Clarence Penn & Penn Station: Vanguardia contra ignorancia.



NY Jazz All Stars, en Torreón.


Es extraño, pero el Teatro Nazas se llenó, no cabía nadie más. No fue una obra de teatro pop ni una conferencia de superación. Lo que se vio en su escenario el 11 de mayo fue un concierto de jazz con músicos neoyorkinos. Inaudito, de pronto el público lagunero es amante de esta música. Sí, yo tampoco lo entiendo y algunas ideas tengo después de asistir aquella noche. 

A partir de este año, Torreón fue incluida como una de las sedes del NY Jazz All Stars. Éste es una serie de conciertos que organiza una empresa llamada De quinta producciones, quienes en el 2013 hicieron un acuerdo con Jazz At Lincoln Center, el departamento de jazz del Lincoln Center for the Performing Arts, para traer al país a distintos músicos afincados en Nueva York y que además de demostrar lo que saben hacer, también lo explicaran a través de una clase maestra.

La serie de conciertos funcionó tan bien que pronto incluyeron otras ciudades, Puebla, Guadalajara, Cuernavaca y ahora Torreón. Después de dos conciertos que también tuvieron lleno total, tocó el turno de Clarence Penn and Penn Station, grupo integrado por Clarence Penn en la batería, Manuel Valera en el piano, Chad Lefkowitz-Brown en el saxofón y Yasushi Nakamura en el contrabajo.

Clarence Penn, quien, como todo músico de jazz, ha tocado de todo y con varias estrellas tanto en el jazz como en el pop, creó en el 2014 un proyecto personalísimo para tocar la música de Thelonius Monk. Es este ensamble el que trajo a la ciudad y presentó al público lagunero, quienes todavía están en proceso de ser educados cuando se enfrentan a un jazz cargado hacia el avant-garde.

Lo que el baterista ha buscado con su proyecto es, aunque suene extraño, deconstruir a Monk. Se vale de una constante revalorización de las melodías y los ritmos, aunque, a decir verdad, tampoco se aleja demasiado de la tradición monkeana. Tomemos una de las piezas que tocó esa noche, “Rhythm-a-Ning”, piedra fundamental del edificio llamado Monk. La melodía original es un bebop tan nervioso como los que componía Parker. En la versión de Penn, la melodía se corta, se alarga, cambia de tono, la batería se entromete. Lo mismo sucede en “Well You Needn’t”, en donde incluso la melodía original viaja de tonos mayores a menores sin ninguna complicación. Hacer lo anterior necesita de múltiples horas investigando, transcribiendo y comprendiendo en su totalidad la herencia de Monk.

Más de una vez Clarence Penn tomó el micrófono para explicar que el jazz es música para disfrutarse. Que ellos, en el escenario, se estaban divirtiendo y lo mismo pedían que hiciéramos nosotros como público.

Lo que deseaba era alejarse del típico cliché del jazzero serio y atormentado. Tal vez en muchos lugares todavía se piensa así de esta música. A lo mejor en Torreón el público está acostumbrado a esto. No lo sé, pero pude notar que una parte de quienes estaban en las butacas hicieron un esfuerzo inicial por entender esta deconstrucción y muchos terminaron vencidos. Al final, el proyecto de Penn es un intento por conjugar la cerebralidad con las vísceras, en otras palabras, quiere ser Monk pero actualizado. En este intento, perdió a una parte del teatro.

Para recuperarlo recurrió a uno de los standards más sobados de Monk: ‘Round Midnight. Aquí, el grupo dejó a un lado la experimentación y brotó de cada uno de ellos el huesero que todo músico lleva adentro. Nada extraordinario. Aunque musicalmente fue una gran caída, la pieza ayudó a recuperar al público. De ahí en adelante, la experimentación ya no cesó, así como el virtuosismo. Cada uno de los músicos tuvieron su momento bajo los reflectores; todos, como se espera de un músico neoyorquino de vanguardia, son excelentes.

El público, como siempre sucede en esta ciudad, se entregó hacia el final. Pero me pareció claro que la música rebasó la concentración a la que muchos pueden llegar. Pláticas por aquí y por allá, celulares encendidos y personas levantándose de sus lugares en todo momento. Ya lo sé, estábamos en un concierto de jazz y no frente a la Camerata de Coahuila o una orquesta sinfónica, pero todavía nos falta educación para entender este tipo de música instrumental.

Desde una perspectiva optimista, que estos conciertos abarroten un teatro es un gran avance, pero entonces aparece allá atrás, hasta el fondo de mi mente, una duda: ¿cuántos de los asistentes estaban ahí, no tanto por la música, sino por figurar en un concierto de jazz neoyorquino? ¿Hasta dónde la clase alta lagunera que pude observar desea en serio transformar su existencia diaria gracias al jazz y al arte en general? ¿Por qué noté cierto snobismo en ellos?

Es probable que mis dudas sean infundadas; además, pronto dejé de pensar en todo eso, porque es gracias a ellos mismos que estos músicos pisan esta ciudad, algo increíble, sí, pero no tanto.





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