Seis de cada diez, en la informalidad

Por: La Redacción / Agencias

Cada jueves se instala el tianguis de Fovissste, cerca de unos de los sectores residenciales más caros de la ciudad, pero también cerca de un muy amplio sector de clase media. Aquí se vende de casi todo: ropa usada, ropa nueva, zapatos de todos los tipos, cosméticos, juguetes, accesorios, relojes, anteojos y una variedad insospechada de muchísimos artículos más. Los olores de las fritangas que nadan en aceite hirviente se revuelven con los aromas de los perfumes de Christian Dior, de Chanel, de Paco Rabanne. Los compradores provienen de casi todos los medios sociales, todos en busca de ofertas.

Es difícil calcularlo pero de los tianguis que se instalan por diferentes rumbos de la ciudad, cada uno en días distintos de la semana, viven miles de familias que han optado por la informalidad, y están ahí lo mismo en los fríos del invierno que en los calcinantes días del verano, bajo un sol abrazador.
Lo que casi toda la clientela desconoce es que hay detrás de estos marchantes de lo barato, que han rechazado o no han podido conseguirse un empleo formal para ganarse la vida o, bien, están convencidos de que un negocio en un tianguis deja mucho más que un empleo formal, aunque éste les pueda ofrecer ciertas prestaciones.

Detrás de cada familia dedicada al comercio informal hay invariablemente mucho trabajo, pues además de cargar con mercancía, fierros y lonas para instalar sus puestos en diferentes lugares, hay más trabajo y riesgo para comprar su mercancía.

Dora Alicia es una mujer de sesenta años que se dedica al comercio informal desde su juventud y hoy, si fuera empleada de gobierno o maestra, se estaría jubilando para ya no trabajar más, pero ella ha escogido este oficio y le gusta, aunque reconoce que ya se encuentra cansada, sobre todo de los viajes.
Dora Alicia viaja cada quince días a la ciudad de México, sale los lunes y regresa los miércoles en una línea de autobuses que realiza viajes especiales para comerciantes; de hecho en La Laguna hay toda una industria informal de servicios de transporte de pasajeros con fines comerciales, todos tienen una clientela establecida y viajan a la ciudad de México, a Guadalajara, a León y Moroleón, principalmente. Los había que viajaban a la frontera norteamericana pero la inseguridad les ha obligado a suprimir estos destinos.

Un viaje “redondo”, ida y vuelta a la ciudad de México, cuesta 750 pesos, un poco más de la cuarta parte de lo que cobran las líneas comerciales. La salida es a las 2:30 de la tarde para llegar al otro día a las 4 de la mañana a Chinconcua, en la ciudad de México, donde hacen una parada de cuatro horas y media para comprar todo tipo de mercancía nueva. De ahí se trasladan al centro histórico de la misma ciudad de México, donde hacen una estancia hasta las tres de la tarde, para emprender el viaje de regreso de 13 horas, con un camión cargado con mercancía hasta en los lugares más imposibles. Además de las cajuelas y autobús se llena de mercancía casi hasta el techo todo el pasillo entre asientos, lo que hace sumamente riesgoso el viaje en caso de que se presente un accidente, ya que no hay manera de salir del autobús, pues los pasajeros van, literalmente, encajonados, sin embargo no hay opción; es la única manera de trasladarse a comprar mercancía. Por fortuna hasta ahora los accidentes registrados han sido muy pocos, pero esto no los libra de las extorsiones periódicas de los miembros de la Policía Federal de Caminos o de la Policía Federal Preventiva, que cobran una cuota de entre 20 mil y 25 mil pesos por camión, bajo la amenaza de que pueden decomisar la mercancía por ser “pirata”, o cualquier otro pretexto, no falta. Estas extorsiones se dan más en el periodo próximo a la navidad, cuando el traslado de mercancía se intensifica, pero es preferible pagar una “cooperación” de 20 mil pesos, que enfrentarse en las fronteras al crimen organizado, el cual extorsiona en otras proporciones o, simplemente, puede asaltar los autobuses y quedarse con toda la mercancía.


UN ENORME MERCADO INFORMAL

A estos centros de mercadeo informal de la ciudad de México, de Guadalajara o de Moroleón, acuden comerciantes de casi todo el país. Detrás de los tianguis y establecimientos de mayoreo bulle toda una cadena de microempresas nacionales y de importaciones, todos en la informalidad, lo que hace muy competitivos los precios, de otra forma sería imposible enfrentar al comercio organizado, porque en este negocio de la informalidad el secreto está en el precio y en la novedad de los artículos que se producen o se importan.

Comerciar se vuelve así un estilo y una forma de vida, llena de incomodidades y riesgos, pero hay que ganarse el sustento de todos los días. Así lo hacen 6 de cada 10 mexicanos que trabajan en México, los que contribuyen, según las últimas estadísticas oficiales del INEGI, con 25 de cada 100 pesos del Producto Interno Bruto Nacional (PIB). Esa es la realidad de este país, por más que el discurso gubernamental nos quiera vestir de modernidad, de reformas estructurales y de “país emergente”.

¿Qué pasaría si no existiera esta economía informal que le da una forma de vida a 6 de cada 10 mexicanos que están incorporados a la economía? Socialmente el país explotaría, así de fácil. Hasta ahora los esfuerzos de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público han estado encaminados a formalizar parte de esa enorme economía informal; los resultados han sido más bien pobres porque la economía informal está creciendo a tasas muy mediocres (apenas arriba del uno por ciento el año pasado), lo que hace imposible incorporar a un empleo formal a toda la demanda que genera el crecimiento natural de la población.

El otro problema de llevar la economía formal a la informalidad son los bajos salarios. Dora Alicia gana, en su negocio de los tianguis, un mínimo de 10 mil pesos mensuales libres, una vez que deduce sus gastos, esto en los meses malos, porque en el mes de diciembre sus ganancias pueden acercarse hasta los 100 mil pesos, lo que le ha permitido ir haciendo un ahorro, además de construir su casa, educar a sus dos hijos, comprar vehículos y cubrir las necesidades económicas de su familia, ya que es viuda. No tiene seguridad social y nadie, sino la vida, la van a jubilar, pero ella está consciente de ello: “he estado haciendo mi guardadito para cuando este ya más vieja y no pueda viajar ni atender mi negocio, poco a poco se va uno haciendo de sus cosas, además fíjese que yo ya no necesito mucho, porque mis dos hijos están ya casados y yo soy sola, uno de mis hijos me tiene en el seguro social, afortunadamente no tengo más que algunos achaquillos pos que son parte de la edad y del trabajo, pero estoy tranquila, a veces vienen con eso de que hay que darse de alta y pagar impuestos, pero imagínese ¡Darle parte de mi dinero al gobierno, cuando lo gano con tanto trabajo! No, eso va a estar muy difícil.”

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