Caso "El Patrocinio": los huesos perdidos

Por: La Redacción



El terror que vivimos del 2007 al 2012 por la llamada “guerra contra el narcotráfico”, emprendida por el expresidente Felipe Calderón Hinojosa, sumió a Coahuila y a otros estados del país, principalmente norteños, en una barbarie que, aún hoy, es difícil de explicar por su brutalidad y prácticas demenciales.  Con el reciente descubrimiento de la gran fosa común en El Patrocinio, ejido de San Pedro, Coahuila, la herida en nuestra tierra vuelve a abrirse. 

El terror que vivimos del 2007 al 2012 por la llamada “guerra contra el narcotráfico”, emprendida por el expresidente Felipe Calderón Hinojosa, sumió a Coahuila y a otros estados del país, principalmente norteños, en una barbarie que, aún hoy, es difícil de explicar por su brutalidad y prácticas demenciales.

Durante esos años la sociedad cayó en el temor colectivo y en el silencio, mientras los cárteles de la droga se disputaban territorios y cometían todo tipo de crímenes, pero también actos de una violencia que jamás se había dado en las frecuentes luchas de poder de las organizaciones criminales. Fue una escalada de horror, donde se competía por aplicar el mayor salvajismo posible a los contrarios, pero también en tratar de ocultar o destruir los cuerpos de las víctimas de esta marea de sangre, que incluía lo mismo a sicarios enemigos, secuestrados, “puchadores” de drogas, policías y cualquiera que fuera considerado como parte de la organización contraria.

Surgieron así las fosas clandestinas de cadáveres, el uso de panteones para enterrar cuerpos en tumbas que eran previamente vaciadas, pero también prácticas más terribles como el desintegrar y calcinar cuerpos de manera masiva.

Hoy, debido a que las bandas criminales se han retirado de la región, han comenzado a aflorar algunos de estos lugares. Antes era imposible, porque hacerlo hubiera implicado terminar también en un cementerio clandestino.

Cuando confluyó el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, se calculó en 70 mil el número de víctimas, pero es tan solo un cálculo aproximado, una estimación con base en algunos registros oficiales y en la información recopilada por algunos medios de comunicación, muy pocos por cierto, porque la mayoría estaba bajo amenaza o se imponía por temor la autocensura, explicable debido a las condiciones de total desprotección en que se ejercía el oficio periodístico.

Estas prácticas brutales de calcinación y trituración de cuerpos realmente no eran nuevas, pero  si se intensificaron. Hoy tenemos un caso que ha acaparado casi toda la atención nacional: los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero.

Es un caso con una cubertura mediática enorme y una politización que le ha convertido en una de las fosas negras del sexenio de Enrique Peña Nieto, pero que sería un caso más y no de los más importantes si se hubiera dado entre el 2007 y el 2012.

En enero de 2009 la PGR detuvo a Santiago Meza López, alias “El Pozolero”, quien trabajaba para el cártel de Tijuana y confesó haber desintegrado alrededor de 300 cuerpos, de gentes que habían sido ejecutadas por los sicarios de ese cártel.

Meza López explicó cómo lo hacía: llenaba con agua hasta la mitad un tambo de 200, enseguida vertía dos costales de soda cáustica; se ponía a fuego y se colocaba dentro un cadáver, dejándolo hervir por ocho horas. Al terminar quedaban sólo pequeños fragmentos (dientes, uñas y algunas otras partes menores), que vertía en un tambo de plástico, los llevaba a un tiradero y les prendía fuego con gasolina. Lo que quedaba era casi nada, además calcinado.


CASO “EL PATROCINIO”

En el 2013, cuando el escenario ya había cambiado, después de un evento de información acerca de la recién estrenada Ley General de Víctimas, donde estuvieron presentes Silvano Cantú y Eliana García, participantes en la elaboración de la misma, nació una organización de familiares de personas desaparecidas de la laguna de Coahuila y de Durango, denominada “Víctimas por sus Derechos en Acción” (Grupo VIDA).

Inicialmente era un pequeño grupo de familiares, quienes se juntaban los días viernes para compartir sus experiencias. Era una especie de terapia, como la que llevan a cabo otros grupos de ayuda interpersonal, donde compartían su dolor y su angustia por la pérdida irresuelta de sus familiares.
Desde un inicio la vocera y líder natural del grupo fue Silvia Ortiz, madre de Fany, una adolescente desaparecida en Torreón hace ya 12 años. Su primera actividad fue una marcha en mayo de ese 2013, a la que acudieron apenas ocho personas.

Fue a raíz precisamente del caso de Ayotzinapa, Guerrero, cuando surgió la idea de organizarse para emprender la búsqueda en diferentes parajes del desierto cercano a las ciudades y rancherías laguneras. No fue sino hasta el sábado 17 enero de 2015 cuando, todavía temerosos, salieron en su primera búsqueda.

En abril de 2015, Bun Alonso, reportero de Revista de Coahuila, los acompañó en su búsqueda y lo hizo al menos en tres ocasiones más durante este año, hasta la publicación de un reportaje denominado “Mi cuerpo a tu cuerpo encontrará”, publicado en la edición de noviembre de 2015.

En este reportaje Bun Alonso narra, a través de su testimonio presencial, cómo es que descubrieron el sitio o cementerio clandestino del ejido El Patrocinio, en el municipio de San Pedro de las Colonias, algo que hoy está en todos los medios y se ha vuelto una controversia:

Y entonces era abril (2015) y ahora estábamos en la comunidad El Patrocinio en San Pedro, Coahuila. Caminaba  junto con algunas integrantes del grupo –los demás andaban desperdigados en otros puntos de esa gran vereda de tierra y mezquites-  cuando vimos pasar a un chivero. Nos acercamos a platicar con él y nos contó que por el tramo por el que caminábamos solía haber unos ochenta tambos alineados, pero que tras irse “los malos” la gente de por aquí los había ido recogiendo para venderlos al kilo, que él nomás veía todo el ahumadero que hacían. Que si eso lo hacían por las noches, le preguntó Lucy. Que no, respondió el chivero, que eso sucedía en plena tarde. Esa vez hallamos sólo dos de esos tambos, agujereados tal vez por balas. Los tambos eran utilizados como las llamadas  “cocinas” de los narcos. A grandes rasgos: el cadáver era metido en el tambo, bañado en diésel para luego prenderle fuego. Ollas donde se descomponía la carne. Luego solo quedaban algunos huesos que eran enterrados a poca profundidad. Empezamos a hallar esos restos. Estaban calcinados y la tierra que los cubría era negra y desprendía olor a diésel apenas la removíamos. De un momento a otro, varios familiares empezaron a excavar en distintas partes del terreno: el lugar estaba repleto de huesos calcinados.

-De aquí ya sacamos dos cuerpos pero hay más, por eso vamos a darle otra peinada –dijo Silvia en la parte trasera de una camioneta, con el cabello a todo viento, mientras íbamos camino a El Patrocinio por segunda vez. Era un dos de mayo (2015).

El sitio parecía un cementerio clandestino. Apenas llegamos nuevamente al lugar y con los primeros hoyos cavados aparecieron los primeros hallazgos de la mañana. Nos repartimos en grupos para abarcar más. Me uní con dos chicas de Matamoros –una de ellas busca a su hermano y la otra es su amiga- y con Julio, de unos 50 años, que ya habían empezado a cavar. Algunos más se acercaban a colaborar de vez en vez. A cada palada que entraba había que agacharnos después a examinar con cuidado la tierra. Trozos de hueso se perdían por ahí.

-Ojalá saliera un diente, no creo que haya estado chimuelo.

Los dientes representan una gran fuente de ADN. Agudizar la vista para encontrarlos, tener paciencia para remover  con cuidado la tierra. Pensar en paciencia en medio del desierto coahuilense es raro. Mi idea de paciencia no tiene como escenario un desierto; la idea desesperante de que todo aquí se ve igual y la desubicación y la sequedad del terreno no cuadran con la imagen de un hombre guardando paciencia. Pero parece que ha valido la pena: los dientes empezaron a aparecer. No todos, si acaso dos. Y a seguir excavando. La sensación de que a cada cavada se puede estar más cerca de huesos humanos. Arrancarle a la tierra lo que guarda dentro de ella-lo que le arrojaron dentro.


DESESPERACIÓN, IMPACIENCIA Y FRICCIONES

De las búsquedas realizadas durante el 2015 se recopilaron 341 restos, 25 de los cuales dieron resultados de ADN, pero al intensificar las visitas y aumentar el grupo de familiares de desaparecidos colaborando, en 2016 se han recabado 3 mil 147 restos de huesos humanos, de los cuales 36 dieron resultados de ADN, pero entonces comenzaron a surgir las fricciones entre los dirigentes del Grupo VIDA y las autoridades estatales y federales, las cuales les habían apoyado desde el inicio en sus búsquedas y recogido todo el material, para entregarlo a la Policía Científica, que tiene sus instalaciones en la ciudad de México.

Hoy son 4,600 restos de huesos, pero la mayoría son pequeños pedazos que suelen medir cinco, seis, siete centímetros, y casi todos se encuentran calcinados, por lo que no pueden ser utilizados para realizar análisis de ADN.

Un cuerpo humano tiene 206 huesos. Es imposible calcular en cuantos  fragmentos se puede triturar, pero pueden ser cientos, lo que hacen también imposible establecer a cuántos cuerpos podría corresponder todo el material que se ha recopilado, aunque el propósito es establecer el ADN, lo que comparado con las muestras de las que se dispone de los desaparecidos, podría coincidir con alguno de ellos, dando la certeza de la muerte a sus familiares, pero solo eso, porque la cantidad de restos de un cuerpo es imposible reunirla.

Se trata de un trabajo científico sumamente especializado y complicado, pero además la Policía Científica es una corporación con recursos muy limitados para atender la enorme cantidad de trabajo que tiene que cubrir a nivel nacional. Las probabilidades de éxito son sumamente escasas.
Motivados por su desesperación y su angustia, además del desgaste psicológico y físico de hurgar entre la tierra del desierto por casi dos años, los familiares de desaparecidos agrupados en el Grupo VIDA, que suman 52 personas aproximadamente, han comenzado a mostrar ansiedad y cuestionar a las autoridades judiciales federales, pero principalmente a la Procuraduría General de Justicia del Estado y, en consecuencia, al gobierno estatal.

Hasta ahora oficialmente solo una persona ha sido identificada de todos los restos encontrados en El Patrocinio. El Grupo VIDA alega que ha encontrado tres osamentas parciales, lo demás se localizó en diversos puntos de un área de aproximadamente cinco hectáreas del ejido, donde ha realizado su trabajo de búsqueda.

Oficialmente de 2007 a la fecha, las autoridades judiciales suman 471 denuncias de personas desparecidas en La Laguna, de los cuales 107 corresponden a los municipios de Francisco I. Madero, Parras de la Fuente y San Pedro, los restantes 364 corresponden a los municipios de Torreón, Matamoros y Viesca. En el municipio de San Pedro suman un total de 45 personas desaparecidas.
La labor es ahora el poder determinar la mayor cantidad posible de restos con ADN y, en primera instancia, compararlo con el ADN de los 107 desaparecidos del área denominada como Laguna I y, enseguida, los del área Laguna II, lo que es una labor no sólo muy tardada, sino enorme para los recursos de que se dispone.

La organización criminal que cometió los crímenes y dejó desperdigados los restos operaba en toda la región, incursionando también en la parte de Durango. Lo mismo hacia la organización criminal contraria: dominaba la laguna de Durango pero también incursionaba en Coahuila.

El problema es muy complejo. Desesperados, los voceros de Grupo VIDA han dado entrevistas y declaraciones a algunos medios de comunicación, lo que ha puesto como novedad el caso Patrocinio, calificándolo alguno de ellos como “un campo de exterminio”; una definición amarillista que no hará sino complicar las cosas.

En principio, por lo extremadamente delicado del tema, cualquier información que se proporcione sobre el ejido El Patrocinio debería ser conjunta por parte de los voluntarios que realizan la búsqueda y las autoridades judiciales y estatales, pero además desde hace meses o tal vez más, las autoridades gubernamentales debieron establecer una reglamentación estricta de las búsquedas de restos humanos, ya que se trata de una labor que debe ser realizada no sólo por una corporación policiaca, sino además por una corporación policiaca altamente especializada, científica.


Por falta de recursos o tal vez porque inicialmente se consideraba como una tarea aislada y pequeña, las autoridades judiciales acompañaron a los voluntarios a realizar las búsquedas, pero el número de estos fue creciendo de manera espontánea. Cualquiera podía sumarse, tomar una pala, un pico o cualquier objeto y escarbar la tierra en busca de restos humanos, sin ninguna  metodología, sin capacitación y sin una supervisión adecuada.

Hoy ya se ha levantado la mayoría de los restos que hay en el área y están acumulados, pero además de las muy malas condiciones físicas de la mayoría de ellos, fueron recopilados sin ninguna metodología científica forense. Es de sentido común que de seguir estas búsquedas deben sujetarse a una metodología muy diferente, donde las autoridades judiciales deben llevar la responsabilidad y la tarea. Los particulares pueden prestar ayuda, pero bajo una supervisión adecuada y una capacitación previa, de otra manera hay un desorden, que puede partir de una encomiable buena voluntad y, habrá que decirlo, de una tarea cívica valerosa, pero que debe estar dentro de los procedimientos legales, porque se trata de restos de osamentas humanas.

Los campesinos del ejido ahora dan algunas versiones y anécdotas sobre las cocinas de la muerte que montaron en El Patrocinio los narcotraficantes, pero casi toda esa información es más producto de la imaginación que un testimonio confiable, debido a que todos, por el terror que inspiraba el crimen, hacían todo lo posible por mantenerse al margen de lo que sucedía.

Los familiares de los desaparecidos están en todo su derecho de exigir resultados y las autoridades en su obligación de entregarlos, de acuerdo a las tareas que les corresponden, pero debido a lo limitado de la infraestructura que posee la Policía Federal, los posible resultados van a tardar tiempo, mucho más que el que marca la desesperación y la ansiedad de los familiares.

Es imposible explicar lo sucedido en El Patrocinio (que se estima ocurrió principalmente de 2008 a 2011) sin la complicidad de las autoridades estatales, federales y militares que estaban en funciones durante ese periodo. Operaban en la región una gran cantidad de fuerzas de lo que hoy es la Policía Federal, el ejército, que tiene toda una zona militar en Torreón, las fuerzas estatales y, también, la policía municipal, que conoce perfectamente todo el territorio del municipio. Algo así sencillamente no podía ocultarse.

Por desgracia El Patrocinio no es un caso aislado: al final del periodo de Felipe Calderón Hinojosa y en lo que va del gobierno de Enrique Peña Nieto, en muchos de los estados del país se montaron este tipo de cementerios clandestinos por parte del crimen organizado, varios de ellos mucho más grandes y recientes.

La barbarie ha descendido muy notablemente en Coahuila, de ahí que a los familiares les sea ahora posible hacer la búsqueda, pero se ha avivado en otros estados del país.

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