Las palmeras de Torreón: la muerte de un símbolo

Por: La redacción

Hace algo más de diez años que me cambié de casa. Como siempre es obligado en esos casos, me di a la tarea de hermosearla; cuando terminé me di cuenta de que mi cuadra era desoladora: había un solo árbol en la banqueta de un vecino, un árbol bastante feo y descuidado; así pensé en sembrar un árbol y me decidí por una palmera. Como obtuve un buen precio, compré cuatro: tres para el jardín y una para la banqueta, que aunque tiernas eran de buen tamaño. Las planté con todos los cuidados, porque siempre he pensado que las palmeras son la planta más emblemática de Torreón –estamos en el desierto, queramos o no-.

Pasaron los años y mis palmeras crecieron sanas, hasta alcanzar una altura cercana a los seis metros y una gran fronda. Pronto la palmera de la banqueta comenzó a perder ramas y a ponerse algo seca. Pensé que había descuido y le llame a un amigo que es ingeniero agrónomo, me recomendó unos líquidos y bajar la cantidad de agua en el riego. Nada funcionó; mi palmera se siguió secando hasta quedar convertida en un esqueleto erecto, triste. En la primavera la tumbo, pensé, y planto un árbol nuevo.

En eso estaba cuando una de las tres palmeras del jardín comenzó a ponerse amarilla y a perder su fronda. Nuevamente le llamé al amigo agrónomo y me dio consejos y sustancias para aplicarle. Por suerte todo indica que se está recuperando, porque la intensidad del amarillo bajo y ha echado nuevas ramas. Mi temor era la contaminación de las otras dos, pero ellas parecen ajenas a los males de su vecina y están tan lozanas como siempre.

A unos días de que terminara la tarea de derrumbar y descuartizar  mi palmera frontal, me enteré de que en la colonia muchos vecinos tenían el problema del amarillantamiento de sus palmeras y la muerte de muchas de ellas. Algo malo estaba sucediendo, porque todos pensábamos que las palmeras son plantas del desierto que lo resisten todo. Las imaginamos centenarias, más ésas gigantescas palmeras que adornan algunas de las principales avenidas de Torreón, algunas incluso ya con un siglo de edad.

Pero el mal de la colonia, que afectaba en su mayoría a palmeras de las llamadas “coco plumoso”, era pequeño junto a lo que estaba sucediendo con casi la mitad de las 5 mil palmeras que adornan las avenidas de Torreón. Aquejadas por el mal llamado “amarillamiento letal”, alrededor de 2,500 palmeras datileras podrían ser podadas, lo que es una desgracia ambiental para esta ciudad, que en 2011 sufrió una helada tardía y atípica, que por intensa arrasó con gran parte de la cubierta vegetal de toda la zona conurbada de la comarca lagunera; un desastre del cual la ciudad tardará décadas en recuperarse: esto en una zona urbana que está en medio del desierto y que sufre temperaturas de hasta 44 grados centígrados, a la sombra, en meses como el de mayo.


ACTUAR A TIEMPO, PREVENIR

Parecía que aquel desastre habría dejado una lección a los responsables del medio ambiente en los tres municipios de la zona metropolitana: contratar especialistas para ocupar los cargos del cuidado de la cubierta vegetal de las ciudades, porque además del clima, que es algo natural, la zona está amenazada por una serie de plagas que se han originado en la actividad agrícola de la región, en parte debido al uso indiscriminado de insecticidas, algunos de los cuales eran verdaderamente letales no sólo para las plagas sino para la salud humana, y fueron utilizados de manera masiva durante décadas. Hoy se siguen empleando una gran variedad de sustancias que han ido perdiendo gradualmente su eficacia, ante plagas que están mutando y son cada vez más poderosas. El año pasado se perdieron grandes extensiones de cultivos debido a plagas que se han vuelto mucho más agresivas, y muchos insectos que atacaban básicamente a cierto tipo de plantas están agrediendo a otros cultivos.

En 2015 nos tocó de manera directa la experiencia del ataque del gusano barrenador en el árbol del nogal, cuando en todos los años anteriores nunca se había presentado en la nuez. Como sólo usamos productos orgánicos, por convicción ecológica, recurrimos a fumigar los nogales con microorganismos que atacan al gusano de una manera ingeniosa: al tragarse el microorganismo se le atrofia al gusano el esófago, de tal manera que ya no puede tragar y muere de manera natural; por desgracia lo detectamos tardíamente, cuando ya había afectado a más de la mitad de las nueces. Si el año iba a ser malo, fue triste. Ahora lo hemos atacado desde el inicio de la primavera y todo indica que tendremos éxito en erradicarlo.

Si la Dirección del Medio Ambiente del Ayuntamiento, que ahora está en manos de Susana Stens de la Garza, conoce realmente de asuntos fitosanitarios, debería tener, desde el inicio de su periodo, un programa de sanidad eficiente, pues esto de la mutación de los parásitos y las enfermedades vegetales es un tema que se ha agravado desde hace varios años; no comenzó el año pasado ni el antepasado.
El clima de la región, ya se sabe, es bravo, inclemente, porque está pensado de manera natural para dejar sobrevivir sólo a ciertas especies endémicas; de ahí la exigencia de tener un mayor control y prevención fitosanitaria. Se están tomando medidas, pero ya el mal está extendido y, probablemente, fuera de control.

Todas las mañanas recorro la avenida Juárez por la parte donde tiene camellón adornado con palmeras datileras. Desde el mes pasado han aparecido en muchas de las palmeras cruces rojas: es, para las palmeras marcadas con ellas, el símbolo de la muerte, porque unos días después van siendo despedazadas con motosierras. No sé dónde va a terminar la destrucción de las palmeras; me temo que la mayoría se perderá, porque he visto aparecer cruces rojas nuevas. Para alguien que sabe lo que cuesta plantar, cuidar y desarrollar un árbol, es penoso iniciar un día mientras atravieso por la avenida y escucho, desde la camioneta, el zumbido mortal de las motosierras despedazando palmeras que estaban ahí antes de que yo siquiera naciera, y soy un hombre que está más allá del medio siglo de vida.

Ya en la helada de 2011 vi cómo la calle en donde vivía quedó desolada, llena de esqueletos vegetales muertos, los que habían costado cuidados a los abuelos y los padres por décadas. Creo que aunque hubo inicialmente una reacción ante esta desgracia, no se tomaron todas las medidas que se deberían, ni se adoptó un programa agresivo de reforestación.

No es sino una consecuencia que Torreón tenga tres o hasta cuatro grados centígrados más caliente el clima que municipios como el de Lerdo o San Pedro, esto durante casi todo el año.

Comentarios

  1. Desde hace varios años el problema ha ido creciendo en varias países,cosa de goglear un poquito. No hay investigación en el mundo que haya encontrado respuesta positiva para acabar con la tragedia ecólogica. Podemos hablar de cambio climático u otras causas pero "creer" que no hubo una reacción a nivel local de manera oportuna es simplemente especular y escribir sin ningún sustento.

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  2. Desde hace varios años el problema ha ido creciendo en varias países,cosa de goglear un poquito. No hay investigación en el mundo que haya encontrado respuesta positiva para acabar con la tragedia ecólogica. Podemos hablar de cambio climático u otras causas pero "creer" que no hubo una reacción a nivel local de manera oportuna es simplemente especular y escribir sin ningún sustento.

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