Marcus Printup, o cómo la música sana


Hace algo así como dos meses mi vida rodaba más o menos bien. Recuerdo que el 29 de junio fui al concierto de Greg Gisbert en un miércoles de verdad atareado y que mi día quedó redondeado por una simpática presentación y un músico muy sencillo y agradable.

Un mes después comenzaron mis problemas. Un grande y profundo desgarre en una pantorrilla me arruinó un par de semanas, pero el verdadero problema es que esta lesión me ha llevado a otras magulladuras menores en otras partes de mi cuerpo. La recuperación ha sido mucho más larga de lo planeado y experimento una sensación de debilidad e ineptitud porque no me puedo mover a como estoy acostumbrado.

Más de un mes luchando contra esta lesión me tiene deseando volverme adicto a los tranquilizantes y analgésicos.

Pero detenerse no es la respuesta, así que me enfoqué en seguir adelante, a pesar de todo. Eso incluía asistir al más reciente concierto del New York Jazz All Stars. Tocó el turno del quinteto de Marcus Printup, trompetista de Georgia, Estados Unidos y músico del Jazz at Lincoln Center Orchestra bajo la dirección de Wynton Marsalis desde 1993.

Marcus es ya un veterano en ese pequeño pero gigantesco mundo que es el jazz. Con él venían cuatro músicos, dos de ellos cumplidores, y los otros dos, sobresalientes. En el saxofón, la joven Mercedes Beckman, quien durante casi todo el concierto parecía nerviosa, pero hacia el final supo encontrar un soplo de inspiración, entregándonos un inmenso solo en la última pieza. En la batería, Henry Conerway, con gran toque y habilidades rítmicas milimétricas. El bajista Barry Stephenson, imaginativo, virtuoso, de sonido claro y también rítmicamente exacto. Y, a mi parecer, el mejor de ellos, el pianista Mike King, quien ha tocado con Herbie Hancock, Bobby Watson, Dave Liebeman, Gary Bartz y Antonio Hart, entre otros. Sus solos de pianos eran largos, pero no aburrían. Su creatividad brotaba de algún lugar infinito y, por momentos, parecía tomar al quinteto para dirigirlo. Pudo ser la estrella de la noche, pero él no era el líder. Me atrevo a afirmar que pocas veces esta ciudad ha visto a un músico como King en el escenario del Isauro. Es muy joven, apenas comienza su carrera, pero seguro algo interesante creará en el futuro.

El concierto inició con Marcus en plan hippie afirmando que todos ahí éramos hermanos y hermanas. De ahí en adelante, todo fue buena onda. El grupo tocó múltiples canciones compuestas por el trompetista.

La experiencia del líder se dejó ver. Tiene, por lo menos, 14 discos y ha trabajado en la música desde adolescente.

G Wiz, Hopscotch, Soul Street Parede, London Lullaby, Young Bloods y Peace in the Abstract fueron algunas de las piezas originales que tocaron. En ellas viajaron desde un enérgico post bop, pasando por un funky-latin-groove, jazz ligero, blues, soul, balada y cerraron con jazz fusión muy al estilo de Wayne Shorter.

El sonido que consiguieron con cada pieza deslumbró, tanto a los legos, como a aquéllos que ya llevamos algunos años escuchando jazz. No fue necesario traspasar la frontera del avant garde porque el viaje que nos brindó el grupo fue en extremo satisfactorio.

El trompetista sabía manejar al público, algo raro en un jazzero. Sus músicos estaban extasiados. Supongo que no es común recibir tantos aplausos si te dedicas a esta música mundial no masificada.
El teatro se vino abajo cuando, en un arranque de amor a la ovación fácil, el grupo decidió tocar Amor eterno de Juan Gabriel. Montada dos horas antes, la sencilla sucesión armónica fue suficiente para que cada uno improvisara sin agotar a nadie. Los aplausos fueron casi de pie, el público estaba entregado. Pudieron tocar lo que quisieran y aun así todos estarían babeando. Pero en lugar de hacer eso, Marcus explicó que en el hotel donde se hospedaba conoció a un pianista local que tocaba como pocos. Decidió improvisar con él la tarde anterior e invitarlo al concierto. Después mandó llamar a Carlos Ramos; yo sé que todos en esta ciudad sabemos quién es Carlos Ramos.

Este despliegue de humildad fue suficiente. El público lagunero quería adoptar al quinteto entero.
Incluso yo participaba en esta emoción. Casi nunca me dejo llevar de esa manera. He decidido culpar a todos mis dolores y males que me han perseguido desde hace meses. Estaba sensible porque el dolor, al principio te deja descubierto. Si no desaparece, entonces endurece hasta al más cursi. Todavía estoy en la primera etapa.

En lugar de avergonzarme, me alegro porque la música funcionó como cura momentánea. Estoy seguro que, de otra manera, tal vez habría buscado los pequeños detalles para hacer una crítica que reflejara mi insatisfacción. Esa noche no fue así. Me habían conquistado e incluso estaba feliz. Supongo que de eso se trata gran parte de la música, de provocar felicidad. Me fui, consciente del dolor, pero también de que todos estos males pueden combatirse de alguna manera, además de las drogas.

Comentarios

Entradas populares