subir un vehículo y se jalaba hasta el otro lado del Rio Sabinas por medio de dos cuerdas.

El pequeño poblado era, literalmente, una isla al otro lado del Rio Sabinas, junto a la presa de Don Martín, una de las primeras obras hidráulicas de la revolución, que fue terminada en 1929 por el gobierno de Plutarco Elías Calles. 

No era explicable por qué el municipio tenía, en ese 1978, una población de apenas 2,593 habitantes y la casi totalidad de ellos gente pobre, si estaban junto a una presa que tiene capacidad para almacenar  1,360 millones de metros cúbicos de agua, los que se destinan al distrito de riego que comparten Coahuila y Nuevo León (municipio de Anáhuac), del cual forman parte los municipios de Juárez y Progreso, otro municipio igual de pobre.

El llenado de esta presa de Don Martín es errático y no es común que alcance su máxima capacidad de embalse, sin embargo da para una superficie agrícola de riego bastante extensa; lo cierto es que no se veía prosperidad por ninguna parte.

Aproximadamente un  veintena de lugareños se dedicaban a la pesca, con resultados más bien magros, pero era una forma de ganarse la vida. No existía ninguna instalación turística, ni tampoco servicios, los que debieron aparecer con el paso de los años para darles atención a los visitantes de los municipios de la región carbonífera.

Sentadas en el lodo y las ramas secas de la rivera de la presa se podían apreciar únicamente dos lanchas de motor, propiedad de los muy pocos pescadores que explotaban esta actividad en la presa. Uno de ellos, comentaba: “Pues hay años en que sí sale para irla llevando, pero hay otros años en que la presa se vacía mucho y la pesca baja y pos ya no sale ni para sacar los gastos; esta presa es así, desde que yo estaba chiquillo sólo dos veces la he visto llena, lo que se dice llena, pero muchas veces la he visto muy baja, porque todo depende del agua del río y pos de las lluvias que caigan ese año”.
¿Pues cuánto sacas de la pesca cada semana, por ejemplo, la semana pasada? Le pregunté al hombre de edad mediana, cachucha beisbolera descolorida y piel ajada y rojiza.

Pos en esta temporada de calor saco los 700, los 800 pesos y si la semana es muy buena, pues salen los mil, pero pos como te digo hay años muy malos y sacas apenas los 400 pesos por semana, luego cuando hay más pescado pos te lo quieren comprar más barato: hay en Sabinas o en Rosita y entonces dices ‘pos luego, apoco la carne baja de precio cuando hay más ganado’, no, si hay gente que es cabrona, hay con todo respeto.

¿Nada más vives de la pesca?

No, yo compré esta lancha con una temporadita que me eché de trabajo hay por Uvalde, aquí cercas, en Texas, pero tengo también mi parcela y la trabajo, esto de la pesca  pos es una buena ayuda, pero pos no alcanza para sacar adelante a la familia, luego con la gastadera en gasolina y el mueble para ir y venir a Sabinas o ir a Rosita y a los pueblos a vender, porque pos aquí se acerca muy poca gente de visita.

Aun con una presa de comportamiento tan incierto, los campesinos, con ayuda gubernamental construían entonces el que iba a ser el primer restaurante para vender pescado al turismo. Por lo poco que se veía iba a ser una construcción circular con cimientes de piedra. En eso desgastaban sus afanes por esos días de un caluroso verano, en que el Río Sabinas había estado llevando un caudal que consideraban como bueno.

En su pobreza, el pequeño pueblo lucía limpio y sus casas, construidas a base de adobe y techumbre parecían en mucho mejor estado que las de Hidalgo, por hacer referencia. 

Nada especial qué contar del primer municipio del país que llevó el nombre de Benito Juárez. Los lugareños explicaban que la gente próspera del municipio no vivía en él, sino en Sabinas y se trataba de agricultores y ganaderos que habían alcanzado cierta bonanza, por medio del trabajo de dos o tres generaciones.

En el gobierno de Eliseo Mendoza Berrueto, finalmente se construyó un puente sobre el Río Sabinas para sustituir al viejísimo “chalán”, que por años había acarreado gente, ganado y vehículos de un lado al otro de este río.

 Este cuerpo de agua tiene por cierto una relación íntima con la historia del centro y el norte de Coahuila, a partir del cual se fundó el legendario Marquesado de San Miguel de Aguayo, perteneciente a la familia Sánchez Navarro, sobre la cual se fundó precisamente Juárez, en los alrededores de la Hacienda de El Álamo, propiedad de Patricio Milmo. Lo lamentable es que la riqueza de la primera nunca se trasladó a los campesinos de los municipios de Juárez y Progreso.

La historia de aislamiento y pobreza de todos estos municipios pequeños de Coahuila era crítica todavía en los años setentas del siglo pasado, hace apenas cuarenta años. Con el paso de los gobiernos se han introducido algunos cambios, pero muy pocos, porque la población se ha ido concentrando en ocho municipios, como Saltillo y su zona conurbana; Torreón y su zona conurbada; Monclova-Frontera y su zona conurbada, Piedras Negras y Ciudad Acuña.

No es sino una consecuencia que tan solo 8 municipios del estado concentren el 78.5% de la población total de Coahuila; que 16 municipios tengan un decrecimiento de su población; que 8 estén estancados y tan solo dos (Saltillo y Torreón) concentren la mitad de toda la población estatal, y creciendo.

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