El misterioso caso del autor mexicano que sí escribía buenos cuentos





Boone logró conjugar varias tradiciones narrativas, actualizarlas y entregarnos una serie de cuentos que demuestran por qué los escritores nacidos en los setentas en México deberíamos tomarlo como estandarte o por lo menos entender que la novela no es todo en este pobrecito poco lector país y que todavía es posible escribir relatos cortos.

Tal vez Boone está abriendo camino para que las editoriales comprendan que el cuento de calidad también puede comercializarse.

Algunas editoriales comienzan a entenderlo, aunque sea de forma parcial. Por ejemplo, la misma editorial que publicó este libro ha entregado Norte, una recopilación de autores norteños variada y, hasta cierto punto, dispareja. Más allá de criticar la selección de cuentos y autores, me alegra que de alguna manera los cuentos regresen a las mesas de novedad.

Pero me desvío, los cuentos incluidos en Cavernas tienen múltiples influencias, pero al mismo tiempo encontramos un autor seguro de sí mismo. A lo que me refiero es que podemos hallar a los distintos autores que han gobernado el cuento y el relato desde el inicio. Desde Edgar Allan Poe hasta John Cheever, pasando por la ciencia ficción, el humorismo y el horror.

Escribir cuentos es mucho más complicado que hacer novelas. Todo es una cuestión de apariencias. Como es más corto parece que será más sencillo desarrollar una historia. Pero el cuento tiene sus verdaderas complicaciones. Mantener el interés, construir un arco narrativo verosímil, engañar al lector y siempre mostrar cuál será el final sin que él se dé por enterado. Hay más características necesarias para sostener una historia corta. Por eso hay muchos cuentistas pero muy poco libros de cuentos que se quedan en la mente del lector.

Cavernas se queda ahí porque la factura de sus cuentos es extraordinaria. Sé que suena exagerado, pero es una sorpresa mayúscula leer a Boone. Hace tiempo que no encontraba a un autor tan sólido en este país.

El libro propone una división muy clara. Los primeros cuatro cuentos giran alrededor de las apariciones. Fantasmas, desaparecidos misteriosamente, seres enloquecidos extraordinarios. El siglo XIX regresa en forma de cuentos de Boone. Cada uno de esas historias entierran una sensación de inseguridad, la realidad no parece tan sólida, entonces.

El mejor de esos cuatro, a mi parecer, “Los relámpagos”. Unos estudiantes de medicina en el norte del país, Coahuila, para ser más exactos, se enfrentan a lo extraño en uno de sus viajes de aventón tan comunes en las ciudades pequeñas. Quienes conocemos el desierto y las carreteras coahuilenses podemos vernos fácilmente atrapados en una situación similar, por lo menos así engaña la mente después de la lectura.

Los siguientes tres cuentos pertenecen al horror o la ciencia ficción. El autor se obsesiona con el fin de la humanidad. Aquí tenemos las pesadillas recurrentes pero su forma de abordarlas es por completo novedosa. Hay un apocalipsis zombi con científicos incluidos que intentan llevar el cuerpo humano a su última frontera. También encontraremos un científico loco, pero su exploración de las partes del cuerpo se hunde en las profundidades del horror posthumano. El mejor de estos es “Momentos no humanos de la Tercera Guerra Mundial”, no deseo explicar demasiado, pero no he leído mejor manera de actualizar a Lovecraft, en serio, ni siquiera en Los mitos de Cthulhu.

Los últimos tres cuentos son sobrenaturales: leyendas negras, hombres atrapados en un loop infinito y misteriosos viajes en el tiempo y espacio.

Estoy tan infectado de realismo sucio o simple realismo que los cuentos de Boone me hicieron recordar porqué comencé a leer en mi niñez. Si algo me encantaba era las historias extrañas que abrían puertas a universos distintos. Desde aquí le agradezco al autor por hacerme voltear a ver esos mundos otra vez. El mejor, sin duda, es el que cierra el libro: “Espera de un día”. El narrador, un hombre obsesionado con las antigüedades, se interna en un mundo extraño sólo por conseguir un objeto. El deseo es tan grande que juzga conveniente pasar por un ritual que a cualquiera le erizaría los pelos de la nuca con tal de poseer un pequeño daguerrotipo.

Me parece que esa historia es una declaración de principios: los cuentos están aquí y no desaparecerán tan fácilmente. No importa si la industria editorial prefiere ignorar a los cuentistas, aunque parezcan arcaicos y pasados de moda, las historias cortas seguirán consiguiendo lectores todos los días hasta que la humanidad se desvanezca en una asquerosa pesadilla de Cthulhu “El que espera soñando”.

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