Ciudad Acuña: del vicio a las maquiladoras

#CrónicadeCoahuila

Por: Álvaro González

En esta ocasión el viaje es a Ciudad Acuña, la más remota frontera de Coahuila; una ciudad que en los 70’s apenas debía estar un poco por encima de los 20 mil habitantes, realmente un pueblo aislado del resto de Coahuila, cuya historia ha transcurrido casi toda como parte del sur de Texas, desde su fundación. Hace cuatro décadas era un paraíso del vicio y el exceso, hoy su economía es un páramo de maquiladoras. 


Verano de 1978, diez de la noche, central de autobuses de Saltillo, haciendo cola para abordar uno de los autobuses Anáhuac, la única línea de autobuses foráneos para pasajeros en todo el estado de Coahuila, dueña de todas las pequeñas e incómodas “centrales de autobuses”, exceptuando ésta de Saltillo y las de Torreón. Servicio pésimo, autobuses viejos e incómodos, pero al menos traen clima. Una sola familia, los Cárdenas de Saltillo, eran propietarios de este monopolio que duró muchas décadas.

Fuera de la cabecera municipal, el resto de territorio no tiene frontera internacional real; unos van, otros vienen, de acuerdo a sus necesidades, pero el tránsito es poco porque éste es un semi-desierto que hierve en el verano y quema en el invierno.

El viaje dura toda la noche. Cuando el camión llega a Ciudad Acuña, la luz del sol apenas comienza a despejar la oscuridad; deben de ser las siete de la mañana, no más, pero el aire de la plaza se siente tibio, lo que anticipa que esta tarde será un comal al fuego, que obligará a buscar algún refugio donde haya aire acondicionado.

A poco andar se ubica el Hotel Crosby, propiedad de la familia de norteamericanos del mismo nombre, un edificio ya algo viejo pero muy decoroso, de hecho lo mejor que se puede conseguir en el pueblo. Ya a esas horas me registro, dejo mi pequeña maleta en la habitación y disfruto un baño de regadera. Quedo listo para ir en busca del desayuno, pero todavía no son ni las ocho de la mañana.
Caminando y preguntando llego ahí cerca a un restaurante grande cuya ebullición interior contrasta con el silencio y la soledad de las calles. Comienzo a moverme entre las mesas buscando alguna desocupada y, a medida que avanzo, voy descubriendo un mundo extravagante y sórdido.

Éste es el lugar donde una gran parte de las prostitutas que trabajan en los bares y prostíbulos del centro del pueblo vienen a desayunar, almorzar o comer, no sé qué sea para ellos y para ellas, porque su vida es noctámbula; son criaturas de la noche y del principal negocio que sostiene la economía local: el vicio.

Si una prostituta suele ser algo triste a media noche, por la mañana, antes de irse a dormir, resultan personajes aún más desoladores: el rímel de los ojos corrido; el cargado maquillaje descompuesto por el sudor; el cansancio en la mirada y en los rostros. Ni las minifaldas brevísimas, ni los grandes escotes, ni la ropa brillante y las melenas teñidas tienen nada que sea remotamente sensual, pura desolación frente a una machaca acompañada de café o un refresco de cola.

Los “padrotes” son inconfundibles entre todo este bullicio: camisas estampadas y de colores chillantes, pantalones ajustados, cargados de joyas colgantes y anillos ostentosos en las manos, con ese dejo de malditez que se vuelve una máscara profesional, que llevan puesta todavía a estas horas o, tal vez, sobre todo a esta hora, porque algunos aprovechan el lugar para hacerles las cuentas a “sus mujeres”, la mayoría de ellas muchachas que deben estar entre los 20 y los 30 años; algunas menos, muy pocas algo más.

Nada nuevo y menos en estos tiempos del ’78, hace ya casi 40 años. Un “padrote” es obligadamente un cabrón profesional, en cualquier sentido que se dé a esta palabra, pero una cosa es oírlo en boca de otros y otra muy distinta es que en la mesa de al lado uno de ellos arregle su “negocio” con cinco de “sus mujeres”.

Éste se llama, o se llamaba, Rodrigo y después de pedir unos huevos fritos sobre arroz y un café bien cargado, se dirigió a una de las cinco mujeres acomodadas a la mesa, una rubia de buena estatura, muy joven y de bonitas facciones, de piel muy blanca, casi lechosa: “Mira, cabrona, ya me debes mucho; este mes te he prestado tres veces y todavía me debes cinco mil, te vas a quedar sin un pinche peso, no te toca nada, a la chingada”.

–Por favor, Rodrigo, no seas cabrón, ya te dije que el niño se me puso malo y luego lo de mi papá; qué quieres que haga, yo le hecho ganas. ¡Ayúdame!

–No, ni madres, pinche mentirosa, me quieres ver la cara de güey.

La conversación es interrumpida por otra de las mujeres, una morena de cuerpo macizo y rostro con ciertos rasgos afros.

–No seas cabrón, papacito, no le jales tanto a la pinche cuerda porque se revienta; te va bien, ha estado lleno con tanto pinche gringo y todo es puro dólar. Dale lo que le toca y ayúdala.

–No es tu pedo “Sombra”, esta cabrona ya me vio la cara de pendejo.

–Pos hay tú sabes –le revira la morena en tono bronco–, pero ya te dije que no le jales tanto a la pinche cuerda.

El “padrote” voltea entonces a ver a la rubia que gime y se dirige a ella con cara de perdonavidas: “Nomás porque te quiero, cabrona, hay te va lo de hoy y me abonas el fin de semana. ¿Quién las quiere más, cabronas, quién las cuida, quién les consigue los mejores jales? La rubia toma el puño de dólares y lo mete en su bolsa de un rojo neón.

Está claro que el “padrote” sabe su negocio. El almuerzo o lo que sea vuelve a la “normalidad”, unos minutos después hay risas y otro rato más se paga la cuenta y toda la mesa se va a dormir ¿Cuántas historias se van con ellos?, me pregunto yo que también he terminado con la machaca y el café, ambos excelentes.


HOY SE QUIERE OLVIDAR

Aislada de todo, Acuña vivía principalmente del turismo norteamericano del sur de Texas. Las noches eran larguísimas, repletas de bares, antros y prostíbulos, que casi siempre se funcionaban unos con otros en un mismo establecimiento.

En varios sitios se jugaba y era un juego de apuestas fuerte, entre profesionales unos y aficionados otros, pero las mesas se atestaban de fichas y dólares. Una jugada podía comenzar al anochecer y terminar hasta el otro día por la mañana, pero bien podía durar todo el fin de semana, sólo con descansos para comer y beber algo.

La época dorada coincidió con la segunda guerra mundial, cuando las tropas norteamericanas eran enviadas a una última farria por todo lo alto antes de embarcarse a los frentes de Europa y Asia, de los cuales muchos ya no regresarían. Luego vino lo de Corea y Vietnam, que fue ya menos romántico (si así se le puede llamar a la despedida rumbo al frente de batalla), pero Acuña siguió conservando su prestigio como un centro de diversión.

Correrse un fin de semana de sexo y de alcohol en un ambiente mexicano, con música que iba del danzón a Glen Miller y sin ninguna restricción ni autoridad encima, era una fiesta a tope, sin límites, incluida la mariguana que comenzaba, pero era poca competencia contra el tequila y el whisky, ya no se digan las morenas restallantes, de cuerpos jóvenes y complacencia infinita. Era una especie de ritual obligado antes de partir a la guerra y, muy probablemente, a la muerte.

Los fines de semana eran una romería de estadounidenses hasta ya bien entrados los años sesenta y principios de los setenta. Las familias más prósperas estaban dedicadas a la administración de los negocios de la prostitución, los bares, el juego, el contrabando y el turismo que comenzó a generar el embalse de la presa de La Amistad, inaugurada apenas en 1969 por los presidentes Richard Nixon y Gustavo Díaz Ordaz.

La principal función de la garita fronteriza era el contrabando, que estaba también en manos de una de las principales familias del pueblo. El tránsito de mercancías del sector industrial fue mínimo hasta finales de los años sesenta.

Hoy es difícil encontrar información sobre aquel Acuña prostibulario y noctámbulo; un pasado no tan distante que parecen querer borrar de la memoria colectiva las familias que fueron las principales protagonistas, quienes controlaron la política y la economía del pueblo por muchas décadas, pero su descendientes han pasado a transformarse en empresarios de la industria maquiladora, el comercio, la ganadería y la agricultura.


EL PASO A LA MAQUILA

En aquel año de 1978, el municipio registraba una industria maquiladora que sumaba apenas 2 mil empleos en total, pero eso era algo muy reciente y las industrias de este tipo eran solo tres. Fue el inicio de un vuelco a la vida económica y social de la más distante frontera, que se convertiría con el paso de los años en un centro maquilador, con una oferta importante de empleo pero con sueldos muy bajos, en ocasiones miserables.

A partir de la inauguración de la presa de La Amistad, en 1969, surgió una nueva modalidad de turismo deportivo y la expansión de la agricultura y la ganadería, que se consolida en los años ochenta con la construcción de un sistema de nuevas presas, lo que le convierte en uno de los municipios más prósperos del estado en este sector.

Hoy hay cinco parques industriales y un poco más de 60 empresas maquiladoras, que producen artículos de lo más diverso, la mayoría destinado a la exportación a los Estados Unidos. Aquellos 30,780 habitantes que tenía todo el municipio en 1978, se han convertido en 134,233, de acuerdo al último censo del INEGI.

La mayoría de esa nueva población ni vivió ni conoce el pasado de aquel Acuña de los años cincuenta, sesenta y parte de los setentas, además nadie parece tener intención de recordarlo, ni siquiera los pocos sobrevivientes de aquellos tiempos, cuando el pueblo se ufanaba de tener la barra de cantina más grande de México.

Las viejas familias fueron desplazadas del poder político, que invariablemente representaba al PRI, por una familia nueva de políticos: los Pérez, quienes han establecido un nuevo cacicazgo a través de un nuevo partido político, supuestamente de izquierda, denominado la UDC (Unidad Democrática de Coahuila).

De alguna manera, los acuñenses, que ocupan casi toda la frontera norte de Coahuila, siguen estando en una ubicación distante, apartada, viviendo como parte del sur de Texas, más que del resto de Coahuila. Ir a la capital del estado les significa todo un día de camino y, realmente, tienen muy pocos asuntos qué atender ahí.

La frontera más distante vive hoy de la agricultura, la ganadería, la maquila y los servicios; el turismo se ha vuelto deportivo, muy ligero, y representa un ingreso modesto de su economía, además de haber perdido su intensidad y color, lo que a los ojos de la mentalidad actual sería la sordidez, el vicio y un folklore noctámbulo que se ha caído en noches ramplonas de antros baratos y estridentes ambientados con música grupera, muchachos que ya tienen poco de norteños y empleadas de la industria maquiladora que van por ahí para divertirse un sábado por la noche. Nada que se parezca ni remotamente al pasado; a los orígenes.

Con todo, Acuña puede ser de las ciudades que más pueden sufrir las consecuencias de lo que se ha dado en llamar el efecto Trump, un sátrapa que no conoce Texas, mucho menos el lado mexicano de la frontera y acaba de asumir el poder.

Si por el turismo, la agricultura y la ganadería fuera, no se avistaría ningún problema, pero la industria maquiladora puede verse en problemas, lo que afectaría de manera drástica a esta economía fronteriza de Coahuila.

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