El narco en Durango: «Aquí se trabaja a gusto»

Por: Álvaro González

Ilustración: Édgar Saner

Saúl nació en una buena familia de clase media, tuvo una niñez feliz en apariencia, pero hoy es el dolor de muelas de sus padres y hermanos. Cinco veces ha entrado a rehabilitación  por sus adicciones a las drogas y jura que no va a volver, pero es un artista de la mentira. Contra lo que se puede esperar de su vida tortuosa, es un tipo extraordinariamente simpático y de una agradable apariencia física. Está tocado por la gracia, pero a sus 32 años ya sobrelleva algunas consecuencias de sus excesos.

Tiene cinco años viviendo en Durango, pero es lagunero. Llegó aquí siguiendo a una mujer con la que ha procreado un hijo, adicta como él. La mujer se fue pero él se encontró a modo en esta ciudad, donde la droga se consigue fácil y es más barata que en otras partes, en la opinión del propio Saúl, quien, después de insistir y por la relación con su familia, accede a conseguirme una entrevista con alguno de los que controlan los narcomenudistas  que operan en las colonias de la periferia de la ciudad.

–No, eso está muy cabrón, me puedes meter en un problema y yo vivo aquí y tú te vas.

–Te prometo que le guardo el anonimato, nada más que me cuente de verdad como está el ambiente aquí en Durango, tu sabes con quien, conoces a varios, discutimos mientras nos sirven la comida en una taquería de la zona céntrica.

–Está bueno, vamos con uno que es cuate, pero acuérdate que el de la bronca soy yo, nomás. La cosa es temprano, como a la seis y de volada para atrás, no le vayas a preguntar pendejadas que ya sabes, lo que sea pero de volada.

A las cinco y media dejamos la camioneta en el estacionamiento de un Oxxo y abordamos  el coche viejo de Saúl; sólo llevo una pequeña grabadora, una libreta también pequeña, trecientos pesos y la credencial de la revista, por aquello de que se ofrezca; todo lo demás se queda en la camioneta.

Antes Saúl se pasó media hora haciendo llamadas por el celular, por momentos usando un lenguaje incomprensible, lleno de apodos y del argot local. Me hago el desentendido y espero.

–Vamos a la Morga, donde está más cabrón, pa que veas lo pesado y pa que veas lo cuate que soy.
Cruzamos buena parte de la ciudad, por un Durango completamente ajeno al centro histórico, al boulevard Felipe Pescador y a esas zonas que hacen aparecer a esta capital como una ciudad más moderna, limpia y próspera.

La Morga resulta estar ubicada en un rincón de la mancha urbana, cerca de los cerros y de la carretera vieja que va a El Salto y a la zona serrana. Un lugar ideal para escaparse en caso de conflicto, por la carretera federal 400 o por la 45. Las calles tienen nombres de estados: hay una calle Coahuila, Puebla, Oaxaca y demás. El ambiente pareciera muy semejante al de otras colonias que hemos atravesado, con fincas descuidadas y un ambiente depauperado, pero son las seis de la tarde; aun así se ven algunos grupos de muchachos con aspecto pandilleril: camisetones, tatuajes, cortes de pelo extraños y miradas fijas, pero solo voltean a ver el coche viejo en que vamos y continúan en su bola.

Dejamos el coche cerca de una miscelánea y comenzamos a caminar, Saúl va por delante, yo le sigo el paso, y creo que en ciertas circunstancias tener un aspecto inofensivo y ya entrado en años ayuda, pero aun así es evidente que somos extraños y estamos siendo observados.  Después de unas cuadras llegamos a una finca  que no se diferencia en nada de cualquier otra de la cuadra. Saúl habla por el celular, luego toca la puerta y enseguida abre un muchacho alto y rapado, con un camisetón de los Bulls de Chicago.

Ya dentro, en una estancia con tres sillones, un cuadro de la virgen de Guadalupe al fondo y un tapete peludo y sucio en el centro, aparece un hombre alto, moreno, con un atuendo como si fuera a la playa: camisa floreada con un logo de Mazatlán, bermudas, chanclas y unos lentes de sol metidos entre el pelo. Primero saluda a Saúl: “Quiubo, güey, ahí te anda buscando la güera, la dejaste contenta, cabrón”, chocan las manos y después se voltea hacia mí con gesto mucho menos amable, “Haber, amigo, dígame para qué soy bueno; siéntese. ¿Quiere una cervecita?”.

Ya con la cerveza y sentados, le explico quién soy y la entrevista que pretendo. Se me queda mirando fijo y sin vueltas me advierte:

–Por este cabrón –señalando a Saúl– yo le digo algo de lo que sé, pero usted ya sabe cómo es esto, usted sabe, no quiero broncas, haga de cuenta que se encontró por ahí a un pinche loco que no recuerda. ¿Estamos?

–Estamos, gracias. ¿Qué es lo que más se vende aquí en Durango? –comienzo.

–De todo, amigo, aquí se consigue de todo y más barato; si está jodido, pues se compra la marihuanita o la piedra, que es a lo que más le entran estos pinches muchachos de las colonias; si ya trae con qué, se consigue la coca o las metas, eso ya le cuesta más y se vende en todas partes, en el centro, entre gente de todo tipo, mucha de ella con billete, chavos, viejos, viejas y de todo tipo, pero como le digo, ya cuesta más. La heroína también se consigue y aquí es más barata y de más buena calidad, no como en otras partes que venden muchas chingaderas.

–¿Por qué está más barato aquí?

 –Porque aquí nos surten directo, amigo, aquí de la sierra nos llega todo, y pos ahora con ese carreterón que tenemos va uno y viene de volada a Sinaloa, aunque antes también íbamos y veníamos de volada.

–¿Es cierto que en toda la sierra los que mandan son los que la producen y la venden?

–No nomás en la sierra, en casi todos lados de los llanos para acá los jefes son los que mandan, los pinches presidentillos municipales pos les tienen que pedir permiso, cada quien a lo suyo, pero se trabaja sin problemas.

–¿No hay problemas con los militares, los federales y los municipales?

–Con los militares es un asunto cabrón, ellos tienen que presentar trabajo y pos tienen que levantar cultivos y mercancía ya procesada, no hay bronca; es como el frijol, si te toca ese año, pues ni modo, al siguiente te repones, pero el negocio sigue, eso se arregla allá arriba, entre los grandes. Con los federales hay menos problemas, ésos se mueven aquí en Durango y en algunos pueblos, pero siempre hay un arreglo; si se ponen cabrones, hay que ponerles algo de mercancía pa que presenten trabajo, pero ahí está más fácil. A los municipales ahí se les da cualquier cosilla, como darle dulces a un plebe, pa que se entretengan; muchos jalan para los jefes, les dan su  billetillo pero a cambio tienen que hacer favores, el que no quiere jalar pos nomás que no estorbe, porque entonces se lo lleva la chingada.

–¿Y los políticos?

–¿Cuáles políticos?

–Los del gobierno estatal y aquí los del municipio.

–Los políticos no quieren problemas y les gusta el dinero, por eso andan en la política; no conozco uno que no sea rata. Ellos lo único que quieren es que no haya mucho desmadre, que no haya muchos muertos, porque eso sale en los periódicos y les perjudica, eso acá en las colonias y en los ejidos, donde los chavos se ponen locos y hacen desmadre, o cuando hay broncas de competencia, porque cada quien quiere vender lo suyo y de repente hay balazos, pero ellos se arreglan con los jefes para trabajar a gusto; se les da su billete, y es un buen billete. Acá en Durango no hay bronca, se trabaja bonito, los que tienen una bronca muy fea son ustedes allá en La Laguna, porque allá se está peleando territorio entre los grandes y la cosas se pone de la chingada, ahorita andan más calmados, pero quien sabe al rato, ya ve cómo estaba la cosa.

–¿Aquí no hay pelea por el control territorial?

–No, acá todos jalamos pal mismo lado, siempre hay cabrones que se quieren meter por un lado y por otro, pero hay quien se encarga de darles piso, así está la cosa ahorita; pero en esto nunca se sabe, de repente hay broncas arriba y pos empiezan los balazos y uno en medio que no haya que hacer; si te equivocas, te chingas. Cuando se vienen broncas yo paro el pedo hasta no saber bien cómo anda la cosa, a la mejor por eso he durado en esto y por la suerte.

 –¿Cuánto llevas en el negocio?

 –Desde chavo, yo soy de la sierra, allá cerca de Culiacán, trabajaba con un tío y me ponía a hacer de todo; soy hasta piloto, no fui a la escuela pero me enseñó uno que había sido militar y era chingón para volar, yo te conozco casi toda la sierra; era una chinga pero hice un buen billete y me casé con una de Mazatlán, pero tuve un problema muy cabrón y ya me andaban matando por una mercancía que se chingaron unos primos, allá por el Valle del Évora; fue cuando me vine acá para Durango, mi mujer me convenció, ya había familia y entonces la piensas más.

–¿Tú consumes?

–Hasta que me casé le entraba a la coca, me gusta la coca, pero mi vieja me hizo jurarle que se casaba conmigo sólo si dejaba la coca y yo se lo juré, hasta me hizo confesarme antes de la boda; le dije puras pinches mentiras al cura, pero pos qué hacía, estaba enamorado, ella era de familia y yo un pinche ranchero. Será porque me quiere mucho, pero me hizo un favor pues esta chingadera, sobre todo la piedra y la heroína, te hacen mierda; ahora con el vino tengo y soy feliz.

Damos las gracias, nos levantamos, Saúl hace bromas, cuenta chistes, y el entrevistado le dice si quiere llevarse algo, Saúl titubea, voltea a mirarme, no sabe qué hacer, el hombre se mete a la habitación de al lado y regresa con un puño de varias pequeñas bolsitas de plástico con polvo blanco, le extiende la mano, Saúl las toma y se despiden golpeándose las manos. “Un regalito, pa que te endulces la boca, güey”, le bromea a modo de despedida.

Ya en el camino de regreso Saúl viene serio, dubitativo, el motivo evidente es el puño de bolsitas de coca.

–Hay güey, como se me antoja pero ya llevo cuatro meses limpio. ¿Qué hago?

 –Lo que prometiste y juraste, no te hagas loco.

Le sube al estéreo, la música de banda inunda el ambiente, comienza a cantar y una a una va vaciando y tirando el polvo de cada una de las bolsitas. Al final, no sé refiriéndose a quién, pega un grito estruendoso

–¡Te amo, pinche vieja!

La tarde comienza a caer y el carro viejo corre a toda velocidad por una calle ancha, saltando entre los baches. Saúl sigue cantando.

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