Viajando en metrobus

Por: Álvaro González


La corrida de esta tarde en la plaza de toros La Luz de León, en la ciudad de León, Guanajuato, ha sido trepidante: seis orejas. “El Juli” ha dado cátedra con el primero y el “Sotoluco” una faena para recordar con el cuarto. Hubo pasión y maestría en el ruedo y mucha diversión en el graderío. La banda se vio inspirada por el gran ambiente y ejecutó con entusiasmo. Una gran fiesta de ésas que ya no se podrán disfrutar en Coahuila, donde las nuevas leyes nos quieren poner a masticar chicle y ver culebrones en la televisión, mientras escondemos los muertos y los desaparecidos en fosas clandestinas, por aquello  de no escandalizar con la violencia. Tenemos, en datos oficiales, 3,500 restos humanos pendientes de identificar, pertenecientes a seres humanos que fueron sujetos, la mayoría, a la violencia más brutal, pero no hay que matar toros de lidia, eso es salvaje, es antiguo y cosa de gente vieja que dice que esto es parte de una cultura ancestral.

Salimos entre el gentío y parece muy difícil conseguir un taxi, por lo que una amable señora que lleva su mantilla atravesada y una bota de vino vacía, exprimida hasta la última gota, nos comenta que no necesitamos taxi; que a tres cuadras de ahí pasa el metrobús y este nos lleva hasta las instalaciones de la feria, donde pretendemos ver una exposición.

–Oiga, pero si eso queda muy lejos de aquí, estamos del otro lado de la ciudad.

–Cuál es el problema, usted se sube aquí en el boulevard y se cambia de ruta en el López Mateos y de ahí derecho y rápido.

Seguimos la recomendación y vamos a la estación del metrobús, que aquí es de color verde; el color oficial de la ciudad. Esperamos cinco minutos, tomamos la ruta que nos indicó la señorita de los boletos y ya estamos entre un tumulto de pasajeros; vamos parados, pero después de horas sentados en la plaza debe ser hasta un beneficio. Cruzamos todo el centro de la ciudad en línea recta, hasta salir efectivamente al boulevard López Mateos. Cinco minutos de espera y abordamos otro metrobús por el costo del mismo boleto, que equivale a lo que se paga en un camión convencional en otras ciudades. Veinte minutos después bajamos en la estación que está frente a la feria. Ya estamos de nuevo en la fiesta y la noche comienza. En esta feria y en todas las demás hasta las señoras se vuelven jóvenes de noche, y los señores adolescentes.


LAS “CAFETERAS RODANTES”

Esta forma de transportarse no pasaba ni por asomo en León allá en los años setentas, cuando ya era una ciudad grande. Recuerdo que para ir a la escuela secundaria uno se levantaba a las seis de la mañana, porque había que tomar dos camiones, uno de la ruta Bellavista y el otro de la San Miguel. Si bien te iba el recorrido se tardaba aproximadamente una hora y media. Los camiones eran viejos, con asientos desvencijados, choferes agresivos, amontonamiento de usuarios en las estrechas banquetas del centro de la ciudad, además de caro, porque había que pagar cuatro  pasajes diarios, veinte a la semana, y éramos varios hermanos.

Sería por la edad, pero en medio del apretujamiento, del jaloneo, los frenazos y la tardanza, el recorrido en la línea Bellavista tenía sus encantos, o más bien tenía un solo encanto: la hora del regreso coincidía con la salida de las empleadas de las tiendas del centro de la ciudad, que eran muy jóvenes, muy bien vestidas y bonitas; supongo que esto se debía a las colonias que atravesaba la ruta o sería la edad, o será que no hay mujer joven que no sea bonita si se cuida, o serían sus perfumes, el caso es que ir junto a ellas era regocijante, más si tocaba la suerte que abordaran el camión dos hermanas que vivían en el barrio y eran dos bellezas restallantes, o las primas, que no les pedían nada, todas ellas originarias de la región de los altos de Jalisco. Ahora pienso porque las mujeres de esta región son casi todas muy bonitas, no sé.

Los domingos la cosa se ponía peor en esto del transporte, porque trabajaba todo el día en un almacén de abarrotes, propiedad de una tía, que se ubicaba en el extremo más distante de la ciudad, frente a una iglesia famosa que se llama “Del señor de los milagros”; un cristo de color negro que supuestamente era semejante a otro que adoran en Perú.

Salía del almacén a las ocho de la noche y tenía que tomar la ruta de autobús más larga de la ciudad: la “circunvalación”, porque de otra manera tenía que caminar un buen tramo y tomar dos camiones, que a esas horas pasaban cada treinta o cuarenta minutos. El recorrido hasta mi casa duraba dos horas, porque  abarcaba toda la periferia de la ciudad, en lo que era un gigantesco círculo, de ahí el nombre de “circunvalación”. Más de la mitad del recorrido lo hacía dormido, si me tocaba asiento libre, tumbado por el cansancio y la monotonía, con el riesgo de que me robaran los quesos que la tía le enviaba siempre a mi madre.

Todo mundo se quejaba; los periódicos criticaban las “cafeteras rodantes”, como llamaban a los camiones, y daban cuenta de los accidentes, atropellamientos y mal servicio, pero los gobiernos no hacían nada, hasta que hubo una elección municipal conflictiva, donde el PRI ya no pudo ganar y, para no darse por perdido, propuso una junta de gobierno que fue presidida por el empresario Roberto Plascencia, propietario de la marca de calzado “Flexi”, que ya entonces era muy famosa.

Rico, exitoso y joven, podía ser audaz y no tenía compromisos con nadie, así que le cambió el rumbo a la ciudad. Entre otras obras importantes, le metió mano al transporte público: reestructuró todas las viejas rutas, exigió camiones  nuevos, cambió la señalización urbana y metió en cintura a los empresarios del transporte. Por supuesto que todo esto lo hizo usando la autoridad y con frecuencia amenazando con retirar las concesiones. Tenía todo el apoyo ciudadano, así que no era problema.
De ahí vino, en los siguientes gobiernos, también salidos de la oposición, el sistema de transporte que denominamos “metrobús”. No tengo la seguridad si fue la primera ciudad del país que lo tuvo, porque entonces yo ya vivía en Coahuila, pero casi tengo la certeza de que así es.

Recientemente me tocó conocer el nuevo “metrobús” en la ciudad de Puebla, que llegó algo tarde pero que ya está funcionando. Un cambio radical al viejo y obsoleto sistema de transporte urbano que, penosamente, sigue operando en la mayoría de las ciudades del país, incluidas urbes como la ciudad de Monterrey y su zona metropolitana, que tiene rezagos inexplicables en cuanto a movilidad urbana, la que se complica cada vez más por el tamaño de la ciudad y la pésima planeación urbana con que ha ido creciendo.

Torreón, en particular, tiene por fortuna un trazo urbano que permite el poder implementar eficientemente un sistema de “metrobús”, cuyas obras ya se han iniciado. Es una vergüenza que el incompetente gobernador saliente de Durango, Jorge Herrera Caldera, se haya opuesto a que este sistema de transporte colectivo se implementara también en Gómez Palacio y Lerdo.

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