Los perros sin Facebook

Por: Mayra Franco

No todo maltrato o asesinato caninos genera una fugaz indignación colectiva, como sí sucedió con el reciente caso de la tienda +Kota en Pachuca, o con el linchamiento de una pitbull durante los festejos del último campeonato del Santos. En Coahuila se sacrifican alrededor de 20 mil perros al año; no por crueldad, sino por salubridad, o incapacidad y desinterés de darle una mejor solución al problema, que de origen es humano. A pesar del loable esfuerzo de varias organizaciones locales de adopción y esterilización caninas, en Torreón hay cerca de 150 mil perros callejeros y la cifra está en constante crecimiento, mientras que la instancia municipal de Control Canino carece de los recursos necesarios, siquiera para su limpieza. 

Por  el periférico de Torreón  a la altura de la carretera Santa Fe, con un calor que oscila entre los 34 y 35 grados centígrados, mezclado con la tierra y la basura que la gente deja tirada en las bardas de las calles, se percibe un olor desagradable a can que proviene del Control Canino, ubicado en la barda trasera de la UAAAN.

Afuera de uno de los hogares que están próximos a la finca de barda azul claro, que en letras negras y mal pintadas dicen “Control Canino y adopción”, hay un horno de adobe.  La cartulina blanca pegada en la ventana de la finca avisa que ahí se venden empandas y gorditas de cocedor.
Recargada en una barra de concreto, mirando los carros pasar, está Victoria con su delantal a cuadros color rosa. Mira para su lado izquierdo.

–Hace poco, antes de las elecciones, vino Refugio [José Refugio Sandoval] aquí a la colonia y dijo que lo iban a quitar –dice refiriéndose al terreno que alberga a los perros–. Pero mire, cada vez que hay elecciones los políticos vienen a decirnos lo mismo y no hacen nada. Años tenemos quejándonos, ¿verdad que sí, Mary?

–Ey– contesta atrás de Victoria una mujer más joven sentada en una mecedora.

–Aquí se viene mucho el olor– continúa Victoria–. Ahorita no huele tanto, pero espérese que haga más calor, a que sea más tarde. Huele re feo, y a veces cuando uno está comiendo se da el olor horrible de los perros, ¿verdad que sí, Mari?

La colonia Santa Fe se ve descuidada. Las casas y tiendas que ahí se encuentran están habitadas, pero sus fachadas están pardas, rayadas o con el ladrillo descubierto.

La señora de las gorditas de cocedor continúa. Se queja de las condiciones en que se trabaja ahí en Control Canino.

–Años quejándonos de lo mismo y nomás nada. Una vez fuimos al PRI –se ríe–, ya ve, siempre el PRI, y a una compañera se le murió un perro para esos días, pos lo echamos en un costal para ir a quemarlo afuera de sus oficinas. N’hombre, pos luego luego salieron, que no aguantaban el olor, y nosotros les dijimos, ¿ven?, ¿verdá que no se aguanta? Y uno que tiene que oler esto todos los días.
Después de repetir que la lucha de mover el control canino a otro lugar donde no perjudique a Victoria y a sus vecinos, sin tener respuestas favorables, la señora de las gorditas de cocedor desanima su voz.
–Pobres perritos, ahí los queman. Pero la culpa también es de la gente, luego ahí vienen a dejarlos, ahí afuera. Los dejan amarrados. A veces alcanzamos a escuchar hasta acá que los perritos que dejan ahí están llore y llore. La gente cómo es mala.


***
Y ahí, en las bardas de Control Canino, cuelgan de la pared azul lonas con imágenes de perros marginados y leyendas como: “Si él es parte de tu familia, cuídalo”, “el 70 por ciento de los perros en el mundo son callejeros y todavía hay gente que piensa en comprar”.

“Se estima que hay 100,000 mil perros sin hogar en el estado…” muestra otra lona vieja, de colores verde y amarillo, cuando la cifra actual está en cerca de 150 mil perros callejeros sólo en la ciudad de Torreón.

Dentro, el lugar es reducido. Una construcción de un cuarto grande con baños y cuartos solos dentro de éste, un horno grande, un carro estacionado y alrededor de 20 apartados con rejas que albergan a perros de distintas razas y tamaños.

–¿Cuántos perros tienen aquí?

–Ahorita tenemos pocos. Como está descompuesta la camioneta donde vamos a recogerlos a la calle, pues está calmado todo. No hemos podido ir por perros, la próxima semana de seguro es cuando va a estar pesado.

En las diminutas celdas del lugar hay aproximadamente doce perros que apenas se acerca alguien a verlos y empiezan a llorar, a rasgar con la pata la puerta de acero, a circundar su espacio como si quisieran salir.

Aparentemente el lugar está limpio. En una pared están recargadas numerosas escobas y algunos trapeadores mojados que buscan secarse con el sol. Cubetas.

Huele a jabón en polvo, incluso hay algunos charcos con espuma en el concreto. Pero el lugar tiene impregnado ya el olor a can.

–Por día nos llegan como cinco o seis perros, pero a veces hemos llegado a traer hasta quince perros por día– continúa José, uno de los veterinarios que cuida el lugar y da atención médica a los animales.
–¿Vienen a dejar muchos perros?

–Sí, la verdad sí. A veces está cerrado aquí y llega gente a dejar a los perritos. Ahí los dejan afuera amarrados con una cadena o cuerda y en pleno sol. Cuando llegamos el perro ya está mal; incluso, hay ocasiones en que el perro logra soltarse, pero pues estando la carretera aquí, los atropellan.

–¿Y sí vienen a adoptarlos?

–Pues realmente es muy poco. Y si vienen, se llevan sólo a los perritos chiquitos, a los grandes la gente ya casi no los quiere. Pero los domingos procuramos ir al Paseo Colón a llevarlos y ver si alguien quiere adoptarlos, además de esterilizar a los animales ahí mismo.

Junto a las celdas caninas, está un horno, de casi dos metros y medio de largo por dos de ancho. José trata de evadirlo mientras camina por ahí.

–¿Qué hacen cuando no adoptan a un perrito?

–Pues, lo dormimos…

–¿Lo matan?

José sonríe con algo de pena.

–Pues se escucha muy feo, pero sí.

–¿Y cuánto tiempo le dan a un perro como máximo para ser adoptado?

–Depende de cómo ande el perrito, porque también a veces nosotros salimos por más perros a las calles y se juntan muchos aquí. No podemos tenerlos todos porque se les tienen que dar cuidados, croquetas, y a veces no las tenemos.

–Pero si éste es un lugar que depende del gobierno, ellos deberían de darles recursos, ¿no?
José vuelve a reír y se voltea. Baja la voz y mira al suelo.

–Pues deberían, pero hay muchas cosas que no se hacen como se deben. Deberían proporcionarnos artículos de limpieza y croquetas, pero no lo hacen; a veces nosotros mismos somos quienes las costeamos. De hecho, hace días hicimos una campaña en Facebook pidiendo que la gente donara pinol, cloralex o jabón en polvo, porque duramos dos días sin nada de eso y tuvimos que limpiar con pura agua. Y sí, sí hubo gente que apoyó, pero muy poca.


***
En el lugar no hay alguien que maneje las redes sociales, eso lo hace un administrador ajeno al establecimiento y se encarga de actualizar la página de Facebook de vez en cuando.

La fan page de 6180 seguidores a veces publica fotos de los perros que están en adopción; fotos de perros con miradas tristes y algunos desnutridos. Comentarios de gente felicitando la labor del lugar, y otros exponiendo de manera abierta su inconformidad por la existencia de gente capaz de abandonar a los perros que algún día tuvieron hogar.

Sin embargo, las adopciones en el lugar, si bien no son nulas, tampoco llegan a ser vastas para los animales que ahí llegan. Muchas veces se tiene que acudir a la opción de “dormir a los perritos”. Incrementando así la cifra de 20 mil perros sacrificados por año en Coahuila.

–La gente no sabe cómo le hacemos nosotros. Nos echan mucho sobre que aquí quemamos a los perritos, pero ellos no saben cómo es el trabajo, ni que cuando hacemos eso es porque el perro ya lleva mucho tiempo aquí, o tiene alguna enfermedad que ya no puede curarse. Siempre dicen “ah, ahí en control canino los matan”, pero son personas que nunca se han venido a dar la vuelta para ver la situación.

El lugar por sí solo es triste, además del olor a perro disfrazado de detergente, el color del lugar es melancólico; blanco. Aunque las puertas de fierro que resguardan a los perros varían de color, no dejan de verse empañadas por las miradas de tristeza y esperanza que los caninos muestran cuando alguien se acerca a su celda.

Los perros grandes son los que ya casi no ladran. Se alejan a un rincón y ahí bajan su cabeza y la recargan entre sus patas frontales.

José observa el perro, uno de los tantos que no tiene nombre porque esperan la adopción para ser dueño de uno.

–Yo veo que en Facebook la gente pone cosas de que está a favor de cuidar a los animales y de que los quieren mucho, pero aquí ni vienen a pararse. No saben cuántos perros hay o si tienen qué comer. En Facebook a veces veo gente que sube fotos de perros mestizos para ver si alguien quiere adoptarlos, y nada. Pero ya nada más ponen fotos de perros de raza y la gente luego, luego pregunta y se mueve. Ésos hasta los compran, cuando a los de aquí que buscan un hogar, ni los quieren.

Comentarios

Entradas populares