Los placeres del poder

Por: Álvaro González

LA MOTIVACIÓN DE LOS POLÍTICOS debería ser el servicio, pero son excepcionales aquellos que se mueven por ello, la enorme mayoría encuentra otra motivación muy distinta: el disfrute del poder, que se manifiesta de las más diversas maneras, pero siempre va directo al ego. Ya los antiguos griegos consideraban que el poder era un demonio muy poderoso, mientras que varios críticos renacentistas lo consideraban como el demonio mismo, a secas.

Antiguamente el poder era absoluto, hereditario y de origen divino, de tal manera que el gobernante se convertía en un designado endiosado, lo que le llevaba a dedicar una buena parte de su vida a edificarse una tumba a la altura de su eternidad. Éste es el origen de gran parte de las pirámides que conocemos en el mundo prehispánico.

El larguísimo medievo europeo estuvo marcado por el concepto del poder de origen divino, personificado en los reyes y transmitido de forma hereditaria, el cual se conserva hasta el siglo XIX, cuando estalla la revolución que busca, como uno de sus primeros postulados, eliminar las monarquías y, de paso, cortar la cabeza del rey para poner en claro las cosas.

China fue, por miles de años, un imperio marcado por dinastías larguísimas, donde el emperador tenía, por citar unos de sus placeres, un harem con 300 mujeres, las cuales deberían tener como características indispensables: ser hermosas, no despedir malos olores, gozar de un sueño apacible y ser graciosas en su carácter. Aunque no era requisito, la mayoría también dominaba algún tipo de arte para divertir al divino gobernante.

Nuestros poderes son más pequeños, incluido el del presidente de la república y siguiendo con gobernadores, alcaldes y legisladores, pero en ninguna manera es insignificante en las gratificaciones que puede ofrecer: hacer fortunas, tener un séquito de subordinados sumisos, mandar sobre el contexto de una población determinada y disfrutar de los entresijos de la burocracia gubernamental y partidista (decidiendo la suerte de los subordinados, quienes pueden ser promovidos, removidos o “congelados” por la voluntad de “el señor” o “el jefe”, según se le quiera decir al gobernante en turno).
Como es un poder pasajero, que dura de seis a tres años como máximo, se explica la ebullición en la que viven los que mandan por tratar de obtener otro cargo más alto, o por lo menos equivalente al que ya se tiene. No bien se sientan en un sillón ya están pensando en el siguiente, y así hasta que son desplazados, ya sea por las circunstancias, por la camarilla de la cual forman parte o por la presión externa. Modestamente casi todos pretenden pasar a la historia nacional, regional o local por su desempeño, pero son ya poquísimos los que lo logran.

Finalmente el disfrute del poder permite gozar del sexo, del dinero, de la comida, del ejercicio del mando, de un trato reverencial por parte de los subordinados, de información privilegiada en su momento y de esa sensación, difícil de explicar, de sentir que están decidiendo el rumbo de la sociedad.

Todo esto no es poca cosa, aunque implique, al mismo tiempo, el sufrir muchas veces una intensa presión externa e interna, que les puede llevar, a los menos aptos, a la pérdida de salud o a un desgaste físico y mental. Algún gaje debía tener el disfrute de tanto poder.



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