La inflación oficial: una gran mentira.

Es ya demasiado evidente que hay dos economías en México: una, la de las estadísticas y los indicadores oficiales y otra, muy distinta, la economía real. El incremento al precio de comestibles, medicinas, gasolinas, transporte, atención médica, electricidad, materiales de construcción y hasta hospedaje, en contraste con el casi nulo crecimiento salarial, merman gravemente en la realidad económica de un país cuyo gobierno actual, que maquilla las cifras reales, ha demostrado ser bastante incompetente.

La anciana se acerca al mostrador con diminutos pasos, su cabeza, de escaso pelo, encorvada hacia delante y sus ojos, que miran hacia el piso, llevan unos anteojos con cristales de fondo de vaso, su voz es muy suave y muy baja, apenas audible. Lleva en su mano derecha un frasco vacío de un medicamento.

–¿Qué se le ofrece, señora? –le pregunta el empleado de la Farmacia Guadalajara ubicada en Allende y Comonfort, en Torreón.

–A ver si tiene este medicamento, joven.

El empleado teclea la computadora y le informa que no tiene la presentación de 50 miligramos, sólo la de 100 miligramos con 14 comprimidos y cuesta 480 pesos, después de un supuesto descuento.

–Oiga, joven, traigo cien pesos –dice la anciana y se mete la mano debajo de su vestido, de donde extrae un billete doblado–. ¿No me la podrían dar en cien pesos? No pude juntar más y anoche no me tomé la pastilla y me siento mal.

El empleado se ve incómodo, se ríe pero es evidente que siente pena. La anciana mantiene siempre su cabeza baja; parece su postura habitual por el cansancio de los años.

–No se puede, señora, la otra presentación le cuesta 980 pesos y de ésa no tengo genérico.

La anciana se queda inmóvil y le pide si puede hablar con el gerente para ver si le deja el medicamento en cien pesos, el empleado se ríe apenado y le dice que no es posible.

Sin alterar su voz, la anciana le comenta que el medicamento ha subido mucho y que ella no puede hacer nada; se queda ahí para, inmóvil, sin atinar qué hacer mientras ve, a través de sus gruesísimos anteojos, el amarillento billete de cien pesos.

Impresionado por la escena, uno de los tres clientes que hace fila le indica al empleado que le dé el medicamento, él paga la diferencia. La anciana alza un poco su cabeza lentamente y con su voz suave le da las gracias y lo bendice. Toma el medicamento (un antidiabético denominado Janumet del laboratorio norteamericano Merck Sahp) y emprende su camino con un diminuto y cansado paso. No es una anciana de aspecto menesteroso, su aspecto y su ropa se perciben limpios, va sola y el empleado comenta que vive ahí cerca de la farmacia. Siempre va sola.

Mientras esta anciana de carácter dulce y de una humildad pasmosa deja con la garganta atorada a los demás clientes, el gobierno federal afirma, oficialmente, que la inflación en el 2013 fue de 3.9%; en 2014 de 4.08%; en el 2015 de tan solo 2.15% y que este año podría ser de 2.72%, con base en el Índice Nacional de Precios al Consumidor; nadie se lo cree, porque todo indica que es una de las grandes mentiras del comportamiento de la economía mexicana.

Juvenal Becerra Orozco, presidente de la Unión Nacional de Empresas de Farmacia (Unefar) reconoce, abiertamente, que el incremento de los medicamentos de patente fue el año pasado de un 10 hasta un 30%, dependiendo del producto y del laboratorio. Para este año de 2016 anticipa que el incremento podría ir desde el 10% hasta el 30%, también dependiendo del medicamento y del laboratorio, debido a la devaluación del peso frente al dólar, porque el 95% de los insumos que se emplean en los medicamentos es de procedencia extranjera, aunque se procesen en México.

La realidad es que los incrementos de los medicamentos van mucho más allá de la devaluación del peso ante el dólar; las farmacéuticas están haciendo lo que quieren. Hay muchos aspectos inexplicables, por ejemplo la casi totalidad de los medicamentos psicotrópicos no tienen genérico, no obstante que empresas como Bayer comercializan sales que tienen casi cincuenta años en el mercado, como los derivados del Diazepan, pero inexplicablemente siguen manteniendo el control exclusivo de esas sales. Una caja de 100 comprimidos de 3 miligramos de Lexotan, un derivado del muy viejo Diazepan, tiene ya en el mercado un precio de casi mil pesos, nada menos que 10 pesos por pastilla, algo absurdo.


LA CANASTA BÁSICA, YERBAS Y FRIJOLES

La principal promesa de la pomposa reforma energética era que los precios de las gasolinas, el gas y la electricidad bajarían: todos han aumentado y, de seguir las cosas como van, seguirán aumentando aún más. Antes de la última devaluación del peso, las gasolinas en los Estados Unidos estaban costando hasta un 35% menos que en México. Hoy, con el dólar fluctuando arriba de los 18 pesos las gasolinas en USA siguen costando entre un 18 y un 20% menos.

¿Si importamos casi el 66% de las gasolinas, por qué aquí cuestan más? ¿Si el precio del petróleo se derrumbó, por qué estamos pagando cada vez más por las gasolinas y el diésel que refinamos en México? ¿Pemex nos está cobrando su incompetencia o la gasolina sigue siendo un impuesto más?
La electricidad de uso industrial, comercial y doméstico se ha incrementado entre 5 y 6.8% tan sólo en los últimos meses. CFE argumenta que la electricidad doméstica de bajo consumo no sólo no ha subido, sino que disminuyó su precio 2%, pero ése no era el ofrecimiento de la reforma energética.
El cemento y el acero, los dos productos básicos para la construcción, han tenido enormes incrementos, lo que repercute directamente en el encarecimiento de la vivienda de todos los niveles sociales y, en general, de la construcción.

El cemento tuvo un incremento a principios de año de 8% y en julio otro de 4%, con lo cual suma ya un 12%. Si se compara el primer trimestre de 2015 con el primer trimestre de 2016, el cemento gris había aumentado hasta un 18%, el concreto 8% y los agregados 5%; pero el cemento no está en la canasta básica porque no son tomates o alguna yerba.

Por su parte el acero ha tenido un incremento der hasta un 50%, al pasar la tonelada métrica de 391 a 581 dólares, lo que repercute no solo en la construcción sino en toda la industrial metal-mecánica y en todos los productos derivados.


MAQUILLAJE Y DATOS OFICIALES

El pasado mes de julio el Director General de Estadísticas Sociodemográficas del INEGI, Miguel Juan Cervera Flores, tuvo que renunciar  a su cargo después de que el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo (Coneval) se inconformara públicamente con el cambio de la metodología para medir los índices de pobreza en el país, al presentar los últimos resultados el pasado 15 de julio, los cuales no sólo alteran la metodología anterior sin previo consenso ni justificación, sino que demás rompen el record histórico sobre este indicador tan importante para el país.

Por supuesto que la nueva metodología aplicada reducía oficialmente los índices de pobreza en el país. El INEGI, la más confiable institución sobre información y estadística del país, ha recibido un fuerte golpe en su credibilidad, en un gobierno federal con un gabinete de funcionarios que parecen competir por la incompetencia.

La medición de los índices de inflación en el país se realiza con base en una lista de productos, la mayoría de ellos comestibles básicos, pero evita el incluir el comportamiento de los precios de una gran cantidad de productos que, si bien no son comida, sí son básicos y por su condición estratégica influyen de manera directa en el incremento general de los precios. Se oculta la realidad de nuestra economía: los bienes, los servicios y productos en general se están incrementado, mientras que los sueldos siguen un crecimiento, en el mejor de los casos, con base en el índice oficial de inflación, lo que propicia que la capacidad de consumo disminuya y los índices de pobreza extrema se mantengan (51% del total de la población del país) o se incrementen, aunque oficialmente se trate de enmascarar la situación real.

Por supuesto que la nueva metodología aplicada reducía
oficialmente los índices de pobreza en el país.
El INEGI, la más confiable institución sobre información
 y estadística del país, ha recibido un fuerte golpe en
su credibilidad, en un gobierno federal con un gabinete
de funcionarios que parecen competir por la incompetencia.

El gobierno federal ha dejado a una salvaje ley de la oferta y la demanda muchos servicios y productos que son estratégicos, como el de los medicamentos, los servicios hospitalarios privados, los seguros de gastos médicos y en general los servicios médicos.

Las empresas aseguradoras están haciendo, literalmente, lo que quieren en sus políticas de incremento de seguros de gastos médicos, lo que gradualmente está desplazando a las clases medias del acceso a este servicio, cuando al propio gobierno federal y a los estatales les es conveniente no aumentar más la cantidad de derechohabientes de los hospitales públicos, debido a la capacidad cada vez más limitada de atender a los que ya están inscritos.

Este verano, los turistas provenientes estados como Coahuila, Durango, Zacatecas y Nuevo León se han encontrado con que los costos de hospedaje de los hoteles en Mazatlán, Sinaloa se han incrementado notoriamente. Los hoteleros, que han sido los grandes beneficiarios de la nueva autopista que va de Durango a dicho puerto, la cual tuvo un costo público muy elevado, no sólo no bajaron los precios debido al incremento de la demanda, sino que los aumentaron. Las vacaciones, por supuesto, tampoco están dentro de la canasta básica, lo que las vuelve cada vez más inaccesibles.
El transporte público de pasajeros vía terrestre, que es el único medio accesible a las clases populares, se ha encarecido tanto que ya compite con algunas nuevas líneas de aviación como Volaris, todo ello justificado en el incremento del diésel, las refacciones y el precio del dólar frente al peso.

Es ya demasiado evidente que hay dos economías en México: una, la de las estadísticas y los indicadores oficiales y otra, muy distinta, la economía real. Por lo pronto las estimaciones oficiales han disminuido las expectativas de crecimiento económico para 2016, que ahora se ubican en el 2%, promedio de la suma de los 32 estados de la república; si se presenta el crecimiento económico por estados, la situación es mucho más crítica, porque muchos estados están por debajo de ese promedio, entre ellos el propio Distrito Federal.

La polémica entre el INEGI y el Coneval, en torno a los índices reales del comportamiento de la pobreza extrema explican muy bien la situación: el INEGI fue presionado para presentar una supuesta disminución de la pobreza; el Coneval está pugnando por números reales y por no perder el registro histórico.

En medio de todo esto, las próximas elecciones en los Estados Unidos serán un parteaguas en la política económica del gigantesco vecino hacia México. Gane quien gane, el TLC va a ser revisado, lo mismo que la política migratoria.

Hasta ahora, desde el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, la política económica oficial de México se ha estado apalancando cómodamente en ese tratado, sin trabajar en desarrollar el mercado interno, ni modificar la dependencia del gasto gubernamental del petróleo, lo que ya hizo crisis. La otra gran salida a la presión social y económica ha sido la migración y las remesas que envían los migrantes, que son la segunda fuente de ingresos del país. Todo esto puede cambiar y lo más delicado es que no existen planes económicos alternos.

Supuestamente, las reformas estructurales eran la gran vía para modificar las estructuras del país, pero en su cuarto año el gobierno de Enrique Peña Nieto se encuentra atascado en una situación lamentable: desgastado, sin capacidad de maniobra política por su ineficiencia, con un escenario internacional difícil, sin políticas alternativas y, por supuesto, sin tiempo.

¿Estamos, nuevamente, ante un sexenio perdido?



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