Carnaval versus BBQ en el TSM



Las barras mexicanas adoptaron el fondo musical del futbol argentino, vinculado a los carnavales de Buenos Aires. 

¿Qué pasa cuando una banda de música al estilo estadounidense llega a las gradas del Estadio Corona?


El carnaval de Buenos Aires, Argentina, es una fiesta popular muy distinta a la de otras ciudades de Latinoamérica. No tiene el colorido africano de los brasileños o colombianos. Tampoco el nivel poético y satírico del uruguayo, o el componente indígena de los bolivianos o chiapanecos. Menos se parece a los carnavales de Veracruz y Mazatlán, que ahora son más un bar a cielo abierto que una genuina tradición portuaria.

Pero gracias a esos extraños fenómenos transnacionales del futbol, hay un poco de carnaval porteño en muchos estadios del continente.

El eje de este carnaval son las murgas: agrupaciones populares de baile que se presentan en diferentes barrios de la ciudad al ritmo del bombo y platillos. Las murgas tienen su origen en la población africana que habitaba la ciudad de Buenos Aires en la época colonial y el siglo XIX. La sátira de los esclavos hacia sus amos durante los días de fiesta tiene su referencia actual en el vestuario murguero, donde las chisteras, trajes y los paraguas evocan la vestimenta de la aristocracia decimonónica.

El carnaval porteño es una fiesta muy vinculada al orgullo barrial. Y bien se sabe que en Buenos Aires por cada barrio hay un club de futbol. El club de barrio es otra institución fuertemente afianzada en la identidad argentina. Por eso hasta los equipos de Primera División siguen siendo asociaciones civiles, a diferencia de los mexicanos, que son, básicamente, franquicias.

Lo más normal es que, en algún momento del siglo XX, murgas e hinchadas unieran sus caminos. Luciana Vainer, en sus investigaciones sobre el carnaval porteño, explica que este fenómeno se acrecentó en los años ochenta, con la prohibición de las fiestas populares por parte de la dictadura y el declive de los corsos (escenarios callejeros) del carnaval.

Así, los bombos y platillos de la murga pasaron del corso a la grada de los estadios. El fondo musical del carnaval pasó a ser el soundtrack del futbol argentino, y lo sigue siendo. Con el tiempo, y con el magnetismo de sus clubes en el resto del continente, el estilo argentino de alentar empezó a ser copiado en otros países. Ahora, en la mayor parte de Latinoamérica hay barras que han adoptado las prácticas que surgieron en las canchas de Buenos Aires. Y en muchos lugares parece que llegó para quedarse.


Hoy te venimo’ ‘alentar

A finales de los años noventa surgieron las primeras barras en el futbol mexicano. Se dice que la pionera fue la Ultra Tuza del Club Pachuca; Los Libres y Lokos, la barra de Tigres, nació cuando los jóvenes regios vieron por TV a las hinchadas argentinas en el Mundial de Francia 98. Otras tienen historias parecidas. En unos pocos años prácticamente todos los equipos de Primera División tenían una barra, y Santos Laguna no fue la excepción. Así surgió La Komún, que copó un extremo de la grada de sol en el viejo Estadio Corona.

¿Qué prácticas caracterizan a la barra? Colgar trapos (mantas con frases y nombres de barrios), cantar de pie durante todo el encuentro, moviendo los brazos, y musicalizar sus cantos con los instrumentos de la murga: bombos, redoblantes, platillos y trompetas. Todo esto en marcado contraste con las porras mexicanas de antaño.

“Es la argentinización del futbol mexicano”, fue la voz de alarma entre la prensa. Pero esta frase, más que aludir a una suplantación de costumbres o de prácticas culturales, escondía un miedo porque los jóvenes adoptaran lo más odioso de las barras argentinas: la violencia. Sin embargo, México no es Argentina, y las profundas diferencias culturales y estructurales entre el futbol de ambos países hacen imposible que lo repudiable del barrismo argentino se implante del todo.

Las barras son una consecuencia un tanto inevitable de la estructura del futbol argentino. Al ser organizaciones civiles (con socios, presidentes y elecciones) los clubes también son entidades políticas. No hay que olvidar que el actual presidente de la nación, Mauricio Macri, inició su carrera pública como presidente de Boca Juniors. Las barras no son sólo un puñado de hinchas violentos, también son grupos de choque que suelen ser usados con fines electorales. Además, gestionan una red de negocios ilegales que empieza por la venta de mercancía o el acceso al estacionamiento alrededor de los estadios. De hecho, es notorio que de unos años a la fecha, los episodios violentos del futbol argentino son menos entre barras de equipos rivales y más por facciones dentro de una misma barra que luchan por el poder y los beneficios económicos. Es célebre, por ejemplo, la guerra entre Rafael Di Zeo, Mauro Martín y Fido De Vaux por el poder de La 12, la barra de Boca Juniors.

Un escenario así es impensado en el futbol mexicano. Las barras mexicanas han protagonizado a menudo episodios violentos, pero tienen más que ver más con cuestiones simbólicas de pertenencia, como en el caso de las pandillas juveniles, y menos con una disputa de poder económico y político, como sucede en Argentina. Los clubes mexicanos, al ser empresas privadas, no las necesitan, y en realidad, desde su surgimiento, han oscilado entre apoyarlas por debajo de la mesa o debilitarlas para acotar su rango de acción. Si a principios de este siglo las barras irrumpieron con fuerza en todos los estadios, ahora su impacto es mucho menor.


El espectáculo de medio tiempo en el TSM

Decir que barras como La Komún son una copia exacta de las barras argentinas sería incorrecto. En esta clase de dinámicas transnacionales, de flujos e intercambios culturales, siempre hay algo de mezcla, de negociación y adaptación. Las barras mexicanas han incorporado muchas de las prácticas argentinas, pero también las han enriquecido con elementos mexicanos.

Una costumbre que nació en el carnaval y pasó a los estadios es la de componer nuevas letras a canciones ya conocidas para alentar al equipo. Así, temas famosos de rock y cumbia tienen su versión en cantito de cancha. En México se han agregado temas del repertorio local, y prácticas como la santísima hacha guerrera y el polémico “eh... ¡puto!”.

En pocas palabras, el estilo argentino enriqueció el ambiente de los estadios mexicanos, pero terminó siendo una expresión híbrida. Es uno de esos casos en que una circulación cultural no se dio de un país hegemónico a periférico, sino entre países subalternos que ni siquiera comparten lazos de vecindad. Muchos aficionados se burlan de que las barras adopten costumbres argentinas, pero en lo personal me parece inofensivo, y, mientras no haya violencia, el ambiente musical de las barras viene a ser otra de las riquezas culturales ya compartidas entre casi todos los países de Latinoamérica.

Desde la temporada pasada, en las gradas del Estadio Corona se ha incorporado un nuevo actor musical: la banda del Instituto Gómez Palacio. Desconozco cuál sea la clase de vínculo que tengan con el equipo, pero es evidente su aval al concederles un lugar. Al principio compartían espacio con La Komún, pero ahora han pasado a ubicarse en el otro extremo del estadio.

El fenómeno me parece interesante. Las Marching Bands son una tradición importante en las universidades estadounidenses y forman parte del folclore del fútbol americano colegial. La vecindad con Estados Unidos y la misma dinámica de flujos culturales las han llevado a las universidades mexicanas. Por ejemplo, las bandas que amenizan los partidos de los Borregos Salvajes del ITESM o los Auténticos Tigres de la UANL. Que ahora lleguen al futbol soccer es inédito.

Pero, ¿a qué se debe el interés de la directiva por una banda de música cuando el ambiente en el estadio siempre ha estado a cargo de la murga de La Komún? No hay que olvidar que, como muchos clubes mexicanos, Santos Laguna ha hecho todo lo posible por distanciarse y debilitar a su barra. Y en cierta medida lo ha conseguido, ya que actualmente no cuentan con el número de integrantes que llegó a tener en sus primeros años.  No hay que olvidar la legendaria “jaula” del viejo Estadio Corona, o el innecesario cerco policial que los aprisiona en el TSM.

Desde el incidente con los aficionados de Tigres el año pasado (donde nada tuvo que ver La Komún), el club ha empezado un proceso de “higienización” de su imagen comercial. Prueba de ello fue el cambio de lema de “La casa del dolor ajeno” a “El templo del desierto”. Es evidente que la directiva quiere desaparecer todo lo que tenga que ver, así sea vagamente, con violencia. Y el estigma que cargan las barras por su origen argentino no juega a su favor.

No estoy en desacuerdo con que en los estadios mexicanos se incorporen prácticas culturales de otros lugares del mundo. Es una consecuencia lógica de la globalización del futbol. En las gradas bien pueden convivir bandas estadounidenses, murgas argentinas, bufandas europeas y la mexicanísima “ola”. El problema es cuando la incorporación de un nuevo actor obedece a una estrategia deliberada por parte del mismo equipo para tener control sobre lo que debería ser una expresión genuina del aficionado: el ambiente del estadio. Y lo peor es cuando muchos periodistas locales celebran la presencia de la banda por su desprecio al “ruido” de la barra. Espero que no sea este el caso con Club Santos. Habrá que ver cuál es el futuro de la banda gomezpalatina, su recepción entre la afición y la manera en que conviva con la murga de La Komún. Todo está por verse.


El futbol es un espacio de disputas culturales complejas. Dentro y fuera de la cancha entran en juego política, economía, identidad y presiones sociales. El futbol mexicano pasó a ser uno de los más privatizados del mundo, y una de sus consecuencias es que no permite participar a los aficionados como socios, como sí sucede en otros lugares del mundo. Lo que no hay que permitir es que el hincha pierda el único lugar donde de manera eventual puede alzar la voz cada quince días: la grada.

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