Corrupción: una historia universitaria en la UANL

Santiago, estudiante de la UANL de primer semestre, se harta de que su profesor de álgebra no asista a clase; son ya tres semanas en las que el grupo no ve al docente por el aula. Santiago sabe que esos dos hombres de allá son quienes se encargan de registrar la asistencia del profesorado y acude a ellos. “Pues qué raro, joven” le contesta uno burlón mostrando su lista, “aquí yo tengo que tu maestro sí ha venido a diario y te ha dado la clase”. “Yo soy el alumno” le contesta Santiago molesto por la burla, “y te estoy diciendo que ese maestro lleva tres semanas sin pararse por el salón, ¿por qué?”. “Bueno, pues está raro” responde uno de los hombres aún con algo de cinismo burócrata, e invencible para Santiago, “lo vemos a diario y hoy hasta desayunamos con él”. Santiago vuelve a su salón decepcionado , más que por el deficiente nivel académico de su nueva universidad, por la complicidad corrupta que le acaban de mostrar. Es de los pocos estudiantes que protestan por estas graves carencias académicas y se acaba de dar cuenta de que así funcionan las cosas en la UANL.

Aunque Santiago tenía una beca que le permitió realizar sus estudios de preparatoria en el Tecnológico de Monterrey, Campus Laguna, su propósito es el de estudiar Ingeniería Mecánica Eléctrica, una carrera que no ofrece en Torreón el ITESM, por lo que tuvo que trasladarse a Monterrey; pero la economía de la familia no permite pagar, ni con beca, colegiaturas que están sobre los 100 mil y los 120 mil pesos semestrales, más gastos de manutención.

Se decidió entonces buscar la que parecía la mejor opción posible: la Universidad Autónoma de Nuevo León, una universidad pública recomendada por conocidos que cursaron sus carreras ahí y que recomendaban las ingenierías y, en especial, la Facultad de Ingeniería Mecánica Eléctrica, FIME, una de las más viejas facultades de ingeniería en México, creada para abastecer la demanda de la ciudad más industrializada del país.

Santiago, que es un alumno con nivel de excelencia, presentó el examen de admisión, mismo que aprobó con solvencia para enseguida pagar una cuota especial que se aplica a los “alumnos foráneos”, la cual asciende a casi 20 mil pesos, no obstante que se trata de una universidad pública y que dicho pago no tiene ninguna fundamentación.

El plan de estudios de la carrera es bueno y el currículum de los maestros, visto en el papel, parece también bueno. El semestre comenzó con un entusiasmo que duró demasiado poco.

A las semanas de haber iniciado el semestre, varios de los maestros comenzaron a llegar tarde a sus clases o, sencillamente, faltaban sin ninguna justificación. La mayoría de ellos implementó un sistema pedagógico al cual le denominan de “competencias”; una de las novedades ficticias que ha venido con la llamada reforma educativa, que de fondo no tiene nada de nuevo y puede funcionar si se aplica correctamente, pero en el caso de los maestros de la FIME es motivo de holgazanería.

Se toma el programa de la materia; se forman equipos de tres o cuatro alumnos y se le asigna a cada uno un tema para que lo prepare y exponga. El maestro se sienta a observar pasivamente, no hace aportación alguna ni genera debate, ni orienta, nada más observa y da por terminada la clase. Y así, tema tras tema.

Llegaron los primeros exámenes parciales y, para sorpresa de Santiago, se suspenden las clases ordinarias durante los días en que se aplican estos, lo que le permite a los maestros llegar hasta una hora o una hora y media tarde a aplicar el examen.

Con los exámenes surge otro problema: están diseñados para ser aplicados masivamente, no por grupos, con base en el avance teórico programado de la materia, el cual no se cubre ni a distancia durante el periodo de clases, por lo cual dicho examen incluye tópicos que no fueron cubiertos y el alumno, en consecuencia, no puede contestarlos, por lo que aun estudiando y aplicándose, es sumamente difícil obtener una calificación muy alta.

El desconcierto de Santiago fue en aumento porque la mayoría de los alumnos se adapta pasivamente a un nivel académico bajo y a la holgazanería. La cuestión era si en los grados más avanzados de la carrera las cosas serían igual o habría cambios, pero al conversar con los que están por graduarse le confirmaron que todo es más o menos igual durante toda la carrera.

¿Por qué las cosas iban de esa manera en una facultad de ingeniería que se suponía goza de prestigio a nivel nacional? La respuesta vino después de una conferencia impartida por un ingeniero veterano que acudió a la facultad, quien, cuestionado por Santiago al respecto del nivel académico tan bajo, le contestó: “la respuesta, muchacho, está en ese muro”, señalándole un muro conmemorativo que se encuentra a la entrada de la facultad, en el cual se rinde tributo a todos los maestros jubilados que han impartido clases en FIME, a los eméritos y a quienes ya han fallecido y gozaron de gran prestigio.
“Todos ésos ya se fueron y ellos le tenían respeto a la enseñanza, hoy todo está corrompido por la política y por el sindicato, muy pocos le tienen amor a lo que hacen, sólo les importa la plaza y los beneficios”, le comentó mientras le palmeaba la espalda.

La respuesta estaba en el muro, pero Santiago todavía hizo un intento por inconformarse, después de que un maestro faltara por tres semanas sin dar ninguna explicación. Se dirigió a la prefectura, donde le expuso el problema a dos de los prefectos que cubrían el turno. Lejos de darle apoyo o una explicación, se comenzaron a burlar de él, comentando que era imposible que el maestro no hubiera dado clases durante tres semanas porque ellos habían estado conviviendo con él todos los días en la cafetería.

Molesto, Santiago los cuestionó en tono más enérgico, y entonces pasaron del cinismo a la amenaza: “Mira muchacho, no andes reclamando esas cosas porque te vas a meter en problemas, las cosas así son aquí; si no te gustan, pues búscale por otro lado”, parafraseo.

Todo parecía dicho. Al día siguiente que Santiago regresó a una de las clases, uno de sus compañeros fumaba un cigarrillo de mariguana dentro del salón mientras esperaban al maestro; lo hacía con un desparpajo y naturalidad de quien se fuma un cigarro de tabaco. No era la primera vez ni era el primero que lo hacía; así estaban las cosas.

Vinieron los segundos exámenes parciales, y con ellos de nuevo la suspensión de clases y todavía más holgazanería. Con demasiado tiempo disponible, Santiago, quien ha sido un atleta desde su niñez y formaba parte del selectivo de basquetbol, decidió ir un rato al gimnasio de la facultad por la tarde, pero por descuido cometió lo que sería un gran error: se puso una de sus antiguas camisetas de los borregos del ITESM.

Apenas comenzaba a echar a correr en la caminadora, llegó el encargado del gimnasio y a voz en cuello le gritó: ¡Ora, güey, tu qué haces aquí! ¡Órale, a la chingada, aquí nomas entran los integrantes de los equipos y eso con permiso; órale, a la chingada!

La frustración contenida de Santiago por todo el semestre estalló. Con su metro noventa y dos de estatura el sujeto que le gritaba resultaba casi un enano, al que tomó por la sudadera y le gritó: ¡No me hables así, cabrón, soy alumno y yo te trato con respeto! El sujeto sólo atinó a decir: “si me pegas te expulsan, güey”. Santiago lo soltó, tomó su toalla y se retiró.

Camino a la salida pasó junto al muro conmemorativo y lo primero que vino a su mente fue que había llegado a esa facultad 20 años tarde, cuando era una facultad respetable y enseñaban profesionales de la ingeniería, no burócratas magisteriales holgazanes y protegidos por sindicatos. Hoy la corrupción se ha devorado a la academia en esta facultad estratégica, que forma parte de una de las universidades públicas más grandes de todo el país. Era tiempo de irse o condenarse a la mediocridad y la ineficiencia.

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