Jóvenes profesionistas ante el mundo laboral

Por: Bun Alonso Saldaña

Ilustración: David Sánchez (España, 1977)
Según cifras de la Comunidad de Instituciones de Educación Superior de La Laguna (CIESLAG) y del Instituto Municipal de Planeación y Competitividad de Torreón (IMPLAN), en la región existen 31 universidades. Generalmente, la tercera parte de los puestos que se ofrecen en las ferias de empleo que se organizan en la región es para técnicos y operarios. Y sólo el resto es para profesionistas. 

En una de las últimas ferias que se realizó en Torreón, el 14 de abril de este año, se ofertaron más de dos mil 300 vacantes. De ésas, 260 fueron para profesionistas. Y mil 500 para niveles operativos. El resto, para personas con nivel de estudios de preparatoria. ¿En qué gastan su sueldo los jóvenes de La Laguna que han logrado ejercer su profesión? ¿Y hasta dónde la idea de un trabajo define sus vidas?

Como era de imaginarse, Claudia  Gasca al graduarse en 2013 como licenciada en informática buscó inmediatamente trabajo para ejercer la carrera de la que acababa de salir. Pasaron siete u ocho meses para que encontrara su primer empleo. No era de su profesión, sino de contabilidad. Y aunque la carga curricular de la licenciatura en Informática incluía algunas materias de contabilidad; no era a lo que ella quería dedicarse. Duró sólo cuatro meses. “Yo creo que influyó mucho eso de que no era mi área. No estaba muy cómoda”. Además el sueldo no le alcanzaba; una gran parte de él lo gastaba en comida y transporte. Claudia tiene 27 años. Es casada y tiene dos hijos. Independiente de la profesión y de la edad, el lagunero promedio gasta casi la mitad de su salario en transporte y comidas dentro del horario laboral.  

La licenciatura en Informática es una carrera que ya no existe. Fue suplantada por la de ingeniería en Informática. Claudia pertenece a unas de las últimas camadas de licenciados de esta área que arrojó el Tecnológico de Lerdo. Piensa que eso les ha afectado para conseguir un empleo. Dice que sólo sabe de una persona de su generación que actualmente trabaja ejerciendo su carrera. En todas las opciones de trabajo que tenía Claudia, pedían ingenieros. De hecho, en donde labora actualmente el perfil que solicitaban era el de un ingeniero. Aun así, logró llenar ese perfil por su conocimiento de manejo de bases de datos. Un tema que ya había estudiado en la licenciatura. Su puesto es de analista de combustible en el Departamento de Vehículos de Lala.

Ahora Claudia dice que vive bien con su salario en Lala. Que le queda incluso algo para ahorrar. Además le gusta mucho su trabajo, dice. La empresa lechera Lala es una de las grandes acaparadoras de fuerza laboral en la región; es uno de los principales argumentos que se usa ante acusaciones de sobreexplotación de mantos acuíferos.

¿Cómo siente alguien que tiene pocos años de egresado el mundo laboral? O más aún, ¿cómo se siente en general ante el mundo en que vive? Históricamente hemos construido nuestra identidad entorno al trabajo. Muchas veces esto termina en una fuerte identificación con la empresa u organización para la que se trabaja. El “ponerse la camiseta”. Gran parte del reconocimiento social se obtiene gracias a la participación en el mercado laboral, a nuestra posición en él. Cuestión de jerarquías muchas veces. Pasamos años preparándonos para un empleo, nos preparan en las aulas para uno. Nos amoldamos a las necesidades, horarios y demás de un empleo. Todo ello suele tener su culminación en aquellas personas que se jubilan; después de media vida trabajando, se sienten vacías ahora que ya no lo tienen que hacer. Muchas se sienten inútiles. Todo ello son consecuencias semiocultas que frecuentemente asumimos como naturales, que las mantenemos en el ámbito de lo individual y personal, pero tienen su origen en una estructura social.

¿Hubo presión por colocarse rápido en un empleo tras haberse graduado? ¿Hasta qué grado la rutina laboral puede cambiarnos, modificarnos? Se lo pregunté a Claudia y a otros más. Ella dice que la única presión que sintió por encontrar un empleo, fue la económica. “Y además yo misma me sentía que debía de encontrar un buen trabajo lo más pronto posible, pues creía que si no lo hacía, con el tiempo sería más difícil”.

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Leti Sustaita, que egresó hace un año y cuatro meses como licenciada en Economía, y que casi enseguida logró entrar como auxiliar administrativo en Lala Transporte, dice que sí sintió presión por el hecho de que sabía que muchos otros jóvenes como ella estaban buscando empleo. “Me sentía un poco desesperada por encontrar algo y a la vez temía un poco por lo que venía para mí”.

Vive con sus padres. Y para sus necesidades, su sueldo de seis mil 200 pesos mensuales le es suficiente. Parte de su salario lo invierte en un ahorro que abrió dentro de la misma empresa.
“Mi empleo actual sí ha modificado mi forma de ser”, dice Leti. “De trabajar y de interactuar con los demás. Es una empresa con procesos ya definidos a los cuales yo tuve que adaptarme”. Uno de esos cambios al interactuar con los demás fue el aprender que, al menos dentro de la lógica de la empresa, no se puede confiar en la gente. “Ahí siempre debemos tener las cosas firmadas o en un correo porque, digámoslo así, la palabra no vale”. Aunque también dice que su forma de hablar y de escribir ha ido mejorando.


Ilustración: David Sánchez (España, 1977)
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Unas pruebas de orientación vocacional llevaron a Abraham Esparza a estudiar psicología. Se graduó en diciembre de 2015. Y en febrero de este año terminó su servicio social. Entonces ingresó a dar asesorías psicológicas con una asociación civil llamada Cedimse en la colonia Carolinas de Torreón. No tiene sueldo fijo. “De hecho ése es el problema. Porque se va uno y ya no tengo empleo. Gano por sesión”, dice, y que le pagan 60 pesos por cada una. Sólo atiende pacientes los lunes, miércoles y viernes. A veces, hay personas que sacan su cita pero no van. Entonces Abraham, para poder meter otro paciente, tiene que guardarles ese lugar hasta que hayan faltado unas tres veces. Y por lo tanto no recibe un pago en esas ausencias.

Actualmente gana por semana aproximadamente 300 pesos. Y llega en bicicleta a su trabajo, porque de hacerlo en transporte público, tendría que tomar dos camiones. “Si salgo pues a lo mucho me gasto 100 pesos. Procuro no gastar más de eso”. Lo demás lo ahorra para pagar el título universitario que, dice, le costará seis mil pesos.

Vive con sus padres y con sus hermanos. Así que para obtener más ingresos, participa en dos negocios de venta de comida. Uno, afuera de su casa con su familia. El otro es un proyecto aparte que tiene con uno de sus hermanos. Un remolque donde venden comida en el centro de Torreón.
Abraham, que tiene perforaciones y usa regularmente playeras de color negro con estampado de alguna banda de metal, dice que hasta ahora en lo único que la cuestión laboral le ha modificado su manera de actuar es en su imagen personal. “Aunque sí guardo cierta presentación, para generar confianza”.
Dice que le gustaría dedicarse a proyectos de psicología social y comunitaria. Abraham ha trabajo con asociaciones de migrantes. También ha participado con Fuundec (una organización de familiares de personas desaparecidas) en terapias grupales, sin pago monetario alguno. Todo ha sido porque él lo ha deseado hacer.

“Lo que no me desagrada de ese trabajo es que me deja tiempo para trabajar en otros proyectos que a lo mejor me van a dar más ingresos”, dice acerca de su actual empleo.


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Saira Villagrana se fue de Torreón para estudiar la licenciatura en Artes Plásticas en la ciudad de Tijuana. Se graduó en diciembre de 2014 y después regresó a Torreón. Extrañaba a su familia y a los amigos, dice. Quiere ser pintora. En Tijuana ha participado en varias exposiciones colectivas. Y aquí ha tenido una en individual. Cuando recién se graduó, sentía presión por parte de su mamá. Pero no por encontrar empleo. Sino para seguir estudiando. Saira eligió no hacerlo. Se sentía cansada de estudiar, “harta de fechas límites, entrega de papeles, exámenes, servicios sociales comunitarios, servicios sociales profesionales, prácticas profesionales”.

Desde agosto del año pasado es maestra en el Colegio Latinoamericano. Imparte clases de arte tres días a la semana a grupos de secundaria. Por lo que le queda tiempo suficiente para dedicarse a pintar. “Y esa fue también la idea por la cual tomé el trabajo. Porque tenía tiempo para producir y supuestamente iba aganar lo suficiente para pagarme los materiales”. “¿Supuestamente?”, le pregunto. “Sí”, contesta. “Porque salen muchos gastos extras en la casa y tengo que ayudar. Entonces no, a veces no tengo dinero para pagar materiales”. Saira, igual que Abraham, vive con sus papás y con un hermano.

Recibe un sueldo de 700 pesos a la semana por sus clases. Para ahorrar, procura no salir ni darse antojos. Ha llegado a ahorrar 900 pesos, suficientes para pagar bastidores, pinceles y demás material que necesita para producir su obra.

“Este año era como mi año de resolución”, dice Saira. “De voy a saber lo que voy a hacer cuando termine este año. Y no, todavía no me llega la resolución”.

Siente que su actual empleo no ha influido en su manera de ser, pero sí ha modificado su apariencia. “Cuando empecé a dar clases me di cuenta que odiaba tener que ponerme uniforme, quitarme mis aretes de las perforaciones del rostro, pintarme el cabello de colores ‘normales’, usar zapatos, es decir, disfrazarme de maestra. Me molestaba demasiado”.


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Jorge Alejandro Ortega estudió Comunicación y Periodismo. Desde junio de 2015 que se graduó, ha estado en tres empleos. Dos de ellos relacionados con su carrera. “El actual quizás no tanto, pero brinda experiencia en otra área de la formación integral. Ahorita soy tutor de materias de bachillerato. Y sí, de algún modo se relaciona con la comunicación en la educación”.

Acerca del sueldo que recibe de esas tutorías, dice que es proporcional y cubre sus necesidades actuales. “Mi sueldo lo invierto, es decir, además de mi actual empleo, un amigo-socio y yo tenemos una productora, la cual con nuestros sueldos la capitalizamos. Se compra equipo para generar más proyectos”.

Por otra parte, dice que en la región hay campo para ejercer todas las carreras profesionales. Pero para lo que no hay, es para egresados con mentalidad de fracaso. Le pregunté si creía que el tener un empleo se relacionaba con que alguien se sintiera o no un fracaso. “Bien, puedes tener el mejor empleo del mundo y aun así sentirte fracasado. El fracaso no está en un trabajo o en un sueldo. El fracaso está en la mente. Si tú piensas que saliendo de la universidad no encontrarás trabajo o que necesitas experiencia o que batallarás para acomodarte, ya fracasaste antes de intentarlo”.
Además, dice, que no ha sentido presión social después de egresado. Que, más bien, todo ha sido un deseo de autorrealización.


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