Hacer el vestidor: los divanes del futbol

Por: Pedro Santibáñez

Dentro del medio del futbol profesional se usa cada vez más la expresión “hacer el vestidor”, o fulano “le hace el vestidor”, o tal director técnico tiene problemas con el vestidor ¿De qué se trata este asunto?

Ya se sabe que un equipo de futbol se compone de once integrantes titulares y seis en la banca, pero la banca varía de acuerdo a los lesionados, que pueden ser varios a lo largo de un torneo. En resumen 17 jugadores de planta que constituyen un grupo, dentro del cual deben surgir liderazgos naturales, además de que se pueden dar subgrupos si no hay un liderazgo muy fuerte.

En teoría el capitán del equipo en la cancha debería de coincidir con el líder en el vestidor, pero no siempre es así, aunque es lo más común. Por ejemplo, en el equipo del Santos-Laguna quienes “hacían el vestidor” era el capitán Oswaldo Sánchez, que era el más veterano, pero también ejercía liderazgo el mediocampista Juan Pablo Rodríguez. Ahora no está muy claro quien hace el famoso vestidor.

Hay directores técnicos que, por su personalidad, tienen una gran capacidad de liderazgo, de tal manera que son ellos mismos los que hacen el vestidor, pero hay otros directores técnicos que están muy pocos favorecidos para liderar al grupo que conforma el equipo.

¿Pero para qué sirve o más bien qué hace quien lleva el vestidor? Se entiende que es el que motiva a los jugadores, el que los “pendejea” cuando no están haciendo bien las cosas, el que hace las bromas sobre el rendimiento y quien debe poner el ejemplo de entrega, de enjundia dentro de la cancha. Ése es el lado positivo, pero como todo liderazgo grupal, puede utilizar su influencia para hacer todo lo contrario: canalizar inconformidades de los jugadores, criticar las decisiones del director técnico, “desinflar” la conducción del equipo y las estrategias de juego que se les demandan a los jugadores.
Se dice que un director técnico con un mal vestidor está condenado al fracaso, más si dentro del equipo hay una serie de figuras o de jugadores que se comportan como divas, con poco sentido de grupo y una actitud caprichosa. ¿Es esto posible entre profesionales de un deporte a los que se pagan enormes cantidades de dinero cada mes? Es pan de todos los días. Muchas veces entre más gana un jugador y entre más fama tiene se torna más caprichoso; más reacio a seguir ciertas indicaciones técnicas. Pareciera esto imposible pero es de lo más común.

Un hecho comprobado es que el comportamiento de los jugadores profesionales es inconstante, de altas y bajas. Un ejemplo típico es el caso del jugador Emanuel Ludueña, un argentino que jugó mucho tiempo para el Santos-Laguna, pero era un talentoso holgazán de lo más inconstante; lo mismo daba un gran partido que se la pasaba pastando por toda la media cancha a un trotecito lento. Muchos decían: “Es que con una genialidad que haga resuelve el partido”, y ése era el problema, que de vez en cuando hacia alguna muy buena jugada, porque talento lo tenía sobrado, pero eran más los partidos donde pasaba de noche.


UN CARÁCTER QUEBRADIZO

Preguntándole a un experimentado psicólogo sobre este fenómeno tan manifiesto de la inconsistencia del carácter de tantos jugadores profesionales, opinaba que hay varios factores que se deben de considerar: los jugadores son muchachos, que muchas veces tienen entre los 23 y los 27 años de edad; la mayoría proviene de un medio social popular, esto quiere decir que no recibieron la mejor de las formaciones, ni la mejor educación posible; al volverse profesionales y titulares de un equipo comienzan a ganar grandes cantidades de dinero, lo que puede volverse un problema al darles acceso a lujos, vicios y en general una vida disipada; son sujetos a una idolatría por parte de la mayoría de los medios de comunicación, lo que les comienza a causar problemas, pues muchos no tienen la capacidad para manejar eso que se llama fama, y que no es sino una sobrevaloración de la persona, algo que a cualquier edad puede causar problemas, más cuando se es joven.

Fuera de la cancha un muchacho de 27 años que maneja un automóvil deportivo de lujo; que es asediado para solicitarle autógrafos; que le sobran invitaciones a fiestas; que tiene a su alcance el sexo que deseé, lo mismo que el alcohol y las drogas; que vive en una casa que jamás imaginó tener; que por dedicarse al futbol dejó a un lado una buena formación profesional, tiene entonces un mundo de tentaciones y de distracciones. Podemos poner el ejemplo de Matías Vuoso, un jugador que tuvo su momento más brillante con el Santos Laguna, para después ser vendido al América en una enorme cantidad de dinero, pero que comenzó a tener problemas con la fiesta, el alcohol, las mujeres, las extravagancias y quién sabe cuántas cosas más. Sólo su gran fortaleza física lo ha mantenido activo en su carrera, ahora con los Jaguares de Chiapas, pero antes el Atlas lo dio de baja cuando la prensa lo retrato bebiendo a las tres de la mañana en un antro del Lago de Chapala, cuando al día siguiente tenía entrenamiento a las ocho de la mañana. Fue realmente la gota que derramó el vaso que ya estaba lleno de problemas.    

Es entonces cuando la figura de un liderazgo natural dentro del equipo puede jugar un papel determinante. Ese líder natural sabe quién trae problemas personales; quién está bebiendo o recurriendo a las drogas; quién enfrenta problemas sentimentales o enredos sexuales; quién le está entrando duro a la fiesta y trae en consecuencia un rendimiento físico bajo; quién ya no está conforme con el director técnico ni con su estancia en el equipo.

El director técnico puede también tener toda esa información, pero no de una manera tan oportuna y precisa como quienes conviven fuera de las canchas y del estadio con los compañeros de juego.
Para mantener un ambiente sano en el equipo se requiere entonces empatar el liderazgo formal del director técnico con el liderazgo informal pero efectivo de quien lleva el vestidor. Si hay divorcio entre ambos, hay problemas, ya sea en medio de un partido que se complica o, en general, con el rendimiento y la armonía de todo el equipo. Nada debe ser más difícil que dirigir a un equipo plagado de divas del futbol y, por otro lado, de directivos que quieren resultados exitosos. El caso reciente de Gustavo Matosas, quien dirigió al América, es un buen ejemplo de un técnico capaz que venía de ascender al León y llevarlo a dos campeonatos sucesivos, pero que se encuentra con una plantilla de jugadores que han tenido varios técnicos, que se consideran “estrellas”, o que simplemente no desean hacer cambios en su sistema de juego, porque la resistencia al cambio es una de las tendencias más frecuentes del ser humano, en cualquier actividad que emprenda.

Encima de tener dinero, de contar con un buen director técnico, de contratar a una plantilla muy cara de jugadores profesionales, se requiere de un buen ambiente en el vestidor, de un liderazgo natural eficiente que ponga entusiasmo y carácter; pero eso, singularmente, sólo se da de una manera espontánea, no hay forma de comprarlo, de ordenarlo o de construirlo. Difícil de aceptar, más cuando el mejor jugador del equipo no es necesariamente un líder natural, o no es aceptado por los demás como tal.

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