Edward Simon Trio: virtuosismo, cursilería y un público extraño


Pues volví al Teatro Isauro porque la noche del NY Jazz All Stars prometía. Tenía que ser así. Ahora tocaba turno al trío del venezolano Edward Simon. Acompañado del contrabajista Matt Brewer y el baterista Adam Cruz, el pianista revisó piezas del latin jazz marinadas en vanguardia.

La segunda canción que el trío tocó fue Capullito de Alelí, la cual, después de apenas insinuar la melodía comenzaron a deconstruir hasta convertirla en algo completamente diferente, aunque la armonía, poniendo mucha atención, era reconocible allá en el fondo. De ahí en adelante, cada una de las piezas latinas recibieron el mismo trato: después de introducir las melodías, compás a compás las desmembraban para volverlas a armar. Nada del otro mundo, sobre todo cuando dentro de la vanguardia jazzera estadounidense y europea se ha hecho esto desde los sesentas. Quizá la pequeña innovación es que todo lo que tocaron provenía del latin jazz pero reducido, en cuanto a sus instrumentos, a la mínima expresión.

El asunto, es que todo eso ya lo había creado, por ejemplo, Gonzalo Rubalcaba con el trío que formó junto a Ron Carter y Julio Berreto en 1994, o con el otro junto al bajista Carlos Henríquez y el baterista Ignacio Berroa con quienes grabó el disco Supernova en el 2001. Y así puedo seguir, aunque pienso que Simon lo sabe bien y que decidió continuar con una tradición o enfrentarse a ella y salir librado de tan complicada reinvención de forma bastante digna.

En fin, todo lo anterior no demerita el impresionante trabajo del trío de Edward Simon, quien lleva la batuta de su grupo con una humildad que pocas veces he visto.

Además de un impresionante despliegue de virtuosismo y técnica que nos permitió escuchar a un grupo compacto pero interactivo, lleno de recovecos y sorpresas, con variaciones armónicas y juegos métricos, la música que nos entregaron esa noche fue una clase maestra de cómo debe integrarse un grupo de jazz.



Por otro lado, hablé de la humildad del pianista, y es que no sólo la batería a veces parecía la protagonista porque por momentos apagaba a los otros instrumentos, aunque eso tal vez tenía que ver por el lugar donde estaba sentado, sino porque el centro del grupo casi nunca fue el pianista. Al principio del concierto osciló sobre Cruz, quien destacó por su toque cadencioso que brincaba de la suavidad a la rudeza que implicaría tocar los timbales, sino porque a la mitad del concierto, justo cuando tocaron una pieza original llamada Poesía, Brewer decidió demostrar que era más que la simple base armónica del trío. Antes de eso su toque fue milimétrico, perfectamente contado, no destacaba haciendo solos largos, y entonces llegó su momento y nadie lo bajó de ahí. Impresionante, sin duda.

Y, a pesar de todo la perfección técnica, debajo de todo eso, se podía escuchar cierta melcocha latinoamericana, cierta ternura ingenua, jazz-pop para una tarde lluviosa acompañada de un café. Por supuesto, no podía esperar algo distinto de un pianista que toca habitualmente con John Patitucci. La verdad es que eso no termina de decirme nada, pero al parecer al resto del público sí, porque a punta de aplausos los hicieron regresar para un encore, aunque, hay que decirlo, el concierto fue corto y tenían que cumplir con lo esperado.

Entonces, llego al bonito párrafo en donde volteo, de nuevo, hacia el público lagunero. Ahora decidí sentarme un poco más cerca de la crema y nata para ver si es verdad tanta emoción por el jazz en esta ciudad. Lo que vi fue a una parte del teatro por completo apática y estoy convencido que no en forma crítica, sino sólo porque no entendían nada pero tampoco querían esforzarse. Es más, a la mitad del concierto, durante el solo del bajista, una fila entera de personas, por lo menos ocho personas, se levantaron y se largaron. Bien por ellos.

Frente a mí, un hombre que estaba ahí sólo por acompañar a otra persona, se quedó dormido. Fue hermoso, digo, por lo menos no roncó. Y lo mejor, una exalumna de cuando trabajé en cierta universidad, a unos cuantos metros de mí, no paró de hablar durante casi todo el concierto.

Terminé preguntándome, ¿a qué vamos a un concierto de jazz neoyorquino? Sigo pensando que a entretenerse porque es algo novedoso. Eso sólo demuestra lo ranchero que somos y cómo, a pesar de que los organizadores se esfuerzan por crear un ambiente similar a Nueva York, lo que sea que eso signifique, no pasamos de una ciudad mediana cuyas aspiraciones confunden lo grandote con lo grandioso.

En fin, espero con ansias el siguiente concierto. Prometo sentarme todavía más cerca de la burguesía lagunera para tragarme mis palabras respecto al público de esta ciudad. Y miren que mis palabras están impresas en papel, eso las hace más complicadas de masticar.

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