Don Germán González: se hace camino al andar

Por: Álvaro González

Por muchos años su figura alta, delgada y de enorme zancada fue parte del paisaje cotidiano en el atletismo de La Laguna. Correr era uno de sus placeres en la vida y una expresión de su gran  carácter, que lo llevaba a la extenuación en cada maratón que corría (hizo diez en total de acuerdo a los registros), pero don Germán González, quien ha fallecido recientemente a los 90 años de edad, era mucho más que eso. Comenzar a correr casi a los 60 años y haberlo hecho hasta una edad ya muy avanzada fue lo que le hizo muy conocido dentro de los medios de comunicación y del atletismo, pero era un personaje mucho más interesante que un corredor veterano y animoso.

Por muchos años lo vi por las mañanas corriendo o caminando en el Bosque Venustiano Carranza, a donde yo acudía a caminar y trotar, como él, pero en esos años nunca tuve contacto personal. Por el oficio sabía quién era y en una ocasión le pedí a uno de los reporteros entrevistarlo. En esa entrevista contó parte de su vida y de su forma de pensar, además de su experiencia deportiva, pero fue unos años después que tuve la oportunidad de conocerlo personalmente y tener con él largas conversaciones.

Al cambiarme de casa comencé a acudir por las mañanas a caminar y trotar a la placita de la colonia el Campestre la Rosita, donde coincidíamos con cierta frecuencia, ya que él vivía a una cuadra de la misma.

Al principio lo veía caminando y llevaba entre sus manos un rosario que desgranaba, cuenta a cuenta, al ritmo de sus grandes zancadas. Un buen día comenzamos a conversar mientras caminábamos y lo seguimos haciendo en muchas ocasiones, hasta que un cierto día ya no fue más. Me enteré por un familiar que estaba enfermo de gravedad, tal vez por primera vez en su vida.

Don Germán era un ser humano edificante, de esas gentes que vienen a este mundo con la disposición de disfrutar la vida, con una vocación indestructible para alcanzar la felicidad, algo que yo traduzco como la serenidad y la armonía consigo mismo y con todo lo que les rodea, lo que él transmitía.
Era un hombre discretamente muy religioso, pero en ninguna manera fanático o mojigato. Supongo que esto tenía mucho que ver con esa serenidad y alegría que transmitía todos los días que le vi, sin faltar uno.

Amorosamente fue un hombre de otro tiempo; un romántico que vivía en un bolero inagotable donde las mujeres eran bellas, dulces, adorables, a quienes había que alagar con una flor, una canción, un piropo. En él no cabía y era ofensa imaginar a una mujer fea o sin algo adorable, aunque, por supuesto, tenía bastante ojo para determinar qué mujeres eran realmente hermosas y nunca se guardaba un piropo caballeresco.

Cuando joven debió ser un hombre apuesto y de presencia. Habrá que imaginarlo con su más de uno noventa de estatura, su agradable figura y con esas maneras de educada galanura que conservó hasta el final de su vida.

En cuestiones de dinero tenía una filosofía muy interesante. Comenzó, según me contaba, como empleado más bien de bajo nivel, pero a diferencia de la mayoría de los empleados él disfrutaba el trabajo, al grado de que al terminar sus quehaceres propios preguntaba si no había algo más que hacer y si no lo había tomaba una escoba y se ponía a barrer.

Un empleado así no podía sino terminar de gerente y hacer una larga y exitosa carrera laboral, pero pronto descubrió algo: el ahorro es la base de la riqueza y es algo muy sencillo, sólo basta disponer una cantidad fija mensual de los ingresos y guardarla, de la manera que sea. Esa cantidad va a ir creciendo con el paso de los años y, cuando sea suficiente, hay que invertirla de una manera inteligente, por ejemplo en tierras o en ciertas propiedades de oportunidad, de lo cual ponía ejemplo e incluso me mostraba una casa que había adquirido en la misma colonia a un precio que resultaba casi difícil de creer, lo mismo que el valor que habían adquirido algunas inversiones en tierras que había realizado.

 “Hacer dinero es muy fácil”, me repetía con cierta frecuencia, y en muchas ocasiones llevaba  una tabla de lo que podemos llamar ahorro progresivo, esto es ahorrar una cierta cantidad por un determinado número de años, generando una multiplicación del dinero. Se divertía mucho con ello, en general el dinero para él era como una especie de entretenimiento, algo lúdico, jamás asomaba alguna actitud de apego al dinero como el que tenemos la mayoría de la gente.

Vivió, económicamente, en el mejor Torreón posible y lo manejó con toda naturalidad. Por lo que me contaba, era un hombre que hacía ya muchos años tenía su vida económicamente resuelta y podía hacer obras de filantropía, pero de ellas siempre evitaba dar detalles, era como otros poquísimos filántropos que hay en La Laguna, como don José Revueltas, que ayudaba bajo la consigna de una discreción inquebrantable.

La vida y la gente es buena y se disfruta cada día que amanece –sostenía mientras hacíamos aquellos recorridos matinales–, pero implica constancia, dedicación –y ponía el ejemplo de cómo un atleta va aumentando sus capacidades por medio del entrenamiento diario. Contaba de sus mejores momentos como atleta, cuando estaba sobre los 63 años de edad y había alcanzado romper sus propios tiempos de recorrido.

–Después subí unos kilos y bajé mis mejores tiempos, pero luego me recuperé –se sonreía. Yo no podía imaginar cómo un hombre tal esbelto como él había bajado unos kilos, porque parecía no sobrarle ninguno.

Unos meses desapareció, pero luego nos volvimos a encontrar: se había sujetado a una operación en la columna vertebral, pero estaba feliz: todo había salido muy bien y le habían dicho que necesitaba otra operación en la región cervical para enderezar su cuello.

–Les dije que no, esta ya salió muy bien y así me quedo con mi cuello.

Nunca antes de tal operación comentó nada ni se quejó de las molestias que debió de haber tenido. A partir de ahí siguió siendo un gran caminante pero dejó el atletismo, manteniéndose como un gran animador de este deporte.

Lo nombraron ciudadano distinguido de Torreón y le dieron otros reconocimientos, los que le venían muy bien y disfrutaba, pero él era un hombre feliz, satisfecho; un hombre edificante de aquellos que honran la condición humana e inspiran a disfrutar de esta vida.

De pronto dejé de verlo; pasaron unos meses y no apareció. Pasó el verano, avanzó el otoño y supe de su enfermedad. Por el periódico me enteré de que había fallecido a sus 90 años y agradecí a la vida el haberlo conocido y haber disfrutado todas esas caminatas que compartimos cuando él estaba ya en los últimos años de su vida. Lo recuerdo e imagino su figura alta perderse a la distancia, con las manos entrelazadas en la espalda desgranando, cuenta a cuenta, un pequeño rosario al mismo ritmo de sus largo y ahora eterno caminar.

Me acordé de esa hermosa canción de Serrat: caminante no hay camino/ se hace camino al andar/ golpe a golpe, verso a verso.

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