La nostalgia del polvo: torreonenses en la Ciudad de México

Por: Chantal Aguilar


Somos muchas personas las que hemos dejado la Laguna para vivir en la capital. Al colocarnos en la situación de migrantes, hemos tenido distintas experiencias que nos han hecho reflexionar en torno a nuestra condición y a nuestra propia identidad. En lo particular me interesa el tema de la migración porque la he vivido en carne propia, pues desde hace nueve años dejé la Laguna con el objetivo de estudiar la licenciatura en Literatura, carrera que no existía (y sigue sin existir) en Torreón. Es verdad que no tenía que irme tan lejos, pude estudiar en Monterrey. Sin embargo, la realidad es que en general todo lo referente en cuanto a educación, movimientos y distribución del arte, se encuentra sumamente centralizado en la capital. El hecho de que una ciudad no cuente con la oferta educativa o laboral que su población demanda, es alarmante. Somos un país centralista, y eso está teniendo constantes repercusiones no sólo en las producciones artísticas, sino en diversas esferas y áreas profesionales, afectando por lo tanto, los mercados y la economía de las provincias. Sin duda se trata de una problemática importante de carácter político y social. 


EL PROCESO DE MIGRACIÓN

DESILUSIÓN FRENTE A LA REALIDAD LAGUNERA

En la ciudad de Torreón, Coahuila, existen alrededor de cuarenta universidades contando tanto las públicas como las privadas , pero ninguna de ellas cuenta con las licenciaturas en Literatura, Actuación o Ingeniería en Alimentos, por mencionar algunas de las que las personas aquí entrevistadas decidieron estudiar. Un ejemplo es Lucila Navarrete, de treinta y cinco años, quien cursa actualmente el doctorado en “Estudios Latinoamericanos” en la UNAM, y ha sido profesora en distintas universidades. Tiene nueve años viviendo en la Ciudad de México y llegó, al igual que muchos otros, con la idea de poder desarrollarse artísticamente:

No estaba en mis planes venirme al D.F. Yo quería ser escritora, artista. Claro que hay toda una comunidad fuerte e identificable de escritores en la Laguna, pero mi acercamiento nunca fue del todo cabal. Tratando de compensar alguna de las posibilidades que no te ofrece la Comarca Lagunera en cuestión de formación, metí papeles para una beca de jóvenes escritores, pero parte de la obligatoriedad de la beca era vivir aquí. […] No tengo ya muchos amigos en Torreón, la mayoría se han ido debido a la poca oferta laboral. En el caso concreto de una amiga, la realidad es que no conseguía trabajo, y donde conseguía, le pagaban una mierda. Luego está también el caso de un amigo que es periodista y sólo yéndose de Torreón podría al menos comer con mayor dignidad. 

Las personas jóvenes que decidimos irnos, nos hemos envuelto en una realidad migratoria que en ocasiones refleja la frustración de tomar esta decisión no siempre por gusto, sino por necesidad. Ése es el caso de Mariana Aguilar, quien luego de terminar sus estudios en Ingeniería en alimentos en Cholula, Puebla, buscó ingresar en varias ocasiones a empresas en La Laguna sin tener suerte:

Cuando salí de la universidad estuve buscando trabajo como loca en varios lados alrededor de siete meses. Ya había venido antes al D.F y sabía que no era uno de mis lugares favoritos, pero fue aquí donde encontré trabajo. Mis amigas que están en Torreón batallaron también para conseguir. Una estudió recursos humanos, otra ingeniería industrial, otra diseño y se vino para acá, y la otra estudió educación, pero se fue a vivir a Los Cabos. Sólo tres de mis amigas trabajan allá, es fuerte porque ¿qué tal que sí te quieres quedar allá o que tu plan es regresar en algún momento?


¿A DÓNDE VINE A DAR?

Debido a lo antes mencionado, al principio experimentamos una especie de fascinación al pensar que no sólo tendremos una mayor oferta educativa y laboral, sino cultural. La mayoría de las personas entrevistadas coincidieron en que lo que más les gusta de vivir aquí, es la gran cantidad de establecimientos: teatros tanto institucionales como independientes, la cineteca, museos, librerías, espectáculos, restaurantes de distintos tipos, etc. Se trata de una sensación de asombro y emoción, una gama amplia de variedades para cualquier interés. Mauricio González de veintiséis años, egresado en Matemáticas aplicadas, reflexiona acerca de la diversidad en torno a los espacios urbanos:

Hay ambientes de todo y para todos, todos caben. En Torreón o incluso en algunas otras ciudades grandes del norte como Monterrey, queda muy claro que hay zonas a donde no entra todo mundo. De pronto alguien no pertenece, lo ven feo, se meten con él. Siento que aquí en general, cualquiera puede ir a cualquier lugar y a la gente no le importa tanto. 

Pero no se dejen engañar, la imagen paradisíaca tarde o temprano (generalmente más temprano que tarde) se ve derrumbada por un sinfín de dificultades a las que nos enfrentamos. Una de las primeras problemáticas al llegar, es la búsqueda de vivienda, tarea nada sencilla, pues considerando la alta población, es complicado conseguir un departamento dado que muchos otros se encuentran en la misma búsqueda. Además, los pasos burocráticos y administrativos son complejos, en muchas ocasiones el trato se hace a través de inmobiliarias. Quienes tienen la fortuna de hacer trato directo con los dueños de los departamentos (porque se trata en verdad de una suerte que cada vez es menos probable), tienen que conseguir de cualquier forma un aval que respalde económicamente el contrato de arrendamiento, lo cual para muchos es complicado al no contar con conocidos o familiares dispuestos a tomar dicha responsabilidad. Juan Pablo Alemán, de veintinueve años, es abogado especializado en derechos humanos, y trabaja en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Él cuenta que su tránsito a la ciudad no fue nada sencillo en un inicio:

No sabía lo difícil que era conseguir un departamento, no sabía que pedían fiador y que casi tienes que jurarles que no les vas a robar o que no dejarás de pagar la renta. Llegué pensando que encontraría rápido un lugar dónde vivir y no fue así. 

Otra dificultad es el modo de desplazarse y la hostilidad que se experimenta frente a las multitudes y el transporte público, el cual se encuentra cada vez más saturado. Así, tanto las distancias, como el tiempo transcurrido son enormes provocando angustia, y en muchas ocasiones, la incapacidad de poder adaptarse del todo a este hecho:

Con el paso del tiempo te vas acostumbrando a la vida aquí, pero en el fondo sabes que nunca vas a estar tan acostumbrado como los de aquí, y eso me genera una gran frustración. ¡Ya, por favor! ¡No puede ser que el transporte público esté siempre lleno! Cuando llegué, todos mis compañeros originarios del D.F me decían: “Así es, así ha sido siempre, y así va a seguir siendo”. Sí te acostumbras, pero no se te olvida que es horrible, y es muy desesperante que te digan: “El que está mal eres tú”, cuando ves gente colgada de las ventanas del metro. (Mauricio González)

La socialización es otro de los problemas. Al habitar una ciudad culturalmente distinta, los códigos sociales y las formas de relación cambian. Varios de los entrevistados mencionan haber experimentado confusión en un inicio. Existe una sensación general de que es difícil entrar en contacto con las personas de la capital al ser “menos transparentes y menos directas que las del norte”, debido tal vez a la misma complejidad de la ciudad y al hecho de que “han estado expuestos a más ambientes, más gente y más situaciones hostiles”. Esto desde luego, sumado al hecho de las largas distancias que se necesita recorrer, por lo que es más complicado establecer contacto con alguien; y por lo mismo, más difícil de conservar una relación.

Así que frente a estas adversidades, pronto nos llega una nostalgia por la familia, los amigos, los paisajes y las prácticas familiares como la carne asada, sin mencionar las deliciosas gorditas, las tortillas de harina, etc. Uno de los aspectos que más se extraña es la facilidad que otorga lo “conocido” en cuanto a circunstancias prácticas: saber con quién ir si estás enfermo, saber dónde mandar a arreglar alguna descompostura, saber dónde hacer el súper, y sobre todo, saber cuánto tiempo se hará para llegar a cualquier destino. Toda esa información causa tranquilidad y seguridad, generando una imagen reconfortante de la laguna. Enserio, llegamos a veces al punto de idealizar, incluso los terregales y las temperaturas infames pueden ser motivo de pláticas y suspiros.


A DONDE FUERES, HAZ LO QUE VIERES

Como cualquier proceso migratorio, es necesario incorporar ciertos elementos para “sobrevivir”, el más mencionado es el ritmo acelerado de vida que llevan ahora, a comparación de cuando vivían en Torreón. Una especie de prisa constante, que te empuja a querer caminar siempre más y más rápido, y hacer muchas más cosas. Por otra parte, está la sensación de diversificación: el aprender a adaptarte desde otras maneras de ser, otras formas de vestir, otras costumbres, e incluso adoptar otro tipo de palabras; lo cual permite una reflexión sobre la identidad que engloba en cierta medida  las prácticas y concepciones de uno mismo:

Vivir fuera de Torreón, y sobretodo vivir en una ciudad tan compleja como el D.F, te hace ver las cosas distintas, y entonces regresas y analizas, te cambia la percepción. Por ejemplo, en Torreón era mucho más descuidado con el tiempo, aquí he aprendido a ser puntual, primero porque si no lo eres, no hay forma de hacer planes en esta ciudad, y también porque no serlo deja una pésima impresión. (Juan Pablo) 

Se reproduce también un sentimiento de alienación e individualismo propio de las ciudades grandes. Tanto el ritmo de vida como la misma hostilidad sufrida por las multitudes, genera actos de violencia y agresión:

Está mal, pero creo que lo que más he adoptado de aquí es la indiferencia hacia las personas. Antes me sorprendía mucho de ciertas cosas como de ver a tantos vagabundos en la calle o gente pidiendo dinero. Me ponía mal ver eso al final del día. Sé que no es excusa, pero alguna vez intenté darle dinero a un señor y se puso tan violento que me asusté muchísimo. Terminé llorando, y desde entonces me alejo, incluso cuando me preguntan algo, prefiero irme. (Mariana Aguilar)

Pero no todo es tan malo. Varias personas entrevistadas mencionan también la incorporación de prácticas enriquecedoras que antes no formaban parte de su cotidianidad, como caminar.  Ir al centro y observar los edificios, entrar a lugares a curiosear, o salir a leer a algún parque, son actividades que por lo general no se acostumbran en la Laguna puesto que no existen las condiciones para ello (pensemos en el clima infernal de cualquier típico verano). Dadas las dimensiones, como la historia que se esconde detrás de la ciudad, caminar en el D.F no sólo es una necesidad, sino un placer:

Emerge esta adrenalina por querer conocer todo, abarcarlo todo y saber que nunca lo vas a lograr. La forma en cómo está conformada la ciudad cultural, socialmente y geográficamente, y cómo se fue extendiendo, nos hace darnos cuenta que hay rincones que nunca vamos a conocer. Me gusta pensar que es una ciudad inabarcable, y aun así recorrerla. Me gusta esta forma de vivir de barrio, que de alguna manera puede reproducir ciertas prácticas de ciudad pequeña: poder salir al cafecito, poder caminar, poder hacer tuyos los espacios. (Lucila Navarrete)


¿COMUNIDAD O COINCIDENCIA?

Empecé afirmando que somos muchos los laguneros que vivimos en la Ciudad de México, lo he notado con mayor frecuencia con el paso del tiempo. Escucho de conocidos que han llegado por trabajo a acá, y observo cómo el grupo de Facebook “Laguneros en el D.F” ha incrementado. Hace poco me sucedió que estando en un parque, un niño al escuchar mi acento me preguntó de dónde era, y cuando le dije que de Coahuila, inmediatamente me preguntó si era de Torreón. Me sorprendí muchísimo y le respondí que sí, no sin antes preguntarle cómo era que conocía de Torreón (tal vez tenía familiares, o lo habría escuchado algo en la televisión), a lo que me contesto que justo por ese parque vivían muchas chicas “que hablaban como yo y dicen que son de por allá”. Así que insisto:
somos muchos, muchísimos, pero ¿existe alguna especie de comunidad o red entre nosotros? ¿Nos ubicamos o nos buscamos en caso de necesitar apoyo? La mayoría de a quienes entrevisté dijeron que sí conocían a varias personas de la Laguna que viven aquí, y que además los ven seguido, por lo que existe además un proceso de identificación. Erik Gutiérrez de veintisiete años, radica en la Ciudad de México desde hace aproximadamente cinco años y estudia actuación en el CUT (Centro Cultural Universitario de Teatro):

Hay mucha gente de la Laguna que vive aquí y muchísimos que conozco, podría decir que hay un círculo social de gente exclusivo de la Laguna con el que convivo muy cercanamente. Siempre es necesario entenderte con alguien que te conoce no sólo por lo que puedas platicar, sino por el hecho de haber compartido cosas similares. Es a partir de la identidad que uno puede establecer esta relación más allá de lo amistoso. Uno sabe de otro lagunero muchas más cosas de las que creería.


¿VOLVER O NO VOLVER? ÉSE ES EL DILEMA

Jóvenes mencionaron que debido a las carreras que escogieron, aun cuando sí hay un deseo de regresar, les sería complicado encontrar trabajo en su área profesional. Así pues, ese deseo se vuelca a un plan muy a futuro, ya teniendo tal vez los recursos suficientes como para buscar a algún socio y desarrollar una empresa propia. Otras personas mencionaron la idea esperanzadora de poder regresar para poder vivir una etapa familiar parecida a la que vivieron en su infancia, pues consideran que la ciudad de México, al ser una ciudad tan grande, “no sería la más idónea para tener hijos”. Sin embargo, a pesar de que vinimos buscando diversas cosas que no encontrábamos en la Comarca, la mayoría sentimos una necesidad de volver. Si bien “no para siempre”, sí por un tiempo determinado con el fin de utilizar los aprendizajes y conocimientos tanto profesionales como personales que hemos adquirido, para usarlos en provecho de nuestra sociedad.  Esta idea de retribución, refiere a una conciencia política y social que hemos desarrollado muy probablemente por la misma migración:

Sí quiero regresar a La Laguna porque me interesa mucho la oferta cultural actual; creo que es una de las cosas que ha cambiado desde que me fui, y siento una gran necesidad de contribuir. A pesar de que siempre podría quejarme de que cuando yo estaba allá no hubo el tipo de oportunidades que hay ahora, me gustaría regresar y hacer que algo de mí se quede allá; pero no me imagino ya viviendo en Torreón. (Erik Gutiérrez) 

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