¿Dónde se divierten tus hijos adolescentes?

Por: Marcela Valles

El bar “Harris” fue sorprendido el 9 de octubre de este año albergando a 50 personas menores de edad (de 14 a 17 años), 40 de ellas alcoholizadas; el negocio fue multado sólo con 11 mil pesos y clausurado al día siguiente. En este contexto, donde sólo algunos bares fugaces le dan cabida a menores de edad para venderles a sobreprecio masivas cantidades de alcohol, tener ganancias inmediatas, pagar una multa simbólica y cerrar, ha surgido otro fenómeno: las fiestas en casas de renta organizadas por redes sociales. Éste texto es un testimonio y análisis vecinal de una de estas fiestas ilegales ante las que la policía lagunera prefiere recibir su soborno y cerrar los ojos. 

¿Dónde y cómo se divierte esta generación de adolescentes que estaba en la infancia durante los años más violentos de la Comarca Lagunera?

Nuestro colaborador Pedro Santibáñez comentaba, en la edición anterior de septiembre, las peripecias que enfrentaba con la vecindad de un grupo de jugadores del equipo de beisbol Vaqueros Laguna: sus fiestas de alcohol y sexo hasta la madruga los fines de semana; pero este hecho se ha convertido en pequeño, comparado con lo que ahora pasa en la vivienda de la que hacía referencia, ubicada en la conocida colonia Ampliación La Rosita.

Ya sin los jugadores como inquilinos, debido al término de la temporada, el encargado de la vivienda (que es propiedad del exjugador de futbol Carlos Cariño) ha emprendido un negocio infame, que están practicando otras gentes en algunas colonias de la ciudad: organizar fiestas de paga en casas privadas y quintas para adolescentes menores de edad que no tienen acceso a los antros.

La alarma la puso una madre de familia que estaba tratando de localizar a su hijo, un adolescente de apenas 15 años de edad, por quien tiene una fuerte preocupación debido a que se está relacionando con otros adolescentes que le están proporcionando drogas, a los cuales tiene ya identificados.
Ésta es la crónica de lo sucedido el 24 de septiembre a partir de las diez de la noche.

De pronto, en las dos esquinas de la cuadra donde se ubica la vivienda, comienzan a juntarse dos grupos de muchachos y muchachas, la mayoría de ellos evidentemente menores de edad. Ellas, la mayoría vestidas con pequeñas faldas y blusas ajustadas, fuman mientras platican en un lenguaje fuerte, salpicado de cabrones, pendejos, babosos, idiotas, hijos de la chingada y demás. Varias llevan mochilas colgadas a la espalda.

Poco a poco se dirigen hacia la casa y discretamente se van introduciendo: han sido convocados por medio de internet y pagan por entrar a la fiesta, pero se negarán a confesar cuánto. En la mochila llevan trajes de baño y toallas, pues les han ofrecido que la casa tiene alberca para que el reventón se ponga más “sabroso”.

La música comienza a sonar y dos muchachos introducen cubetas llenas a tope de cerveza y hielos. En cosa de minutos ya hay dentro de la casa no menos de cincuenta adolescentes, pero más siguen esperando en la esquina.

Llega una camioneta manejada por una madre de familia de mediana edad, quien lleva a dos muchachas adolescentes, una de ellas es su hija y, según se lo comenta a la madre, la casa es de una amiga, no hay problema, de regreso le van a dar “raite”, lo que es una mentira que, de tanto repetirla, suena muy natural.

Alertados por el “reventón” de la semana anterior, alguno de los vecinos ha llamado a la policía, porque cerca de las once de la noche, cuando la fiesta apenas comienza, llega la patrulla con el número 35173 llevando dos oficiales a bordo, de los cuales uno de apellido Velázquez está al mando. De inmediato lo abordan los vecinos y le explican que se trata de una fiesta pública, que dentro de la casa hay una gran cantidad de adolescentes, la mayoría menores de edad, que hay cerveza para toda la noche, además de la que llevan en mochilas muchos de ellos y que aquello se vuelve un escándalo a medida que avanza la hora, con muchachos y muchachas alcoholizados, griterío, música a todo volumen y un gran escándalo hasta casi la madrugada.

Justo en ese momento se detiene bruscamente un coche de color gris o azuloso, no se distingue bien por la noche, del cual baja una mujer de baja estura y cuerpo grueso, enfurecida. Va directo hacia un muchacho de camisa azul, que no debe tener más de 16 años, y se desata un diálogo violento:

-¡Y tú, cabrón, tú le llevaste a mi hijo la pipa el otro día y le están surtiendo de droga, tú y (menciona enseguida de manera atropellada dos o tres nombres), pero si se le vuelven a acercar los voy a meter a la cárcel, me vale madre si también meten a mi hijo, para que entienda el cabrón. Ya te lo dije, güey!

El muchacho de la camisa azul recula, se queda callado, mientras el hijo de la mujer, también menor de edad, permanece en el coche, a donde lo acaba de subir la madre después de localizarlo entre un grupo afuera de la casa.

La mujer voltea furiosa hacia el individuo que organiza la fiesta, quien en apariencia es el encargado de cuidar la casa, pero quiere ostentarse como dueño.

-¡Ustedes -le reclama a grito en cuello la mujer- son los que les venden las drogas, como ya se les acabaron otros lugares ahora organizan sus fiestecitas por internet! ¡Qué no ves que son menores de edad, pendejo! ¡Pero también contra ustedes me voy a ir!

La mujer se retira y el sujeto, un hombre de aproximados 35 años, de estatura mediana, moreno y de barba le entrega su credencial de elector al oficial de policía, donde dice que vive en un ejido del municipio de Francisco I. Madero. Junto a él aparecen otros dos muchachos, uno alto de anteojos y otro más bajo, ambos deben estar por los 20 años de edad, a lo mucho. Se perciben incómodos, molestos, pero la presencia policiaca no parece impresionarles mucho.

El oficial de policía pide el apoyo de dos inspectores municipales para proceder a entrar a la casa, mientras tanto bloquean la puerta y no permiten que nadie salga ni entre.

Veinte minutos después llegan los dos inspectores municipales e ingresan los cuatro a la casa, pero el encargado le niega el acceso a los vecinos.

Pasan otros veinte minutos dentro de la casa, que está amueblada porque así se renta: amueblada, lo que en este caso se convierte en un excelente disfraz, pero esto parece algo mucho más delicado que si un antro dejara entrar adolescentes menores de edad.

La casa tiene en la parte alta tres recámaras amuebladas, casi todo el mobiliario, un patio trasero de buen tamaño con alberca. En el frente, tres cocheras de lámina que al cerrarse dejan la fachada totalmente hermética. A las dos o tres de la mañana todos los adolescentes, hombres y mujeres, están alcoholizados, muchos de ellos en la alberca, otros bailando en los espacios interiores, la música a todos los decibeles que da el aparato. ¿Es difícil imaginar que, además de la alcoholización, que en varios llega a lo peligroso, se dé el sexo y el consumo de estupefacientes, pues sólo tienen que llamar por teléfono a los “dílers” (distribuidores de drogas de todo tipo) que llegan en taxi?

Finalmente los oficiales y los inspectores comienzan a desalojar la casa. Van saliendo, evidentemente molestos, adolescentes en fila, casi todos menores de edad, quienes van a perder su dinero de la entrada pero no le cuentan nada a la policía.

Sólo a algunos les esculcan las mochilas con ropa que llevan a la espalda y a uno le quitan una maleta repleta de cervezas, pero les van dando salida. ¿Cómo fue el cateo de la casa si los oficiales de policía tardaron en entrar casi una hora? Sólo los oficiales lo saben, pero sólo por referir algo: por ningún lado salió toda la cerveza que había sido introducida en tinas, tampoco las otras bebidas; de hecho la parte alta de la casa prácticamente no se revisó. Es una vivienda deshabitada que se renta solo por temporadas.

Los adolescentes se amontonan en la calle, como renuentes a retirarse del lugar, tal vez en espera de que los policías se retiren. Finalmente estos les indican que se tienen que ir, pero hay un problema: la mayoría le mintió a sus padres al no decirles que era una fiesta de paga, que no era la casa de un amigo o amiga y que llegarían hasta las dos o tres de la mañana, y apenas van a ser media noche. Mientras deciden cómo resolver el problema, se amontonan en las dos esquinas. Deben ser 70 u 80, mujeres y hombres a partes iguales.

El oficial informa a los vecinos que levantó un parte con el número 1748383, el cual es por “escandalizar en la vía pública”, lo que no tiene nada qué ver con los hechos que ahí en verdad suceden. Se le señala al policía que no especifica en los partes lo que realmente sucede, lo mismo que toda la cerveza que está acumulada en el interior de la casa y él, en tono del todo mesurado, argumenta que la casa habitación está amueblada, que es la primera vez y les han hecho una advertencia; que si se repite, se procederá a cerrarles el lugar. Los inspectores municipales, un hombre y una mujer, se muestran demasiado pasivos, apenas si emiten palabra, aunque conservan la credencial del INE del organizador y anotan sus datos.

¿Dónde se divierten realmente tus hijas e hijos adolescentes los fines de semana? ¿Conoces con quiénes mantienen una relación y si consumen alcohol u otras sustancias? ¿Sabes algo real sobre su vida sexual?

Por lo que ha sucedido esa noche, me queda la impresión de que los padres están ausentes de los lugares que frecuentan sus hijos y la forma en que se divierten, lo mismo que desconocen si tienen algún tipo de adicción.

Al menos cuatro de las muchachas asistentes, todas ellas menores de edad, regresaron a la casa cuando se retiró la policía y estuvieron ahí hasta ya avanzada la madrugada, lo mismo que el menor de la camisa azul, quien al parecer se encarga de mover las relaciones entre adolescentes de su misma edad para la organización de los “reventones”.



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