Peregrinos somos


“Peregrinos somos y en la vida andamos. Vamos de un lado a otro, 
de una ciudad a otra, de un trabajo a otro, de unos amigos a otros, 
siempre de peregrinación, a veces con una meta fija en la mente; 
en los ojos, y otras por pura inercia, porque ya estamos aquí y ya ni modo.”
-Carlos Reyes Sahagún

Doña Carolina y su papá Don Pichardo eran los dueños de la danza del barrio, de la devoción a la virgen morena; portadores de los atuendos detalladamente confeccionados por Doña Salud, bordadora oficial de Doña Caro. Camisa de seda roja, con lentejuelas y chaquiras de colores en los puños, hombros y cuello; pantalón, también de seda pero con una raya gruesa verde en los costados; de la cintura colgaban por detrás y por delante nahuillas perfectamente bordadas con lentejuela de colores que hacían la imagen de la virgen de Guadalupe; mallas rojas gruesas que cubrían hasta los pies y acababan en los huaraches de tres suelas o tres pisos; estos huaraches estaban pesadísimos, en verdad había que saber danzar para poder moverlos y hacerlos sonar en el suelo (los vendía “Botas Roca” en la mera Alianza); el danzante se coronaba con un enorme penacho de plumas de gallina pintadas de colores, con collares al frente. Los penachos eran escogidos por los líderes de la danza, porque cada una tenía cuatro o seis líderes; estos se colocaban al frente y al final de la danza.

Yo me volvía loco cada vez que escuchaba el golpe del gran tambor que tocaba mi vecino Raúl, el gran tamborero. La danza empezaba como el 7 o el 8 de Diciembre, y antes había que estar atento a los ensayos. El grupo lo formaban cerca de treinta personas, en su mayoría hombres; allí estaba el Caripo, el Buba, el Copetes, el Gume, y el famoso Putarracas; también había mujeres de gran ímpetu, coraje y talento, Cristina, la Pixie, Bocali, La güera Vodka, la Chirotona. Recuerdo a la Pericocha, que les vendía mota a todos los danzantes, y recuerdo a El Napa, el gran viejo de la danza, que era chofer de los Polvorera: se vestía de vampiro con colmillos o de ropavejero y se maquillaba muy bien, traía consigo una bolsa de dulces para regalar a los niños después de asustarlos. La raza salía de sus casas para sentir el ambiente cercano al 12 de diciembre.

No me perdía ensayos ni peregrinación alguna. Fue entonces cuando me acerqué a Doña Caro y le dije que si yo podía ser el tamborero; me dijo que sí y me puse a ensayar duro. Raúl me enseñó las formas de agarrar los baquetones del tambor, que no tienen nada que ver con las baquetas para batería o tambor de guerra: los palos del tambor de danza son más cortos y  gruesos, se requiere buena mano, coordinación y motricidad. En una semana terminé con ampollas, sangrado y muy cansado.
Dos meses pasaron y yo estaba listo para formar parte de la Danza Roja de la avenida B. Ya Había aprendido a agarrar los palos, mis manos estaban callosas pero no me dolían, las chicas de barrio me miraban de otra forma y se me acercaban con admiración. Era formidable.

Empezamos el 9 de Diciembre del 71. No me importaba el frío, que se quitaba con el movimiento de las manos. La tambora era hechiza, de medio tambo de lámina de 200 litros, con aros de aluminio en los costados, que a su vez sujetaban y restiraban los cueros de marrano; así eran antes esos tambores de verdad, eran de cuero de animal para que sonara mejor, ya fuera cerdo o res;  uno cuero arriba más tenso y otro abajo para la afinación. Desde Cuencamé venían los hermanos Pacheco, magos para afinar esas tamboras, que se llevaban como una hora para afinar cada una, porque era ir apretando de arriba hacia abajo las dos cuerdas de tripa de res curtida que restiraban los cueros; además le hacían dos hoyos en cada lado para que saliera el sonido, como de estéreo, decían; ya cuando quedaban, se acomodaban el sombrero y nomas decían “¡Eh! ¡Denle! ¡Con huevos, pa’ que retumbe hasta allá arriba donde está mi virgencita! Yo tuve dos tamboras: una roja y una verde; las limpiaba y las pulía con aceite de castor.

Los de la Danza Roja empezábamos en la Alameda. Éramos alrededor de cuarenta y cinco matachines rojos, todos listos para la peregrinación. Empezaban los cantos de las rezanderas, de los carros alegóricos: Coca Cola, Soriana, Barrilito, La Suiza, Papelería El Modelo. Había gente de todas partes, algunos venían desde Rodeo, Villa Juárez, Nazareno, Matamoros, Viesca, y hasta de Parras de La Fuente, pues había una muy buena danza de las maquiladoras de mezclilla.

Nosotros estábamos en medio del mitote cuando en eso el Caripo suena el huaje y da un flechazo al aire, señal de arranque. Se empezaba con el número dos, así le llamaban, y duraba aproximadamente media hora. Todos los movimientos eran calculados, porque no podías equivocarte; si sí, cuando menos te lo imaginabas el Caripo te llegaba por atrás y te daba un arcazo bien fuerte en las meras nalgas, así fueras tamborero, líder, matachín o matachina; la peregrinada seguía su curso por toda la Juárez.

Nos topábamos a mucha gente con ofrendas, iban incluso de rodillas con alguna foto de algún familiar o una funda de yeso de alguna parte del cuerpo humano. Los viejos de la danza espante y espante criaturas que lo hacían renegar y correr.

Adelante de nosotros iba una danza Azteca. Ésas danzas son distintas en todo: vestimenta, tamboras y aditamentos; vienen del sur del país y éstos decían que venían de San Mateo Atenco. Sencillamente maravillosa: eran como veinte, repartidos entre hombres y mujeres, todos parecían como de alguna tribu Azteca, Olmeca o Cichimeca; traían caracoles que silbaban tonos surgidos de algún lugar sagrado, con cascabeles, rosarios y ojos de venado en lo tobillos, un taparrabo y unos estupendos penachos de pluma de faisán y pavorreal. El baile era sensacional, muy apegado a las raíces; las mujeres eran sensuales y todas morenas como la virgen. Nosotros seguíamos nuestro camino; yo llevaba una gran botella de agua amarrada al tambor, los demás nada, sólo los fachos de tequila o algún licor misterioso que la raza les daba; también se venía un olor como a petate quemado (la hierba de la risa) y se escuchaban las demás danzas con fuerza al pisar y con fuerza al tocar.

La danza del Mercado Villa venía pisándonos los talones. El dueño era Don Macario, quien tenía un rastro y dos carnicerías en el Villa. Su danza estaba perfectamente bien coordinada; hermosos trajes azules y plateados con blanco perla, todos los huajes y arcos estaban pintados de blanco. Por cierto, los huajes los vendían Doña Anti y Doña Salud en el Mercado Juárez; esas señoras se encargaban de escogerlos, hacerles los agujeros, pintarlos y rellenarlos con semillas de la virgen, que eran pequeñas piedrecillas de río o semillas de mostaza secas; no era un proceso fácil, porque todos esos huajes deben sonar muy bien, como si fueran grandes sonajas para el cumbión.

Los compañeros, cansados pero nadie se raja. Ya dos danzas habían claudicado: la del Ejido El Compás y la de El Coyote, se apartaron tras calambres en las piernas y uno que otro desmayado, hubo ambulancias y socorristas. La danza del Venado y la Azteca siguen de pie como la del Mercado Villa. Atrás hay más gente danzando y pidiéndole a su virgen que los deje llegar a su santuario; es una lucha entre el bien y el mal: el bien es la devoción el servir y el peregrinar, el mal es la fatiga, los calambres, la sed y el hambre, porque peregrinando nadie debe comer.

Estábamos a tres cuadras de Guadalupe, cuando se armó una campal entre la danza de pluma y otra danza que iba delante de ellos, una danza roja de La Vencedora: la de Doña Flor, una señora que vendía tamales y atole de champurrado a las afueras del templo del Socorro. Doña Flor se le había ido encima a una emplumada y bella mujer porque le estaba haciendo ojitos a su viejo que era su tamborero; éstas se trenzaron a golpes, patadas, arañazos, flechazos y todo lo que pasaba y volaba; llegó la poli y se calmó la gresca. La mujer emplumada se quedó solo con un trapito en su cuerpo; Doña Flor perdió un diente y muchos girones de pelo pintado. La raza se burlaba y les gritaba de todo.

Que nadie se canse y que siga la danza, porque ya falta poco. Una cuadra después y estamos adentro de Guadalupe.

Se oían cuetes, petardos, cuetones y balazos; la gente se amontonaba en la última cuadra. Mis pies y manos estaban en automático siguiendo a mi marcha roja; mis compañeros sudando los chorros. A algunos huaraches se les habían trozado las correas por el esfuerzo. Ahí recuerdo que a un señor que prendía cuetones se le atoró uno en la manga de la camisa y se le prendió; casi le arranca el brazo; los niños vieron cómo vino la Cruz Roja por él y luego supimos que sólo necesitó reposo.

Había mucha gente acumulada en la puerta del templo de Guadalupe. Entramos como despavoridos y con más enjundia le dábamos al suelo, huajes y cuero. Vi cómo entraba atrás de mí una parvada de palomas blancas que volaron hasta el techo de la iglesia, para luego dar varios giros y salir por una ventana hacia el norte. Estábamos justo en el altar y el sonido era el de un eco enorme de potencialidad en la tambora y en el suelo al pisar los huaraches; los huajes se escuchaban parejitos como un pandero gigantesco que salía para dar acompañamiento y ritmo a la danza; se escuchaban lamentos y palabras en dialectos de la danza de la Pluma, ellos se hincaban, no bailaban. Nosotros le dimos hasta la última gota de sudor, hasta que nos pareció que hasta la virgen se sonreía aún más.

Salimos victoriosos y agradecidos con la vida. El padre Fermín nos había preparado una cena de tamales, atole y buñuelos traídos por las damas copetonas del Sagrado Corazón de Jesús. Qué noche tan más intensa y vibrante.


LAS DANZAS EN LA LAGUNA

Existen más de treinta sones de danza, todos hermosos y bien estructurados, decía Don Simón, que era el que le hacia la exquisita reliquia a la leña a Doña Caro. “Esos sones vienen de muy lejos”. Don Simón contaba que cuando era niño los escuchaba allá en su pueblo natal, Peñón Blanco, y tenían muchos ritmos más, todo el pueblo estaba presente en toda peregrinación y danza a la virgen.

Por supuesto, mi Danza Roja de la avenida B era una de tantas que había en aquellos tiempos en Torreón y Gómez. Por ejemplo, la danza de La Alianza, donde veías a todos los carniceros, fruteros, chileros, tenderos, etc.

La del Mercado Juárez, que ya mencioné, con excelente vestimenta y tambora; las de Abastos, La Vencedora, La Polvorera, La 1ro de Mayo, La Moderna, La Unión. Todas casi siempre formadas por pura gente mayor, pura raza pesada.

Una de las mejores danzas de Gómez Palacio, la danza del padre Gabriel de Santa Rosa, traían un tamborero que salía de la cárcel cada vez que había peregrinación; le apodaban El lagartija y tenía una condena de más de diez años por violador. El padre Gabriel y sus influencias eclesiásticas lograban convencer al titular del penal para que se le fuera disminuyendo la sentencia al prisionero cada vez que le permitían salir para una danza. En una de esas peregrinaciones La lagartija se desvaneció de la multitud y huyó como su apodo lo ameritaba. Dos meses más tarde fue encontrado apuñalado en una sequía de la Rubén Jaramillo.


LAS DANZAS DESCOLORIDAS

Hoy en día la Danza Roja está lejos muy lejos de parecerse a éstas que describo. Hay una gran manipulación entre la gente que hace este tipo de cosas. Además, cobran; el tamborero cobra, los líderes cobran y hasta piden para todas las reliquias.

Veo danzas con muchos niños, danzas que no danzan; mucho juego. Los atuendos son de lo más simple y ya no observo la dedicación y el amor a la confección de las nahuillas y el bordado de las lentejuelas, los collares y las plumas de gallina pintadas. Las tamboras ya no son de lámina pesada; ahora son tamboras de batería con parches de vinil y para colmo muchos ya no las cargan como yo las cargaba con un gran cinto amarrado de cintura a espalda, hoy las llevan hasta en carritos de baleros o triciclos y hay debilidad en los golpes. Rara vez veo una danza que me guste, que me erice la piel y que me haga danzar otra vez. Los huajes y los arcos y los huaraches ni siquiera se oyen; los huaraches son de una sola suela, débiles, de hule, sin fuerza y sin ánimo. No hay fe; esa fe de antes es muy difícil de entender, esa devoción por el amor, por la creencia, por los milagros concedidos ya es historia; hoy la juventud se emplea en seguir patrones cibernéticos y egocéntricos, se ha perdido la tradición y las leyendas. La Danza Roja a la que yo pertenecí habita en los corazones de algunas gentes que seguramente aún viven; quedan sus brincos, saltos y golpes incrustados en el callejón de la avenida B, donde el recuerdo para muchos es oro molido. Recuerdo los regaños de Doña Caro, su reliquia y sus tres sopas a la leña, mi infancia y esos bellos diciembres que jamás volverán.

Sigo yendo a la Juárez a ver peregrinaciones esperando toparme algún día con un buen viejo de la danza, porque los de ahora no tienen chiste ni gracia. Se perdió la Juárez en la pobreza de la rutina y la conveniencia, está perdida en la nostalgia y la infinita tristeza de los mejores días de diciembre.


Comentarios

Entradas populares