Voces del pueblo: cómo cantan las plazas laguneras

Desde Francisco I. Madero (antes Chávez) surgen de un taller de deshuesadoras de coches tres tipos agradables que empiezan a tocar música del pueblo: corridos, polcas y rancheras; Los Tornachiles de la Laguna (tercerola, acordeón, redova y tarola) empezaron en los camiones de pasajeros Torreón-San Pedro, con un repertorio muy regional y surtido de canciones de El Piporro, Antonio Aguilar, Los Corraleros del Majahual, Los dos reales, Cuco Sánchez, etc. Sus participaciones los llevaron a ser muy solicitados por la gente que gustaba este estilo. Estos señores de sombrero, chaleco y botas picudas, daban rienda suelta a sus dotes, bailaban y hacían bailar a la concurrencia, eran mímicos y declamaban parte de las canciones. Es muy difícil que hoy en día se presente un espectáculo parecido, además, no cobraban, decían. “Señores, gente amable que nos aplaude, gracias por ser felices, gracias por bailar, nosotros lo hacemos para que ustedes sean felices y alegres” y la gente bailaba en la Plaza principal de Chávez, luego se trasladaban a Matamoros, a Bermejillo, a Tlahualilo, a Mapimí y se iban de gira hasta Rodeo. Llegaron a presentarse al programa que se transmitía desde el Cerro de las Noas por el Canal 2, Aficionados Norteños, este programa daba a conocer a cantantes aficionados de toda la Comarca para hacer valer su talento y lanzarlos con alguna disquera interesada. Los Tornachiles después llegaron al canal 4 grabando programas en vivo y su carrera siguió sin rumbo fijo.


TALENTO PÚBLICO TORREONENSE

En Torreón hubo varios intérpretes de plazas. En la Plaza Madero (Av. Zacatecas y calle Juan E. García) se hacían tertulias, bailes y concursos de cantantes que organizaba un comité de cultura llamado “Voz y pueblo”; llegaron muchísimas voces que querían ser escuchadas, ese es el lema decía el organizador, Pablo Pacheco, que era dueño de un súper mariachi de Torreón ( Los Madrugadores ); empezaban todos los sábados en punto de las 2 de la tarde y terminaban a las 9 de la noche; mucha raza en lista de espera se amontonaba para apuntarse para el próximo evento porque siempre estaba lleno. Me cuentan que un día llegó Alberto Vázquez y se aventó unas rolas rompiendo en llantos y ronquidos a la audiencia, los sábados siguieron y la gente seguía apuntándose para tener lugar -esto es Voz y Pueblo- decía Pacheco con su generosa y aguardentosa voz. El programa tuvo muchísimo éxito, pues otros movimientos de Plazas llegaron allí para seguir en la ruta del canto y hacer masivo este llamado, esta forma de comunicación, entretenimiento y sano deporte cultural musical. Hay que ser arriesgado decían los organizadores de estas comunidades culturales, hay que entrarle a la bailada y a la cantada.

Los días largos y las noches cortas sobre todo en los veranos donde las Plazas estaban repletas de gente de todos los ejidos, ranchos y pueblos para aplaudir a sus cantantes preferidos con globos, aguas frescas de horchata y una botella de sotol curado.

La Plaza de Armas es escenario principal y cuna de cantantes que llegaron lejos: Dany Coral, Fito Venegas, Lila Ponce, Joan II, el Queretano, y un montón que quiso llegar a los centros nocturnos que en esos tiempos rifaban, como New Otani, Candilejas, Lambs, Apollo Palacio y el Greco; todas esta personalidades hicieron tiempos y magia en esos lugares que eran de caché.

La Plaza de Armas hizo movimientos musicales desde los 70s, contando con equipo conseguido por miembros de esos movimientos culturales. Empezaba la cantada desde las 4 de la tarde hasta las 10 de la noche en sábados. Había quienes peleaban su participación y por no tener lugar se hacía la discusión o el pleito a machete o navaja; la raza era mañosa y venía de lugares donde la palabra valía más que nada.

A veces hubo broncas, como aquélla que me contaron de un tal Don Adrián, que llegó a cantar tomado de sotol y se le dejó ir con todo y navaja en mano a una racilla que se burló de él; por la tomadera perdió el tino y terminó nadando en una fuente llena de agua fermentada con caca de paloma.
La Plaza de Armas seguía en sus sábados de canturreo. A veces llegaban alguna estaciones de radio para transmitir, como Radio Ranchito, que era muy allegada a estas fiestas sabatinas, y regalaban playeras, gorras y mochilas con el logo de la estación.

Hubo otros cantantes que mejor se dieron a la fuga a la zona de tolerancia para seguir probando suerte; otros ya tenían contratos en cantinas, bares, y centros nocturnos. Por ejemplo el fallecido Fito Venegas, mejor conocido como Fito Amor, que al grito de “la vida de la noche nunca muere” armaba su show en varios bares.

Ya entrada la década de los 80’s, a los sábados de cantantes le siguieron los bailes dominicales que hoy tanto conocemos. La Plaza de Armas sigue en pie de los encuentros musicales y el rescate de las voces del pueblo.

En la Alameda Zaragoza, que en los 60’s fue la primera sede de la Feria del Algodón y la Uva, ya es tradición que los domingos compartan espacio y tiempo dos escenarios musicales: uno junto al “quiosco” central (estructura que principalmente es expendio de paletas heladas y fritangas) y otro frente a la fuente del pensador. Ambos colocan su cuadrilátero amplio de sillas y en el centro comienza la cantada. Se turnan el micrófono los conocidos miembros de cada grupo y luego lo ceden a quien se anime del público. La gente va bien vestida, con sus camisas satinadas y sus vestidos; otros nomás andan de paseo y por ahí se acomodan a escuchar en una silla. Algunos se animan a bailar las cumbias, las movidas de El Buki, el tao-tao y otras más conocidas. En el grupo del quiosco parecen más bailadores; en el de la fuente, más románticos. Los dos traen su buen repertorio, su buen show, y las parejas de espectadores invierten sus tardes domingueras en aplaudir y pedirles más canciones a los artistas, conocidos para ellos. Pasan los botes para la coperacha, le piden a “El semillero” que también baile y el señor ya no suelta la pista.


LOS CANTOS GOMEZPALATINOS

Gómez Palacio fue y es también hervidero de cantantes de bares y calles. La vía pública siempre ha sido una inspiración para el transeúnte, para el enamorado de esquina, para el borracho y para el vagabundo; así pues se demuestra con orgullo quién sabe cantar y quien además hasta las compone.
Mis padres me contaban de un mentado Julio Cajitas, que cantaba y tocaba con una cajita de madera que en su niñez le había regalado su abuelo. Julio anduvo de feria en feria, de región en región, de camión en camión; subía y bajaba cantando para llevar de comer a su casa. Me cuentan que se volvió loco de tanto cantar, que nunca llegó a ser reconocido, que nunca cantó en una estación; sólo nos queda el verso de su voz perdida en la nada.

En los parques de Gómez se escuchan voces del ayer, voces que pedían para su caldito de res, como dice el buen Raulito, que sigue pidiéndolo por la calle Victoria.

En el Parque Morelos se realizan varios concursos de canto desde hace tiempo, dándole oportunidades a la gente que le gusta cantar; algunas personas participan en festivales como el del día de la juventud, donde concursa un mundo de chavos que poseen feeling en cuanto a voz e interpretación; de ahí han surgido grupos y cantantes que se vana  trabajar al Distrito Federal, Monterrey y Guadalajara. El Parque Morelos también ha participado en festivales de la canción libre, donde se interpreta música de trova y regional. Uno de los grupos más representativos de la región que se han presentado en este parque es Los Cardencheros de Sapioriz, antes de que su reciente y súbita fama los alcanzara; otros llegan de lejos como Armando Palomas, y muchos más que hacen su aparición fantasmalmente. El Parque sigue ahí, no se mueve, sólo espera que lleguen a cantarle para seguir con vida.

La Plaza de Santa Rosa de Lima es un lugar alejado de la ciudad, de las mejores ferias que he visto, con un toque muy pueblerino y con espectáculos de buen nivel; buenos magos, cantantes con micrófonos rosas que portan tul morado y turbante; la imitación de Raffaella Carrà; después una Miss Rousse, vestida de blanco ostión con tacones dorados, interpretando a Yuri. La placita se sumergía en esa energía y sus intérpretes lo hacían con todo el corazón. Había de las mejores fritangas y cenadurías de la región.

En la Plaza Principal de Gómez Palacio se reúnen cantantes de La Esmeralda, Pastor Rouiax, El Vergel, Transporte y toda la herradura de pueblos y ejidos de esos caminos. Gente que sabe cantar, que no es conocida y lo hace bien, sin pretender nada más que dar grito y sentido a su soledades, alegrías, amor a la tierra, amor a los animales y mujeres que se quedaron en el camino. Así se canta en las plazas, con enjundia, decía Don Natividad, un señor de más de 70 años que ha trabajado la tierra con sus manos y cuenta que cantaba desde niño en su arado de madera, le cantaba a su burra Rita. La cantada en la Plaza Principal era sólo los domingos, pero ahora la realizan cualquier día de la semana pues hay sacar lo del permiso. Los cantantes llegan, se forman y se toma una lista para que todo salga bien; se rentan o se consiguen bocinas y amplificador, 3 micrófonos con pedestal y listo. Ahí he visto cantantes que dejan la voz en las hojas de los árboles.


Y TAMBIÉN EN LERDO

En el conocido Parque Victoria desde hace mucho se realizan varios festivales donde participan cantantes de todo género: cumbia, reggae, salsa, norteño, rock y trova. De ahí han surgido varios de renombre. Ahí un señor me dijo que recordaba cómo en los 60’s cantaba ahí una pareja que tenía una farmacia a las orillas de Lerdo y luego brincaron a la fama nacional: los conocidos “Toño y Lupe”, que dicen llegaron a grabar varios discos con el sello Peerless y hasta a andar de gira por Latinoamérica con José Alfredo Jiménez..

A la Plazuela de Lerdo, que está entre el Parque Victoria y la Plaza Principal, le llaman el jardín del arte. Es un santuario de lo artístico con exposiciones de pintura y fotografía. Ahí también se abre un foro para cantantes de calles y plazas. Han desfilado grandes de cantinas, como Poncho Villagómez, que llegó desde Rodeo, Durango para deleitarnos con corridos y canciones rancheras, de las buenas de  Los Cadetes de Nuevo León, Los Relámpagos de Norte, Ramón Ayala, Los Rancheritos del Topo Chico, Mundo Miranda, y un total de agrupaciones que están en el recuerdo del norte. La Plazuela de Lerdo ha sido reconocida por dar participación a la población civil para que demuestren sus habilidades artísticas. La señora Mary y su equipo de trabajo han sabido ayudar y difundir a la gente que hace arte en general; a los magos, payasos, pintores, fotógrafos, pintores, y cantantes ambulantes de plazas, autobuses, cantinas y calles, a esos cantantes que van de feria en feria; el famoso Chicho Melcocha de la inolvidable Carpa de Circo Meraz, por ejemplo.

La Plazuela de Lerdo es dominical. Desde las 9 de la mañana y hasta las 3 de la tarde la habita el espectáculo: el rock comandado por Bony y su banda Nagual, la voz de Vicko “el terror de las azoteas”, Morris el Prieto, Don Anchondo el de Velardeña, y después llega la Vicky, una norteña que canta todas las de Chayito Valdez. La Plazuela es una buena idea para pasar una mañana de canciones variadas desde la balada romántica hasta el rock. Ahí también se dan a la tarea de lanzar artistas a la fama lagunera, a ser contratados en algún lugar o alguna fiesta particular, pues la mayoría de artistas o cantantes llevan consigo tarjetas de presentación para dar a la audiencia y así tener oportunidad de ser contratados.


MÁS QUE SUFICIENTE

Hoy hay un enorme desempleo musical, no hay tantos músicos ni cantantes activos; han sido desplazados por los organistas con karaoke y voz, estos impostores y acaparadores de bares y antros que han desplazado a cientos de grupos musicales y cantantes; ahora sólo reinan ellos, y como son dos se dan el lujo de cobrar más barato que una banda de 4 o más músicos.

Pero las voces del pueblo siguen un rumbo desconocido ellas sólo quieren cantar, no quieren ser importantes ni reconocidas. Todas esas voces y esos cantantes que van y vienen por la vida han dado luz y brillo a lugares, a corazones de bancas desvalidos, a novios que viven en las madrugadas de desvelo, a todo enamorado primerizo.

Un día me contó Óscar de Velar, quien tocara la guitarra con mi tío Alfonso en el trío Develar: “mira, hijo, todos los músicos estamos locos, todos; pero no a todos los músicos se les dio el don de tocar bien y de ser buenos ejecutantes. Hay un montón en donde sea, pero no todos saben tocar, si tienes la fortuna de ser buen músico entonces hazte valer y cobra bien”. Yo contemplaba su forma de tocar la guitarra, porque no todos tocaban así de extraordinario.

Las plazas y jardines y autobuses se llevan las voces de un pueblo que duerme despierto ante el asombro de las notas musicales que no se dejan agarrar, hay talentos que dejan sus nombres en las ramas, les digo, en las banquetas y en los foros; hay talentos sin descubrir que surcan sus nombres en los cielos de esta tierra de desierto prometedor, tal vez esperando ser llamados por algún programa de talentos o de índole gubernamental; tal vez están en la eterna espera de la fama, o tal vez el corro tumultuoso que les vitorea y aplaude cada fin de semana les es más que suficiente.


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