Reparto agridulce: Corazones de cumbia y blues.


El camionero, una cumbia de Tropicalísimo Apache, suena a himno de carreteras y calles de pura tierra que unen como piezas de rompecabezas a la Laguna. Me invade una nostalgia gozosa cuando canta Como camionero que soy / trabajo en la carretera / y como enamorado que estoy / me voy acordando de ella. Al mismo tiempo me acuerdo de fragmentos de mi infancia cuando visitábamos a familiares fuera de la ciudad. O fragmentos de mi adolescencia cuando utilizaba el camión para llegar a algún lugar. Ahora manejo y no sólo Tropicalísimo Apache se me viene a la cabeza. Me adentro en la terracería entre los algodones que brotan en nuestros ejidos, escucho una música de otro campo, herencia de la esclavitud y la marginación, y su posterior transmigración a la ciudad y el mayor legado musical de Estados Unidos a la cultura mundial: me envuelve el blues. En mi mente canta Muddy Waters: I don’t want you to be no slave / I don’t want you to wake all day / I don’t want you to be true / I just want to make love to you.

Bajo este sol adolescente, sobre esta tierra lagunera que guarda secretos milenarios, entre bruma de algodones de octubre se despierta el deseo. Cumbia o blues. Dolor transfigurado en placer. Hay algo que pone cachondo. Todo es una posibilidad erótica.


Reparto agrario
Al filo de la carretera federal 30, al borde del municipio de San Pedro de las Colonias, se erige una estatua dorada del General Lázaro Cárdenas del Río. Es la entrada al ejido 20 de noviembre. Regularmente luce un dorado opaco, como envuelto en humo y mugre. Hoy, sin embargo, resplandece. Es 6 de octubre, el 79 aniversario del Reparto agrario de la Región Lagunera, y en el ejido hay fiesta. Por eso enchularon al Tata Cárdenas.

Deisy me informa por mensajes que

1. Va dentro de un camión ranchero rumbo a San Pedro y que se siente en el aire el fervor agrícola.
2. A la altura de Santa Ana del Pilar, del municipio de Matamoros, bloquearon la carretera porque los automovilistas no disminuyen la velocidad y las autoridades no colocan topes o reductores de velocidad. En la mañana atropellaron a alguien y no ha sido la primera vez que los habitantes de Santa Ana reclaman.
3. El camión tuvo que rodear por un cementerio para poder cruzar el bloqueo.
4. A la altura del 20 de noviembre ya están sacando las ollas con el asado y las sopas. Instalaron la tarima, llegó la banda y un montón de trocas invadieron el carril derecho de cada sentido de la carretera. Los agentes de tránsito permiten que se estacionen y desvían la circulación al carril izquierdo. It’s show time. Adjunta una foto.

¿Por qué hay fiesta?, pregunto ingenuamente, si sólo es un aniversario de una política agraria.
El reparto agrario de 1936 que se inauguró en La Laguna, estableció como laboratorio de políticas sociales a nuestra región. El 6 de octubre el presidente de México, Lázaro Cárdenas, y durante los 45 días posteriores expropió 146 mil hectáreas que entregó a más de 38 mil campesinos de Durango y Coahuila para que formaran pequeñas unidades productivas autosuficientes alimentariamente; es decir, nacieron los ejidos.


Nos ganaron el asado
No hay vacío más doloroso que el de una olla en el festejo de un rancho. Ni siquiera un corazón solitario que palpita inevitablemente. Pero una olla con reminiscencias de asado, pasta y huesos de marrano, y saber que alrededor de una olla descansa un cementerio de platos desechables que la tierra no cubrirá ni absorberá jamás.

Una hora después de que me mandara el último mensaje, llegamos Deisy y yo al 20 de noviembre. Las señoras recogían los platos y los chavos las sillas y mesas. Los técnicos desmontaban la tarima. Un grupo de señores hacía fila para alcanzar las últimas babas de caguamón gratis que repartían en un escenario de concreto con una lona que conmemoraba el 79 aniversario del reparto agrario. Cuando Deisy y yo llegamos nos dijo el chavo que ya se había acabado la cerveza. Un hombre de camisa de cuadros, pantalón de mezclilla, botas, texana y cinto piteado que daba órdenes a los demás le reclamó al joven: que no se clavaran las cheves, que había más y que nos diera a nosotros los de la ciudad. Alcanzamos un vaso, unos cigarros y unas semillas. Después de nosotros llegaron más hombres con sombrero y travestis de rancho que vaciaron la hielera.

Apenas eran las dos de la tarde y la fiesta había terminado. En el ambiente hervía el gozo. Teníamos que encontrar otro aniversario. Nos trepamos al carro y conducimos hasta Santa Teresa, otro ejido a pie de carretera donde también el carril derecho estaba ocupado por camiones y trocas estacionadas, se miraba a la gente en sus mejores garras atravesar la carretera y llegar a la plaza donde sería el baile.


Reflexión cumbiambera
Dice Richard Ford en su novela El periodista deportivo: “Ésa debería ser la regla de oro del periodismo: no perder nunca de vista la vida, ni siquiera la vida que uno cree conocer”.
Nací en 1985. Para los que nacimos en esa década y para los que nacieron después es como si todo lo que conforma nuestra Laguna siempre hubiera estado ahí. Nacimos después de que se formaran los rasgos más característicos de nuestra región: el ferrocarril, los ejidos, Peñoles, Lala, tradiciones como las danzas y reliquias, alimentos como las gorditas, el pan francés y la discada, instituciones como Club Santos Laguna y Tropicalísimo Apache. Nacimos con una identidad dada por hecho, como si siempre hubiera sido así. Este imaginario lo abarca todo. Quizás haber nacido después de los procesos de formación nos ha producido indiferencia por nuestra historia reciente, por esta vida que creemos conocer.


¡Fiesta!
Si algo disfruto del rancho es la impunidad de traer un seis de cerveza y tomar en la calle sin pavimentar, encontrar en la plaza un expendio que despacha clamatos preparados y llenarlo con una caguama Carta Blanca, tomar y comer semillas en el carro. La libertad de beber bajo la sombra de un pinabete.

Eso vivimos en Santa Teresa. El escenario en un extremo de la plaza, luego los juegos mecánicos, a un lado los puestos de frituras y antojitos, vendimia diversa. Todos guarecidos en los puestos con techos de lona. El sol golpea la cancha de básquet que funciona como pista de baile, sólo algunas parejas desafían a la radiación y sus efectos en la piel; por supuesto, el caballero carga en una mano a su dama y en la otra las cervezas. Se acaba una canción y los bailarines se repliegan en la sombra. Niños, jóvenes, adultos, ancianos y caballos; todos caben.

Celebramos el reparto agrario de 1936. Para 1949 se evidenció un efecto económico negativo del reparto: se repartieron tierras sin importar que no fueran irrigables. Se acentuaron los conflictos por acceso a los recursos para regar. De los 38 mil usuarios que  existían en 1936, el 90% de las tierras eran de propiedad social. Actualmente muchos ejidatarios han vendido o rentado o cedido los derechos de sus tierras gracias a que durante el sexenio de Carlos Salinas se reformó el Artículo 27 constitucional. Se sacrificó al ejido.


Vidrios mágicos
Rango Norteño ameniza con corridos clásicos. Atrás del escenario hay juegos mecánicos para los niños que son cuidados por jóvenes o adultos que invariablemente llevan una lata o un vaso desechable de cerveza en la mano. Lo repito: nada como esa bella libertad de cargar un trago cuando uno quiere. A la izquierda del entarimado se detiene un grupo que viene montado a caballo. Ya los habíamos visto cabalgar cuando buscábamos un lugar donde estacionarnos dentro del rancho (tuvimos, sin embargo, que volver a la carretera y dejar el carro a la sombra del puente peatonal que nadie utilizaba): en una mano la rienda, en la otra la Tecate light, todos con texana y botas aterradas como dios manda, tal vez sólo en las telenovelas y en comerciales los rancheros traigan las botas limpias. No faltan también los chavos y chavas con gorra, playera, cinto con hebilla enorme, jeans y botas; o los que traen camisas de cuadros, camisas con gallos o caballos o la marca de una cerveza. Hay que precisar algo aunque es posible que cualquiera ya haya llegado a esta conclusión: todos traían cerveza. ¿En qué momento habrá nacido la entrañable y perfecta relación del humano con la cheve? Como toda relación tiene sus riesgos. Así es la vida, carnal, todo es un riesgo.

Caminamos en el perímetro de la cancha. Un viejito carga un palo de escoba sobre su hombro que en los extremos lleva amarrados globos de colores y figuras de animales. Pienso en el mal vidriero de Charles Baudelaire. Un poema de un sujeto que le pide a un vidriero que suba hasta su departamento en un barrio sucio y pobre; en el camino se le rompe parte de la mercancía. En cuanto el supuesto comprador observa los vidrios regaña al vidriero por no llevar vidrios de colores, vidrios mágicos, vidrios del paraíso, que cómo es capaz de ir por estos barrios inmundos y no proveer cristales para ver la vida hermosa. Termina aventándolo por las escaleras con todo y los vidrios haciéndose pedazos, y gritando ¡la vida es bella! “¿Qué importa la eternidad de la condenación a quien ha encontrado, por un segundo, el infinito del regocijo?” Finaliza el poeta francés Baudelaire. Pienso en esto por un sentido inverso: en esta porción de tierra nos sobran vidrios mágicos. Globos con figuras excéntricas y colores chillones, música que nos embriaga, caballos y juegos mecánicos, golosinas, frituras, bebidas que no son promesa de tiempos mejores, sino son el mismo gozo, la exaltación y el olvido. Hoy el sentimiento es infinito. Mañana, mañana recordaremos que nuestra manera de sobrevivir en el desierto produce daños a la salud pública. Mañana pensaremos en el trabajo o en las fiestas. And what costume shall the poor girl wear / To all tomorrow's parties, canta Lou Reed.


Pensamiento bluesero
Descubro de pronto que en el rancho no hay ruidos. Hay algo de locura en esta paz. Hay algunos sonidos pero no lo suficientemente fuertes para distraernos del latido del corazón. Imagino el esplendor que debió haber tenido esta región cuando estaba en su apogeo lagunero, cuando las agencias de trabajo invitaban a gente de Estados Unidos y de España y otros países de Europa a viajar a La Laguna porque ahí pagaban mejor y existían grandes posibilidades de crecimiento económico. Qué tiempos aquellos de desarrollo brutal y de explotación.

“¿Tienes que vivir esa vida para ser un intérprete de blues? ¿Tienes que ser negro o blanco para tocar blues? ¡No! Al final se trata de los buenos y malos tiempos. Y si no has tenido malos tiempos en tu vida, continúa viviendo”. (Del documental Keith Richards: Under the influence.)

Algo tiene la música que nos vuelve cómplices.


Hay que estar preparados para la magia
Vuelvo a casa después de haber manejado durante horas por las arterias terrosas de San Pedro y Francisco I. Madero. Dejé a Deisy en casa de su mamá en Torreón. Ya no traigo la furia tropical como la que canta Apache en El camionero. Pero pienso, no estoy lo suficientemente cansado como para evitar mi voz interior, pienso en aquella chola que recojo a la salida de su trabajo y no me saluda de beso pues, me reclama, huelo a puro alcohol. Le respondo que estaba en la fiesta del reparto agrario, ni modo que no tomara Carta Blanca. No estoy ebrio. Estoy cansadísimo. El sol, la carretera, la terracería, el polvo, la gente; manejar durante horas sin drogarse para anular la somnolencia que producen los caminos idénticos. No le interesa. Me deja de hablar. Un día o dos o tres. Al final sabemos que un hombre es tan sólo un animal.

Pero no me duermo con la sensación de una derrota. Pienso en el baile. Una escena que simboliza el amor del bueno. En la esquina junto al puente peatonal de Santa Teresa, unos cuantos metros antes de llegar a la carretera kilómetro 30, una pareja, cerveza cada uno en mano, se detiene. Son jóvenes. Jóvenes, irresponsables y salvajes de corazón. Ella le dice algo. Él le pide que le cuide la cerveza y se hinca. Ella levanta un pie mientras él le desprende, con las manos prietas y pelonas, los toritos incrustados en la suela de sus zapatos.

Duermo el sueño de los que esperan acabar así un baile.

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