El regionalismo de La Laguna


Alguien dijo que el regionalismo es como el amor, sabes que está ahí, pero no lo puedes delimitar; puede ser tan peyorativo como elogioso. 

Este año la discordia entre Estados Unidos y México despiertan una fuerza nacionalista hacia lo nuestro como país y hacia los mexicanos que allá radican. Aun y cuando entre países estados y ciudades hay más afinidades que diferencias, siempre resulta en una disputa inevitable defender el origen. Ahora los mexicanos estamos viendo cómo nuestros líderes responden a las provocaciones extranjeras; ante la acción la reacción, es decir como vemos, damos.

Como con el amor y el dinero, los sentimientos hacia el regionalismo no se pueden ocultar. Es la efusión del espíritu por el sentido de permanencia a su región. Se carga en el alma y se defiende con actos. Según el diccionario sobre regionalismo: “Doctrina o tendencia política que defiende que el gobierno de un Estado debe considerar el modo de ser y las aspiraciones propias de cada región. Apego a determinada región”.

Por lo tanto, cuando hablamos de regionalismo nos referimos al amor, al vínculo de lo propio y sucede que entre las ciudades del estado de Coahuila este escenario es relevante. Los habitantes de Parras, Monclova, Acuña, Piedras Negras, Cuatrociénegas, Sabinas, Saltillo y los otros municipios sienten ese orgullo, pero el regionalismo que demuestran los de Torreón es simplemente de Torreón, pero ¿cómo surgió? Algo percibí en mi infancia sobre el tema y hoy lo intento descifrar.

Torreón destacó por ser una ciudad progresista. En 1970, nos mudamos allá, por la misma razón que mi abuelo lo hizo en 1940, ambos mi padre y abuelo, consiguieron un mejor empleo y mejor salario que en Saltillo.

En 1848, los señores Leonardo Zuloaga y Juan Ignacio Jiménez, compraron las tierras de la región lagunera, años después dividieron la hacienda quedando el río Nazas como límite de las propiedades. Torreón se fundó como villa en 1863 y en 1907 se convirtió en ciudad importante; pues ya contaba con agua potable, drenaje, transporte con tranvías eléctricos. Tenía dos teatros, el Herrera y el Ricardo de la Vega. En la capital del estado el alumbrado público era de focos: en Torreón ya usaban el vapor de mercurio, sin duda fue la ciudad del progreso.

Su gran desarrollo y crecimiento se debió al Ferrocarril Central Mexicano; pues de la capital del país hacia Ciudad Juárez pasaba por el rancho “El Torreón”. Fue estación de bandera blanca. El Ingeniero norteamericano Federico Wulff, trazó la moderna ciudad con anchas banquetas calles, avenidas y espacios para jardineras de árboles como: palmas, fresnos, truenos, cedros, jacarandas, huizaches y álamos.

Torreón fue el cruce de caminos y productora del oro blanco: el algodón. Creó la industria de aceites y jabones, fábricas de textiles y la fundición metalúrgica Peñoles; contaban con media docena de instituciones bancarias y diversas oficinas consulares, había hoteles restaurantes, farmacias, todo esto era una realidad y recién la habían nombrado ciudad. La Laguna transitó por épocas buenas y malas: con la crisis algodonera se diversificó hacia el cultivo y la ganadería consolidando la cuenca lechera.
Torreón se destaca por su sentido de igualdad, la casta les va y les viene, no comparten el aprecio de Saltillo y otras ciudades por recrear la genealogía de las personas. El carácter de los laguneros se forjó desde la generosidad y el desprendimiento; pues es una ciudad hecha de extranjeros, de inmigrantes árabes, españoles, franceses, chinos, alemanes, ingleses, de saltillenses como mis abuelos, y zacatecanos. El orgullo de ser de Torreón viene de una consciencia generacional multicultural. Es una de las pocas ciudades de la República que celebra el Festival de las Etnias, para promover la cultura de los primeros habitantes de La Laguna.

Donde una vez hubo una ciudad abrazada por las aguas del Nazas que se dividían en tajos para abastecer los campos de cultivo, y continuar su trayecto hasta la ya desaparecida Gran Laguna de Mayrán, ecosistema raro y único parecido al delta del Okavango en África, hoy Torreón te da la bienvenida con los grandes puentes, recuerdos de tiempos corruptos e impunes. Las grandes avenidas resaltan entre las banquetas destrozadas de calles grises y desiertas.

Torreón, no fue nunca así.  En la memoria es la ciudad sin sueño y son los dueños del segundo aire, el mejor, el de la noche. Desde que el sol empezaba a caer y el cielo a teñirse de rojo púrpura, a la banqueta las mecedoras, y los niños a sus bicicletas, salir y disfrutar del segundo aire, del fresco nocturno. En las esquinas era común ver a los hombres reunidos observando un partido de ajedrez o dominó, y compartían con los vecinos una buena pelea de box en alguna televisión.

Hoy sus habitantes desencantados no salen a tomar el fresco. Los nombres de las calles apenas se distinguen, la gente mira sin mirar.  Están ahí los que tienen que estar. Los que le son leales a su terruño, los que se empeñan en no olvidar los pedazos de sus recuerdos; se acompañan en el ayer junto a sus ciudades hermanas y por doquier apesta a injusticia.

Desde hace tiempo la Comarca Lagunera pide su separación de Coahuila y Durango para formar su propio Estado. Con acciones han demostrado su descontento y su capacidad de ser autosuficientes. Si una vez forjaron una gran ciudad una comunidad que destacó económica y culturalmente a nivel nacional (imposible detallar por espacio) y está ampliamente documentado; si sienten que como parte del estado de Coahuila no recibieron la protección adecuada durante la violencia originada por la delincuencia organizada, si sienten que sus demandas no fueron satisfechas por los últimos gobernadores y esto ocasionó que muchos tuvieran que dejar sus negocios y vidas obligándoles a migrar y todo lo que esto conlleva, es natural que exista un resentimiento regionalista hacia quienes pretenden expiar conciencia con puentes y plazas.

Las noticias no son alentadoras primero, Patrocinio mientras escribo Santa Elena…

Para lograr separarse de Coahuila y Durango necesitaran de un gobernador independiente, cien por ciento lagunero, que haya sentido en carne propia el abandono en la que está sumida su región.
Vendrá el tiempo de que el espíritu regionalista resurja para reconstruir lo que antes fue La Perla de la Laguna.

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