Tlacahuapahualiztli: la educación en la cultura náhuatl

Por: Julio César Félix


La voz tlacahuapahualiztli, de tlaca “hombres” y huapahualiztli “crianza” o “educación”, nos refleja la conciencia de los nahuas (hablantes o pertenecientes del mundo azteca o náhuatl) sobre lo que actualmente llamaríamos “un arte de educar”. En todos los pueblos cultos, la educación es el medio por el cual se comunica o se trata de comunicar a los nuevos seres humanos la experiencia y herencia intelectual de las generaciones pasadas, con el fin de capacitarlos y formarlos en el plano personal e incorporarlos eficazmente a la vida de la comunidad. 

Entre los nahuas, especialmente en el imperio azteca, se atendía de preferencia el aspecto de la incorporación de los nuevos seres humanos a la vida y objetivos supremos del grupo. Debe destacarse el interés que demostraban los dirigentes en que este proceso se realizara lo más pronto posible. De ahí en adelante, este nuevo miembro activo de la comunidad desempeñará un papel esencial.
La primera educación dada a los niños consistía en inculcarles, de manera práctica y por vía de consejos, la idea de fortaleza y control de sí mismos. A estos infantes se les proporcionaba una reducida ración de alimentos para enseñarles a controlar su apetito. Esto lo podemos ver ilustrado en el Códice Mendocino, que también nos muestra los primeros quehaceres de tipo doméstico: el acarreo de agua o leña.

El padre de la familia juega el papel de educador en el hogar: no sólo cría a los hijos, atendiendo el aspecto meramente biológico; su misión principal está en enseñarlos y amonestarlos. Es el concepto de que el padre es el primero que amonesta y enseña a sus hijos a conocerse y a gobernarse a sí mismos. Aquí podríamos utilizar una metáfora aplicada también al tlamatini (sacerdote sabio): el padre pone delante a sus hijos un “gran espejo” para que aprendan a conocerse y a hacerse dueños de sí mismos. Se trata pues de dos principios fundamentales que guían la educación náhuatl impartida ya desde el hogar: el del autocontrol por medio de una serie de privaciones a que debe acostumbrarse el niño y lo que debe llegar a ser, inculcado a través de repetidas exhortaciones paternas.

Una segunda etapa en el proceso de la tlacahuapahualiztli se inauguraba con la entrada del pequeño a los centros de educación. De acuerdo con el Códice Mendocino, a los quince años ingresaban los jóvenes nahuas, ya sea al Telpochcalli, casa de jóvenes o al Calmécac, escuela de tipo superior en donde se educaban los nobles y los futuros sacerdotes. En desacuerdo con ese códice, parece que la educación puramente familiar cesaba mucho antes. Algunos padres llevaban a sus hijos al Calmécac desde el momento en que eran capaces de andar y en todo caso, los infantes ingresaban a la escuela entre los seis y nueve años (este dato lo hace notar Jacques Soustelle en La vie quotidiene dés Aztéques, p. 199). Pero los dos tipos de escuela no implicaban un criterio discriminatorio desde el punto de vista de lo que actualmente llamamos clases sociales. O sea que no precisamente por ser hijo de macehuales (gente del pueblo) el niño debía ingresar al Telpochcalli, o por descender de nobles al Calmécac.

Según el Códice Florentino el ingreso a uno u otro de los centros educativos dependía originalmente de la elección y consagración de los padres a la divinidad protectora del Telpochcalli o del Calmécac. El padre llevaba al niño al Calmécac para que llegara a ser sacerdote, o al Telpochcalli para que fuera un guerrero. La educación impartida en los Calmécac era superior ya que se fijaba más en el aspecto de la formación intelectual del estudiante. En este sentido puede afirmarse que estos centros educativos eran donde los tlamatinime (sabios) comunicaban lo más elevado de la cultura y el pensamiento náhuatl y por esta razón no es de extrañar que en ellos estuvieran los hijos de reyes, nobles y gente rica. Pero la gran mayoría de las personas, siguiendo tal vez una arraigada tradición, consagraba a sus hijos al Telpochcalli, de donde saldrían convertidos en guerreros.

El punto fundamental es que todos los niños y jóvenes nahuas, sin excepción, acudían a una u otra forma de escuela. La educación intelectual que daban en el Calmécac, aparte de ciertas reglas impuestas, consistía en enseñarles a los muchachos a hablar bien, saludar y dar reverencia. Aprendían todos los versos de cantos divinos, como también la astrología, las interpretaciones de los sueños y la cuenta de los años…

Estos puntos mencionados referentes a la enseñanza intelectual, tratan ante todo de la forma de hablar y de expresarse. Pensemos en la actualidad y el cómo son educados los niños de hoy, nuestros hijos o sobrinos. O sea que –insisto- la educación comenzaba en el plano intelectual. Hay una notable diferencia entre esta forma culta o “noble” de hablar y la ordinaria utilizada por el pueblo. Existían dos términos para designar estos distintos modos de expresión: macehuallatolli (forma de hablar del pueblo) y tepillatolli (lenguaje noble o cultivado).

El aspecto de la enseñanza de los cantos o cantares (cuícatl), especialmente de los cantos divinos (teocuícatl), contribuía a infundir a los momachtique (estudiantes) en las doctrinas religiosas y filosóficas nahuas que se expresaban siempre por el camino de la poesía: flor y canto (xóchitl in cuícatl). En los cantares se encerraba lo más elevado del pensamiento de los tlamatinime, y junto con ellos, los momachtique eran instruidos en las artes de la cronología y la astrología adiestrándolos en el conocimiento y manejo de su sistema cronológico-astronómico, eran familiarizados con la rigidez del pensamiento matemático. Y a esta doble formación del pensar se añadía la enseñanza de la historia contenida en sus xiuhámatl (libros o códices de años), en los que se anotaba fechas, hechos y circunstancias mediante pinturas y signos numéricos.

Es necesario hacer notar el hecho de que la enseñanza de los acontecimientos pasados contenidos en los xiuhámatl, formaban parte de la educación intelectual de los nahuas. En esta forma es como los tlamatinime cumplían su misión de ixtlamachiliztli (hacer sabios los rostros ajenos o sabiduría que se transmite a los rostros ajenos).

La rigidez del Calmécac se dirigía precisamente a vigorizar el aspecto dinámico de la personalidad en dos ámbitos fundamentales: 1. dando sabiduría a los rostros y 2. dando firmeza a los corazones.
El tlacahuapahualiztli se impone a toda distinción social: se fija en lo más elevado del hombre, su persona: su corazón bueno, humano y firme (in qualli yiollo, in tlapaccahioviani, in iollótetl) y al traducirse, tenía a Dios en su corazón (tutl yiollo) convirtiéndose en sabio en las cosas divinas (in tlateumatini). Éste era el supremo ideal humano al que se dirigía la enseñanza de los hombres en el mundo náhuatl.

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