Vicente Alfonso a través del doble: acercamiento a la gemeralidad y a Huesos de San Lorenzo

Por: Lucila Navarrete

Conocí a los gemelos Antonio y Vicente a principios de los años noventa. Yo entraba en la adolescencia y ellos sólo vivían para el rock. Encabezaban la lista de amigos de mi hermano mayor, y junto con otros compañeros de la preparatoria Carlos Pereyra, ubicada en aquél entonces sobre la Avenida Mayrán, se reunían con frecuencia en el cuarto de servicio de nuestra casa para los ensayos de su grupo metalero. Mi trato con ellos fue mínimo, aunque en honor a la verdad su presencia me provocaba asombro: eran mi único referente de mellizos idénticos. Solían ir a todos lados juntos, y se les veía por lo general, uno al costado del otro; les faltaba nada para ser siameses. Años después que frecuenté a Vicente en la Ciudad de México, su imagen me resultaba en extremo incompleta. Sucedía que Antonio y Vicente ya tenían cada uno su propia vida. 

De aquella época hasta la tarde que me senté a conversar con Vicente sobre su más reciente novela Huesos de San Lorenzo (Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2014) transcurrieron alrededor de veinticinco años. ¿Qué pasó en ese tiempo? Vicente se formó y consagró como escritor, con una trayectoria que abarca dos volúmenes de cuentos: El Síndrome de Esquilo (2007) y Contar las noches (2012), la novela Partitura para mujer muerta (2008) y su reciente Huesos… que será traducida al turco, alemán e italiano. Antonio “Frino”, por su parte, ha llegado a ser un importante improvisador de décimas, además de liderar una banda de rock-blues: La mula de sietes.

¿Lograron estos gemelos conquistar su singularidad? No basta con ser retóricos, el tema del “doble”, en este caso de nacimiento “es una experiencia intransferible”, le decía a Vicente la tarde que nos encontramos. “Una de las situaciones que generaba tener un hermano idéntico”, me confesó Vicente, “es un constante conflicto de identidad. Desde niño sabía que quería hacer algo al respecto. De manera intuitiva uno responde a los cuestionamientos de los demás. Por mi parte no tengo la experiencia de no tener un hermano gemelo. Me metí a estudiar este tema a profundidad y descubrí estudios sobre las consecuencias de no estar solo en el útero. No es lo mismo que tu presencia más cercana no sea tu madre, sino tu hermano. Nadie es gemelo por decisión y es una circunstancia con la que uno se tiene que reconciliar.”

Entre sus antebrazos y la mesa donde nos sentamos a tomar café reparé que había un libro. “¿Qué es?” le pregunté, entonces lo deslizó y me dijo: “Es para tí, en él recopilo mis reflexiones sobre el tema del doble.” Cuaderno de Tom Canty, editado recientemente por Celosía recoge una variedad de ensayos personales que le sirvieron de soporte para Huesos de San Lorenzo. Desde sus primeras páginas se lee una especie de declaración de principios: “El príncipe y el mendigo, de Mark Twain, ha sido siempre uno de mis libros favoritos. Desde niños, nuestro capítulo favorito era el XVII, un auténtico manual de estafadores. Acostumbrados a hacernos pasar uno por el otro en las más diversas situaciones, para mí y para mi hermano el enroque entre príncipe y mendigo resultó siempre natural.”

“El proyecto de novela nació conmigo” precisó Vicente sobre Huesos, pero se formalizó durante su estancia en la Fundación para las Letras Mexicanas. “Yo quería escribir algo desde la experiencia que genera esta continua crisis de identidad. Decidí renunciar al trabajo que tenía en la burocracia y le dediqué dos años a escribirla. El primer año le destinaba alrededor de 10-12 hrs al día, y el segundo mi esposa Iliana Olmedo y yo tuvimos la oportunidad de hacer dos residencias artísticas, una en Carolina del Norte y la otra en Buenos Aires, con el acuerdo de no tener televisión, ni internet.”

Cuantiosos registros convergen en Huesos de San Lorenzo. En primer lugar destaca la presencia de una variedad de géneros como el policial, el periodismo, el ensayo y la biografía,  que según el propio Vicente, la misma historia lo demandó: “experimenté con géneros, conté una parte de la historia con ciertas convenciones y si no me convencía intentaba de otra manera hasta que la novela empezó a fraguar.”

En segundo, la ficcionalización de esta compleja experiencia de la gemelaridad se articula con elocuencia en dos niveles: el de la trama y el metafórico. En el primero el narrador investiga un asesinato cuyo autor es ¿Rómulo o Remo?, hermanos idénticos de apellido Ayala, hijos de una importante guerrillera de los años setenta y de un poderoso magristrado de la Laguna. El analista de Remo, el Dr. Albores, encabeza la reconstrucción de los hechos y le presenta al lector un expediente opaco e incompleto que elabora un retrato fragmentado sobre su paciente y sobre la paulatina destrucción del núcleo familiar de los Ayala; expediente que se despliega en un ritmo jadeante y nunca lineal. En esta persecusión de la “verdad”, en la que los hechos, dispersos y confusos, cuestionan la sentencia bíblica “la verdad nos hará libres” –reelaborada en este caso desde la impronta que deja en los gemelos Ayala la educación jesuita en su infancia y adolescencia–, el autor hace un paneo por la historia y la vida cotidiana de la Comarca Lagunera como elementos partícipes de esta frustrada búsqueda de la certeza. En la historia aparecen Viesca, Parras y Madero, las higueras y nogaleras, las haciendas míticas con las que se «venció al desierto», las tradiciones paganas como la del 9 de agosto a San Lorenzo, la imprescindible Camerata de Coahuila, los meloneros, los productores candelilleros e ixtleros, y la violenta afición futbolera. Esta ficcionalización de la región es una reconstrucción de la propia infancia del autor: “a propósito de que ahora la norteñización de la narrativa está de moda, mi intención no era recolectar los ingredientes de una historia norteña, sino ser fiel a mi infancia y a lo que yo hacía de niño. Mi papá era maestro rural, entonces yo tenía que acompañarlo y pasaba horas en el campo. La percepción que yo tengo del mundo está muy permeada por este carácter coahuilense.”

En esta misma dimensión –la de la trama– el terapeuta escribe con angustia: “¿Cómo se construyen los recuerdos? ¿Cambian, se acomodan, maduran con el tiempo? ¿O van borrándose como periódicos al sol? (…) De cualquier forma, reconstruir un hecho a partir de varias fuentes es como rasurarse frente a un espejo roto: las versiones se contraponen en unos detalles y coinciden en otros.”. La complejidad de la historia tiene que ver, en palabras del autor, con una emulación de la propia realidad: “los referentes de nuestro mundo no son absolutos; el juego de subjetividades es muy engañoso. Me interesaba retratar que las historias nunca llegan a nosotros de manera redonda y terminada. Nos casamos con un mundo en blanco y negro pero si nos atenemos a lo que ocurre realmente vivimos en una gama de claroscuros totalmente ambigua, y tenemos que empeñarnos en clasificar y poner las cosas en un orden aparente. Mi novela propone que no nos casemos con ninguna idea fija.” La imagen de Remo contada por su analista, es la de un joven escindido que se enfrenta al padre y a la sombra del hermano –su doble– quizás más autónomo que él pero no menos desgraciado. Una madre extraviada, un internado jesuita, un circo, un mago y sus prestidigitadores idénticos, una niña que es fuente de adoración pagana, unos huesos sin identidad, un hermético juez y una poderosa familia de Mochis, forman parte de este tormentoso relato sobre la revelación del yo y la imposibilidad para encontrarse consigo mismo en el seno de un mundo deshumanizado.

El segundo nivel de lectura tiene que ver con la dimensión metafórica de la gemelaridad. Los guiños al mito fundacional de la Roma antigua, en la que los legítimos herederos al trono se desafían entre ellos para delimitar un territorio y reclamar una corona que no pueden compartir, le permiten a Vicente hacer una sugerente reflexión sobre nuestros tiempos. Mientras que en el mito fundacional la sangre de uno de los mellizos y la culpa del que infringe el mandato de la hermandad se derraman sobre el naciente imperio romano, los Rómulo y Remo de Huesos de San Lorenzo son un espejo de la violencia contemporánea que no es fundacional sino sepulturera de civilización. La degradación del mundo, la disolución de los vínculos humanos y la derrota de todas las formas de utopía que no dan cabida al resurgimiento de los lazos entre semejantes, se refrendan en el tormento interior de Remo. El destino trágico de los gemelos constituye el símil de un país segado por la violencia en todos sus niveles y atormentado en lo profundo; un país en el que el derecho a la memoria ha sido arrebatado y se conserva, al menos, el anhelo de encontrar los huesos de los muertos para darles, siquiera, una digna sepultura.

El lector, un implicado más de esta inquietante investigación, constatará que con el paso del tiempo los muertos regresan a vengar su silencio. “Esta novela es un retrato de la pobreza de la región”, me señaló Vicente “es también un retrato de las deficiencias atroces en la procuración de justicia. Hay denuncia de lo que uno lamenta y ante lo cual uno se siente indefenso, inerme e impotente. Para eso sirve la literatura. Creo que la gran impotencia de la novela es la falta absoluta de estado de derecho en este país.”

Dueño de una prosa pulcra que incorpora numerosos localismos, Vicente Alfonso supera su narrativa precedente. Ya desde Partitura para mujer muerta se había valido los elogios de Vicente Leñero. Ambicioso y perspicaz, no se conforma con formas ya dominadas, ni mucho menos se atiene a convenciones propias del género negro al que fácilmente la crítica puede encasillarlo. Su escritura se fortalece en la audacia del riesgo y la experimentación, que además fractura estereotipos como la presencia del narcotráfico en la literatura norteña, cliché tan promovido por el marketing editorial.
Entre sus próximas publicaciones están un libro de crónicas y una novela “que están en el horno”.

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