The trombone is talking now

LUIS BONILLA EN TORREÓN


Me dijo el trombonista Luis Bonilla: “Yo he grabado más de 500 discos de salsa”. Con una declaración así uno esperaría a un músico intratable, pagado de sí mismo y por completo antipático. Pero Luis Bonilla, Trombonilla para sus amigos, es uno de los músicos exitosos más amables y simpáticos que he conocido. Y sí, se puede conseguir una buena vida tocando jazz, aunque, como él lo expresó, no es sencillo y requiere de horas y horas de esfuerzo.

No sólo se da el lujo de presumir todo su trabajo, sino también, al mismo tiempo, lo hace de manera humilde y honesta. Sí, es uno de los mejores trombonistas del jazz contemporáneo, pero sí, tampoco se siente superior a nadie.

Tal vez esto tenga que ver con su origen. Hijo de costarricenses, Bonilla fue el primero de su familia en llegar a la educación superior. Comenzó en la música desde los 14 años y jamás se ha bajado de la profesión.

Afirma que su fórmula es sencilla: dedicación y autoconocimiento. Gracias a esto, además de tocar con múltiples bandas, decidió dividir sus días entre las presentaciones y la educación. Bonilla imparte clases en la Manhattan School of Music, en la facultad de música de la Temple University y el New England Conservatory.

Este empleo, además de darle estabilidad económica, lo obliga a seguir estudiando, porque, en sus propias palabras, cada año sus alumnos son mejores.

Para Bonilla la música es más que un empleo, es una forma de crear un ambiente propio. A diferencia de otros músicos, prefiere hacerse responsable del lugar en donde desea vivir. Así, aunque en Nueva York hay muchos más músicos que lugares dónde tocar, no se queja, sino que, en todo caso, se ha dedicado a resolver la situación laboral todos los días.

Salí satisfecho de la entrevista, pero me negué a convertirme en fan. Había escuchado un par de discos suyos en la red y sí, todo apuntaba a que en la noche vería un gran concierto. De todas maneras, la personalidad del músico me parecía lo suficiente para reseñar con gusto lo que sucedería un par de horas después.

El concierto de Bonilla, dentro del ciclo New York Jazz All Stars 2016, no decepcionó. Desde el principio, con la pieza “Luminescense”, dedicada a su sobrina, las cartas fueron echadas sobre la mesa.

Jazz, latin, salsa, montuno, blues, ska, avant garde, reggae y otros ritmos son la influencia declarada de los músicos. Todos los géneros pueden ser atacados desde el jazz. Para Bonilla la idea fue resumida por Lester Bowie: en el jazz lo que importa no es el género sino la manera en que lo tocas.
Y qué forma de tocar, no sólo del director sino del resto del grupo: Bruce Barth en el piano, Andy McKee en el contrabajo y John Riley en la batería.


Todos tienen una trayectoria tan larga como para llenar varias páginas. Pero no haremos nada por el estilo, sólo algunos apuntes. Barth tiene más de diez discos grabados. McKee participó en grupos junto a músicos tan grandes como Elvin Jones y Michel Petrucciani. Y Riley tiene un largo camino recorrido: ha tocado con un montón de músicos, desde Miles Davis hasta John Patitucci; además, tiene más de 70 discos grabados.

En fin, el grupo era un cuarteto de eminencias musicales que se escuchaban tan compactos que uno pensaría que llevan 20 años tocando juntos. Y sí, casi.

Existieron grandes momentos durante el concierto. Uno de ellos fue la pieza Elis, que comenzó con un largo y extraordinario solo de piano y Fender Rhodes. De ahí, la pieza navegó por una balada que poco a poco se convirtió, por momentos, en un latin salpicado de soul. El final estuvo muchísimo más cargado hacia el soul que hacia el jazz. Impresionante.


I Talking Now es una pieza dedicada a su padre, quien soportaba el desorden causado por el trombonista, sus hermanos y los primos durante la niñez, hasta que no podía más con los gritos y brincos y ruidos y llantos y golpeaba la mesa exclamando: “Shut up! I talking now!” Todos los niños de la familia Bonilla callaban, hasta que poco a poco la marea infantil retomaba el desorden acostumbrado.

En esa pieza, el bajo representa al padre y los demás instrumentos a los hermanos y primos. El inicio caótico y estridente reflejó con fidelidad el desorden que pueden causar un grupo de mocosos.

El final nos llevó por dos estados de ánimo. La pieza que él, en el escenario, llamó “¿A dónde estás, Sofía, a dónde?” y que en realidad se llama “Where’s Sepia?” comenzó con una atmósfera muy cercana a la oscuridad, quizá con un toque ligeramente árabe, y poco a poco se fue internando en la luz del latin jazz, hasta que ahí se quedó, cada vez más rítmica, cada vez más cercana al baile. Decir que esta pieza es, y lo hago con absoluta seguridad, una obra maestra ignorada del latin jazz es poco. Me parece muy desafortunado que no se conozca mejor.


De hecho, pienso que Luis Bonilla debería trabajar más en la difusión de su música. Revisé su cuenta en Spotify y apenas aparece un disco. No es sencillo conseguir sus grabaciones. Lo peor de todo, aunque vendían los discos afuera del concierto, mi limitada economía no consiguió sortear todas las dificultades diarias y por eso sólo pude ver que los CD’s pasaban a un lado de mí. Triste, de veras.

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