Los rostros del machismo: la violencia que afecta a mujeres y hombres.



El 24 de abril del presente año se llevó a cabo una marcha a nivel nacional organizada y dirigida por mujeres feministas en contra de las violencias machistas en México. Esta marcha es la culminación a una infinidad de situaciones que se han tenido que soportar por años, e hizo tomar conciencia, tanto a mujeres como a hombres, de cómo vivimos y somos partícipes de la violencia. Pero antes de poder definir qué es el feminismo y el machismo, tendríamos que aterrizar otro término: el de patriarcado. 


Fotografía: Teresa Serrano (México, 1936)
La reproducción de violencia machista parte tanto de nuestra educación, como de nuestras prácticas cotidianas, las cuales están basadas, muy a nuestro pesar, y probablemente sin darnos cuenta, en todo un sistema ideológico. A este sistema ideológico se le llama patriarcado, el cual desde su etimología refiere al mando del padre. Y si lo ubicamos en términos más globales, tendría que ver con cómo los hombres se han posicionado como autoridad en la toma de decisiones políticas y sociales. Este orden se refleja en cosas tan simples como que el apellido del padre vaya primero al de la madre cuando se nos registra, porque la idea detrás de esto es que el padre es “la cabeza” y autoridad de la familia.


Elena Iduñate (derecha), feminista y licenciada en derecho.
SIN MUJERES NO ES DEMOCRACIA

El patriarcado es entonces, un orden social correspondiente a un modelo económico capitalista que se caracteriza en la distribución desigual del poder entre hombres y mujeres. En otras palabras, se privilegian las necesidades y deseos de los hombres, por encima de los derechos de las mujeres. Históricamente las mujeres hemos sido vistas como secundarias, como un objeto o como una posesión de los hombres; y prueba de esto, dice Elena Iduñate, feminista y licenciada en derecho, está en la propia historia del derecho:

Toda la vida nos hemos manejado como un “nosotros”, pero en realidad las leyes fueron creadas por los hombres en un sistema que surge de la necesidad que tenían ellos de regular sus relaciones. Y las mujeres éramos  parte de sus propiedades o de sus posesiones, como ejemplo de esto, tenemos el derecho más antiguo: el romano. La “manus”, que hoy se ve como la “manutención”, era la potestad que ejercía un hombre, ya fuera padre, esposo o hijo, sobre una mujer. 

Actualmente el patriarcado puede ser visto de forma más notoria en cómo la participación de las mujeres en espacios tanto políticos, como religiosos, es minoritaria o de menor alcance a comparación de la de los hombres. Pensemos en la iglesia católica, la cual es definida y liderada por hombres; aunque hay catequistas y monjas, es decir, hay participación de mujeres, no son ellas quienes toman las decisiones dentro de la institución.  La situación de la política mexicana es otro claro ejemplo de esto, aunque frente a la ley hoy en día aparentemente tengamos “igualdad formal”, al interior de los partidos y las cámaras, la realidad es otra. Ariadne Lamont, activista feminista, educadora popular en derechos humanos y derechos de las mujeres, nos cuenta:

Ariadne Lamont Martínez, activista feminista, educadora
popular en derechos humanos y derechos de las mujeres.
Las mujeres lucharon en México para tener derecho al voto alrededor de 100 años, y cuando por fin lo lograron, no podían ser elegidas porque sus partidos no se interesaban en ello. Los pretextos que ponían los hombres eran: “No hay mujeres, no llegan”, o bien “Las mujeres no tienen experiencia, si llegan, quién sabe qué irán a hacer”. O sea, se hablaba de lo “incapacitadas” que estaban para ser legisladoras por ejemplo, así que aquí cabría la pregunta: ¿Entonces los hombres están muy capacitados? ¿Qué no son precisamente los hombres los que nos llevaron al actual estado de cuota? No creo que las mujeres sean menos capaces que eso que ellos han hecho, así que la “capacidad” no era la razón, la verdadera razón era no querer compartir el poder.


EL MACHISMO MATA, EMPOBRECE Y ATONTA

Otro ejemplo de cómo sigue operando esta dominación en términos estructurales, se localiza tanto en la desigualdad de sueldos, como en la de oportunidades de desarrollo profesional que viven las mujeres en este país. Una nota del periódico Excelsior en Mayo del 2016 revela que, aun cuando las mujeres que forman parte de la PEA (Población Económica Activa) tienen un grado promedio de escolaridad mayor al de los hombres (10.5 grados frente a 9.36), las mujeres profesionistas tienen un promedio salarial más bajo que el de los hombres y un escaso acceso a cargos de alto nivel:

Por ejemplo, en la categoría de empleos de “profesionistas, técnicos y trabajadores del arte”, para los hombres el ingreso promedio por hora trabajada es de 64.07 pesos, mientras que para las mujeres es de 58.05; para los trabajadores de la educación el ingreso es de 78.38 pesos por hora laborada, mientras que para las mujeres es de 69.69 pesos la hora.

Para los funcionarios y directivos del sector público, privado y social, el ingreso promedio es de 95.24 pesos; en contraste, para las mujeres es de 81.18 pesos por hora laborada. De hecho, los datos del INEGI muestran que el único sector en que las mujeres perciben mayores ingresos es el de los servicios de protección, vigilancia y fuerzas armadas, en donde las mujeres perciben 36.52 pesos por hora, mientras que los hombres ganan en promedio 31.9 pesos la hora. (Excelsior, 16 de junio de 2015)

De esta manera, el patriarcado en tanto sistema y organización genera desigualdad y violencia hacia las mujeres de manera institucional, llevándonos como sociedad a reproducirla en los ámbitos más internos e inmediatos de nuestras vidas. Definitivamente, la forma más extrema es el feminicidio, pero el machismo tiene diferentes rostros y distintas formas de manifestarse, es decir, son muchas las violencias machistas. La más evidente es la física: golpes, fracturas, moretones. Por otra parte, está también la violencia sexual. Otra es la psicológica, esa que intenta ofender y rebajar el autoestima de la persona a través de frases como: “Ya estás muy gorda/o”, “Esto es cosa de hombres/mujeres, tú no entiendes”, “No sirves para nada”. Otra forma de violencia es la económica, la cual se da cuando los hombres limitan los ingresos económicos de las mujeres que trabajan únicamente dentro de casa. Este tipo de violencia suele ir de la mano con la psicológica, porque al no darle dinero a la esposa, se le está “infantilizando”, es decir, tratándola como una niña incapaz de decidir por sí misma. Además, como ella depende de esa contribución, se le deja desprotegida:

Cuando la mujer está solamente en las paredes de su hogar, va perdiendo autoestima, cree que sólo sirve para fregar pisos, lavar baños, cambiar pañales, para hacer arroz y que se lo coman, tender camas y que las distiendan. Y si una mujer cree que no sirve para nada más que eso, y encima no recibe aportación económica, claro que no tiene la fuerza para independizarse de ese hombre maltratador y dejarlo. (Ariadne Lamont)


UN AGRESOR ES UN HIJO SANO DEL PATRIARCADO

Pero existe otra forma de violencia, una más engañosa, más sutil y menos explícita, la cual precisamente por no llegar a lo físico, pasa desapercibida. A este tipo de violencia, el sociólogo Pierre Bordieu en la década de los 70’s le llamó “violencia simbólica”. Para generar este tipo de violencia no se necesita un aparato coercitivo, sino tiene más bien  que ver con prácticas indirectas e inconscientes que no son detectadas porque se manifiestan a través de lo que es visto como “normal” y “natural”. El ejemplo más claro de violencia simbólica es el de acoso callejero, el cual ha sido visto como algo “normal” durante años, y basándose en ese argumento hay incluso a quienes les parece divertido e insignificante. El acoso callejero muestra cómo las mujeres seguimos siendo vistas como un objeto sexual, y es una situación que únicamente se da hacia las mujeres, es decir, los hombres no lo sufren. Como en su lógica los acosadores creen que la calle les pertenece, creen que también el cuerpo de las mujeres que sale a la calle. Ruth Castro, feminista, editora de libros, escritora e integrante de la librería El Astillero, nos habla sobre esta situación desde su experiencia personal:

Ruth Castro, feminista, editora de libros, escritora e integrante
de la librería El Astillero.
Yo siempre desde niña fui muy independiente así que caminaba y tomaba camiones, estaba eso permitido en mi casa, porque la ciudad era segura. Podía ir a hacer una tarea con alguna compañera de mi clase a tres cuadras de mi casa, y en esas tres cuadras me sucedieron muchas cosas. Muchas, muchísimas veces, hubo hombres que me mostraron su miembro, sólo por molestar, y aunque no sufrí ninguna agresión sexual, me decían cosas. Eso me pasaba desde los nueve o diez años, y me ha pasado hasta ahora de adulta al salir de da clases en la universidad. Este tipo de casos es algo que ningún hombre sufre por el simple hecho de ser hombre, o sea ninguna mujer andaría en bicicleta enseñándole algo o molestándolo. Y es agresión porque te hace sentir insegura, y te hace daño. Te hacen pasar un mal momento sólo porque pueden hacerlo y porque saben que nadie les hará nada. Y es que este tipo de violencia ni siquiera está tipificada como un delito, ¿qué puedo ir a decir a la policía?, ¿que un hombre me enseñó su miembro y yo no quería verlo?


NO NECESITO SER GOLPEADA PARA SABERME VIOLENTADA

Otro de los espacios donde se muestra la violencia simbólica es en el “amor”. El psicoterapeuta Luis Bonino Méndez denomina “micromachismo” a las prácticas machistas que pasan como algo casual al representarse en “pequeños” momentos de la vida cotidiana. Estas prácticas se manifiestan al generar presión o imposición con el fin de obtener poder y conseguir beneficios en la relación:

A los hombres se les ha hecho creer que ellos tienen el derecho de satisfacer sus necesidades aun a costa de las mujeres, ¿pero y dónde quedamos nosotras?, ¿y nuestros derechos?, ¿y nuestras propias necesidades? Cuando una mujer después de una jornada laboral llega a casa y cree que es su obligación hacerse cargo del cuidado de los hijos y la cena, está siendo partícipe de ese tipo de violencia. Porque se nos ha hecho creer que por “amor” debemos sobreponer las necesidades de los otros, ya sea pareja o hijos, por encima de las nuestras. Y no necesitamos ser golpeadas o violadas, ya estamos siendo abusadas a través de la utilización de nuestro cuerpo en términos de fuerza de trabajo. (Ariadne Lamont)

Las mujeres seguimos siendo vistas como propiedad de nuestras parejas, de nuestros padres e incluso del Estado. Que la mujer no puede hacer uso libre de su sexualidad sino hasta el matrimonio, y que “se guarde por amor”, refleja que su cuerpo realmente no le pertenece a ella, sino que a partir de las reglas de la sociedad, éste ha sido conservado para darse casi a modo de ofrenda a su marido. Cuando pensamos que por estar en una relación o estar casadas tenemos que pedirle “permiso” a nuestra pareja para hacer cualquier cosa, aun si lo decimos en broma, demuestra que seguimos en esa misma lógica del hombre como poseedor, y la mujer como propiedad. Cuando creemos que nuestro novio siempre debe pagar la cuenta si vamos a comer a un restaurante, muestra que seguimos apostándole a ese tipo de estructura social, porque lo que se esconde simbólicamente detrás del dinero, es la idea de que somos un premio y él debe pagar por ello. Todas las anteriores situaciones, revelan un sistema patriarcal y reflejan esa violencia “dulce” y “sutil”, que muchas veces no somos capaces de  identificarla por estar ubicada en el plano de las  relaciones intrapersonales:

En una relación de noviazgo por ejemplo, el chico conoce a la chica, la chica baila y usa vestido, y desde que tiene novio escucha: “Ay amor, no te vistas así”, o “Ay, amor, tu amigo quiere contigo”, y la chica deja de hablar con su amigo. Otra frase sería: “Es que tus amigas son muy borrachas y salen mucho”. Empieza este hilamiento tan sutil que es el típico “me cuida porque me quiere” o “me cela porque me quiere”. (Elena Iduñate)


Fotografía: Teresa Serrano (México, 1936)
NO LLORE, NO SEA VIEJA

Es necesario aclarar que, como producto de un sistema, el machismo y las violencias machistas no son una práctica exclusivamente dirigida hacia las mujeres. A pesar de que es mucho más evidente la violencia hacia ellas, éstas también la ejercen hacia los hombres a través de lo simbólico. A los hombres, a comparación de las mujeres, se les ha enseñado a que no deben mostrar sus emociones, por lo tanto, llorar implicaría asimilarse a la figura de una mujer. Se les ha enseñado desde pequeños que jugar con muñecas “es cosa de niñas”. Se les ha exigido por años que sean el “sustento económico” de su familia, y se les ha hecho creer que por recibir dinero de sus parejas son unos “mantenidos” o “mandilones”. Otro ejemplo de cómo irrumpe el machismo en el género masculino es pensar que un hombre, por el simple hecho de ser hombre, debe estar siempre dispuesto a tener relaciones sexuales y complacer a la mujer en la cama. Un hombre puede o no, al igual que una mujer, tener deseos sexuales, y no por ello es “menos hombre”, porque entonces, se le estaría definiendo a partir de su cuerpo y su potencia sexual.

Debido a este sistema desigual y estas violencias machistas que reprimen las libertades tanto de mujeres como de hombres, es que existe el feminismo. El feminismo busca hacernos conscientes de que nuestras actitudes y nuestras palabras, no son siempre tan nuestras después de todo, sino que hay una ideología detrás. Se trata de auto-cuestionarse y reflexionar con el fin de tirar las estructuras que nos han sometido por siglos y no nos han permitido conocer otras formas de relacionarnos:

Pensemos también que las mujeres en este sistema (debido justamente a que las “tareas” no están repartidas) son las que crían a los hombres y, por lo tanto, son las reproductoras de ese machismo y de lo que está “bien visto” o “mal visto” socialmente. Ellas son quienes comienzan a enseñar: “tú azul y tú rosa”, “tú sí puedes hacer estas actividades y tú no”, “si eres niña y haces esto… eres una machorra”, “tú no puedes llorar porque eres niño, tienes que aguantar como los machos”. No es algo consciente, es decir, tanto hombres como mujeres reproducimos eso en distintos niveles y de distintas formas sin darnos cuenta. Aun y cuando una se asuma feminista, tiene toda una vida de formación bajo estándares machistas, y si una misma no está todo el tiempo bajo la autocrítica pensando “¿qué estoy haciendo?”, “¿qué les estoy diciendo a mis hijos e hijas, a mis vecinos, a mis amigos?”; caes en esas formas inevitablemente. (Ruth Castro)


Espacios y organizaciones feministas en La Laguna:

Caracol Nodo Café (Morelos  #559 pte, Centro de Torreón)
Activistas Feministas de la Laguna 
Red de Mujeres de la Laguna
MUGEC (Mujeres Generando Cambios) 




Comentarios

Entradas populares