Rosa María Bracho: ícono y precursora de la danza en La Laguna



Hacía más de 20 años yo había estado en ese mismo lugar, llevaba otra vestimenta y otro modo, usaba un tutú rosa confeccionado por mi madre. El mural de Jesús acariciando la cabeza de un niño rubio en brazos de una mujer de rasgos mestizos, seguía ahí, pero la casona de la Maestra Rosa María Bracho era distinta. El zaguán donde me paré por primera vez de puntas (en unas Miguelito compradas en la Zar Zar) era más estrecho de lo que lo recordaba. Quedaban algunas plantas de las tantas que le daban su toque cálido y enigmático a la Academia de Danza Jardín, que estuvo en esa casona por más de 50 años.

De niña, siempre me paseaba por los pasillos asomándome por las rendijas de las puertas cerradas, tenía un firme deseo que confirmar la magia que sabía que existía del otro lado. Tardé más de dos décadas en cruzar los umbrales de las puertas, y me di cuenta que todo era más grande y laberíntico de lo que siempre había imaginado; pensé que a los seis años tal vez me hubiera perdido ahí para siempre. También me percaté que lo que buscaba detrás de los cerrojos ya no estaba ahí, sabía que se había mudado junto con la protagonista, lejos de la Colón.

Entré a las más de 15 habitaciones de la casa colorada; cada una vertía notas con momentos que se habían quedado guardados, quedaban algunos distinguidos muebles: una mesa con incrustaciones de talavera, un comedor de madera ancha y maciza, algunos cuadros. Había varios candelabros ya desinstalados, pero estaba uno del que no me acordaba y al verlo de inmediato viajé y la nitidez de la atmósfera de finales de los 80’s llegó tácita, escuché incluso el murmullo que acompañaba de fondo a la música que nunca paraba. Es un candelabro enorme y oscuro, que hacía las veces de tocado cuando ensayábamos en el zaguán. Pensé que esa casona de paredes anchas, puertas de madera, vidrios soplados de colores originales, y una fachada roja impecable con ornamentos en blanco, debía ser histórica. Alguien me dijo que un museo quedaría muy bien. Un museo de danza en La Laguna, soñé.
Una doctora nos informó que la Maestra Rosa María Bracho ya no vivía ahí, y nos explicó a grandes rasgos dónde quedaba su casa en la colonia Jacarandas.

Luego de muchas vueltas, toqué en una casa y un señor playero me dijo que al lado vivía una doctora, y a unas casas su hermana, que parecía ser maestra.

Busqué una moneda y toqué una puerta, no era su casa; toqué el portón de enseguida, y ahí estaba ella, portando un aura impecable, un fino porte y la elegancia de una bailarina que se desliza en sus mejores años. Se presentó mientras caminaba. Por un momento creí que ya me estaba esperando.
Le expliqué un poco lo que hacía ahí, aunque no me reconoció de inmediato, después supo con exactitud quién había sido yo. Su amabilidad instantánea nos condujo a unas elegantes sillas acomodadas en el porche.

La entrevista comenzó rápido, no pidió que le explicara el motivo ni el tema que tocaría, nunca volteó a ver mi libreta; casi ya lista se paró de la silla en un santiamén y regresó con un Pall Mall encendido. Casi olvidé prender la grabadora, me perdí en su encanto.


***
La Maestra Rosa María Bracho Flores es saltillense de nacimiento, llegó a Torreón hace 56 años, tiempo que tiene como maestra de danza, aunque como bailarina lleva 67. Y no hay manera que su distinción perpetua diga lo contrario; su manera de mantener una postura tan naturalmente perfecta y vertical, y la gracia al tomar el cigarro, hacen pensar que una tarde no basta para llegar a saber lo que vive en su historia.

Ama su carrera, no necesita decirlo. Sabe de lo que habla, su lucidez explica en detalles minúsculos algo que nadie, más que ella, conoce. Revive con claridad vivencias que jamás se han empolvado. Viste cabal un traje oscuro con una blusa de flores discretas, y lo acompaña un collar de cuentas rosadas. Su cabello cuidadosamente peinado y largo se extiende lacio hasta los hombros y desemboca en una algarabía ondulada. Lleva largas uñas cuidadas color morado con aplicaciones plateadas. Es una visión extraordinaria.

Empezó a los cuatro años mientras radicaba en Durango, ciudad de donde era su padre, el señor Armando René Bracho; su primera maestra fue Berta Matuk, después continuó en Monterrey con Blanca Areu, y posteriormente aprendió de Lupita Hernández, aunque también tomó cursos en México, en Bellas Artes.

En esa época, a finales de los 50’s, en Torreón había sólo una maestra que se llamaba Rosa Velia Vargas, que Rosa María Bracho conoció a punto del retiro cuando la señora Carmen Pámanes la contrató para poner unos cuadros en los festejos en El Jardín de los Cipreses. Durante mucho tiempo fue la única, hasta que llegó Fernando Valdez, quien le pidió le permitiera ensayar en su academia, donde terminaban bailando ambos. Tiempo después, el maestro Valdez instaló su propia academia.
Por motivación de su hermano Armando Raúl Bracho, la maestra Rosa María puso su Academia de Danza Jardín en su casa. “Empecé tocando puertas y ofreciendo mis servicios”, narra la Maestra, y agrega que Alma Rosa Cuadros Vidal fue la primera alumna que llegó.  A partir de ella, a sus clases llegó mucha gente de todas las edades, y recuerda a casi todos. Al solicitarle un número, responde honestamente, “la mayoría. Te puedo decir que casi todo Torreón. Aparte daba el baile de salón a jóvenes, a señores, a muchísima gente”. Se acuerda de ‘Carito’ —refiriéndose a Carolina Morales—, y asevera gustosa que sabe que tiene su academia (Centro de Danza Nijinsky); reconoce que les enseñó algo que a ella no le enseñaron sus maestras, que fue “que las alumnas se superaran, que se hicieran maestras”.

Hasta hace dos años, tiempo en que se retiró “para darle prioridad a las ex alumnas que en su mayoría son maestras”, según sus propias palabras, llegó a enseñar a tres, muy probablemente a cuatro generaciones laguneras las disciplinas de ballet clásico, flamenco, y bailes internacionales.
Una plática posterior a esta visita, con otra persona, me habló de otras generaciones como la de Úrsula Gálvez, que también pasó por sus instrucciones.

Durante sus años como maestra y bailarina, Rosa María Bracho y sus alumnas bailaron en escenarios nacionales e internacionales, estuvieron en México con Raúl Velasco, y en algunos otros foros como El Zócalo, o en el exclusivo ‘Variedades Vergel’ con Julio Iglesias, y otros artistas de esa talla; figuraron también en televisión nacional, compitieron en Campeche, y también interpretaron coreografías en San Antonio, Texas.

Recuerda a ‘Variedades Vergel’ con simpatía, donde además de llevar números de ‘ballets’, enseñaba a bailar a los empleados; y cuenta anécdotas como cuando montó El Brasileño, una coreografía en la que le pidieron que ella fuera la principal, y a petición de Pepe Morris, el director de televisión, se grabó todo y se trasmitió la pieza íntegra a nivel nacional.

También bailaron en el Casino de la Laguna, en el Holístico, en el Teatro Isauro Martínez, para las iglesias en construcción como Nazaret, la del Carmen “que la estaban reparando”, para el Socorro, Guadalupe; incluso danzaron en la inauguración del centro religioso del Cerro de las Noas “estuvieron todas mis alumnas vestidas de laguneras, han bailado en todas las iglesias”.

Rosa María Bracho siempre tuvo en claro lo que buscaba, aunque se presentaba en escenarios de talla nacional, todo el tiempo apoyó a asociaciones como el DIF y la Cruz Roja. A sus alumnas incluso las llevaba a colonias de bajos recursos. “Quería que ustedes mostraran lo que yo les había enseñado, y ayudar a toda esa gente que no tiene la oportunidad de ir a los teatros, de pagar, porque la mayoría de los ballets son de paga, no son gratuitos, entonces era darle la oportunidad a toda esa gente y enseñarles lo que es el arte”, me explica acerca de un recuerdo que circula vago en mi mente. “Creo que llegué en un buen momento a impulsar el arte aquí en La Laguna”, se dice, lo dice.

Considera su carácter como sereno y tranquilo, y cree que a los bailarines, coreógrafos y maestros actuales les falta trabajar más con “paciencia, tolerancia, y hacerlo con amor”, afirma que la danza ha evolucionado mucho, sobre todo en los bailes modernos, asevera que sí le gustan, aunque enfatiza “he luchado mucho sobre la danza clásica, porque es lo más hermoso que hay”. Y se le vienen al corazón comentarios que ha recibido de sus alumnas acerca de que ellas recuerdan que la Maestra regalaba dulces a las que bailaban y se portaban bien.

Reconoce que a ella no se le dieron los estudios comunes que se cursaban en aquella época. “Tengo cuatro hermanos doctores, y mi papá sí se agüitaba un poquito, y decía ‘¿y Rosa?’. Me puso a estudiar de todo, pero yo nada más el baile, el baile, el baile. Y al cabo del tiempo les demostré a mis padres que se hizo efectivo lo del baile, el profesionalismo que se adquiere y ellos estaban muy satisfechos”, y refiere lo que considera su momento más bello dentro de su carrera, de la que habla en calidad de matrimonio: “llegar a los 25 años, las bodas de plata, vivían mis papás, fue un homenaje que se me hizo, muy hermoso, estuvo el señor obispo Don Fernando Romo Gutiérrez, y todas andaban bailando, entonces les dije, callen la música, fórmense en valla y pasó él, y no se quería ir del festival, estaba muy contento”, recuerda.

¿Son iguales los artistas de ahora a los de su época?
Te puedo hablar de Pedro Infante…
De usted…
Artistas… artistas, yo no soy artista, yo soy maestra de danza.

Su trabajo siempre lo realizó de manera entregada, y reconoce que las envidias que surgían “las manejaba con amor”. Aunque un momento difícil sucedió hace tres años, aunque ella no usa ese calificativo: “hace tres años me atropellaron y con todo y pierna mala estuve con mi pie hacia arriba impartiendo las clases, no fue obstáculo para que yo siguiera adelante”.


EN LA POLÍTICA

Rosa María Bracho ejerció la política durante 50 años en el PRI, iba al partido como “un hobby, un pasatiempo, una distracción”, y aunque ya no va, se dice todavía priísta, dice que lo hacía con el deseo de conocer gente, cosa que sí hizo.

Reconoce que actualmente se vive “en un momento difícil por la situación del país, en la ciudad; es alarmante todo esto. Ya la gente no haya si votar por uno, votar por el otro, ¿quién va a mejorar esto? Me duelen los jóvenes que no pueden tener las libertades que tuvimos nosotros”.

Y habla del terror generalizado: “todos tenemos miedo, la sociedad es la que debe entrar en acción, pero tenemos miedo, han pasado muchísimas cosas y todo mundo se calla, tienes pavor”.

Los gobiernos no le han dejado satisfecha en el tema de apoyo a la danza, ella misma es un caso injusto. “Yo estuve pidiendo mi pensión desde hace muchos años a los gobernadores y  como que no les interesó, no valoraron lo suficiente. A todos los gobernadores,  a todos, para allá y para acá, no fui escuchada, me decían “usted fue particular”, y si valoraran que mis alumnas anduvieron con los gobernadores, con los presidentes de la república bailando gratuitamente, y que para allá y que para Saltillo… Es a lo que yo me refiero”, y enfatiza “porque yo me lo merezco”.

¿Qué sensación tiene ante esto, de que no la escuchan?
“Ya no siento nada, como la canción; bueno yo pedí, no se me dio, allá ellos, ellos tendrán sus motivos, ¿verdad?”.


EL ESCENARIO

Entramos a su casa y me topo con una anécdota en cada comisura de lo que ahí percibo, ahí está lo que siempre busqué tras las puertas. Numerosos y extraordinarios objetos, muebles, y retratos la rodean, se respira historia. Nos acerca a un cuadro donde ella está de fondo pintada en una pose de ballet y su rostro en primer plano; creo que nada en ella ha cambiado, sólo su grandeza se ha incrementado.

Nos ofrece agua de fresa y unas frituras que ella misma lleva hasta la mesa de centro de su sala. Suena el timbre, llega María Ernestina Bracho Flores, su hermana, platicamos un momento. Ella también es bailarina, toda su vida desde los tres, hasta hace nueve años, bailó junto a su hermana, sin embargo ejerce la profesión de medicina.

Enseguida llega una cuñada y deja a sus sobrinos, una niña y un niño que son cuates y que son sumamente respetuosos con sus tías. En la conversación, se dirigen hacia la niña que porta una diadema rosa con una gran flor del mismo color que le enmarca la cabeza. Y comentan que le han enseñado algunas cosas de ballet.

El mini examen lo dirige María Ernestina, pregunta una a una las posiciones básicas de ballet, y ella las hace. Inicia con una postura introvertida, pero una a una va tomando más confianza y cuando llega a los braceos románticos sucede algo magistral, extiende el pequeño espacio en el que se encuentra (entre un sillón y una silla), en un horizonte interminable, en un escenario infinito que ella sola llena; su rostro se torna ceremonial; muestra que el porte también se lleva en la sangre, alarga el cuello. Espontáneamente comienza a bracear como una profesional que interpreta un ballet acabado de montar por Marius Petipa; su energía cambia, la energía del lugar cambia. No necesita reflectores, nadie en la sala la deja de ver ni un instante, en silencio, su perfecta interpretación. Sus brazos se vuelven olas, alas, viento. Es un reflejo de la luz que emana de ambos lados, a la derecha se encuentra María Ernestina, a la izquierda Rosa María. De quién sino de las mejores podría aprender en los “ratitos” de visita. “Ella no toma clases formales”, afirman… a mí me parece que sí.

El mini examen me toca a mí, y más temblorosa que en una audición, aviso que tengo las piernas en ‘X’, y me coloco en primera posición frente a María Ernestina, ella levanta mi vestido y me observa, hace buenos comentarios, y concluye diciéndole a su hermana “tú se las hiciste”.

Después de un instante, la entrevista se reanuda, ahora las respuestas son de ambas. Se completan las frases, se agregan comentarios a las opiniones de su hermana respectiva, pero la conduce María Ernestina. “Más que una maestra, fue una amiga, porque estaba al pendiente no nada más de que fueran a bailar bien, sino de ‘¿cómo está tu mamá?, ¿cómo está tu papá?, ¿qué problema tienes?, ¿por qué estás así de triste? Aquí vamos a echarle ganas, vamos a olvidar los problemas’. Fue una amiga, una gran mayoría de alumnas la buscan por ese afecto que ella creó”, recuerda Ernestina de la profesión de su hermana.

Y en cuanto a su experiencia, ella acepta “yo aquí siempre fui la hermana de Rosa María, pero dentro de mí era mucho orgullo, porque mi hermana es La Maestra Rosa María Bracho, la famosísima Rosy Bracho”. Y reitera en más de dos ocasiones “Yo me siento muy orgullosa porque…”.

“Esa tenacidad, esa constancia, ese impulso que ella siempre ha tenido, tiene una energía tremenda y la trasmitió a todas sus alumnas de una manera o de otra”. Y recalca “siempre estaba al pendiente no nada más de la alumna sino de la familia de la alumna”.

“Yo admiro mucho a Rosa María porque se entregó a su carrera, para ella su carrera primero, y nunca en cincuenta años dejó de dar una clase”, y expone que cuando iba a nacer su hijo: dice que eran las seis y se le reventó la fuente, en repuesta a su aviso de lo sucedido, su hermana le dijo –espérame, porque todavía me falta media hora para terminar la clase-. Ella se esperó a que Rosa María terminara la clase, despidiera a sus alumnas y finalmente, la trasladara al hospital.

Otro capítulo, “una anécdota triste”, como lo califica Rosa María Bracho, lo recuerda de una ocasión que sucedió un día de los 20 años que trabajó montando coreografías a los niños del kínder de la señora Segura. “Eran niños que todavía traían pañal y chupón, y los hacía bailar en los festivales que se lucían por los vestuarios y la escenografía”, señala, y continúa “me acuerdo que ese día murió mi mamá y era el festival de la señora Segura. De Serna (la funeraria), me fui, si no, los niños no iban a poder bailar. Estaba parada llore y llore y me decían – ¿por qué lloras?- , eran unos niños chiquitos, - no, no lloro, es la tierra- … y creo ése fue el mejor festival”.

Nombran a algunas alumnas como las hijas del profesor Rentería, y algunas otras que proyectaron en concursos de belleza estatales. También intercambian opiniones de las bailarinas internacionales de la época.“Esa es Rosa María Bracho”, sentencia María Ernestina. En el día de su santo, ‘Santa Rosa de Lima’.

Rosa María Bracho Flores fue maestra de danza por 50 años; de 1959 al 2009, cuando decidió tomarse un descanso por cuestiones personales.

“¿Volverá a enseñar?”, le pregunto viéndola fumar en su sillón. “Es lo que me piden mis alumnas, que ya son maestras. Pero ya les toca a ellas, yo creo. Eso digo hoy, mañana quién sabe”.

La maestra Bracho me asevera que lo más bonito que le deja la danza son las personas que le hablan y la buscan. Dice que ahora se encuentra es “descansando del mundo”. Le pregunto con quién vive en esa casa, y contesta “vivo sola y dejo la puerta abierta”.

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