Deporte, sexo y alcohol

Por: Pedro Santibáñez


Por una cuestión totalmente circunstancial, me tocó vivir con dos futbolistas profesionales como vecinos: Rodrigo “El Pony” Ruiz y Carlos Cariño. Los dos eran padres de familia y llevaban una vida bastante ordenada, aunque debo decir que conocí un poco más a “El Pony”, porque su familia era más accesible, lo mismo que él, quien era una persona completamente dedicada a su profesión, de ahí tal vez la explicación de su longevidad como jugador.

Ambos se fueron: uno a Guadalajara y el otro a la ciudad de México, pero conservaron sus casas y las fueron rentando a diferentes inquilinos. “El Pony” terminó por venderla debido a los contratiempos que tuvo con un inquilino sumamente incómodo, diciéndolo así, mientras que Carlos Cariño la ha ido rentando por temporadas a gente del medio deportivo, principalmente futbolistas pero, en los últimos meses, a tres integrantes del equipo Vaqueros de beisbol.

Recuerdo especialmente una tarde que salí por alguna razón de mi casa y vi a un muchacho moreno sentado en una silla afuera de la casa en cuestión, vestido con un short, camiseta y chanclas, algo poco usual en la colonia. Me acerqué a saludarlo y nos presentamos: “Soy Christian Benítez, me dicen ‘El Chucho’  ¿Tú no vas por el estadio a ver el futbol?”, me dijo con un acento que yo nunca había escuchado. Ahí comenzó una relación de vecinos bastante cordial, a la que se incorporó su esposa, una muchacha ecuatoriana como él, muy sencilla y algo desconcertada de vivir en una ciudad y en un país como México.

“El Chucho” no era todavía famoso, por lo menos no en México, llevaba él y su joven familia una vida sencilla, sana. Pronto se convirtió en una figura del equipo Santos Laguna y se mudó a vivir a otra colonia, para estar más cerca del estadio y, supongo, para gastarse algo más del mucho dinero que comenzó a ganar.

Por esa casa han desfilado, como inquilinos, muchas personas, la mayoría de ellos deportistas, pero este año llegaron tres jugadores del equipo Vaqueros y las cosas tomaron otro giro. No sé de dónde provengan ni sé con exactitud su nombre porque nunca se presentaron, aunque he escuchado a uno de ellos hablar con acento extranjero.

El caso es que el domingo 20 de agosto, cuando el equipo Vaqueros perdió el cuarto juego contra los Sultanes de Monterrey y fue barrido en la serie de Play Offs, apenas cayó la noche y comenzó en la casa una fiestón de órdago. La música de banda tocó a todo lo que daba el sonido, hasta casi el amanecer, en una noche de alcohol y prostitutas. No sé si había más ingredientes que música, alcohol y prostitutas, pero la energía que mostraban los participantes era inagotable, excesiva.

Mi mujer me insistía, allá por las cuatro de la mañana que le llamara a la policía. “¿Para qué?”, le contestaba, “si no van a hacer nada, si no hacen nada con gente ordinaria imagínate con los jugadores del Vaqueros; además ya perdieron, yo creo que esta semana se van de Torreón”. Finalmente algún vecino se desesperó, porque un rato más efectivamente llegó la policía y, entonces, más por curiosidad que por otra cosa, me asomé por el balcón, justo en el momento en que un muchacho alto, corpulento y de hablar tartajoso le deslizaba un billete a uno de los oficiales. Por supuesto que el ruido bajó diez minutos para regresar con más intensidad.

Lo llamativo del caso no fue ese borrascoso fiestón de fin de temporada, sino que esto se repitió durante casi toda la temporada, cada vez que les tocaba estar en Torreón y no hubo queja de vecino que valiera. La única diferencia es que en la última hubo música en vivo y en las anteriores noches utilizaban un potente aparato de sonido.

Entonces te preguntas si no se supone que estos muchachos, deportistas profesionales, debieran cuidarse físicamente. Luego dices: bueno, son jóvenes, deben ganar buen dinero y el que se corran una parranda de vez en cuando suena, digamos, natural; pero estos muchachos no eran de unos tequilas o unas cervezas para irse a la cama a las dos de la mañana, no: bebían de manera salvaje y consumían sexo con la misma intensidad, pero aquello comenzaba a las diez de la noche y se prolongaba hasta el amanecer. Si lo repites cada dos semanas, ya debe de mermar. ¿Pero era ése el único consumo de alcohol y sexo que tenían durante el mes? Lo dudo.

Otro aspecto que me pareció intrigante es que una tarde de domingo, mientras yo descansaba en un sillón del jardín, escuché una conversación entre ellos, ya que sólo nos separaba una barda de tres metros de altura. Se referían al uso de estimulantes y sustancias para mejorar el rendimiento físico en los juegos, inclusive hicieron referencias específicas a uno de los jugadores, que debería ser importante por la manera en que se referían a él, quien había tenido que ir al cardiólogo porque comenzó a tener problemas debido precisamente al uso de sustancias estimulantes.

Decían nombres, tanto de las sustancias como de los jugadores, pero todo iba muy de prisa para poder memorizarlo, además yo no soy aficionado al beisbol y no conozco un solo nombre de los jugadores y, cosa no pequeña, estaba escuchando una conversación de manera furtiva, en boca de dos jugadores que sólo conozco físicamente pero tampoco sé sus nombres, quienes pueden o no volver en la próxima temporada, aunque espero que cambien de vivienda.

Nada de lo que he visto y escuchado de estos jóvenes beisbolistas me es extraño, de hecho conozco de la vida demasiado relajada que llevan muchos deportistas profesionales, algunos de ellos de paga muy alta y que son o fueron figuras dentro de equipos como el Santos Laguna, ya no se diga de jugadores semiprofesionales que vienen del extranjero, como el caso de muchos de los basquetbolistas del equipo Algodoneros.

Me viene a la memoria el caso de Matías Vuoso, el futbolista argentino que fue ídolo de la afición santista por varios años y pasaba derrapando llantas por las mañanas a bordo de un ostentoso  deportivo negro. Iba a los entrenamientos cuando la noche anterior se había corrido una parranda por todo lo alto, pero esto se mantuvo a discreción durante casi todo el tiempo que duró jugando para el Santos. No fue sino en Guadalajara, donde sus adicciones debieron ir en aumento, cuando la prensa lo exhibió, lo que dañó mucho su imagen, pero no lo retiró de las canchas debido a su fortaleza física, de donde debe venirle el apodo de “El Toro”.

Pero luego vez todo esto con detenimiento: muchachos venidos casi todos de un medio social modesto, que abandonaron sus estudios, si es que los estaban cursando, por dedicarse totalmente al deporte, que tienen, la mayoría, veintitantos años, que ganan millones de pesos, que están rodeados de mujeres que están a la caza de ellos, no por su galanura sino por el montón de dinero que ganan; además, por si fuera poco, los medios de comunicación tratándolos como “ídolos” ¿Se pueden resistir tantas tentaciones? Está bastante difícil, pero esto es a nivel local, habrá que imaginar a los deportistas de talla internacional, muchísimo más famosos y muchísimo más ricos, pero en todo lo demás iguales a estos que no dejan dormir. A veces pienso si no será que ya estoy viejo y además no invitan, pero entonces corrijo: una fiesta está más que bien, pero son profesionales del deporte que tienen obligaciones, además sus carreras durarán muy pocos años.



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