México en el TLC: la mano de obra barata

PORTADA #303
Diciembre de 2016

Por: La redacción / Agencias


En 1981, los gigantes del automóvil en los Estados Unidos, General Motors y Chrysler iniciaron la operación de un enorme complejo automotriz aledaño a la pequeña población de Ramos Arizpe, Coahuila, que entonces tenía apenas 28 mil habitantes. El complejo, formado por tres plantas, dos de la General Motors (una parte para el ensamble de automóviles para los mercados interno y externo, y otra para producir motores de seis cilindros, la mayor parte de los cuales se exportan) y otra de la Chrysler, en la que se producen motores de cuatro cilindros, en su mayoría destinados a la exportación. Esto sucedió una década antes de la firma y entrada en vigor del TLC.

¿POR QUÉ las automotrices decidieron trasladar sus plantas a Ramos Arizpe y las han sostenido ahí en medio de dos fuertes crisis de la industria del automóvil, una de las cuales casi lleva a la quiebra a ambas compañías? 


Entrevistado en 1985 por el periodista Álvaro González para el diario Vanguardia, Robert Stramy, entonces director general del complejo de Ramos Arizpe, lo explicó de manera bastante clara: era una estrategia de productividad, basada en la reducción de los costos fijos para el incremento de la rentabilidad y, con ello, poder competir en el mercado internacional con países como Japón, Alemania y Francia, que eran, en ese orden, los principales productores de automóviles, donde luego ocuparía un primer lugar China.

Mario Dávila Flores, el único economista coahuilense que comenzó a estudiar el comportamiento de la economía del sureste de Coahuila a partir de la aparición del complejo automotriz y su posterior ampliación hasta convertirse en el cluster más importante del país, también expuso de manera muy precisa el porqué de la llegada de General Motors y Chrysler a Coahuila.

 “Desde el punto de vista interno, México ofrece algunas ventajas que hacen atractivas este tipo de inversiones. Entre ellas se pueden citar una mano de obra barata y disciplinada, apoyos de infraestructura y ventajas fiscales. En el caso concreto de Ramos Arizpe, pensamos que desempeña un papel destacado el suministro, mediante un gasoducto, de gas natural, factor que al parecer también cobró importancia para que la Ford decidiera construir una planta en Hermosillo “, expone Mario Dávila en un artículo publicado en 1985 para la revista Comercio Exterior.

Lo exitoso de esta estrategia de traslado de plantas automotrices a México salvó, en buena medida, a la industria automotriz norteamericana, lo que se reforzó con la firma del TLC en 1994, por medio del cual se abre el comercio exterior de México y se incrementan las exportaciones de manera exponencial, lo mismo que el ingresos de divisas, pero, contra lo que dice la ignorancia o la mala voluntad de Donald Trump, lejos de ser “una carretera de un solo sentido”, el TLC le ha generado grandes beneficios a la economía norteamericana; sin embargo, absolutamente todo tiene sus costos, no sólo económicos sino también sociales y políticos.

La reducción de los costos de producción de las grandes automotrices norteamericanas se fincan en los bajos salarios que se pagan en México, comparados a los que tendrían que pagar en los Estados Unidos.

México es uno de los tres países con las remuneraciones laborales más bajas en el sector automotriz, aun cuando las empresas de este sector tienen uno de los niveles de rentabilidad más elevados en el mundo.

De 20 naciones que participan del grueso de la producción y comercialización de autos, México tiene los sueldos más bajos, que en promedio son de 3.6 o 3.9 dólares por hora para los obreros en línea de producción (cálculo realizado antes de la reciente devaluación del peso frente al dólar).

El país está distante de otras naciones con costos bajos, como Taiwán, donde el promedio de pago por hora a trabajadores es de 7.5 dólares. En Polonia es de 7.8, en Brasil de 11.4 y en república Checa de 11.5.

La brecha es mayor en relación con las naciones con mayores costos laborales de esa industria, como Alemania, donde el promedio es de 52 dólares la hora; en Bélgica es de 41.7 y en Canadá de 40.4, esto de acuerdo al análisis “Explosión de la industria automotriz en México: de sus encadenamientos actuales a su potencial transformador”, del investigador Alex Covarrubias Valdenebro y la fundación Friedrich Ebert.

La investigación indica que el crecimiento de las inversiones, las empresas y los empleos en el sector automotriz mexicano, lejos de promover la mejora y uniformidad de los ingresos de los trabajadores, los deprime y dispersa, a lo cual se suma la fragmentación de las relaciones laborales y sindicales de esa industria.

Expone que a escala internacional se considera que México se ha convertido en país ensamblador calificado y especializado, reconocido globalmente y con costos laborales muy bajos. Es decir, la nación se está convirtiendo en la “China occidental”, con alta inversión en la industria automotriz con base en su atractiva mano de obra barata y tratados internacionales de libre comercio, agrega.

En el documento se advierte que, según consultores internacionales, para las empresas los costos de operar en México son 13 puntos menores respecto de Estados Unidos y 20 menos que en Japón.
Por ejemplo, una empresa por cada 39 mil 550 dólares de ingreso en México tiene un costo laboral de 2 mil 297 dólares (antes de la devaluación última) y, después de los demás costos, tiene una ganancia promedio de 8 mil 976 dólares, antes de impuestos. En Estados Unidos, para el mismo rango de ingresos, el costo laboral es de 7 mil 923 dólares (casi tres veces más) y su ganancia de 2 mil 219 dólares.

Hasta antes de la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, el estudio consideraba que México experimentaba un extraordinario crecimiento, el cual continuará, advertía, así como la motorización del país, aun a tasas más inusitadas, pues el mundo está en una transición histórica que desplaza los centros de producción y consumo de esta industria a los países emergentes. Este escenario podría cambiar radicalmente a partir de 2017, dependiendo del destino del TLC y las políticas comerciales norteamericanas.

Mario Dávila Flores ha sido hasta ahora, desde el año de 1985, el único economista de Coahuila que planteó, con rigor, los fuertes riesgos de concentrar toda la economía del sureste de Coahuila en una sola rama industrial y, adicionalmente, en un solo destino exportador, que son los Estados Unidos. En dos crisis que se han presentado en el sector, Saltillo y Ramos Arizpe han salido bien librados, pero el grave problema es que ahora podrían enfrentarse a una crisis inédita, a partir de 2017.

Además de la industria automotriz norteamericana, en México tienen plantas armadoras y de motores empresas alemanas, japonesas y coreanas, mientras que varios países asiáticos y europeos también tienen inversiones en autopartes y componentes para abastecer a estas industrias. Las dimensiones del sector son demasiado grandes y el intercambio comercial de una magnitud proporcional, por lo que la incertidumbre es demasiado grande y los escenarios pueden ser también muy diversos.


EL ESCENARIO NORTEAMERICANO

En los últimos 15 años, de acuerdo al cálculo de los especialistas, los Estados Unidos han perdido 5 millones de empleos manufactureros, de los cuales solo alrededor de 400 mil se han trasladado a México, pero China ha atraído 40 millones de empleos manufactureros, la mayoría de ellos desplazados de los países desarrollados, así que en buena medida el problema es China, no México, pero China se ha convertido ya en la segunda potencia económica del mundo y se encuentra en una posición de negociación muy fuerte.

Lo anterior explica el éxito del principal planteamiento de campaña de Donald Trump, quien ha prometido traer de regreso a los Estados Unidos los empleos que han venido a México, mientras no hace ninguna referencia a China, que es el verdadero problema.

La economía norteamericana ha venido desplazándose hacia el sector de los servicios y de las tecnologías, lo que ha propiciado la pérdida de una buena parte de sus empleos manufactureros, que son mucho mejor remunerados, pues mientras un obrero en línea de producción en una empresa automotriz gana un promedio de 40 dólares la hora, en el sector de servicios (como hoteles, restaurantes, tiendas departamentales y otros) pagan de 8 a 12 dólares la hora como máximo.
Recientemente el gobierno de Barak Obama presionó para que el gigante comercial Walmart, pagara al menos 8 dólares la hora como mínimo a todos sus empleados, considerando a los de las más bajas categorías.

Las tecnologías son otro factor que la demagogia de Donald Trump no está exponiendo, y es que la robótica tiene la capacidad de desplazar a gran parte de los trabajos en línea de las plantas industriales, como las automotrices. En México el costo de la mano de obra barata permite operar las líneas de producción con obreros, pero muchas operaciones pueden ser robotizadas si los costos son más elevados. Esto lo puede constatar cualquier ingeniero mecánico-eléctrico que haya estado en una línea de producción de las plantas automotrices, sobre todo de las de última generación, de las cuales hay varias en México.

Los 5 millones de empleos de mayor remuneración que han perdido los Estados Unidos en los últimos 15 años han tenido un costo político, el cual se ha manifestado en la reciente elección, donde el partido demócrata perdió el discursos laboral que siempre había encabezado, lo que le costó demasiado caro.
Más allá de esta difícil realidad, la envenenada demagogia de Donald Trump, ha cargado en contra de México acusándolo de robar empleos a los norteamericanos anglosajones menos educados y calificados, lo cual sólo es cierto en la proporción que corresponde, porque el TLC ha beneficiado a ambos países pero principalmente a los Estados Unidos en términos de generación de riqueza. El problema es cómo se ha ido concentrando esa riqueza en los capitalistas y empresarios norteamericanos que se benefician de las economías emergentes, porque ése es un asunto interno de los Estados Unidos, algo que sí cuestionan abiertamente los demócratas pero no los republicanos.
La mayor parte de los especialistas coinciden en que los migrantes, en particular los migrantes ilegales que trabajan en la economía norteamericana, lo hacen en el sector de servicios y en sectores como el agrícola, donde los sueldos, para los estándares norteamericanos, son bajos y van de los 8 a los 12 dólares por hora.

En una de sus más recientes declaraciones, el propio Donald Trump volvió a referirse a la construcción de un muro en la frontera con México, pero añadió que este tendrá puertas para los migrantes legales, especialmente para los trabajadores agrícolas. En su ignorancia de cómo funcionan los procesos económicos y comerciales de su propio país y del mundo globalizado, parece haber sido advertido que sin los trabajadores agrícolas mexicanos ese sector de la economía norteamericana tendría serios problemas, como los puede tener también el sector de los servicios, donde el propio futuro y extravagante presidente norteamericano tiene ubicadas la mayoría de sus empresas.
Los grandes sindicatos laborales norteamericanos, especialmente el poderoso sindicato de la industria automotriz, quieren de vuelta los empleos bien remunerados y dejar a los inmigrantes hispanos los empleos duros y mal remunerados, lo cual es bastante explicable.

Un problema serio para la industria automotriz norteamericana es que los sindicatos de sus empresas son muy viejos y han ido acumulando beneficios cada vez más altos, pero, al mismo tiempo, los obreros han ido perdiendo productividad si se le compara a la generación de sus padres y abuelos. La cultura del esfuerzo ha cambiado notoriamente en una sociedad que tiene fuertes problemas de descomposición social y cultural. Los contratos laborales están plagados de cláusulas que incrementan no sólo los costos de manera notoria sino los pasivos laborales a mediano y largo plazo, por los planes de prestaciones y retiro que contienen.

Ante esta situación y para cumplir el mandato del voto que recibió, Donald Trump ha anunciado una reforma fiscal agresiva, al mismo tiempo que ha amenazado con sanciones a las empresas que se trasladen a los países emergentes o, específicamente, a México y lo hace en un tono autoritario, totalmente inusual en la política norteamericana, tal pareciera que de pronto se ha convertido en el dueño de los Estados Unidos, no en su presidente. Habrá que ver cómo reaccionan los medios empresariales, que tienen enormes intereses en el extranjero, pero además si es suficiente la nueva política fiscal y las amenazas de un autócrata e inexperto mandatario que durará cuatro años en el cargo.


EL BALANCE DEL TLC

A raíz de la firma del TLC en 1994, las exportaciones de México pasaron de 60,882 millones de dólares, en ese año, a 370,705 millones en 2012; mientras que las importaciones pasaron de 80,000 a 370,751 millones de dólares.

En dos décadas, las exportaciones totales del país crecieron a un ritmo del 10.6% promedio anual, mientras que para el Producto Interno Bruto (PIB) la tasa de expansión es de 2.9 por ciento; pero de acuerdo a la información del INEGI, de 1994 al cierre de 2012, el saldo de la balanza comercial de México registró sólo tres años superávit comercial.

Contra lo que afirma en sus arrebatos verbales y amenazas Donald Trump, el TLC tiene un equilibrio preciso para los países involucrados en él; no es ninguna carretera de un solo sentido, pero Estados Unidos en términos absolutos gana mucho más, porque aunque las exportaciones se cargan a la cuenta de la balanza comercial de México, las grandes exportadoras son empresas norteamericanas establecidas en México, que están enviando al mercado norteamericano productos muy competitivos en precios, para beneficio de sus consumidores, gracias a los bajos salarios y los bajos costos de producción que está ofreciendo México, que en parte recibe productos también a un buen costo para sus consumidores, pero en términos de generación de riqueza y posesión de la misma los empresarios norteamericanos se llevan mucho mayor parte del pastel, por lo que en términos de macroeconomía es absurdo el planteamiento de eliminar el TLC.

El tratado permitió a México colocarse como un actor relevante en las cadenas productivas globales de valor, como el primer exportador de manufactura de América Latina con casi el 60% y vender al exterior diariamente 1,000 millones de dólares, es decir, un millón de dólares por  minuto.

En promedio, México exporta hoy más que todos los países de América Latina, incluyendo Brasil. Por cada dólar que México exporta al mundo, 37% tiene valor agregado que proviene de Estados Unidos y 23% de Canadá; porcentaje que contrasta con China, por ejemplo, que sólo tiene 4%.
Actualmente el comercio total de México asciende a 742,000 millones de dólares, con un equilibrio comercial, ya que tanto las ventas al exterior como las compras fluctúan entre 370,000 millones de dólares.

Como se mencionó anteriormente, con el TLC los Estados Unidos trasladaron una parte de su plataforma manufacturera a México para abastecer en buena medida su propio mercado a precios más bajos y competir internacionalmente, siguiendo una política de libre mercado y de apertura como no había existido nunca, pero ahora se ha desatado una ola de proteccionismo.

En el caso del sector automotriz, para 1993 la manufactura para exportación era de 19.4% y hoy es de 25.8%, de la cual Coahuila concentra una gran parte.

La ganancia más importante para México en el TLC se dio a través del desarrollo de empresas proveedoras, integrándose a las pequeñas y medianas empresas en la cadena de valor, lo que le dio grandes oportunidades a los empresarios mexicanos, una parte de las cuales no fueron aprovechadas adecuadamente, lo que sí fue aprovechado por empresas asiáticas o de otros países; esto se puede apreciar en la región lagunera y en el resto de Coahuila.

En el caso de Saltillo, el GIS, a través inicialmente de CIFUNSA, se integró como fabricante de monoblocks para la fabricación de motores, pero había un problema: el nivel de calidad de manufactura de CIFUNSA era muy deficiente, por lo que el porcentaje de rechazo de piezas inicialmente fue altísimo. Tuvieron que contratar asesoría extranjera y tecnología más avanzada para aprender, literalmente, a fabricar monoblocks, lo que les permitió expandir su sector de fundición y posteriormente de otros componentes.

Con una dependencia del 80% con respecto al mercado norteamericano en sus exportaciones, México desaprovechó la oportunidad, a lo largo de 20 años, de diversificar sus mercados externos y expandir el mercado interno, una vez que había adquirido experiencia, tecnologías y aprovechamiento de sus recursos humanos y materiales para participar en el mercado internacional.

El haberse enganchado de esa manera al tren de la economía norteamericana tuvo beneficios, muchos más para los norteamericanos, pero graves riesgos que podrían materializarse de manera desastrosa.
China parece una alternativa, pero tratar con China y en general con las economías emergentes de la costa asiática no es nada fácil en términos de competitividad y de negociación comercial, especialmente en el sector manufacturero. China importa de México básicamente materias primas y autopartes, mientras que México importa una cantidad de productos mucho mayor, lo que propicia que tengamos un déficit comercial de un 41% con respecto al gigante asiático, en números oficiales y trámites aduanales registrados, pero existe un gran flujo de contrabando que está alimentando a la economía informal mexicana y, desgraciadamente la mitad de la población mexicana está en la informalidad, por lo que el déficit comercial con China debe ser mucho más alto en términos reales.

Sectores como el del zapato y la manufactura de artículos de piel, donde éramos autosuficientes, han sido duramente golpeados por las importaciones chinas y de países de la costa asiática, inclusive el sector acerero mexicano tuvo que exigir al gobierno federal medidas de restricción al acero chino, por una competencia desleal; lo mismo sucede con muchos otros productos, donde se ha desplazado a empresarios mexicanos, generando de paso dependencia donde había autosuficiencia anteriormente.

El problema de un tratado comercial con China es que México tiene que proteger a su pequeña y mediana empresa, ante las prácticas comerciales y de subsidio que maneja la potencia asiática, que ha copado casi todos los sectores de manufacturas donde las Pymes pueden ser competitivas y cubrir el mercado interno, además de que son las más importantes generadoras de empleo.

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