Allí nos dejan morir solos: someterse a la urgencia del seguro social


Tal vez la paciencia del mexicano podría ser medida en cuánto tiempo aguanta esperando en una sala de urgencias de algún hospital. O quizá no es la paciencia lo que hay que medir sino la ineficiencia de un sistema de salud. 



UN SISTEMA MUY FEO

—Hasta la madrugada, los pinches —comenta una señora a su esposo en la sala de espera de urgencias de la clínica 16 del IMSS en Torreón.

Es una de las alrededor de ochenta personas que este lunes se encuentran en este lugar. Son las seis de la tarde y el lugar está atascado y las personas siguen llegando.

—Cómo no es como en los Estados Unidos, que te atienden de volada —continúa quejándose.
La señora está lastimada del brazo izquierdo. Tiene con ella unas radiografías. Ella y su esposo llevan dos horas sentados aquí.

—Y luego ni clima y allá adentro están con clima a toda madre. Mal servicio —dice el esposo en tono de queja y fastidio.

Muchos miran el techo, miran el piso. Miran las pantallas de televisión apagadas que cuelgan de las paredes y alguno se pregunta que por qué no las encienden. Se miran de lado a lado. El tedio recorre la sala. Se examinan con detenimiento la punta de sus zapatos o tenis, la mugre entre sus uñas. El aire huele mal. Atrás, sobre unas sillas, un bebé es cambiado de pañales. Hasta que, de pronto, un chico que vende dulces entra en la sala gritando:
—Última vuelta de los dulces, jóvenes.

La gente sale de su despabilamiento y se escucha un “aaahhh” largo, burlón, coqueto. El dulcero sonríe, pero nadie compra. Hace sed pero nadie acude por un agua o un refresco a la máquina de sodas que está afuera. Después todos vuelven a como estaban. El aburrimiento regresa así de pronto.

Hasta atrás hay otra pareja. Mucho más joven: unos treinta años quizá. Tienen con ellos a un niño pequeño, como de dos años, que corre y grita por la sala sin alejarse mucho de sus padres; también tienen a una niña, más grande, unos siete años. Después de un rato, el hombre se recuesta sobre la mujer. Después se levanta y camina hacia adelante. Sus movimientos mientras camina se notan amanerados. Dice que tiene dolor de garganta y que llevan una hora y media aquí. Su voz es afeminada. Dice que siempre ha preferido ir a Farmacias Similares porque es más rápido, pero la última vez que fue le recetaron medicamento por doscientos pesos y no tienen dinero para pagarlo. Por eso esta vez decidieron venir a urgencias.

Más adelante, una señora, impaciente como la mayoría de las personas que están aquí, al preguntarle qué le parece el servicio, dice, sin más:
—Fatal.

Su madre, con diabetes, espera por ser atendida.

A mi otro lado está una señora que viene de Matamoros: trae a su hijo con un dolor muy fuerte en el estómago. Viste una falda y una blusa de tela sedosa de colores pastel que desentona con el tono gris, en general, del lugar.

—Uno viene de rancho, tiene que conseguir pal pasaje y luego no hay medecinas, ¿pues qué hacemos?
Está apurada porque hasta las nueve hay camiones para regresar a Matamoros y ya pasan de las siete y media de la noche.

—Señora, ya sigue —dice la mujer con la que había platicado hace unos momentos.

—Vente, hijo —y del otro lado de la sala se levanta un hombre de unos treinta años.

A la entrada de la sala de espera se encuentra un hombre sentado, con el cuerpo echado un poco hacia adelante, recargado sobre sus dos muletas. En el ejido Tierra y Libertad, municipio de Viesca, Coahuila, donde vive, una yegua le cayó encima desde hace unos días. Apenas hoy por la mañana fue al hospital de Matamoros, donde, dice, le dijeron que tenía fractura de cadera. De ahí lo mandaron para acá porque allá no tenían traumatólogo y acá parece ser que tampoco hay ninguno. Lleva tres horas aquí sentado.

Viene con su esposa, que se encuentra adelante, alegando en una ventanilla. Ella regresa con cara fastidiada, de esas caras que es tan común ver en una sala de urgencias de cualquier IMSS.

—Se me hace muy feo el sistema que tienen aquí —dice.

Me platica después los gastos que hicieron para llegar acá: de Viesca a Matamoros tomaron un camión que les cobró diecisiete pesos; en Matamoros tuvieron que tomar otro para Torreón en el que pagaron quince pesos. Hago cuentas: sesenta y cuatro pesos por los dos. De regreso serán otros sesenta y cuatro; o sea que en total habrán gastado casi ciento treinta pesos. Pero eso será hasta mañana, porque ahora los camiones de regreso casi se terminan y, sea cual sea el destino de él, tendrán que quedarse a pasar la noche aquí: en la Clínica 16 del Seguro Social.


LA VIDA CANSADA

No hay murmullos, carraspeos, malos olores, impaciencia, calor. En la sala de espera de urgencias de la Cruz Roja de Torreón no hay nada de eso. A las siete de la noche de un día jueves parece ser un sitio tranquilo.

Durante una noche de septiembre de 2012, unos hombres armados dispararon contra policías que resguardaban la Cruz Roja: mataron a dos. Desde entonces, los directivos decidieron enrejar la institución. Una reja corrediza cubre los accesos, pero sólo por las noches; al parecer, a partir de las diez. Ahorita, aunque oficialmente es de noche, la tarde aún no se retira, el pavimento exhala bochorno y la reja permanece abierta. Pero adentro está fresco y hay tranquilidad.

En esta pequeña sala de espera de urgencias también está la clásica máquina de sodas que por diez pesos te arroja una coca cola de lata; está además una ventanilla de servicio social y una de farmacia. En lo alto de una esquina de la pared cuelga una televisión encendida a la que nadie decide prestarle atención. Hay aproximadamente sólo siete personas.

Un señor, medio canoso, rechoncho, llegando seguramente a los sesenta años, lleva una hora y media aquí. Ha traído a su esposa, a la cual atendieron de inmediato. Por eso, dice estar satisfecho del servicio. Los dos tienen acceso al Seguro Social, sin embargo prefieren venir a la Cruz Roja.
—Es la vida cansada ahí —dice el señor refiriéndose al IMSS.

Antes de que pueda preguntarle qué le sucedía a su esposa, se abre la puerta que da acceso al pasillo de la sala de urgencias y aparece ella, caminando.

—Mire, ya la dieron de alta.

En otro asiento otro señor, éste con algunos años menos y delgado, espera junto con un niño de unos ocho años a su suegra.

—Ella le tiene mucha fe, mucha confianza —dice cuando le pregunto por qué, aunque cuenta también con IMSS, decidió venir aquí.

Los motivos son los mismos: allá el servicio es muy lento, no confían en la calidad de los doctores, pierden todo el día esperando.

—De plano nos dejan morir solos —concluyó.

Y antes de que le pregunte cómo se llama, por la puerta aparece su suegra. Pero le alcanzo a arrancar el motivo que la hizo venir: una parálisis facial.

Aniceto y Marta son esposos. Han de andar por los sesenta años. También los atendieron rápido; ya casi se van. Aniceto tenía unas dolencias por todo el cuerpo, pero con una inyección bastó. Cuando les pregunto qué era la inyección que le pusieron, Marta me enseña el comprobante médico donde viene el nombre escrito con la típica letra ininteligible de doctor.

Como las anteriores personas, ellos también tienen Seguro Social, pero por el servicio más rápido que se da aquí y porque además viven cerca, vinieron a la Cruz Roja.

Allá en el IMSS la vida es muy cansada. Y ellos, ancianos, ya no están para cansarse.


LA MENTADA VARICELA

—Nos trataron bien, nomás que lo único malo es que sale todo caro —dice una señora de más de sesenta años del ejido Lequeitio.

Es el Hospital Universitario de Torreón. La señora es la suegra de una chica de diecisiete años que vino a parar aquí por una varicela.

Llevaba tiempo mirándola, a ella y a otras personas que la acompañaban; estaban sentadas afuera de la salita de urgencias del hospital.

—¿Cómo está ella? —me atrevo a preguntar.

—Ya falleció —responden varias voces casi al unísono, entre ellas la de un hombre que era tío de la chica.

Pero la historia viene desde un par de días atrás cuando llevaron a la chica al Centro de Salud de Francisco I. Madero, Coahuila. Ahí, cuenta la suegra, “no le hicieron mucho caso, y fue cuando se le agravó más”. Además les dijeron que tenía el azúcar alta y le comenzaron a inyectar insulina “a cada rato” que hacía que la chica se pusiera desesperada y agresiva.

Después de unos minutos, aparece la mamá: no llora pero se nota que lo ha hecho; tiene el semblante de enojo.

—Medicamento de mil trescientos; aquí traigo los tickets, si quiere se los enseño —me dice refiriéndose al medicamento que le pedían en Francisco I. Madero.

Ella es del ejido La Coruña, pero su hija vivía desde hace un tiempo en el ejido Lequeitio con su pareja, Miguel, un chico igual de joven.

La suegra, es decir, la mamá de Miguel, me cuenta entonces que la chica entró por su propio pie al Centro de Salud, allá, en Francisco I. Madero, o Chávez, como también se le conoce. Me dice que le decía a la doctora que hiciera algo para calmar los ataques que la insulina le provocan a su nuera, pero que la doctora decía que era normal que se pusiera de esa forma. Cuenta también cómo su hijo trataba de calmarla y le decía “Dame un beso, chaparra, dame un beso”. “Estamos inconformes”, dice la suegra ahora.

—La última noche que estuvo mija se la pasaron dormidas las enfermeras —dice la madre con una impotencia inagotable—; nada más porque mi celular no trae para haberlas retratado cómo estaban todas dormidas ahí en el Centro de Salud, y ni caso me le hicieron porque todas dormidas.
Después se fue a Soriana para comprarle a su hija algo de ropa, la última.

Y la suegra sigue contándome que aquí, en el Hospital Universitario, los doctores no sabían de qué había muerto la chica, que le preguntaban a la mamá que de qué había muerto su hija, que cómo era posible que ellos, siendo doctores, no supieran.

Miguel y la chica trabajaban juntos en una maquila, sin acceso al Seguro Social. Sólo tenían el Seguro Popular, pero no les sirvió para nada pues no cubría los gastos que se necesitaban.

—¿Entonces qué cubría?

—Pues definitivamente nada; tonces pa qué engañan a uno —dice la suegra.

Miguel sale de la sala de urgencias con el acta de defunción en sus manos. Tampoco llora pero es evidente que lo hizo. Él no se ve enojado sino con una tristeza y una derrota que se cargan en sus hombros. Recibe algunas palmaditas de ánimo en sus hombros decaídos.

La familia no sabe cómo va a pagar la deuda al hospital: 28 mil 500 pesos más medicinas. Y cómo van a saberlo si ni siquiera en este preciso momento saben cómo regresarán al ejido La Coruña, donde será velada la chica.

Todos se retiran por un momento y sólo quedamos afuera, en el área donde llegan las ambulancias, el tío de la chica y yo. Enseguida aparece un taxi; baja de él un hombre de unos cuarenta años, vestido con una playera London verde, un colguije de San Judas Tadeo, unos ojos color miel que al contraste con su piel morena parecen verse cristalinos.

—Está canijo por todos laos —dice apenas al sentarse en una banca junto a nosotros.

—Por todos laos está canijo —responde el tío, que después le cuenta al taxista a grandes rasgos lo que ha ocurrido. “Fue la mentada varicela”, dice. “Le echó muchas ganas a vivir”, le comenta al taxista, para concluir su historia.

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