Leobardo Flores Ávila: un siglo y en funciones

Por: Álvaro González

Ya escucha con mucha dificultad, camina lento, trabaja simbólicamente y todos sus congéneres están muertos, pero él se aferra increíblemente al cargo de dirigente de la CTM en Torreón, el cual ocupa desde hace más de 60 años. Por dos décadas, de 1965 a 1985, fue dirigente estatal de la CTM y lo tuvieron que remover con todo un movimiento de presión. 

Leobardo Flores Ávila, centenario líder de la CTM Torreón.
Cumplió, este marzo, 100 años de edad, convertiéndose en el dirigente obrero en funciones más viejo del país y probablemente del mundo entero. Nació en plena Revolución Mexicana y no se va a ir del cargo hasta el día de su muerte, o hasta que la enfermedad se lo impida de una forma terminante.

Mientras el discurso de modernidad es parte del lenguaje político, mientras los empresarios laguneros exigen una reactivación de la economía regional, aunque la mayoría de ellos aporta muy poco para que esto suceda, el representante sindical de alrededor de 8 mil obreros de Torreón orondamente llega al siglo de vida, lo que le convierte en una reliquia de la política nacional y coahuilense en lo particular.

Osco de carácter, muchas veces intransigente, receloso hasta de la gente que lo ha rodeado en la dirigencia de la central obrera más importante del país, se niega al retiro, y lo más increíble es que no existe quién se la dispute, quién que tenga tan siquiera una edad mediana o madura, para darle al movimiento obrero un aire mínimo de renovación.

Es increíble siquiera imaginar que está en el cargo desde el periodo del presidente Adolfo López Mateos, un personaje que los mexicanos de hoy sólo conocen por los libros de historia.
En una entrevista el año pasado para la agencia Infonor, declaró: “Le soy sincero, en todo este tiempo no he tenido problemas como líder. Después de que entramos nadie ha querido ser Secretario General y entiendo la razón: aquí no hay un centavo de sueldo, el tiempo que tengo aquí nunca he recibido un peso, jamás, yo creo que por eso no les interesa, porque cuando no se tiene un recurso de dónde vivir es imposible que esté sin sueldo. Afortunadamente tengo un autobús en las rutas desde hace 70 años o más y de ahí vivo.”

El reportero le pregunta: El país, ¿qué tanto ha cambiado en estos 62 años que tiene como líder obrero? “Hace más de 60 años el país era otro, se vivía, pudiéramos decir, miserablemente. Considero que el país se fue mejorando de 1940 para acá, ha ido mejorando la situación de empresas y trabajadores. Ha habido más fuentes de trabajo mejor pagadas, en eso consiste. Saltillo es la capital y no tiene los salarios que nosotros tenemos, los únicos que más o menos andan igual que nosotros son Monclova y Piedras Negras.”

En sus respuestas filtra no tanto la ignorancia de lo que sucede entre las economías regionales, sino su animadversión por la dirigencia estatal cetemista que encabeza Tereso Medina Ramírez, lagunero también él, avecindado desde hace muchos años en la capital estatal, pero adversario de origen, quien en varias ocasiones ha tratado de que el viejísimo dirigente ya se retire y le deje su lugar a gente más joven, pero se ha encontrado sistemáticamente con la tozudez de un anciano que se resiste a irse, aunque hace ya demasiado tiempo que el reloj de la vida y de la sensatez le marca la hora.


LOS FLORES, UNA FAMILIA RICA

Hecho en la escuela de un Fidel Velázquez, Leobardo Flores Ávila aprendió el arte de vivir sin ostentación; sin lujos que llamen la atención de los medios o de la clase política, pero esto no evita que haya hecho un gran capital a partir de su cargo como dirigente sindical, sólo que lo hizo a través de sus hijos por medio de empresas constructoras, capitalizando un gran tráfico de influencias en el Infonavit.

Por muchos años los Flores, quienes trabajaban con asesores y prestanombres como Ricardo Santibañez (hoy convertido en un próspero empresario de la construcción e importante propietario de suelo urbano) edificaron miles de casas y, de paso, son parte de los precursores que echaron a perder el trazo urbano de Torreón, en los años setentas y ochentas, con desarrollos como el de Las Alamedas, la mayor parte de Jacarandas, entre muchos otros, donde se da el abigarramiento de los espacios habitacionales, sobreexplotando del uso del suelo urbano.

Todavía hoy se puede observar el edificio de cristales oscuros, desde el cual operaron por muchos años, ubicado sobre la calle Matamoros, a una cuadra del Teatro Isauro Martínez, predio que en su mayor parte quedó en el abandono.

Así, los Flores, que ya están en la segunda, tercera y hasta la cuarta generación, no vivieron de “un camioncito de línea”, sino de trepar al carro de la revolución a través del negocio de la construcción y de las inmobiliarias, aprovechando las influencias de su centenario padre, quien sigue al frente de la CTM, contra la opinión de todos los dirigentes regionales de la central obrera, incluyendo al dirigente estatal, “sin ganar un solo peso”, pero conservando el poder, que ya no es mucho, pero en su tiempo habrá que recordar que su voluntad se impuso durante 20 años sobre la CTM de Coahuila.

Por supuesto, es un soldado del PRI, y ya nadie recuerda cuándo fue la última huelga que protagonizó un sindicato cetemista en Torreón, por lo que su presencia tampoco debe incomodar a los empresarios, aunque representa a tan solo 70 organizaciones sindicales, en lo que fuera la economía más importante del estado; pero de eso ya ha llovido bastante, aún en medio de este desierto.

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