Luis González de Alba: su muerte y los mitos del 68

Por: Arnoldo Pérez

El pasado 2 de octubre, que coincide con el 48 aniversario del Movimiento del 68, se suicidó en Guadalajara, Jalisco, José Luis González de Alba, a los 72 años de edad, uno de los principales líderes de este mítico movimiento estudiantil y, como lo ha definido Héctor Aguilar Camín, amigo personal y colega de González de Alba, murió con la misma salvaje libertad con que vivió. Su muerte fue una decisión personal y planeada, coherente, por radical que resulte, con su estilo de vida.

Fue escritor, políglota, analista, crítico y un sibarita decidido. Homosexual abierto y cero positivo desde hacía bastantes años. Sabía que finalmente el SIDA lo alcanzaría, pero él decidió terminar a su modo, bajo sus condiciones. No es lugar común decir que vivió y murió como le vino en gana.

Esa libertad salvaje con que se conducía tanto en su vida personal como en su escritura, lo volvieron especialmente incómodo para algunas gentes de su generación, pero sobre todo para los mitos que se han tejido sobre el movimiento estudiantil del 68.

José Luis González desmintió a autores como Elena Poniatowska, quien cobró fuerza en la escena intelectual mexicana a raíz de su libro La Noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral, al convertirse en su obra más leída, de hecho la obra más leída sobre la llamada matanza de Tlatelolco.
González de Alba, quien estuvo dos años preso en el Palacio Negro de Lecumberri por su activismo político como líder del movimiento, sostiene que la cantidad de muertos que contabilizaron fueron solamente 20, no de cientos o hasta miles, como maneja la leyenda urbana.

También sostiene que sí existió el llamado fuego cruzado entre dos grupos de militares, algo que algunos documentan y otros no, además desmiente que la intención premeditada del mando militar fuera el masacrar a la multitud de estudiantes ahí reunida.

En sus escritos sobre el tema, José Luis González señala la manipulación y el uso que se hizo posteriormente de este movimiento, algo que le asqueaba. Su versión fue muy incómoda, sobre todo dentro del medio intelectual de algunos izquierdistas y de líderes que, a partir del movimiento, hicieron carreras políticas; unos dentro del PRI y otros dentro de organizaciones de la oposición, pero la mayoría de ellos con beneficios personales.

Nada exculpa a Gustavo Díaz Ordaz y a Luis Echeverría de lo que sucedió en Tlatelolco durante el movimiento del 68,ni está a discusión la represión de un estado autoritario sobre un movimiento que cambió la historia moderna del país, pero nunca se ha aceptado que las cosas pudieron no ser de la forma en que las narra la Poniatowska en su recopilación de testimonios orales, ni la película Rojo Amanecer, que está basada en la obra de “Elenita”. Esto no es nada extraño en la crónica de sucesos históricos que se vuelven míticos y, por lo mismo, intocables.

Entre la versión de un protagonista de primera fila y los trabajos que se hicieron después, me quedo con la versión de José Luis González quien, al final de su vida, como lo refiere Héctor Aguilar Camín, escribía como un condenado a muerte; libre de todo prejuicio y convencionalismos.

Seguramente se publicarán sus obras completas, lo que permitirá la lectura de sus testimonios por parte de las nuevas generaciones y de quienes sólo conocen la versión mítica, que somos la casi totalidad de los mexicanos de hoy.

Comentarios

Entradas populares