Gilad Hekselman: cursilería y rocktarismo


Entre un trovador romántico y un jazzero cursi, me quedo con el primero. Por lo menos con el trovador sé a lo que me expongo. En cambio, el jazzero cursi intenta desviar la atención a su propio virtuosismo para disfrazar que dentro de él hay un oso de peluche que vomita azúcar. 

Para mí ése es el problema con el smooth jazz, el new age y estilos similares. La técnica es impecable, la producción excelsa, la música vacía, sin vida ni pasión. Se termina convirtiendo en una serie de escalas melódicas que tienden a satisfacer al escucha menos exigente, vamos, al que de verdad le da pereza poner atención a cualquier expresión ligeramente compleja y se conforman con canciones que no dejen dudas sobre la falsa estabilidad del mundo.

A algo así me enfrenté el miércoles 28 de septiembre durante el concierto del guitarrista israelí Gilad Hekselman dentro de la serie de concierto del New York Jazz All Stars.

La primera impresión que tuve de que algo no estaba bien, fue encontrar el teatro a medio llenar. La convocatoria ahora no funcionó como en conciertos anteriores. En fin, eso no garantiza nada.

El segundo problema que percibí, fue cierta altanería de los músicos, sobre todo del líder de la banda. Es probable que en corto sea una persona amable, pero en el escenario quería parecer distante. Y eso, con toda sinceridad, es sólo propio de los rockstars. Un jazzero jamás será un rockstar porque la misma música no lo permite. Y sí, Gilad tiene grandes credenciales: becado para estudiar en el The New School for Jazz and Contemporary Music en Nueva York, ha tocado con artistas como John Scofield, Esperanza Spalding, Avishai Cohen, Aaron Parks, Greg Hutchinson, entre otros; en el 2005 fue ganador de la Competencia Internacional de Guitarra Gibson en Montreux y ha tocado en distintos festivales en el mundo.

Todo lo anterior nos explica que su técnica es impecable y posee un virtuosismo que desarma a cualquiera, pero, no por todo eso su creatividad estará llena de vida o logra conectar con el público cada noche que toca.

La tercera llamada de alerta, fue una balada titulada “Eyes to See”. Primero pensé, y lo tengo entre mis apuntes: “es una balada bastante común, ¿no?” Luego vi la cara del baterista, juro que parecía aburrido. ¿Un jazzero que se aburre en el escenario? Algo estaba muy mal. En cierto momento, la balada se convirtió en una canción pop con solos que destacaban por encima de la creación. Pero, si una canción es mala, es poco probable que los músicos, por más espectaculares que sean, puedan levantarla y hacer algo por ella.

La última y peor impresión que tuve durante este concierto, fue que los músicos parecían entes separados. Por un lado, estaban el bajista, Rick Rosato; por otro, el baterista Jonathan Pinson; y, en otro lugar, el guitarrista.

A excepción de los grandes maestros, en el jazz es fundamental escuchar a los demás y actuar en consecuencia. No importa cuántos premios tengas, es importante mostrar esa unión. Esa noche no la encontré, no sé si en los demás conciertos de la gira lo lograron. Todos tenemos malos días y los músicos no son la excepción. Tal vez ese fue simplemente un mal momento.

El asunto, para mí, es que cuando el trío tocó bebop la mejoría era más que visible. Se escuchaban relajados, imaginativos, con múltiples recursos y un lenguaje más amplio. Pero pronto dejaron esto para regresar a las baladas. ¿Qué obsesión tiene Gilad con las baladas?

La peor de todas fue una pieza confesional. Antes de tocarla, el líder nos explicó que era una canción de amor. Mal, ya íbamos en caída libre. Pero no era una canción cualquiera, era una de amor a la música y se llamaba “Do, re, mi, fa, sol”. Así, en español lo dijo. ¿Era una broma? ¿Acaso estaba hilando demasiado fino o yo no encontré el chiste?

Y se arrancaron con el amor y la melcocha. Ay, me revolcaba en mi asiento. Pensé en levantarme, pero el deber periodístico puede más. Me obligué a ver el concierto completo.

Al final, en un arranque de dignidad, no sé, lo supongo, el baterista convirtió la balada en un rock suave. No logró mucho, tal vez sólo quitarle la cursilería.

No sólo se repitieron estos finales, sino también los recursos armónicos. Tanto así que por un momento pensé que estaba escuchando la misma balada en un loop eterno que me llevaría a un mundo de dulces, edulcorantes y refrescos de colores.

Y así se sucedió las canciones una y otra vez, hasta que terminó el concierto. Por cierto, duró apenas una hora y quince minutos. Levanto al cielo mis acreditaciones de prensa, porque si hubiera pagado por un boleto habría estado bastante molesto. Tanto como para escribir una reseña más violenta que esta.

Tal vez fue que ese miércoles no fue de los mejores en mi vida. O tal vez tiene que ver con mi frustración por ser un músico menor. O tal vez es el centro de esta ciudad que se ha convertido en un bar de banda constante, por ejemplo, los restaurantes cercanos al teatro tienen ahora la consigna de enviar su música a quienes no están dentro de los locales y se pasean frente a la presidencia municipal. O tal vez soy un snob insoportable cuyas expectativas no fueron satisfechas, pero creo que las del público lagunero tampoco. Los aplausos fueron apresurados y nadie pidió que el trío regresara. Nada más por decir.

Comentarios

Entradas populares