Donald Trump y la sociedad del espectáculo

Por: Álvaro González

A todos nos sigue intrigando algo desde hace meses: ¿de dónde salió un individuo de las características de Donald Trump y cómo es posible que sea candidato a la presidencia de Estados Unidos?

Sin duda el personaje es una extravagancia, pero una extravagancia altamente peligrosa, no sólo para su propio país sino para México y el mundo entero. 

De dondequiera que haya salido es un resultado de la sociedad y la cultura norteamericana actual y de la decadencia de la política, particularmente del Partido Republicano, que es considerado el más conservador y derechista en Estados Unidos.

Para explicarlo tal vez sea necesario recurrir a lo que varios intelectuales han denominado como “la sociedad del espectáculo”, un fenómeno que es abordado en varios libros y ensayos, entre ellos uno que lleva precisamente ese título, del nobel peruano Mario Vargas Llosa. El planteamiento central de este libro es que la sociedad contemporánea, particularmente en los países más ricos, ha ido dejando de lado valores, principios, costumbres, tradiciones e instituciones consideradas fundamentales, para centrarse en el consumo del espectáculo; del entretenimiento como una aspiración central de la vida, lo que va relegando todo lo demás o lo va deformando para adaptarlo a este propósito, ayudándose en buena medida por la tecnología moderna y los increíbles avances de la comunicación electrónica. 

Parecería que el propósito colectivo es vivir en una fiesta permanente, despreocupándose de los temas fundamentales de la condición humana y, por supuesto, del esfuerzo personal y colectivo, del trabajo y la dedicación; de todo aquello que no brinde una satisfacción inmediata.

Aunque tiene ya 70 años de edad, Donald Trump parece emerger de esa sociedad del espectáculo. Entre 2004 y 2015 dirigió en la cadena televisiva NBC el reality show The Apprentice, todos los jueves por la noche, donde él era la estrella. El programa era una especie de concurso de eliminatoria que se centraba en el desarrollo de un negocio propuesto por Donald Trump, quien se presentaba como un multimillonario convertido en el mago del negocio inmobiliario y de la construcción. Los negocios se vuelven así en un espectáculo de competencia: frívolos y buenos siempre y cuando sean atractivos y dejen ganancias fáciles, no en una función social que implica producir riqueza y distribuirla responsablemente en beneficio de una comunidad.

Pero este reality show digamos que era una parte “seria” de Trump, quien desde joven se aficionó al mundo de la farándula y del espectáculo, en calidad de lo que llaman socialité, que se traduce como alguien que se dedica a disfrutar de una fiesta permanente dentro del círculo de las personas ricas y famosas, y viceversa: famosas por ricas, bajo la denominación del jet set.

Donald, quien eludió el reclutamiento para la guerra argumentando que tenía pies planos, como muchos otros juniors ricos, era dado a aparecer en revistas para hombres, donde se mostraba en compañía de hermosas mujeres.

Las tres esposas que ha tenido hasta ahora tienen un perfil similar: modelos, socialités y pertenecientes al mundo de la farándula. La actual esposa, Melania Knauss (actualmente 46 años), una eslovena 24 años más joven que Trump, inmigrante y quien no ha justificado cómo consiguió de manera tan pronta la residencia estadunidense; tiene casi el mismo perfil de las dos anteriores: la estadunidense Marla Maples y la checa Ivana Zelnícková (conocida como Ivana Trump), quienes son denominadas por la prensa estadunidense como “esposas trofeo”.

En plena campaña Donald ha declarado que “si te atacan los medios no hay problema; mientras tengas un buen culo a tu lado, todo está bien”. Ha cortejado a una gran lista de mujeres hermosas, todas ellas modelos profesionales o concursantes de belleza. Es muy explicable que fuera por un tiempo el propietario de la Organización Miss Universo.

A raíz de polémicas sucias que él mismo ha propiciado, ha surgido con insistencia la versión de que llegó a filmar una película pornográfica, donde él es el protagonista y, aunque escondida antes de la campaña, podría convertirse en un tema de tendencia en las redes sociales antes de las elecciones del 8 de noviembre.

Malos negocios lo llevaron casi a la banca rota, pero la gigantesca crisis inmobiliaria del 2009 lo trajo de regreso al éxito. Su manera de ostentar sus negocios es un espectáculo; muchos de sus edificios llevan su apellido en letras gigantescas y, entre hoteles, clubes de golf y otras cosas, es propietario de varios casinos; sin embargo, no es tan rico como lo ostenta porque siempre ha sido lo que se podría llamar un fanfarrón.

La revista Forbes calcula la fortuna de Donald Trump en 4,500 millones de dólares, pero él se ufana de tener 10 mil millones de dólares, dato que no es sustentable. Inclusive como candidato a la presidencia no ha presentado su declaración de impuestos, algo que la ley electoral de su país no le obliga a hacer. 

Para contrastar, la misma revista Forbes estimó en 18 mil 200 millones de dólares la fortuna de Alberto Baillères, el propietario de Peñoles, considerado el segundo hombre más rico de México y el número 32 del mundo. El 80% de esta riqueza proviene de sus minas de Peñoles y Fresnillo, las cuales producen la mayor cantidad de plata que circula en el mercado mundial y han aumentado notoriamente su producción de oro.

Baillères es un empresario discreto, casi nadie lo conoce personalmente, salvo sus más altos ejecutivos y el círculo de empresarios más ricos del país. Donald Trump, en cambio, es el show man del momento a nivel mundial.


UN SHOW PELIGROSO

En la sociedad del espectáculo la demanda es el entretenimiento: un cine de películas comerciales pero espectaculares en sus efectos técnicos, no importa que no tengan contenidos de fondo; música comercial que, como el cine, es una vertiginosa sucesión de canciones, de artistas y de videos, para aumentar ese efecto de entretenimiento; deportes profesionales que llenan horas de la programación diaria de todas las televisoras; publicaciones de escándalos de famosos, de “celebridades” y de extravagancias; centros de diversión que suplen a las tradicionales vacaciones por algo más excitante, del tipo Las Vegas, mezcla de juego, sexo, extravagancias y consumo suntuario.

La literatura comercial desplaza a una literatura de mayor calidad y contenidos. El best seller  marca la pauta del mercado y, muchos de ellos, se adaptan para convertirse en películas. 

Las televisoras tienen un mínimo de contenido de calidad, dedicando la mayor parte de su tiempo a todo tipo de programas que tienen como propósito principal el entretenimiento, lo mismo que la radio.
Los temas más importantes de la sociedad son relegados, a no ser que de alguna manera  se puedan convertir en material de espectáculo. El internet marca el rumbo de la comunicación a un ritmo vertiginoso; terriblemente vertiginoso, con contenidos muy breves que se vuelven obsoletos de una hora a otra. El “trending topic” del día (como se le llama a una información que se vuelve viral o la tendencia del día, para usar el argot de moda) puede ser una banalidad inimaginable o, lo que es más lamentable, un tema importante convertido en banalidad que es desplazado al día siguiente por uno nuevo de igual o peor calidad.

El consumo manda en todo: el nuevo modelo de un teléfono, de unos zapatos, de un coche, de un peinado, de un sitio de diversión, de una comida. Lo importante es consumir todo cuanto sea posible.
De esta sociedad proviene Donald Trump y esto explica en buena medida el éxito que ha obtenido, el cual parece aberrante a grandes sectores no sólo de la sociedad estadunidense sino de todo el mundo; pero el hombre es un espectáculo. Las televisoras están a la caza de la frase más tremendista, de la provocación del día, del nuevo insulto. En la tercera semana de septiembre el tema de tendencia en redes fue que un conductor de televisión le pidió removerle el extraño peinado que utiliza para demostrar que no es un peluquín; eso fue más importante que la agenda política.

Guiado por la mercadotecnia y por su instinto de la búsqueda del raiting televisivo, que aprendió durante los 10 años que estuvo participando en ese medio, va en busca de la frase, la idea, el desplante o la provocación que resulte más atractiva a una clientela que, inusitadamente, ha ido creciendo con el paso de los meses.

Como sucedía ya en la Roma imperial, el entretenimiento no es un asunto inofensivo o banal sin importancia, no: el entretenimiento puede involucrar asuntos realmente delicados, aberrantes, monstruosos o destructivos. Esta sociedad del entretenimiento norteamericana tiene casi 30 millones de adictos a las drogas, una gran parte de ello a drogas duras, letales para la salud mental y física.
Proponer la construcción de un muro en toda la frontera con México, resulta espectacular, aunque se una ignominia y una idea fascista que, de no ser el planteamiento de un candidato a la presidencia, se pensaría sacada de una película de ficción; pero Donald Trump lo llama “maravilloso”, “hermoso”, “sensacional”, “con toda la tecnología, por arriba y por abajo, los mexicanos no lo saben pero ellos lo van a pagar”. Hace ademanes para darle más teatralidad al planteamiento y su audiencia le aplaude y él les pregunta a grito: ¿Quién lo va a pagar? Y la audiencia la responde también a grito ¡México! ¡México! ¡México!

Habla de la guerra y de asuntos bélicos en general con una ligereza cinematográfica, como quien va a hacer una película, no una matanza real, después de todo jamás pisó un campo de guerra porque tiene los pies planos.      

Se ha vendido electoralmente no como un buen político, sino como un exitoso o más bien espectacular empresario, inmensamente rico. Hasta el primer debate, celebrado en New York el 26 de septiembre, se negaba a hacer pública su declaración de impuestos, pero Hillary Clinton se encargó de evidenciar que la declaración no es pública porque sencillamente durante los últimos 18 años Trump no ha pagado un solo dólar de impuestos, aprovechándose de los huecos y las canonjías de las leyes fiscales estadunidenses; además, Clinton lo evidenció como un empresario tramposo, algo de lo que Trump ya tenía fama. En publicaciones posteriores se conocería que no ha pagado impuestos por casi dos décadas.

También se evidenció en el debate su pretensión de verlo todo desde la óptica de los negocios: desea cobrar a todos los países que tienen algún tratado de protección militar con los EEUU; a los empresarios que están en el mercado internacional, a las trasnacionales, a los que maquilan, a todos. Es posible que siga mentalmente en su reality show The Apprentice.

En asuntos humanitarios, como la migración, en seguridad interna y externa y en muchos otros temas sigue siendo fiel a la apreciación de The New York Times: simplistamente brutal; esto es superficial en asuntos sumamente delicados.

Pero ahí está Donald Trump: en la pelea por la presidencia del país más importante del mundo, en tiempos especialmente difíciles, donde el equilibrio político y económico internacional caminan sobre una cuerda floja que podría reventarse. 

Comentarios

Entradas populares