Corazones amarrados en Fco. I. Madero: collage amoroso y sobrenatural


LAS COSAS RESULTAN MÁS DULCES DESPUÉS DE PERDIDAS”. Es una frase que Anthony Patch le dice a su amante Dorothy Raycroft cuando éste se tiene que ir de la ciudad porque ha sido reclutado en el ejército cuando estalla la Primera Guerra Mundial; pertenece a la novela Hermosos y malditos, de Francis Scott Fitzgerald.

Los que habitamos la región del noreste mexicano conocida como La Laguna sabemos que el agua que dio origen a los primeros asentamientos ha desaparecido como tal. Lo que perdura es el recuerdo. ¿Cuál es nuestra relación con lo imaginario?

Pienso que pertenezco a esa clase de corazones solitarios, esos hombres sentimentales habitados por fantasmas. Mi viaje por los ranchos me demostró que no soy el único.


ELIEL
¿Cómo empezamos este viaje? Esta pregunta no tiene un sentido metafísico ni existencial. Vamos, mi informante Wanda y yo, en un Ford Ikon azul sobre la carretera federal 30. Atravesamos los 60 kilómetros de Torreón a San Pedro de las Colonias en busca de información sobre la Sociedad de Estudios Psíquicos de San Pedro -fundada por Francisco I. Madero, empresario, político y principal crítico contra el gobierno de Porfirio Díaz- y de alguna bruja que pueda orientar este corazón solitario en el complejo universo de las relaciones amorosas.

Wanda es una abogada que hace cuatro años, cuando ella estudiaba una maestría en Sonora, conoció a un brujo que le dijo que mi segundo nombre era otra manera de nombrar al diablo, a Satán, a Lucifer, a Belzebú, al príncipe de las tinieblas y, sólo le faltó mencionar, para invocar a Ozzy Osbourne o a Nick Cave. Ella le creyó en cuanto el brujo le describió a grandes rasgos mi carácter y mi infancia. No se había equivocado. Lo que también dijo fue que una mujer del DF me había realizado un amarre muy potente, una brujería negra y poderosísima porque había sido fraguada utilizando un fluido del cuerpo: mi semen. Pero tiré el condón, le dije. Y también acabé en su abdomen y luego nos cubrimos con la sábana; no pudo haber esperado a que me fuera para utilizarlo, ¡ya estaba seco!


LUCIO
La Laguna es una idea en la que nos zambullimos. En el libro de memorias Tulitas de Torreón. Recuerdos de la vida en México, de Tulitas Wulff Jamieson como fue contado a Evelyn Jamieson Payne -Tulitas fue la hija del ingeniero Federico Wulff quien a finales del siglo XIX fuera el responsable de la planeación urbana de Torreón- relata que para esos años que vivió en Torreón, entre 1890 y 1910, “algunos ancianos aún recordaban el lago antes de que se secara y desapareciera”. Han pasado más de cien años y nos seguimos identificando con ese territorio fantasma que heredamos de la producción agrícola y ganadera.

Caminamos por cicatrices que se niegan a sanar. Y no me pongo esotérico. Sabemos por la ciencia que mirar al cielo es mirar al pasado. Y que esta región de la Comarca Lagunera junto con Cuatro Ciénegas perteneció al antiguo mar de Tetis.

Atravesar La Laguna es comunicarse con los muertos. Fósiles de millones de años de antigüedad. Y nuestra historia reciente: la formación de villas y ciudades a partir de la construcción de vías de ferrocarril.

Quizá no estaba errado Francisco I. Madero al fundar su Sociedad de Estudios Psíquicos de San Pedro en este lugar. Según sus memorias, Madero afirma que las sesiones espiritistas “lograron transformarme, y de joven libertino e inútil para la sociedad, han hecho de mí un hombre de familia, honrado, que se preocupa por el bien de la patria y que tiende a servirla en la medida de sus fuerzas”. En estas sesiones Francisco I. Madero fungía como médium que escribía lo que el espíritu le dictaba mientras Madero se encontraba en trance.

Existen dos periodos de las sesiones. El primero abarcó de 1901 a 1904, y el segundo de 1907 a 1908. En las conversaciones, lo que Madero escribía durante el trance, destaca la presencia o firma de Raúl, un hermano pequeño que murió trágicamente. Sus cartas pertenecen principalmente al primer periodo y les recomienda a los presentes que se esfuercen en leer, en practicar la caridad, ayudar a los pobres, dominar los impulsos carnales, dejar los vicios y orar. Francisco I. Madero se retiró a su rancho Australia para dedicarse con fervor a estas actividades. Durante el segundo periodo, la presencia de José le dicta que debe prepararse para una cruzada democrática, una lucha por la justicia, por la patria.
Un velador asegura que en la construcción que vigila en los márgenes de Torreón con Matamoros se aparecen brujas: bolas de fuego que bailan sobre el baldío, aullidos o gritos extraños que rasgan la tranquilidad del vacío; dice que por la mañana un bebé de pocas semanas de edad amanece sin vida junto a la ventana.

Cuando Madero fue presidente de 1911 a 1913, los periódicos de la capital de México lo tildaban de “loco que se comunica con los muertos”. Con haberle dicho ranchero era más que suficiente.


WANDA
Se ha dedicado durante años a consultar oráculos, brujas, médiums, videntes, cartas, runas, sedimentos de café, vuelo de aves, baile de velas y todo tipo de augurio de Torreón y las ciudades a las que ha viajado. Es investigadora social. Científica. Aunque este párrafo pareciera mostrar lo contrario. Le digo que yo no creo en eso: brujería, religión, esoterismo. Pero la imaginación es destino.

La segunda vez que vi a la mujer del DF me platicó que su exesposo le había hablado aterrorizado porque un vidente en Canadá le había dicho que su exmujer ejercía fuertes hechizos sobre él que le impedían ser feliz. ¿Y no lo hiciste?, pregunté. ¡Claro que no!, fue su respuesta, no hago esas cosas. ¿De verdad?

Wanda me revela el sentido de su viaje. Llegamos al juzgado para que revisara un caso. En menos de diez minutos faroleábamos en la plaza. Ella quiere un tanque -cerveza preparada con clamato, salsas, limón y otras delicias como charales, camarón o carne seca que venden en Matamoros- pero son las diez de la mañana y en esta ciudad no venden. Así que sentencia: vamos a Lequeitio.

¿Por qué?

Wanda se toma su tiempo. Bajo la sombra que proyecta el monolito que conmemora los cien años de la batalla de la Revolución, dice: quiero vigilar a mi rodilla.

¿Rodilla?

La amante de mi vato con la que acaba de parir a una criatura.


URQUIZO
Decido no regresar por la carretera federal 30. Agarro terracería. Después de casi una hora encuentro una calle que desemboca en una escuela. Se acaba el pavimento y siguen las piedrecillas sueltas del chapopote que se pierden bajo el polvo de un ejido cuyo nombre ignoramos. Cruzamos localidades, vías de ferrocarril, terracería, grava, campos de algodón, milpas para llegar a una escuela con una reja y una barda a medio construir. En el techo de un salón una antena de telesecundaria. Un maestro nos recibe, nos indica cómo llegar a Chávez, nos advierte que hay un puente con un agujero enorme y nos recomienda que, si lo que queremos son brujas, preguntemos por La chequina.

Las indicaciones nos transportan a Concordia, La Rosita y a Urquizo, donde veo el nombre del general honrado en el anuncio de un expendio.

Francisco L. Urquizo nació en San Pedro en 1891, fue un militar y escritor que alcanzó el grado de general combatiendo durante la Revolución, con los maderistas y, después de la Decena trágica, con los carrancistas. De su obra destaca Tropa vieja. Narra las aventuras de los revolucionarios, las batallas, las comidas, los pormenores, las rencillas internas, las camaraderías. Otra novela, Fui soldado de levita de esos de caballería, narra la toma de Torreón y de San Pedro entre otras batallas hasta el arribo del ejército de Venustiano Carranza a la Ciudad de México. Esta novela dice “siempre fue Torreón una ciudad de juerga desde los tiempos de las bonanzas algodoneras en que el dinero corría a manos llenas; con mucha más razón lo era con las tropas federales o revolucionarias que entraban y salían de aquella pieza”. Entren a Torreón bailando, era el lema que se decía cuando todavía existía la zona de tolerancia que fue clausurada en 1991. Once años, en 2012, prohíben los table dance y los casinos. De ese Torreón de juerga queda el dulce recuerdo.


ELEAZAR
Nos detenemos en un lugar solitario. El viento sopla y baila con las hojas de mezquite, raspa y levanta la tierra, juega con las bolitas de algodón que se escapan de los cultivos a pie de carretera. ¿Estos lugares abandonados honran la memoria de los revolucionarios? Nosotros no venimos por el pasado. Viajamos de la ciudad al campo por un corazón amarrado.

Pedimos indicaciones para encontrar a  La Chequina. Mellanie de Concordia nos señala la manera de salir y asegura haber escuchado algo de esa bruja. Apenas una gota de esoterismo y su boca desprende chismorreo. No necesitamos cartas para saber que en su trabajo encontró a un hombre del que se enamoró y apasionó. La oficina de su jefe se convirtió en punto del encuentro sexual. En la maquila era conocida como miss Mezquite al enterarse que también fornicaban en despoblado bajo el amparo de la flora del desierto.

Es un hombre de Lequitio casado con todo y todo; es decir, con esposa y amante. Antiguo maquilero que se casó pese a su negativa. Él no quería, le dijo a Mellanie, pero la familia de la novia intervino y mediante hechizos lo amarraron. De manera que se casó sin amor pero con una mujer cuyo vientre multiplicaba células. Ah, la magia de rellenar el útero de leche. Eleazar decidió divorciarse pero para ese entonces ya había nacido el bebé. Entonces resolvió echarle ganas porque un ranchero no huye. Un ranchero roba. Robar no como un delito sino como una tradición: llevarse a la hembra de una casa a otra. Quizás el delito refrende la tradición.

Eleazar le aseguró a Mellanie que no es el bebé quien ahora le impide dejar divorciarse. ¿Por qué? Porque me hizo un amarre… me lo dijo un vidente. Una vez Eleazar regresó del trabajo y no encontró a nadie en su casa. Una vecina le dijo: dígale a su mujer que ya le baje a su pedo porque aquí todo el rancho sabe que se coge a mi marido, todos excepto usted.

Mellanie asegura que quizás haya sido La Chequina quien descubrió el amarre. No sabe. De lo que está segura es que se va a robar a ese hombre.


GENEROSO
Cruzamos media hora de terracería al norte para conseguir información. En medio de la nada. Donde una escuela primaria tiene solamente dos salones: uno de primero y otro de preparatoria. Sí. Es un nuevo programa. Yo mismo fui a dejar un currículum al Colegio de Bachilleres de Coahuila para dar clases de Español, Taller de lectura y redacción, Literatura e Inglés. No es en la ciudad, me dijeron en la oficina, tendrías que ir a dos o tres horas fuera de la ciudad, a alguna comunidad a la que te asignemos. No me hablaron.

Llegamos a Francisco I. Madero preguntando por La chequina mediante los contactos de Wanda en el mercado. Nos comentaron que es difícil localizarla porque se cambia de lugar con frecuencia. Luego un vendedor de un puesto vecino intervino y dijo que no sólo cambia de lugar sino de forma; se hizo el silencio incrédulo. Tal vez se trata de un travesti. No hubo o no quisieron darnos respuesta.
Hay hombres que tienen mujeres en diferentes ranchos. Generoso es uno de ellos. Antiguo beisbolista que recorre La Laguna jugando béisbol en La Liga Mayor, practicando el tradicional pisa y corre rural. Cuando jugó con los Saraperos de Saltillo realizó una jugada excepcional: una semana se llevaba a su esposa, otra semana la pasaba con su novia de Santo Niño, se hizo amante de una vecina y se metía con cuanta chamaca pudiera. Aunque no tenía hijos no podía dejar a su esposa que también lo engañaba. Su conclusión, dice generoso, es que lo tenía amarrado. ¿Por qué, Nazul?, me pregunta Wanda. ¿Por qué qué? No dice nada. Se hizo el silencio cuando nos identificamos con la derrota.


SILVANO
Wanda no entiende por qué un hombre sigue ahí a pesar de que la relación es insostenible. ¿Por qué prolongar el deterioro?

Nos gusta bailar con el diablo. O al diablo con nosotros. Según cuenta la leyenda se aparece en bailes en los ejidos muy bien vestido.

Recuerdo que mi mamá me contaba la historia de una prima en El paso del águila que tenía un duende en su casa que le movía los objetos de lugar y que le dejaba un poco de comida en un rincón. Yo era un simple morrito de ciudad con amigos imaginarios que no conocía la carencia en las casas de adobe abandonado.

Silvano de La Frontera chavesina fue engatuzado por su amante con la promesa de “el palo de despedida”. No sabía que Deyanira había citado a la esposa de Silvano a la misma hora. Cuando la esposa llegó al motel Cinco Estrellas -Deyanira había dejado la puerta abierta- los vio. Lo que Deyanira no anticipó fue que la esposa los iba a esperar para luego seguirlos en el carro, chocarlos y sacarlos de la carretera. Y sí, me dice Wanda, todavía siguen y ya conoces la razón; luego vuelve a preguntar por qué les gusta vivir así.


LA MILEY
Parte de la nueva camada de La Florida maderense. Dieciséis años, arrejuntada, sin hijos y con un intento de suicidio.

José Santos se la robó cuando ella tenía catorce años. Al año la Miley descubrió que su novio había parido con otra mujer un bebé en el ejido 20 de noviembre, de los primeros lugares donde hace 79 años se dio el reparto agrario por Lázaro Cárdenas. Vivimos en tierra de campeones, ¿eso explica que los vástagos nos equivoquemos tanto?

Aguantó. Fue buena hembra. Al año siguiente su novio le dijo que no podía continuar así y que planeaba casarse con su otra novia. Entonces la Miley gritó, rogó, amenazó con quitarse la vida mientras las hermanas la sujetaban y funcionaban como un coro que repetía las peticiones. A las horas siguientes José Santos recibió una llamada de las hermanas. Se colgó con una soga pero se reventó porque no aguantó su peso. La intención es lo que cuenta, sentenció.

Nuestro fracaso concluye en El taco Medallas. Orden de bistec y una coca cola. ¿Por qué, Nazul?, pregunta Wanda, ¿por qué a los hombres les gusta vivir así?

Y aunque Francisco I. Madero es una pequeña ciudad cuyo origen se remonta a 1895 con la construcción del ferrocarril, y a 1902 por la Hacienda de Linares que Josué Chávez construyó -es por él que esta localidad es conocida como Chávez-, y finalmente a 1986 cuando elevó su rango a ciudad, aunque los autos cruzan junto a nosotros por las calles pavimentadas, en ese momento que miro a Wanda tratando de dar una respuesta definitiva, me quedo en silencio, un silencio honesto, desnudo ante su insistencia: tú eres hombre, tú debes saber por qué les gusta vivir así.


RECESO
Entre brujas, matrimonios fracasados, amantes insoportables, trabajos que destrozan el espíritu…
“Lo que hoy es evidente, una vez fue imaginario”, escribió William Blake en sus ‘Proverbios del infierno’ del libro Matrimonio del cielo y el infierno.

¿Qué seremos los laguneros por lo que ahora imaginamos?

Las investigaciones históricas de Sergio Antonio Corona Páez sobre la construcción de nuestra identidad hablan de un proceso de aproximadamente cuatrocientos años. Y yo que apenas me conozco no puedo responderle a Wanda por qué somos así. ¿Acaso debo citar el proceso por el que los españoles y tlaxcaltecas habitaron el norte de México? ¿Alivia a su corazón el saber cómo nuestros antepasados domesticaron la flora para hacer del desierto una zona fértil y pujante? ¿A qué persona le consuela el conocimiento de que La Laguna fue una región de origen multicultural y que el uso del agua marcó el destino de nuestras relaciones económicas, la apropiación del espacio, la organización política y la transformación del medio ambiente que a la postre reflejará nuestros problemas de salud y políticas públicas?

Yo qué voy a saber, soy un treintón con relaciones hermosas y terribles que escribe y que tal vez, como respondió Henry Miller cuando le preguntaron qué era un artista, “tiene antenas, que sabe captar las corrientes que están en la atmósfera, en el cosmos, el artista sencillamente tiene la capacidad de captar”.

Seguimos hablando con los muertos.


DIMAS
De regreso a Torreón nos reímos con el nombre de un ejido: Jaboncillo. Una vez, dice Wanda, llevé el proceso de divorcio de uno de ahí. ¿Y cómo lo amarraron?, pregunto. Hay muchas formas, contesta Wanda, ¿a quién quieres amarrar? Me rio. Según un vidente que consultó Dimas, su señora lo amarró metiéndose una fotografía de Dimas en los calzones por quien sabe cuántos días. Y recuerdo la foto tamaño infantil que le regalé a mi última pareja y a quien siempre vuelvo sin alcanzarme a explicar por qué me gusta cargar esa cruz, recuerdo la foto y el pequeño altar a la Santa Muerte en su cuarto. ¿Por qué, Wanda, por qué nos gusta vivir así?


JOSÉ SANTOS
El vacío produce delirios. Siento eso después de horas internados en los ejidos.

En Lequeitio nos cobija una sensación de tranquilidad. La carretera es recta y tranquila como todo lo que nos rodea, todo lo aparente, lo sabemos, porque hay algo que hierve en secreto. Wanda señala el casco de una exhacienda deteriorada y bella; la historia tiene una atracción insospechada. Tal vez buscamos una explicación, una serie de actos que iluminen la insensatez que vivimos. Pretendemos encontrar a su rodilla. Detenemos el Ikon junto a una vulkanizadora con la imagen del Che Guevara en una pared. No hay necesidad, le digo. Para qué tanto problema, complementa Wanda. Meto reversa y volvemos por la misma carretera hacia Francisco I. Madero. Compro cerveza y semillas en un expendio. Abrimos, cada uno, un latón Indio. A beber y que los corazones amarrados y las rodillas no nos agobien. Dejemos que los muertos nos entierren mientras exprimimos la tierra y que los frutos, como las parejas perdidas, se vuelvan dulces cuando se agoten.

José Santos y la Miley se encuentran en su casa. Tuve una visión, le dijo Miley, si me dejas me voy a morir. José Santos contesta que él tuvo un sueño profético: si me quedo contigo me voy a morir.
¡Es que lo tienen amarrado!, dice Wanda, ¿tú crees? ¿Y a cuál visión le harán caso?, le pregunto. Es lo que vamos a averiguar, responde.

Que le lleve una soga, una que sí le aguante, complemento desde el fondo de mi corazón.

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