Nuestro estado gordo: causas y efectos de la obesidad coahuilense


Un caso se presentó en el Hospital Universitario de Torreón. Llegó un niño de 14 años con un sobrepeso; una obesidad mórbida severa. Acudió con sus papás a atenderse una varicela y ésta se le complicó. Al niño no le habían detectado que padecía de diabetes II y lo seguían alimentando de manera habitual. La varicela se complicó con una vasculitis (inflamación de los vasos sanguíneos) y el niño cayó en una septicemia (presencia de bacterias en la sangre). Murió.

Gloria Ramírez, especialista en obesidad, comenta cómo ha atendido una gran cantidad de niños con enfermedades típicas de adultos: con síntomas de hipertensión arterial, padecimientos óseos, síndromes metabólicos, colesterol alto, triglicéridos altos. “Qué sucede con los niños con colesterol alto, pues se van formando las placas de ateroma y sabemos que esto puede llevar a disminuir la luz de las arterias y puede haber una falla cardiovascular”, explicó la nutrióloga.

Éstos no son casos aislados, sino parte de una pandemia en la que México ha ocupado el primer lugar a nivel mundial: la obesidad. Coahuila, a su vez, está en el primer tercio de estados mexicanos con mayor índice de obesos, tanto adultos como niños, lo que ha comenzado a representar el problema más serio de salud pública, que puede ir empeorando con el paso de los años, donde no habrán recursos económicos suficientes para atender todas las enfermedades que la obesidad genera en la población afectada.

De acuerdo a las estadísticas de Salud Municipal en Torreón, cuatro de cada 10 niños de primaria tienen sobrepeso u obesidad, pero existen datos todavía más delicados: en el Hospital Universitario (HU), el 70 por ciento de los jóvenes que acuden ya padecen la enfermedad y de esos el 10 por ciento ya enfrenta un cuadro de diabetes.

Estas estadísticas amenazan con arruinar el sistema de salud pública del país en un corto plazo. La Secretaría de Salud ha advertido recientemente  que de no revertir la obesidad en el país y reducir la incidencia de enfermedades crónicas relacionadas con esta pandemia, se deberán invertir 150 mil millones de pesos para enfrentar los problemas que generan, casi el total del presupuesto de la secretaría. La misma dependencia calcula que cuatro de cada diez niños menores de 11 años padecen sobrepeso en México.


COAHUILA, DE LOS PRIMEROS

Coahuila se ubica, como se mencionó anteriormente, entre los estados mexicanos con mayor índice de obesidad. A este puesto, debemos relacionar que también el estado se encuentre entre los de mayor índice de enfermedades relacionadas como la diabetes mellitus II y la hipertensión arterial, pues desde hace 10 años el número de enfermos ha venido creciendo de manera acelerada; por ejemplo, durante el primer semestre de 2006, se detectaron dos mil 875 nuevos casos de hipertensión arterial, así como dos mil 413 de diabetes mellitus II, de acuerdo a los datos registrados por la Jurisdicción Sanitaria VI. Cada año se sigue sumando una cantidad similar.

Desde entonces la Secretaría de Salud emprendió una campaña a nivel nacional para concientizar a la población y se pusieron en marcha varios programas de asistencia, pero los resultados hasta ahora han sido pobres, inclusive en los siguientes años el número de obesos ha seguido creciendo en varios estados del país, principalmente en Coahuila.

La campaña, que están llevando a cabo estados y municipios, consiste, entre otras cosas, en que la gente comience a medirse la cintura, pues se ha establecido  que la grasa abdominal es un factor de riesgo para desarrollar  diabetes y enfermedades cardiovasculares.

En la opinión de Eduardo Cortez Delgadillo, coordinador de salud reproductiva de la Jurisdicción Sanitaria número VII, explicó que las causas de la obesidad ya son bien conocidas y tienen mucho que ver con los estilos de vida sedentaria, el tabaquismo y el consumo exagerado de calorías; por ejemplo, el consumo excesivo de refrescos, ya que contienen una gran cantidad de calorías que el organismo no alcanza a quemar y va acumulando como grasa, principalmente en el abdomen.

La campaña nacional pretende que la gente se habitúe a medirse la cintura, estableciéndose los parámetros de 80 centímetros para las mujeres y 90 para los hombres. Es un hábito de cuidado de la salud muy útil, ya que, aplicado, puede propiciar que la persona regule la cantidad y calidad la de comida que ingiere.

El problema es de alimentación, lo que pareciera sencillo, pero la calidad de la alimentación  tiende a deteriorarse más cada día, en la opinión de los especialistas.

La nutrióloga Claudia Castellanos, comenta que lejos de ir hacia adelante vamos hacia atrás: existe un bombardeo de comida chatarra, que atrapa especialmente a los niños, que son incitados a consumir refrescos, dulces, frituras, galletas, aguas edulcoradas, bebidas de muy alto contenido calórico, a lo que se le denomina como comida chatarra norteamericana; pero si somos objetivos, la comida regional está cargadísima de harinas, grasas saturadas, azúcares y un largo etcétera que viene a cerrar el círculo de la mala alimentación.

“Casi toda: gorditas, que se consumen masivamente, burritos, lonches, vísceras fritas, entre otros, los que invariablemente se acompañan con refresco de cola o de otros sabores. A esto hay que añadirle que somos una región muy caliente, con veranos muy prolongados, y el consumo de nieve se vuelve un hábito. Conozco un tipo de nieve que se prepara con hielo raspado y se le agrega una barbaridad de jarabes, chocolate y dulce, un solo vaso grande puede tener cerca de 200 gramos de azúcar, cuando la cantidad diaria requerida por una persona está alrededor de los 80 gramos, y lo consumen tanto niños como adultos, indiscriminadamente.

-¿Estamos luchando contra un monstruo?

-Sí, literalmente, cada vez atiendo a más niños y jóvenes con problemas de obesidad, es sumamente difícil formarles hábitos nuevos de alimentación, cuando ellos están rodeados de comida chatarra y de publicidad que los está incitando a consumirla. La situación es especialmente difícil con los niños, porque se trata de un problema de familia; si la familia tiene malos hábitos de alimentación, el niño también los tendrá. Si uno de los dos padres es obeso, la posibilidad de que el hijo sea obeso es de un 40% aproximadamente, si los dos padres son obesos la posibilidad sube a un 80%, para darte una idea. ¿Cómo educar a una familia a comer sano cuando tiene toda su vida comiendo mal o ha desarrollado malos hábitos, si en lugar de darle a los niños un buen desayuno le dan 20 pesos para que compre gorditas y un refresco en la escuela, lo  llevan por las noches a cenar tacos en puestos callejeros, o hamburguesas o pizzas? Tú puedes ver cómo han proliferado todos los establecimientos de este tipo, que se agregan a toda la comida callejera que se vende en la región y a lo que les vende el supermercado.

De acuerdo a la Revista del Consumidor, la publicidad atrapa a los niños. Un estudio del Poder del Consumidor en 2010, reveló que los niños mexicanos están expuestos a más de 12 mil anuncios de comida chatarra al año.

Entrevistado por el diario Vanguardia sobre el tema, el nutriólogo Gerardo Olivo explicó:
“Los niños desfogan su hiperactividad con la comida e incluso desarrollan sus cinco sentidos con los alimentos chatarra: primero la vista, productos con dibujos, con colores, luego cuando los abren y se oyen las papas quebrándose; luego el sonido del crunch; el tocarlas y chuparse los dedos. Se estimula el hipotálamo y provoca un deseo de comer. Aquella frase de que ‘no puede sólo una’ te termina estimulando a que comas más”.

La nutrióloga Claudia Castellanos comenta que, en su consultorio privado, sí ha logrado avances de reducción de la obesidad con un alto porcentaje de las familias que ha tratado, pero desgraciadamente en la salud pública la experiencia es muy distinta: “Los resultados que se logran con adultos, tanto en hombres como en mujeres, son muy pobres y con los niños desgraciadamente no hay resultados; esa es una realidad muy difícil de aceptar, porque la familia no colabora”.

El diario Vanguardia, en el mismo trabajo sobre obesidad realizado hace años en Torreón, recogió el caso de la nutrióloga Gloria Ramírez y la endocrinóloga Elisa Cobos, quienes realizaron un estudio en un colegio particular de Torreón, donde pesaron a mil 446 niños de kínder hasta secundaria.
Encontraron que el 16.7% tenía sobrepeso y el 13.55% obesidad. Menos del 47% tenía un peso sano, pero cuando ofrecieron los resultados a los papás ninguno dijo nada. En otras escuelas les cerraron las puertas para hacer el mismo estudio o para dar pláticas. Nadie se acercó.


EL GORDITO SIMPÁTICO

En la opinión de las nutriólogas entrevistadas, hay todo un problema de cultura en torno a la obesidad. Lo más importante es que la mayoría de la población no la considera como una enfermedad, sino como algo natural. En el caso de los niños las expresiones más frecuentes son “es un gordito muy simpático”, “déjalo que coma luego cuando se desarrolle se ponen flacos” o, lo que es peor, “entre más gordito más sano”.

Se considera como algo natural que una persona que sobrepasa los treinta años comience a ganar peso y, pasados los cuarenta, alcance hasta 20 kilos más de los que debería de tener. En adultos mayores la obesidad, incluso la obesidad mórbida es considerada como algo natural y no se le suele prestar ninguna importancia, aunque esté provocando problemas de salud importantes, como la deformación de sus extremidades inferiores, problemas de motricidad, hipertensión arterial, diabetes mellitus, problemas cardiovasculares, problemas de hígado graso, entre otros.

La frase “de algo he de morir”, es el resumen de una conducta autodestructiva para la mayoría de las personas, quienes se niegan a seguir las recomendaciones médicas cuando acuden a consulta en los hospitales públicos por algún tipo de padecimiento y son pesados y medidos por el médico.

Adela Gutiérrez es una mujer de 52 años, a quien su médico le recomendó que debería bajar de peso porque ha sido diagnosticada como prediabética e hipertensa. “Casi toda mi vida he sido más bien gorda, sólo cuando era una muchacha estaba delgada, pero después de que me casé subí de peso; después de los tres embarazos que tuve siempre me iba quedando con más peso y llegué a pesar 95 kilos y mido 1.60m. Cuando el doctor me dice que tengo que bajar de peso y me manda con el nutriólogo me doy cuenta que siempre he comido mal, me desayunaba con tortillas y refresco, en la comida volvía a comer bastantes tortillas y refrescos, pero en las noches muy seguido acostumbrábamos a salirnos a cenar en la calle: que burritos, que hamburguesas, que gorditas, que tacos y otra vez refresco”.

Tuvieron que pasar dos años, después de varios intentos fallidos y tratamientos, para que Adela aprendiera lo más importante: comer sanamente y hacer ejercicio por las mañanas todos los días.
“Al principio fui al nutriólogo, me costaba 450 pesos cada consulta y tenía que tomar dos tipos de pastillas; bajaba de peso rápido, mientras seguía la dieta y me tomaba el medicamento, pero a los meses volvía a subir. Lo más que alcanzaba a bajar era a 80 kilos, pero luego subí otra vez hasta 90. Yo sufría mucho, lloraba y decía yo no quiero ser diabética, porque mi mamá murió de eso y fue algo muy feo, además la hipertensión me volvía a subir y sentía malestares”, agrega.

Finalmente Adela encontró la solución: aprendió a comer sanamente, lo que le llevó a tener que cambiar su modo de cocinar y a oponerse a la comida callejera y de chatarra, pero también encontró apoyo en un grupo de amigas que la alentó a tomar clases de baile reductivo todas las mañanas. Gradualmente fue bajando de peso y hoy pesa 68 kilogramos; se siente satisfecha consigo misma, su problema de hipertensión se ha controlado, la diabetes no se le ha desarrollado y en general se siente mucho más saludable. “Dirá que exagero, pero inclusive yo siento que rejuvenecí, yo me sentía ya una señora vieja, porque además soy jubilada, pero hoy me siento como una mujer madura, inclusive mi relación de pareja ha cambiado, mi forma de vestir y mi energía”.

Adela asumió su obesidad y pudo resolverla, pero miles de niños, adolescentes y jóvenes obesos enfrentan muchos problemas, además de los físicos, debido a su enfermedad.

El diario Vanguardia, en su trabajo referido sobre la obesidad, recogió el testimonio de la terapeuta Ana Margarita Garnier sobre ese otro tipo de problemas que son complejos de resolver y pueden dejar secuelas para toda la vida: los psicológicos.

Los niños con sobrepeso u obesos manifiestan sensación de rechazo; tienden a aislarse, a generar baja autoestima y son, en un futuro, generadores de violencia.

“Un niño obeso agredido acumula tanto odio, se siente tan señalado que un día explota y quizá terminen siendo los golpeadores. Si le mezclas eso con una adicción es una bomba. En la escuela muchos niños obesos mantienen baja autoestima, los empiezan a estigmatizar”.

Añade que hay muchas consecuencias emocionales. Hay mucha depresión en las jovencitas, mucha ansiedad. Desde otra perspectiva, “la depresión es una frustración que no puedes resolver y buscas una compensación y una es dejar de comer o comer en exceso. Siempre en la obesidad, casi siempre hay cuadros de depresión”, añade la especialista.

Igualmente se hace referencia a la opinión de la endocrinóloga Elisa Cobos, quien comenta sobre las expresiones típicas que justifican la gordura: “no hay gordos felices, siete de cada 10 niños que atiendo con sobrepeso, muestran signos de depresión. Las niñas no se pueden poner los vestidos. No pueden jugar. Hay cambios de personalidad, andan tristes y luego eufóricos. Esto es una enfermedad y se les tiene que dar un plan nutricional y un plan de ejercicio y evaluarlos en seis meses, pero nadie da seguimiento, mucho menos los padres”.


NO HAY MILAGROS

Para quienes tienen los recursos económicos suficientes, lo más fácil es recurrir a procedimientos quirúrgicos muy costosos para tratar de resolver su problema de obesidad, como el colocarse bandas gástricas o realizarse liposucciones. Actualmente este tipo de intervenciones, además de ser muy agresivas o representar riesgos para la salud de las personas, tienen un costo que va de los 40 mil hasta los 100 mil pesos.

En mujeres de medio social acomodado es frecuente recurrir a la liposucción o a operaciones más agresivas, donde quirúrgicamente se les extrae la grasa sobrante del abdomen, las caderas y de otras partes del cuerpo, lo que además de ser muy doloroso, no es la solución al problema de la obesidad si no se cambia el estilo de alimentación y se lleva un régimen de ejercicio viene establecido.
Otro recurso es tomar medicamentos que aceleran el metabolismo y el consumo de grasa del organismo, o bien eliminan el apetito para evitar la ingesta excesiva de alimentos, pero además de implicar riesgos para la salud del enfermo, suelen tener un efecto de “rebote” cuando se dejan de tomar, recuperando el peso o ganando aún más del que se tenía.

La Secretaría de Salud, a nivel nacional y de los estados, es consciente que se enfrenta a una pandemia, para lo cual no tiene los recursos suficientes ni humanos ni financieros. De hecho, la obesidad es ya el principal problema de salud del país. Hasta ahora las campañas no han encontrado todos los resultados que se desearan, inclusive las estadísticas muestran que el problema sigue creciendo en la mayoría de los estados.

Por otro lado, hay una corriente que está impulsando la vida saludable, a través de una mejor alimentación y, especialmente, la práctica de algún tipo de ejercicio, como el correr, caminar, andar en bicicleta o acudir a un gimnasio donde se practican muchos tipos de disciplinas. En la región lagunera la práctica del atletismo se ha venido acentuando en los últimos años, lo mismo que el ciclismo recreativo, al que se han sumado cada vez más aficionados; por desgracia en las colonias populares y, de manera especial, entre las mujeres, estas tendencias tienen todavía un impacto muy bajo, lo mismo que la eliminación de la mayoría de la comida chatarra, en parte debido a que ésta va asociada con la pobreza: es más barato comer harinas, refrescos y en general alimentos con muy alto contenido calórico que alimentos más saludables, lo que genera un círculo vicioso que urge romper, pues éste va asociado a los niveles de educación.

Coahuila es hoy el estado más gordo del país más gordo del mundo, lo que plantea un escenario especialmente delicado para los pronósticos de la salud pública, y uno de los retos gubernamentales más graves. La realidad de la mala alimentación y los malos hábitos de vida nos ha alcanzado desde finales del año pasado, sólo que la pandemia crece, engorda peor que un cáncer invasivo.

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LA BAJA ESPERANZA DE VIDA EN MÉXICO
Causas: mala alimentación y obesidad.

MÉXICO es, con 74.6 años, el único país de la OCDE que no ha superado el listón de los 75 años de esperanza de vida, y también donde más lentamente ha avanzado ésta desde comienzos de siglo.

Según un estudio publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), comportamientos perjudiciales para la salud como la mala alimentación o la altísima tasa de obesidad figuran entre las primeras razones que explican la mediocre progresión de la esperanza de vida en México.

En concreto, el incremento fue de 1.1 años entre 2000 y 2013, cuando en ese mismo periodo el aumento de la mayoría de los 34 países miembros de la organización fue de más de tres años, hasta una media de 80.5 años.

En México no son tan frecuentes, como en otras partes del mundo desarrollado, comportamientos dañinos como el tabaquismo o el consumo de alcohol, pero la mala alimentación y su corolario, la obesidad, pesan en numerosos problemas, desde la hipertensión, las diabetes, las enfermedades cardiovasculares o las afecciones respiratorias.

Un 32.4 por ciento de los mexicanos adultos son obesos, una cifra que sólo superan los estadounidenses  (35.3 por ciento), que queda muy lejos del 19% de media de la OCDE y a años luz del 4.7 por ciento de los surcoreanos y del 3.7 de los japoneses.

Pero por si fuera poco, México se ha significado por su trepidante tendencia al empeoramiento: entre 2000 y 2013 esa tasa de obesidad se incrementó en 8 puntos porcentuales, algo que sólo ocurrió durante ese periodo en Australia (allí pasó del 20 al 28 por ciento) mientras en los 34 países miembros en conjunto subió en tres por ciento.

En el caso del sobrepeso infantil, afecta a más del 37 por ciento de los niños mexicanos y alrededor del 32 por ciento de las niñas.

México se desmarca de la inmensa mayoría de los países de la OCDE por su falta de avances desde 1990 en la reducción de la mortalidad por paro cardiaco, que se mantiene a un nivel elevado (140 decesos por cada 100 mil habitantes, frente a una media de 117); la obesidad y la mala alimentación tienen mucho que ver con ello.


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