Jóvenes sin dios: una nueva tendencia

Mientras las carteleras cinematográficas están repletas de magos, brujas, seres terroríficos que deambulan en un mundo “sobrenatural” y mundos fantásticos con marcados toques y tramas esotéricas, cuya clientela principal son los púberes, adolescentes y jóvenes, en la sociedad real no sólo las religiones parecen estar de retirada, sino también la creencia misma en la existencia de un dios.
El ateísmo entre los jóvenes es ya una tendencia de nuestra sociedad que, en apariencia, está pasando desapercibida, incluso para los padres de esta generación, quienes siguen siendo católicos por herencia familiar, aunque no sean practicantes y carezcan de una cultura religiosa siquiera indispensable.

Los más amables dicen no tener nada en contra de las religiones, pero sencillamente las han hecho a un lado de su vida, centrándose en el interés por la profesión que ejercen y ejercerán, y en la familia. Contradictoriamente, también el tema de la familia tiene cambios más que notorios y el índice de divorcios entre parejas heterosexuales jóvenes muestra una tendencia inquietante, por lo menos entre las clases medias y alta.

¿Por qué Dios ha pasado a la inexistencia en jóvenes educados en familias católicas e incluso en colegios propiedad de órdenes religiosas, como los jesuitas, los lasallistas o los legionarios de Cristo? No es fácil de explicar este fenómeno, porque todo indica que además de la familia y la escuela, son las tendencias culturales de la sociedad postmoderna las que están influyendo de una manera importante en las nuevas generaciones.

En una cultura dominada cada vez más por la diversión y la ociosidad (sociedad del entretenimiento), hay pasto seco sobrado para que prendan corrientes o tendencias como el llamado new age, el gnosticismo, el esoterismo, la pseudociencia que trata de suplantar toda forma de espiritualidad, lo que tiene como consecuencias concretas el relativismo ético, donde la moral judeo-cristiana y de otras religiones se pierde en una masa difusa, al tiempo que surge un pensamiento “light”, donde casi todos los grandes temas del hombre son tratados superficialmente.

Hoy es mucho más fácil encontrar jóvenes atribuyéndole propiedades “espirituales” y “cósmicas” a piedras y resinas fósiles, que maestros, sacerdotes o padres de familia instruyendo o discutiendo de manera firme sobre religión y sobre la existencia o no existencia divina con los jóvenes.


LAS VOCES DEL JOVEN ATEÍSMO

Platicar con jóvenes sobre la existencia o no existencia de Dios es entrar en un clima neblinoso, donde resulta difícil establecer con frecuencia algo en claro, salvo el hecho de que ha desaparecido la creencia en la existencia de un ser supremo, fuera o dentro de una religión determinada.

Francisco ha dejado de creer en la existencia de Dios a través de su aprendizaje de las ciencias y de toda la información que ha absorbido en la internet, principalmente de la física, de la cual ha tomado la ley de Lavoisier: “la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”, en consecuencia no hay principio ni hay fin, ni hay un creador de la materia y menos aún un ser que le haya dado origen a la vida y a todos los sistemas que tiene esta, tampoco al orden cósmico y a sus leyes.

Es bautizado, sus padres son católicos practicantes, aunque no con la regularidad que ordena la iglesia católica. Originalmente él los acompañaba al templo los domingos, pero a partir de la preparatoria dejó de hacerlo. En medio de su ateísmo tiene duda y le abre una puerta a la posibilidad de que exista “una fuerza o algo” que explique todo lo que existe, pero, en definitiva, no cree en las religiones y considera que Cristo es un hombre importante, sí, pero no un Dios.

También reconoce su desconocimiento de las teorías filosóficas clásicas y modernas sobre el tema de Dios y tampoco considera tener un conocimiento sobre ética, pues ninguna de las dos le fueron enseñadas en la escuela, pero en la práctica, por la formación de los padres, tiene un código moral bastante claro, inclusive se ha convertido en vegano (gente que no consume carne, ni nada que provenga de animales) por convicción ecológica; está especialmente preocupado en la destrucción de los ecosistemas del planeta.

Francisco es respetuoso, no le interesa polemizar sobre Dios con otras gentes, ni confrontarse con sus padres. Estudia el segundo grado de ingeniería en una universidad privada de la localidad.

Otro caso es el de Juan, estudiante del último año de preparatoria en una conocida escuela privada de clase alta. Él afirma que no cree en la existencia de Dios porque sus padres no le inculcaron mucho la religión, pero además porque no ha tenido ninguna experiencia que le haga evidente la existencia de un ser supremo.

–¿Qué tipo de experiencia esperarías tener? –le pregunto.

–No sé. Si Dios existiera, no pasarían tantas cosas malas en el mundo. Además me imagino que si Dios existiera debería ser algo como muy mágico, algo que tú pudieras sentir y experimentar y yo no he experimentado nunca algo especial.

–¿Cómo entiendes lo sobrenatural?

–Creo que debe ser como otra dimensión de lo que conocemos, algo muy especial, como experiencias paranormales, como lo que he visto en algunos documentales, que no sea pues humano o como nosotros conocemos las cosas; pero eso sólo lo veo en el cine, por lo que creo que es una fantasía.

Lidia, quien sí recibió una formación religiosa por parte de sus padres y era creyente practicante de la religión católica, dejó de creer en Dios a raíz de una desgracia familiar: su madre murió de cáncer hace apenas cinco años.

“Le rogamos a Dios por ella, organizamos misas, hicimos oración toda la familia juntos, pero ella cada vez estaba más enferma y murió con mucho dolor. Ella era una persona muy buena, nunca le hizo mal a nadie, era muy positiva, estaba joven. ¿Por qué murió de esa manera, dónde está entonces Dios si le pides tanto que te ayude?”

La espera de la presencia divina en forma de sanación de un cáncer muy agresivo y finalmente mortal no se concretó, y Lidia la tomó contra Dios, pues la habían educado en la idea de que Dios puede hacer cualquier milagro si se tiene fe en ello. Hoy se considera atea y le molesta hablar de religión.
Casos como el de Lidia son poco frecuentes al hacer un sondeo más amplio sobre la creencia en la existencia de un dios. La mayoría de los jóvenes entrevistados, estudiantes de preparatoria y de universidad, que manifestaron no creer en la existencia de un dios, muestran ordinariamente una actitud de apatía hacia lo religioso; no tienen ninguna referencia de la iglesia católica, aun cuando casi todos fueron bautizados; su formación no sólo religiosa sino también ética es muy pobre o nula y sienten una fascinación por la cultura del entretenimiento, que se transmite a través del cine, la televisión, la internet y los medios de comunicación en general.

Viven inmersos en una especie de cultura “light”, sin ningún interés por los temas trascendentes de la condición humana e  inclusive de la cultura y la sociedad en la que viven. Su máxima preocupación es alcanzar el éxito profesional y económico y, con él, el confort material. La política misma, aun con todo el ruido que hay en torno a ella, les resulta indiferente.

El cine, la moda, el antro, los deportes, el sexo, los chismes de famosos en la internet y sus quehaceres escolares conforman su programa vital, lo que hace inevitable el cuestionamiento sobre qué ética orientará a esta generación en su desempeño profesional, familiar, político y general una vez que entren en la edad adulta y sean independientes; cuando hayan dejado atrás la dependencia de sus padres, quienes de varias formas siguen teniendo influencia sobre ellos, pero por la principal razón de la dependencia económica, más que por su liderazgo moral y ético.


NI ANTICLERICALES NI MARXISTAS

El ateísmo había tenido dos periodos importantes: uno en el siglo XIX, con el anticlericalismo, otro en el siglo XX con la doctrina marxista-leninista, pero hoy no encontramos ante algo nuevo. Dios y la religión han desaparecido de muchos jóvenes de una manera amorfa, sin conflicto, sin razonamientos o luchas ideológicas y doctrinales, sencillamente como resultado de una cultura centrada en el entretenimiento, el placer, la ciencia y la tecnología.

Los grandes liberales del siglo XIX era decididamente anti clericales y lucharon en contra del poder de la iglesia católica, que entonces dominaba casi todos los ámbitos de la vida del país, incluso el económico. Esto llevó a una guerra que culminó con la fundación del estado laico, el cual implica la separación de la iglesia y del estado, respetando la libertad privada de credo y religión, inclusive protegiéndola legalmente. Estas reformas no permiten que las iglesias interfieran en las instituciones públicas, entre ellas la educación, que debería ser laica.

La iglesia católica perdió gran parte de su poder económico y de su influencia en la vida social y cultural de México, pero el país siguió siendo fundamentalmente católico y creyente.

Benito Juárez, la máxima figura del liberalismo mexicano no era ateo, contra lo que muchos piensan. Los historiadores lo ubican como un cristiano de denominación protestante, mientras que su esposa murió profesando la fe católica. Sin embargo, la filiación de Juárez a la masonería le introdujo en el mundo del esoterismo y ciertas formas de metafísica, de filosofía y rituales difusos que practicaba esta secta secreta, de origen inglés, que agrupaba principalmente a políticos de corte liberal.
El conflicto era con los privilegios y el poder de la iglesia que desbordaba por completo el ámbito religioso. Tanto Juárez como Melchor Ocampo (principal autor de las denominadas leyes de reforma) fueron educados en seminarios católicos y Ocampo incluso rechazado para convertirse en sacerdote por ser “bastardo”.

Esto para los jóvenes de hoy es casi totalmente desconocido, como la mayor parte de la historia del país.

La doctrina marxista-leninista tiene un auge en México desde el periodo postrevolucionario, pero es hasta el movimiento de 1968 cuando penetra en las universidades públicas y es adoptada por una parte de los jóvenes de esa generación, hoy ya abuelos que están entre los 65 y los 70 años de edad.

El marxismo-leninismo sí plantea una teoría estructurada sobre el ateísmo, desde un enfoque antropológico y político, bajo aquella máxima de que “la religión es el opio de los pueblos”, lo que lleva a  los regímenes comunistas a la represión de las iglesias e incluso a purgas colectivas en contra de ministros y creyentes, pero ya para finales del siglo pasado el marxismo-leninismo se encontraba casi en el museo de la historia política e intelectual, no así el socialismo y el liberalismo que cobraron otros enfoques y se encuentran vigentes.

Para el tema que nos ocupa, el caso concreto es que nuestros jóvenes no tienen ninguna influencia ni conocimiento de esta doctrina, es contundente que el capitalismo ganó la batalla e inclusive se ha endurecido en la forma de un capitalismo salvaje, que impone sus condiciones en casi toda la economía mundial.

Esto nos lleva al inicio de lo que se planteaba en este artículo: el ateísmo que están adoptándolo una gran parte de los jóvenes parece fincado en la apatía o el desinterés, que ya de varias formas se comenzaba a manifestar en sus padres, por lo menos en los más jóvenes.

El placer, el entretenimiento, el consumo, las tecnologías, el vértigo de la internet, la cultura “light” y el relativismo ético, que se practica de una forma inclusive inconsciente, han abonado, cada uno por su parte, para el surgimiento de una generación que desplaza cada vez más las religiones y la creencia en un ser supremo; de los jóvenes sin Dios.

Lo importante es las consecuencias que está teniendo este nuevo panorama en nuestra sociedad y cultura, tanto hoy como a mediano y largo plazo.

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