Gorditas de menudo


La vida en la comarca lagunera en los 70s era de tradiciones: de danzas y reliquias, de mañanitas de abril; iba toda la raza con todo y suegra al bosque Venustiano Carranza, para tener un día de campo en el mes de abril, se llevaba comida, café de olla, pan de la Reynera, y refrescos Barrilitos Dr. Brown. La gente tenía mesura y delicadeza para conservar su tradición. En las ferias del algodón y de la uva se vendían toda clase de antojitos tradicionales mexicanos: menudo, pozole, birria, tacos de todo tipo, flautas, carnitas, lonches, etc.; era espectacular el festín que provocaban todos los puestos que vendían esos antojitos.

La raza se consentía también en el estadio de la Revolución viendo a los Diablos Blancos del Torreón contra la Ola Verde del Laguna; ahí se vendían a discreción los famosos lonches de mortadela, queso de puerco y adobada del “Putarracas”, que era también el encargado de las espumosas Cruz Blanca; la raza tragaba y tragaba al ver a su equipo perder siempre. Igual sucedía en la Plaza de Toros: la lucha libre, espectacular, amorosa y voladora, afuera se vendían los taquitos de doña Jacinta, llenos de repollo y cueritos, y hasta el tope de aceite reciclado, los aficionados se amontonaban para pedir de sesos, de barbacoa, de machaca, de aguacate y de papa con chicharrón; salía la concurrencia medio peda y no le bastaba con lo que adentro y afuera de la plaza se tragaban: llegaban al puesto de Don Lolo, por los famosos tortillones de harina azucarada; hay de papa, frijoles refritos con queso, picadillo, huevo en torta, rajas con queso y los inmortales de deshebrada con queso, en la Uruguay y Rodríguez; hasta la fecha Don Lolo subsiste y además con tres sucursales.

Torreón cuna de lecheros, algodoneros, luchadores, y reyes de las gorditas y los tacos al vapor.
Las famosas gorditas: que las de la Fundición, las de la Diagonal, la Pestaña, las de los cuates, Doña Domi, las del Hielero Aguilar, las del Parralito, las de don Reyes de Pemex, las famosas de huevo verde de Lerdo, y cientos más que estuvieron, se fueron y siguen siendo las reinas de los almuerzos de cientos de laguneros.

También los tacos al vapor tienen su mérito a esta terrible engordadera lagunera: empezaron en los 50s y yo los vi en los 70s. Eran unos hermanos con sombrero duro y bigote recio que decían venir de Peñón Blanco: los hermanos Atilano, arrastraban unos carritos de madera perfectamente hechos con llantas de herrería y suela de hule de llanta; salían de una vecindad de la colonia Moderna para dejar una estela de humo y olores a sangre de puerco, chicharrón, papas con chorizo, frijoles con comino y nopales con asado rojo; su meta era el mercado Juárez, pero desgraciadamente no llegaban con carga hasta allá, la gente se les amontonaba y se terminaban los tacos y su salsa, totalmente sumergidos en aceite, se despachaban en papel de estraza y bolsas de papel.

En los 70s llegan a la Laguna las primeras Pizzas. Pizza Piazza, una en Gómez Palacio, sobre el Boulevard Miguel Alemán, otra en Torreón Jardín, y otra en la Hidalgo y Cepeda, allí se hacían tertulias y bailes; en un principio era la locura, nadie sabía a qué sabía una Pizza y se formaban tremendas colas para comer harina, queso y tomate, desaparecieron tras la llegada descomunal de los nuevos consumidores de grasas trans, las nuevas cadenas de pizzas, JC, GM, Dominos, Pizza Hut, y muchas más que surgen en las principales avenidas laguneras. En asuntos de pizzas somos variados: al reinado de Pizza Hut ya lo sustituyeron pizzerías más baratas y rápidas, como la pronta cadena de las hot-n-ready Little Ceasars y la reciente It’s a Pizza; destacan por gourmet las Capricciosas o las de Baldoria, que son para paladares y monederos más finolis; y llegamos hasta las pizzas caseras experimentales, hechas por encargo para los cuates, como la Pizza de la Ardilla Amarilla.

Recuerdo el primer pollo frito en Torreón: se llamaba Dunny, por Independencia y Leona Vicario. Después vi cómo se levantaba una preciosa casita estilo americano en la entrada de la colonia Torreón Jardín, Kentucky Fried Chicken, era una belleza de construcción y por dentro se vendían como pan caliente las recetas del Coronel Sanders. Después llegó la competencia del pollo frito, cientos más a esta ciudad que se estaba llenando de colesterol, triglicéridos, y todas las terribles enfermedades gastrointestinales gobernadas por la madre de todas, la obesidad. Pollo a la leña, pollo al carbón, pollo estilo sinaloense, los cuellitos con papas del Pollo Santos, El Pollo Feliz y el ya internacional y carísimo Pollo Loco, que a excepción de sus bolsas amarillas rotuladas y sus grandes establecimientos, no ofrece más que cualquier pequeño negocio local.

Ahora en todos los sitios de la ciudad y a toda hora se comen alimentos procesados: gorditas al carbón, tacos de barbacoa, y menudo por las mañanas; birria, carne asada y pozole por las noches y las siempre buscadas y afamadas hamburguesas: las Búfalo, las de la doce, San José, Zanahorias, Burguer King, Carls Junior, y cientos que se me olvidan. En todos los antros de Torreón a las afueras siempre está el famoso burrero: después de las farras el comensal llega para darse una buena dotación de colesterol con los famosos burritos de hielera, de chicharrón prensado, papa roja, frijol con asado, huevo, discada y deshebrada con papa, y ya hay quien hasta los vende de adobada, chile relleno y otros inventos irresistibles. La juerga no para y la raza se lleva hasta cinco por cabeza para seguir chupando, un verdadero gancho al hígado y a inflarse más.


DE RELIQUIA Y PURA FRITANGA

La clase media baja se deteriora comiendo a deshoras teniendo malas dietas y malos hábitos, pero no todo está destruido hay quienes tienen voluntad y deseo de tener buena salud y buen estado físico, siguen en su lucha ejercitándose y llevando una alimentación balanceada.

Por otro lado la clase alta tiene más apertura a comer un poco más sano y esto se debe a tener una poco más de recursos monetarios, a pesar de los establecimientos caros donde se venden ensaladas, panqueques, yogurt, comida japonesa, etc. Hay quienes prefieren alimentarse en las calles, metidos en las gorditas, tacos de carnitas, pozolerías, menuderías y birrierías; hay quienes no bajan bandera para seguir en la descomunal tragazón Lagunera.

Veo con asombro a estudiantes jóvenes comer a todas horas frituras. Veo carritos en las escuelas vendiendo churros, cheetos, aros, papas fritas, con cueritos y repollo; ése el  alimento que nutre el cerebro de nuestros estudiantes. Ésa es la razón de nuestra joven obesidad, veo autobuses repletos de personas jóvenes gordas, muy gordas. Te subes a un camión urbano de cualquier ruta y observas cuántas personas traen sobrepeso; he contado por camión más de diez, el bus nomas se zarandea y se zarandea.

Las tradicionales reliquias siguen siendo muy sabrosas solo hay que saber que hoy toda la carne, sea cerdo, res o pollo, está inyectada de sustancias que hacen que no se descompongan tan fácilmente, además de haber estado congelada. La carne que nos zampamos en cada reliquia no es como la de antes. Cuando yo era niño, me mandaban a comprar con Don Ángel cinco pesos de molida; cuando entraba a la carnicería el olor y el color de la carne fresca era amable, les llegaba la carne del rastro desde muy temprano y ya para las tres de la tarde no había nada en la carnicería, todo era fresco y no quedaba nada para al día siguiente. Don Ángel me daba pilón, un cuarto de chorizo casero o moronga.


LA VIDA NO RETOÑA

Y ni modo, raza tragalona. Hay que hacer un alto en este placer de engordar. Hay que querernos un poco y saber decir no a tanto manjar tramposo. Hay programas que el gobierno ofrece, pero la gula, la avaricia y la soberbia pueden más, esos tres pecados capitales son el gobernante inteligente e invisible.

Por ejemplo, me quedo asombrado con Juanito, un chavito de diez años hijo de un amigo mío: se levanta a las siete para ir a la escuela, se lava la cara se sienta y se zumba tres huevos con jamón, un licuado grande de plátano con chocomilk, una concha de chocolate y se lleva de lonche dos tortas de huevo con mortadela con su respectiva Pepsi de 600. Por supuesto, Juanito ya tiene problemas porque pesa 80 kilos y tiene principios de diabetes, como él hay muchos en esta comarca.

Recuerdo a mi amigo Felipe, era gordo de más de cien kilos y muy joven, toda su familia era obesa y recuerdo que todos los días comían carne de cerdo. A la mama le vino un derrame, al abuelo le dio diabetes, a la abuela cirrosis y en la actualidad mi amigo tiene diabetes melitus. Ya no puede echarse unas chelas conmigo, ni puede comerse diez tacos de tripa de con El Chato, el mejor tripero de la colonia Ana. Hace mucho que no sé de él, espero que esté bien.

También hace tiempo que no veo a mis primos, mis primos están también en la cuerda floja son tres y los tres gordos, muy gordos. Recuerdo que su mamá les daba todos los días tortillas de harina, para todo hacia tortillas de harina, en el almuerzo, en la comida y en la cena; mi tío José Ángel murió de un infarto fulminante hace años. Pero la vida sigue y sigue, hay que gozar al máximo dicen los del canal 9 y más ahora porque que ya empieza la época de navidad, las posadas y sus grandes cenas, los cumpleaños en diciembre que parece que se van acabar los expendios, las cenas de noche buena y fin de año. Que los gordos revienten y los flacos engorden. “Ábranla que lleva bala”, decía un amigo que falleció de coma diabético, a los 45 años; él se reventaba dos tortillones de Don Lolo que pedía de lo que fuera; lo vi tragar como loco con dos refrescos a la vez.

Tengo una amiga en cuya familia hay un serio problema de obesidad. Ella pesa casi cien kilos aunque se gasta un dineral en ir al gym, al vapor, al spa. La bronca es que el fin de semana se surte de tragadera lagunera. Si le señalo que de nada el sirve el ejercicio con esa desmesura de los fines, se pone mal, llora y come por depresión.

No hay poder superior que frene o pare ese poder de comer, esa imperiosa forma de ser y actuar, hay quienes presumen la gran barriga diciendo que mucho les costó tener esa panza.

Mi padrino me decía que es mejor estar flaquitos y duritos. “Flaquito, mi Pancho, para durar muchos años, para tener buena condición para todo. Al menos no hay que dar tanta lata al morir”.

La obesidad, madre del infarto cardiaco infalible e invisible, mata de día y de noche no tiene sueño ni es perezosa, tiene toda la calma y paciencia, sólo se entretiene un poco en otros cuerpos esperando que le des permiso para estacionarse en ti. Si te pones a dieta, esta región te salpica de aceite y harina en cada esquina. Vivimos en la comarca fritanguera, en la ciudad de los lonches de adobada triples, en la ciudad tan orgullosa de sus gorditas que nunca falta el ridículo que se va de aquí y se la pasa diciendo en su Facebook todo lo que daría por tragarse unas gordas de chicharrón, y hasta fotos sube. Ahí está el asunto, la parafernalia del que por comodidad, falta de tiempo o mera cultura, gusta de hincarle el diente a diario a toda la comida local, a lo prensado envuelto en mortajas de harina, sumándole toda la chatarra gringa.

Y yo mejor termino ya este recuento de la alevosía con la que el paladar y las fijaciones orales le dan azucaradas y grasosas zancadas al cuerpo. Termino antes de que a alguien se le ocurra inventar las gorditas de menudo y entonces sí, para que vean, comience el aquelarre.



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