Menos que un perro (o cómo echar a perder una vida en papel)


CHARLES MINGUS tenía algo así como 37 años y no podía dormir. Tres semanas sin pegar el ojo y con eso había comenzado a enloquecer. Nada parecía tranquilizarlo, así que decidió encaminarse al hospital Bellevue para internarse en psiquiatría voluntariamente.

Pero adentro del hospital tampoco podía dormir, los gritos y los ronquidos y el llanto de los demás enfermos lo mantuvieron despierto todas las noches. Además, él estaba acostumbrado a descansar por las mañanas y las enfermeras aparecían a cada rato para molestarlo. Mingus comenzó a perder la poca cordura que le quedaba. Pero cuando recibe la amenaza de una lobotomía decide hablarle a un amigo y escapar de ese infierno.

Unos años después, a principios de los sesentas, Mingus grabó una pieza llamada Lock 'Em Up (Hellview of Bellevue), inspirada en los terribles días en aquel hospital.

Toda esta historia, si decidimos creerla, está narrada en las memorias de Charles Mingus: Menos que un perro, o en su título original en inglés e intraducible de forma correcta: Beneath the Underdog.
Escritas ocho años antes de su muerte, las memorias de Mingus hablan sobre su niñez y adolescencia. El racismo y la música. Algunos momentos de su vida adulta y, sobre todo, su vida sexual. Una exuberante, desbordada y por completo inverosímil vida sexual.

Y aquí es donde aparece una pregunta sin respuesta exacta, ¿cómo es posible que el creador de grandes obras de arte como son: Blues and Roots, Charles Mingus Presents Charles Mingus, Mingus Ah Um, The Black Saint and the Sinner Lady, Mingus at Carnegie Hall, termine produciendo un libro de memorias defectuoso, incluso hasta cierto punto, algo estúpido.

Nada tiene que hacer frente a las autobiografías de tantos otros músicos. No digamos las escritas en los últimos 15 o 20 años, sino incluso aquellas que fueron publicadas más o menos en la misma época que Menos que un perro.

En este volumen, Mingus intenta desdoblarse y narrar todo desde una supuesta voz que controla la vida y el cuerpo del músico. Utilizando un recurso fallido, aunque sin olvidar nunca que estamos ante un músico que no utiliza la pluma como instrumento, se adentra a la adolescencia calenturienta y poco después en una juventud de excesos y heroicas noches con decenas de mujeres al mismo tiempo. Parecería que Mingus quería convencernos de que su voluminosidad y los abusos de alcohol y drogas legales no eran un impedimento para llevarse a la cama a toda mujer que se le cruzara en el camino.
Las memorias se desvían hacia un drama telenovelesco que sostiene con dos mujeres con quienes comparte la vida doméstica. Además de las escenas sexuales típicas de cualquier fantasía, Mingus nos dice que fue proxeneta de aquellas mujeres y que, en el fondo, se sentía miserable por explotarlas.

Las revelaciones técnicas, las anécdotas con otros músicos casi no aparecen. Durante páginas y páginas el autor nos aburre con una serie de proezas en la cama junto a episodios lacrimosos. El problema de lo anterior es que ese fragmento parece interminable, hasta que entra al hospital de Bellevue, hacia la tercera parte del libro. Entonces brotan las anécdotas, las peleas con otros músicos, los juicios sobre las interpretaciones de otros, las complicaciones de componer y crear. Lo que espera cualquier lector desde el principio.

Cierta ventaja tiene el libro. Entendemos las inseguridades de Mingus y las razones de su complicado carácter. Podemos leer sus reflexiones sobre la vida y el cosmos, aunque tal vez no parecen tan interesantes como cuando explica las relaciones que existían entre los grandes músicos.
Por otro lado, Mingus utiliza un recurso narrativo que parece innovador, pero no es nada del otro mundo: narrar exclusivamente a base de diálogos.

Algo que puede ser utilizado en un cuento o en ciertos fragmentos de una novela termina convirtiéndose en un elemento que enloda la lectura. De plano, hay momentos en que los personajes terminan confundiéndose ya que tampoco se dedica a definir a cada uno de ellos a través de los diálogos. De hecho, mientras avanza uno a trompicones en la lectura, se pregunta por qué los editores dejaron el texto de esa manera. ¿Será que no deseaban enfrentar a una leyenda de la música? ¿Acaso pensaron que la biografía se vendería sin problema incluso aunque no fuera lo suficientemente buena?
En fin, tal vez toda esta crítica sea culpa de la traducción y no tanto del autor. Aunque, buscando en la red, me fue fácil encontrar opiniones similares en inglés de otros lectores. Eso sí, la castellanización que nos enjaretan las editoriales españolas a veces es insoportable.

Lo mejor, me parece, es acercarse a esta biografía sin demasiadas expectativas. No dejarse deslumbrar por la obra del músico y leer al autor con más curiosidad que ansias literarias.



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