Centros históricos de Torreón y Durango: ineptitud, desinterés y pocos aciertos.

Por: Álvaro González


Torreón y  Durango: dos ciudades muy diferentes; dos historias y en consecuencias dos arquitecturas. Una, Durango, ciudad colonial y la otra, Torreón, porfiriana. Durango va en camino  acertado hacia la restauración atractiva de su centro, pero carece aún de una cultura turística. Torreón, con sus pocos edificios rescatables, arrastra con las tropelías de la clase empresarial y de sus previos gobiernos municipales. 

Desde hace años Durango ha estado invirtiendo en el proyecto del centro histórico, rescatando su patrimonio arquitectónico de estilo colonial: algunas edificaciones notables, en su mayoría casas habitación, que se conservaron en su forma original porque Durango fue, por mucho tiempo, una ciudad muy pobre y, en consecuencia, la modernidad no la alcanzó, lo que le permitió evitar la horrible arquitectura que dominó de los años cincuenta en delante en la mayoría de las ciudades del país  (ésta se puede apreciar en toda su fealdad en la ciudad de México, donde la mayoría de las casas habitación del periodo colonial fueron destruidas; inclusive palacios y edificaciones mayores corrieron la misma suerte).

En Durango la gente conservó sus casas como las heredó, porque no tenía para edificarse una nueva, por lo menos esto sucedió en una buena parte del viejo centro de la ciudad. Hoy, gracias a eso, se ha podido lanzar el proyecto de rescate arquitectónico, el cual recientemente se extendió por varias cuadras de la calle Constitución, desde el costado de la catedral hasta el templo de Santa Ana y la placita que esta frente a éste. Originalmente esta calle era peatonal solamente en una cuadra, la del costado de la catedral, pero ahora abarca varia cuadras, en las cuales se han instalado restaurantes, comercios muy convencionales y unos pocos antros, pero no hay ninguna oferta de tipo cultural.
Las obras de restauración y de equipamiento representan siempre la primera etapa, y ha sido buena, inclusive la iluminación nocturna es muy agradable, pero luego viene la inversión que le toca a los particulares, y es ahí donde las cosas han ido lentas en Durango, pues inclusive todavía no hay una mentalidad bien orientada hacia el turismo. Por ejemplo, la mayoría de los pocos espacios culturales están cerrados los domingos, cuando deberían de cerrar los lunes, como sucede en todas las ciudades turísticas del país.

Se percibe que ni el gobierno municipal ni el estatal tienen un programa cultural en forma, pensado para visitantes, que incluya las diferentes artes y ambiente el centro histórico. Aun así lo que se ha hecho arquitectónica y urbanísticamente se ve bien para las posibilidades y las características de Durango, si se hace una comparación con Saltillo, por citar un ejemplo, que, cuando quiso y tuvo con qué ya quedaba muy poco de su centro histórico, y poco pudo hacerse.


TORREÓN, OTRA SITUACIÓN

Torreón tiene un patrimonio arquitectónico muy pobre en su parte céntrica, el cual data del porfiriato, porque todo lo demás proviene de ese periodo lamentable que va de los cincuenta a los ochenta; de esas pocas edificaciones de valor arquitectónico del periodo porfirista ya muchas fueron destruidas o están en manos de particulares apáticos, totalmente resistentes a realizar cualquier inversión, ya no digamos de restauración sino tan siquiera de mantenimiento.

Otra situación de la parte vieja de Torreón es que el crecimiento comercial y de negocios se desplazó a otras zonas, lo que ha propiciado que tampoco se hayan realizado edificaciones modernas con algún valor arquitectónico. El centro se estancó desde hace aproximadamente treinta años y a partir de ahí se ha ido deteriorando.

La única alternativa posible parece estar fincada en la modernidad, por lo cual se puede hablar del rescate urbano del centro de la ciudad, pero en sentido estricto no de un rescate histórico, porque no hay casi nada qué rescatar.

El proyecto de la Morelos, la más emblemática vía de esta parte de Torreón, se muestra interesante. Parece muy acertado haber lanzado ese proyecto que puede ser el inicio de una renovación; pero esperemos que el “amarillento fatal” no vaya a tocar a las palmeras, porque esto sería desastroso; algo debe hacer, y de manera efectiva, la directora municipal del medio ambiente, Susana Estens de la Garza, para proteger las palmeras, porque la Morelos sin sus palmeras dejaría de ser tal.

El proyecto del teleférico que irá de la Treviño al Cristo de las Noas ha sido cuestionado por algunas organizaciones y observadores, argumentando que es una inversión muy alta -160 millones de pesos- e innecesaria porque existen otras prioridades en la ciudad, aunque se trate de recursos etiquetados por parte del gobierno federal, que no pueden ser destinados a otra cosa: o se invierten en eso o no llegan, así de sencillo.

Aparentemente lo más polémico, al menos para los arquitectos es el diseño de las estaciones, pero independientemente de eso el asunto es que el teleférico irá al Cristo de las Noas y, en consecuencia, es obligado plantearse qué características tiene ese conjunto arquitectónico, ideado por el cura José Rodríguez Tenorio, ya fallecido, quien era un cura extraordinariamente tenaz pero sin ninguna noción de carácter arquitectónico, lo que le llevó a hacer lo que se le iba, literalmente, ocurriendo. Así puso piedra sobre piedra por décadas. Él decía que se inspiraba en lo que había visto en Jerusalén durante algunos viajes que hizo a la ciudad sagrada, pero si ya de por sí lo que hay en Jerusalén no es muy bello, el cura era un muy mal imitador; no tenía ninguna noción básica de diseño y tampoco se hacía ayudar por alguien que sí supiera.

Si el teleférico va a ir al Cristo de las Noas, será necesario meterle mano arquitectónica a todo ese conjunto. Lo más valioso, además de la estatua del Cristo, que tampoco tiene gran valor estético, aunque suene escandaloso decirlo, es el mirador escénico, especialmente durante la noche.
Aunque el obispado esté de por medio, se necesita un rediseño integral, lo que implicaría una inversión mucho más modesta que la del teleférico. A juzgar por casi todas las edificaciones de templos que se han realizado en Torreón en las últimas décadas, la arquitectura religiosa católica pasa por una de sus peores épocas. Al parecer urge que a los pocos seminaristas que tienen en formación les incluyan en el programa Nociones de Arquitectura I,II y III, por lo menos, para que cuando se pongan a construir templos dejen de hacer esos esperpentos tan lamentables que vienen edificando desde hace tiempo, pero ése es ya otro tema.

Volviendo al conjunto del Cerro de las Noas, lo más indispensable parece ser el ampliar y acondicionar la explanada del mirador y, después, si hay con que, el rediseñar toda esa serie de capillas con temas efectivamente sacados de Jerusalén, como la Natividad, el Sagrado Sepulcro, para que de alguna manera tuvieran un atractivo religioso, pero además un acceso posible a cualquier gente, pues las escaleras, además de requerir una condición de atleta para su ascenso, son muy peligrosas para cualquier persona. Un resbalón y el turista termina en el Santo Sepulcro.

Hace poco, siendo por demás inmodesto, se me ha ocurrido una idea después de ver el nuevo y gran Museo del Barroco en la ciudad de Puebla: utilizar la tecnología audiovisual de punta para montar un espacio museográfico precisamente sobre Jerusalén y los lugares sagrados de esta parte del mundo, eso tendría un atractivo religioso y cultural que sería un plus para el santuario, porque ahora no hayan realmente qué hacer con algunas construcciones que dejó Rodríguez Tenorio.

A los lugares sagrados la gente va a rezar, a celebrar ceremonias religiosas, a conocer cosas relacionadas con su credo y, si se puede, a recrearse con una gran vista panorámica. Así sucede en el Cristo del Cubilete en Silao, Guanajuato, que está construido sobre una montaña de casi dos mil metros de altura, o si queremos poner un ejemplo más grandioso, así funciona el Cristo del Corcovado en Rio de Janeiro, aunque, claro, está rodeado de una de los escenarios naturales más espectaculares del mundo; pero, a nuestro nivel, estamos ejemplificando.


De regreso al primer cuadro de la ciudad, habrá que considerar que el proyecto de la Morelos es un buen inicio, que se puede continuar con el equipamiento urbano de calles laterales. Por desgracia el cierre de calles y la creación de ese horrible tianguis de lámina que se realizó durante el gobierno de José Ángel Pérez, son una aberración, de la cual es corresponsable el Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH, que no hizo nada a tiempo, y los ricos zapateros de la calle Hidalgo, a quienes lo único que les importa es su dinero. Tampoco ayuda lo mediocre del proyecto de restauración de la Plaza de Armas en el periodo de Eduardo Olmos Castro, que inclusive quería hacer un estacionamiento subterráneo que la crítica detuvo.

Lo ideal hubiera sido integrar el área de la Plaza de Armas, las calles adyacentes, donde se ubica el conjunto cultural del Arocena y el Teatro Nazas, un muy buen proyecto del gobierno de Enrique Martínez y Martínez que, ahora conectados a la Morelos, habrían creado un conjunto muy interesante, pero algo se tendrá que hacer. El tianguis de lámina no está funcionando en las calles tomadas; se puede retirarlo y, aunque cueste, mejorar el diseño de la Plaza de Armas.

Este tianguis de lámina, que ocupa cuatro cuadras estratégicas del centro, es un fracaso comercial, está abandonado en buena parte, urbanísticamente se confirma como una aberración, y se encuentra en manos de un pequeño grupo de migrantes del estado de Hidalgo, quienes se empoderaron del ambulantaje de la calle Hidalgo, le sacaron todas las canonjías a un gobierno débil e inepto y además se quedaron con los únicos puestos que funcionan, que son los de las cabeceras que dan a las calles.
Otro aspecto que urge es meterle mano dura a los propietarios de fincas y terrenos en los alrededores de la Plaza de Armas, como la familia Villarreal, los Manzur y los Cantú Charles, por citar algunos, que ni invierten, ni terminan los edificios que tienen en obra negra desde hace treinta años; varios de ellos, tampoco pagan el impuesto predial. Hay gente que debe millones de impuestos y los gobiernos no se atreven a presionarlos, pero sí presionan con amenaza de embargo a los propietarios de casas habitación en las colonias de tipo medio, donde los adeudos son muy pequeños comparados a los que deben los especuladores del suelo urbano y fincas en el primer cuadro.

Falta mucho por hacer y el dinero es escaso, pero el proyecto de la Morelos, aun sin terminar, se puede considerar ya como algo muy interesante para regenerar el llamado primer cuadro de la ciudad de Torreón.

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