De Lázaro Cárdenas al Peje: la ineficiencia de la izquierda.

Por: Álvaro González

Desde el inicio del actual sistema político, México ha tenido una seria carencia: la ausencia de una izquierda seria, competente, pero sobre todo viable para un país como el nuestro. 

Lo que hoy llamamos PRI se apoderó de la vida política mexicana, pero dentro de ese PRI cabían muchas corrientes ideológicas y políticas, que convivieron por décadas en una amalgama muy singular. Los partidos socialistas y el comunista fueron muy pequeños y marginales, con una muy escasa penetración en un régimen que sabía incorporar a todas las facciones, pero también sabía reprimir a sus disidentes con eficacia.

La facción de izquierda del régimen tuvo su máxima manifestación con la llegada al poder del general Lázaro Cárdenas del Río, quien tomó decisiones concretas que se oponían a los intereses del capital extranjero y nacional, para tratar de distribuir la riqueza entre los mexicanos más pobres, el problema es que las buenas intenciones de Cárdenas no estaban respaldadas por un proyecto económico bien fundamentado y viable para el futuro  del país, pero específicamente para la distribución de la riqueza y la creación de una clase media amplia y la disminución de la pobreza, que en parte había agravado la misma revolución mexicana, contra lo que afirman las ingenuas y caballerescas crónicas de lo que fue, después de 1910, una cruel guerra civil que devastó a gran parte del país.

En el mismo periodo de Lázaro Cárdenas, comenzó a destacar uno de los más importantes intelectuales mexicanos del siglo pasado: Daniel Cosío Villegas, el cual puede considerarse, sin lugar a dudas, como el padre de la crítica del actual sistema político mexicano, a quien desgraciadamente las generaciones actuales casi ignoran por completo.

Fundador del Fondo de Cultura Económica, de la Escuela Nacional de Economía y del Colegio de México, éste último a partir de la Casa de España, formada por el exilio español proveniente de la guerra civil, mismo que fue invitado a México por Lázaro Cárdenas del Rio, pero por la iniciativa y las gestiones del propio Daniel Cosío Villegas.

Con una formación académica extraordinariamente sólida y un talento excepcional, siempre se mantuvo como un intelectual independiente y crítico frente al poder, especialmente en el periodo de Luis Echeverría Álvarez, quien desbocó el caballo del populismo, al cual se ha encaramado, a partir de los años setentas, toda la facción izquierdista del PRI; la misma que hoy forma los partidos políticos de la penosa izquierda mexicana, encabezada por el PRD y Morena.

Daniel Cosío Villegas
En su momento y de frente al poder, Daniel Cosío Villegas cuestionó las políticas económicas de Lázaro Cárdenas del Rio y vaticinó, con décadas de anticipación, que el reparto agrario estaba mal diseñado y terminaría en un fracaso, lo mismo que la expropiación del petróleo, que de la propiedad de las empresas extranjeras pasó a las manos del estado, en lo que fue otra muy mala decisión que la historia se ha encargado de demostrar.

Cosío Villegas, en su muy basta y excelente formación académica, era doctor en economía agrícola y sabía de lo que hablaba. De hecho era un intelectual y académico riguroso, no uno de estos comentólogos que tanto abundan hoy, quienes opinan de todo sin saber realmente a fondo de nada. No era tampoco un intelectual seducido por el marxismo, el fascismo y ciertas formas de socialismo estatista que fueron tan poderosas en su época, como tampoco fue un seguidor religioso del capitalismo. Era un hombre de método, rigurosamente analítico y con una posición crítica de principio, de ahí el gran valor intelectual y moral de su obra.


CÁRDENAS, ECHEVERRÍA Y LUEGO LÓPEZ OBRADOR

Como sistema agrícola el ejido era inviable, sostuvo Daniel Cosío. Darle a una familia cuatro hectáreas de tierra, dos de riego y dos de temporal, bajo una organización de tipo colectivo y dependiente del subsidio gubernamental no llevaba a ninguna parte. Y así fue; la región lagunera, que era la joya del reparto agrario cardenista, lo vino a demostrar unas cuantas décadas después.

Al final de los años treinta, una familia rural mexicana estaba compuesta de padre, madre y hasta siete hijos en promedio, el sentido común anticipaba que la unidad parcelaria ejidal no iba a soportar ni el crecimiento de esa generación, mucho menos de las siguientes. Era mucho más viable la formación de propiedades agrícolas de un tamaño mucho mayor, además de la creación de un sistema agrícola de mercado, con acceso al financiamiento privado y público, pero con retorno y un esquema de capitalización progresivo.

Lázaro Cárdenas no era un hombre que escuchara muchos consejos, pero además, en la opinión de Daniel Cosío era un hombre bien intencionado, de decisiones grandes pero, lamentablemente, no de ideas grandes. Llegó a la presidencia de la república con 39 años, con toda su trayectoria en la revolución, pero con muy poca experiencia en los asuntos de estado y sin ninguna formación académica. Era un animal político muy dotado, había sido gobernador de Michoacán por sólo un año a la edad de 25, y ocupado algunos otros cargos públicos de manera muy breve, su fuerte había sido su posición como encargado del nuevo ejército mexicano.

Su propósito principal era la distribución de la riqueza, pero enseguida el fortalecimiento del estado hasta colocarlo como el centro de la economía y la sociedad mexicana, algo que también le criticó mucho Daniel Cosío. Cárdenas es el creador de la CNC, de la CTM, del sector llamado desde entonces popular y del militar, que entonces era estratégico. Nació así el clientelismo y el llamado “estado benefactor” que sentó las bases ya en firme del sistema político priista.

Otro lado cuestionado de Lázaro Cárdenas fue la consolidación del presidencialismo (“el dedazo”, como se le bautizaría después) y el ritual de “el tapado”. Impuso como presidente a Manuel Ávila Camacho en contra de la decisión democrática, que había votado mayoritariamente por Juan Andreu Almazán. Hasta la fecha la vocación democrática de la izquierda es muy cuestionable.

Con Cárdenas se define lo que sería la facción de izquierda del PRI y del sistema político que éste acaudillaba. No ha habido, hasta la fecha, ninguna modificación sustancial: un estado clientelista, ubicado como el centro de la economía del país, con el presidente como figura monolítica (la “monarquía sexenal” había nacido ya) y una política de justicia social muy proclive al populismo, debido a la ineficacia, el mal manejo de las políticas económicas del estado y el subsidio a partir del gasto público.

Pese a sus diferencias, Daniel Cosío mantuvo buenas relaciones con Lázaro Cárdenas, pero no por ello desistió de su trabajo intelectual, de su independencia y de la crítica. En las décadas siguientes fue un constructor de instituciones, que hasta la fecha son referente en el país.

De 1940 hasta 1970, el régimen priista acentúo la tendencias de izquierdas y de derechas, dependiendo del presidente de la república en turno, pero en general se logró lo que se conoce como el “desarrollo estabilizador”, periodo en el cual el país crecía a tasas del 6% anual en promedio, aunque también se disparó la explosión demográfica, debido al término de la guerra, a las políticas de salud que se fueron implementando y a la persistencia de una política poblacional tradicionalista. El promedio de hijos por familia se mantuvo alrededor de 6.


De 1946 a 1952 la derecha y el capitalismo tradicional toman auge bajo la presidencia de Miguel Alemán Valdés, quien carga contra la izquierda con todo el poder del régimen, e inclusive realiza una purga al interior del mismo PRI. Su sucesor, Adolfo Ruiz Cortines tendría que enfrentarse a la herencia de su antecesor, al lidiar con el conflicto agrario, la huelga magisterial y la huelga de los empleados ferrocarrileros, que entonces era un gremio muy importante en el país, pero refuerza la estabilidad económica y maneja un estilo personal de mucha probidad y disciplina financiera.
Como contrabalanza, el gobierno de Adolfo López Mateos, uno de los más populares presidentes del siglo XX, asume una política social más de izquierdas, aunque continúa el esquema del estatismo. Nacionaliza la Comisión Federal de Electricidad, crea el ISSSTE y promueve la reforma agraria, abriendo nuevas zonas del país al reparto agrario, pero el sistema político estaba entonces más afianzado que nunca, con todas sus características y vicios.

Atendiendo a la crítica de intelectuales como Daniel Cosío Villegas, el reparto agrario tiene cambios importantes. En el reparto de tierras en estados como Sonora, Sinaloa y la costa de Jalisco ya no se aplica la fragmentación  de la posesión de la tierra en cuatro hectáreas por parcela, como en La Laguna. La dotación parcelaria sube a 10 hectáreas de riego por familia, en regiones con una alta calidad de suelos y agua.

En la costa de Jalisco, que entonces era una selva sin accesos de ningún tipo, en el reparto agrario a principios de los años sesentas (gobierno de Adolfo López Mateos), la dotación parcelaria aumenta a 20 hectáreas por ejidatario, más 15 hectáreas adicionales para agostaderos, más un lote de media hectárea para vivienda y otro lote de media hectárea en la franja de la playa, aunque no se implementa ninguna política de carácter ecológico, por lo que el reparto agrario devastaría casi toda la costa de los estados  de Jalisco, Nayarit, Colima, Michoacán y posteriormente Guerrero.

A López Mateos, quien termina su periodo muy mermado de sus facultades físicas, le sucede Gustavo Díaz Ordaz, un presidente de mano dura, autoritario, como lo habían sido otros, pero con la diferencia de que le tocó un movimiento internacional de las izquierdas en los países desarrollados, que tiene su epicentro en Francia y se traslada a los medios universitarios de México, debido en buena medida a la realización de los Juegos Olímpicos y el mundial de futbol, algo a lo que en principio se había opuesto Díaz Ordaz por el costo tan absurdo que implicaba.

La protesta creció, tomó las calles de la ciudad de México y captó la atención internacional. Era un movimiento que tenía mucho de un corte anarquista; una lucha en contra de un régimen autoritario, represor. Por la presión internacional Díaz Ordaz se resiste precisamente a la represión, pero por otro lado tenía encima los juegos olímpicos. Finalmente ordena represión y, justo así, comienza lo que sería la apertura política del país, pero también el ascenso al poder del populismo, que causaría estragos a la economía, descarrilando el “desarrollo estabilizador”.

Desde el punto de vista mediático, en 1968 le pasó al régimen priista lo que le ha pasado a la izquierda en Brasil con el mundial del 2014 y los juegos olímpicos de este 2016. En México afloró el rostro más oscuro del régimen, y en Brasil lo mismo con la izquierda que hace poco había llegado al poder, lo que no deja de ser una coincidencia bastante curiosa a partir de un mundial y unos juegos olímpicos.


LA DEVASTACIÓN DEL POPULISMO

Con la llegada a la presidencia de Luis Echeverría Álvarez comienza lo que podríamos llamar como la docena trágica del populismo. La izquierda se toma el control de gran parte de las universidades públicas del país, cobra importancia al interior del PRI y gana grandes espacios en los medios intelectuales y de comunicación, pero el problema es que no había un proyecto serio ni de economía ni de país.

En ese periodo debió surgir un partido socialista moderno como opción frente al viejo régimen, pero Luis Echeverría se encargó de ahogarlo en el populismo, desatando el gasto público y la corrupción a niveles mucho más altos de los tolerados anteriormente.

En ese periodo de Luis Echeverría y dentro del PRI, comienzan sus carreras políticas Cuauhtémoc  Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo y Andrés Manuel López Obrador, entre muchos otros que luego se volverían líderes de la actual izquierda mexicana.

Al mismo tiempo que cooptaba a la izquierda, los grupos que rechazaron esta cooptación fueron reprimidos, incluso violentamente. Luis Echeverría quería terminar con aquellos que se resistían a incorporarse al PRI.

Se desata el gasto público, se crean empresas públicas por doquier, la mayoría de la cuales se volverían barriles sin fondo; se lanzan programas sociales con recursos casi ilimitados, pero con esquemas clientelares, no de desarrollo sustentable. Este río de dinero público riega la corrupción y permite la pesca a gran parte de los empresarios privados del país, quienes siguen siendo fieles al régimen, siempre y cuando no se opusieran al mismo. Los medios de comunicación en general son censurados.

En medio de esta borrachera populista, Daniel Cosío Villegas aparece como una de las pocas pero más importantes voces críticas al régimen. Era ya un hombre de 72 años y un caudillo intelectual, respetado por todos, pero pronto sus artículos, que casi siempre eran ácidas críticas al gobierno de Luis Echeverría, terminaron irritando a éste. Motivado por la presión que el presidente ejercía sobre el periódico Excélsior y otros medios, Daniel Cosío decidió dejar de publicar, pero el propio Echeverría, a través de su secretario de educación pública,  tuvo que pedirle que siguiera colaborando. Hasta su muerte, que ocurre el 10 de marzo de 1976, apenas ocho meses antes de que terminara el gobierno echeverrista, Daniel Cosío fue su principal crítico, no sólo en los periódicos sino a través de tres libros que fueron claves para apuntalar la revisión del régimen político: “El Sistema Político Mexicano”; “La Sucesión Presidencial” y “La Sucesión: desenlace y perspectivas”. Todavía se dio tiempo para publicar sus memorias, que le llevaron casi dos años.

Estas obras, que es un parteaguas en la revisión del régimen priista, fueron escritas con base en los hechos que estaban aconteciendo en esos años y sustentados, acuciosamente, en la formación académica de este patriarca incansable. A partir de ahí vienen muchos, entre ellos analistas tan importantes como un Gabriel Zaid, cuya obra “El Progreso Improductivo” debería de ser una lectura obligada en las escuelas de periodismo. Octavio Paz mismo está inspirado en buena medida en la obra de Daniel Cosío para los ensayos que elaboró sobre la vida política de México y el poder.

Ya sea que lo hiciera voluntaria o involuntariamente, Luis Echeverría parió a la actual izquierda. En 1973, a mitad de aquel gobierno. Andrés Manuel López Obrador ingresó a la UNAM para estudiar la licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública, la que terminó 13 años después, debido a su dedicación al activismo político, pero como parte de los cuadros del PRI. Mientras  Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano fue hecho senador de la república, Porfirio Muñoz Ledo fue, entre otras cosas, nada menos que presidente nacional del PRI justo en el año de la sucesión presidencial, y él mismo refiere que en cierto momento se consideró “El tapado” para suceder a Echeverría, quien hoy, a sus 94 años, sigue siendo espectador de la vida política del país.

A través del tradicional proceso oscuro y monárquico de la sucesión presidencial, Echeverría designa como su sucesor a José López Portillo, el más desastroso e impopular presidente priista, quien, utilizando los recursos de un extraordinario periodo de auge petrolero, le dio rienda suelta al populismo y al estatismo como nadie antes lo había hecho, lo que terminó en un desastre económico y la primera de las crisis recurrentes que enfrentaría el país en las décadas siguientes. Este gobierno faraónico y corrupto acabó por terminar con lo que había sido el “desarrollo estabilizador”, dando paso a los graves desequilibrios que enfrenta hoy el país. Heredó un estado obeso y derrochador y una sobre concentración del capital que se continúa hasta la fecha.


OCURRENCIAS Y “GUACHAFERÍAS” POPULISTAS


Cuauhtémoc Cárdenas se fue de la política sin haber legado un discurso consistente y serio sobre una opción de izquierda para el país: todo su discurso estaba basado en una crítica al régimen priista en el que creció y del cual fue parte íntima: intelectualmente se le puede considerar un hombre más bien gris y, como gobernante, tampoco mostró propuestas o proyectos que representaran un cambio al sistema político vigente, mucho menos al modelo económico que impera en el país. Las tres veces que fue candidato a la presidencia de la república nunca pudo ganar un debate, ni establecer una diferencia sustancial sobre la idiosincrasia y las propuestas de sus contrincantes del priismo y de la derecha panista. A sus 82 años no parece mostrar interés alguno en escribir sus memorias, después de estar en la política durante más de cincuenta años, en periodos que han sido muy importantes.

Cabe inclusive preguntarse si Cuauhtémoc es realmente un hombre de izquierdas en un sentido estricto o, como Porfirio Muñoz Ledo, tan sólo un político resentido con el PRI y obsesionado por la presidencia de la república.

Andrés Manuel López Obrador es un caso más delicado, pues Cuauhtémoc tiene a su favor el ser políticamente responsable de sus actos y, al mismo tiempo, no se ha visto nunca involucrado en asuntos de corrupción, ni a nivel personal ni gubernamental, aunque el nepotismo sí sea parte de su trayectoria familiar y política. Su virtual salida del actual PRD, no obstante ser considerado como el líder moral, parece coherente ante el divisionismo, la grave corrupción y el extravío del que fuera el principal partido de izquierda, que él mismo fundó en compañía de Porfirio Muñoz Ledo.

En el caso de López Obrador es claro que se trata de un político de izquierdas, pero sin una doctrina seria, sin una formación intelectual indispensable, sin un proyecto de estado viable, pero con un discurso populista, muy en la línea de algunos demagogos sudamericanos, que pugnan por la lucha contra el capitalismo pero a base de ocurrencias o, como dicen los peruanos “guachaferías”, utilizando términos ligeros o “populares” para referirse a los principales problemas del país, como el llamar “la mafia en el poder” a lo que debe de ser la plutocracia, en lugar de hacer una crítica seria al comportamiento del capital en México y sus relaciones con el poder político, o viceversa.

Parece tratar de imitar a políticos como José Mujica, calificado como “el presidente más pobre del mundo”, quien gobernó Uruguay de 2010 a 2015, pero lo de López Obrador es una actuación si se le trata de comparar con el político uruguayo de izquierdas quien, durante su periodo de gobierno, siguió viviendo en una modesta casa de campo donde se dedicaba al cultivo de flores, oficio del que vivía junto con su esposa. Mujica es un caso muy interesante, elogiado a nivel internacional; un estadista de izquierda que implementó políticas y programas de estado manejados por profesionales y respaldados, invariablemente, en una amplia coalición de izquierdas.

“El peje”, como se le conoce a López Obrador, no tiene, ni a distancia, un perfil de estadista, ni un pasado consistente como gente de izquierda, mucho menos la autenticidad de José Mujica. Son dos biografías radicalmente opuestas.

En su reciente declaración patrimonial, López Obrador afirma que no tiene nada, ni casa, ni coche, ni bienes, tan sólo un sueldo de 50 mil pesos que le paga su partido, de donde vive él y su familia. Un acto teatral que nadie ha creído, pero inspirado en figuras como la del legendario político uruguayo.
Como jefe de gobierno en la ciudad de México, la principal obra de Obrador fue la construcción de una obra absurda para un gobierno de izquierdas: el llamado “segundo piso” del periférico, una de las principales vialidades de la capital. Cuanto la crítica trató de enterarse sobre el costo de la obra, él se encargó de poner bajo reserva la información. Hasta la fecha nadie sabe cuánto costó esa enorme vialidad aérea, que benefició principalmente a sectores sociales acomodados de la ciudad de México, privilegiando el tráfico de vehículos privados, antes que el transporte público, cuando su lema de gobierno era “primero los pobres”.

La corrupción marcó también ese gobierno de López Obrador, el único que ha ejercido desde que está en la política. Viajaba en un modesto vehículo, pero su chofer ganaba un sueldo de ejecutivo, en lo que era otro acto de coreografía populista.

El presidente de Morena ha dicho que terminará con los privilegios, con la corrupción gubernamental, que reducirá el gasto público, que resolverá el problema de la pobreza en el país, que pondrá a la corruptos en la cárcel, pero nunca expone un plan para hacer alguna de estas cosas, ni mucho menos a través de qué procedimientos; tampoco lo hizo en las dos campañas que lleva en busca de la presidencia de la república.

En un discurso marcado por las ocurrencias y las frases ligeras de campaña y precampaña, se aproxima cada vez más al populismo que aprendió durante sus primeros años de militancia como priista en los gobiernos de Luis Echeverría y de José López Portillo, sólo que ahora había que voltear a ver lo que está pasando en Venezuela, para calcular los costos que puede tener un gobernante de corte populista, como también hay que voltear hacia Uruguay para apreciar lo que fue, con Mujica, un gobierno serio de izquierda.


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